#1 Tengo hambre!
Buhh.. encuentro trascendental.....
Buh!
Los quiero...
Yo
LA CENA
Una vez al año había espacio y tiempo para un suceso como ese. Con una semana de anticipación preparó el menú que irremediablemente era el mismo. Hacía años que la sopa de cebollas se espesaba en la olla mientras el pollo se doraba sin apuro en el horno. Cenaban siempre lo mismo, aún cuando el dinero sugería alimentos más acordes con la ocasión. Pero nadie se quejaba. La cena era sólo un pretexto.
También el lugar era siempre el mismo. “Mi casa es su casa” solía decir a sus invitados. Nunca nadie había ofrecido su hogar para la comida, pero ella no protestaba. La cena era sólo una excusa.
A las nueve de la noche, como siempre y haciendo gala de puntualidad, aparecieron los invitados. Todos juntos, tras la puerta, se estremecieron con el olor de la cebolla y la crema. En prolija fila fueron adentrándose en la casa, observando los estragos del tiempo en aquella vieja construcción. Se asombraban homogéneamente y sin sorpresa de que en ese lugar los años fueran más dañinos que en otras regiones. No dijeron nada relativo al revoque nevado sobre los muebles, a las maderas del piso tratando de escapar al patio. En cambio, aturdieron de halagos a la anfitriona y expresaron su alegría al encontrarla un año más en perfectas condiciones. Los abrazos y las manos se estrechaban sin escatimar en calor y los gritos de júbilo resonaban en el comedor. A ella le gustaba ese alboroto por más que sabía, muy dentro suyo, que era simulado. La cena sería un éxito actuado.
Invitó a su gente (porque eso eran: SU gente) a sentarse a la mesa y en medio de preguntas familiares y anécdotas increíbles, se dispusieron alrededor del círculo de madera. Para las cenas, se utilizaba la mesa redonda. Le gustaba ver la cara de todos sin tener que hacer mucho esfuerzo. Además, su mejor mantel era para un mueble de esa forma.
La vajilla era impecable: los platos de porcelana resaltaban entre tanta modestia mal llevada. Los cubiertos de plata, regalo de casamiento, destellaban luces imprecisas sobre el techo carcomido. El cristal de los vasos parecía hielo. Nuevamente los cuatro invitados se maravillaron de lo bien mantenidos que estaban los utensilios. Ella sonrió y les permitió la comedia. Las cenas eran algo único y no había motivo para arruinarlas.
Desde dentro de un mueble destruido por los rasguños de su gata más que por la humedad, retiró la enorme sopera de porcelana. En unos minutos regresó con la sopa de cebolla algo fría. Nunca llegaba caliente a la mesa, pero esta vez parecía mucho más helada que los años anteriores. Sin embargo, no se preocupó; los invitados jamás reclamaban por nada. No tenían derecho.
Sirvió con paciente dedicación el líquido blancuzco salpicado de vetas verdes. El débil humo se elevaba por los rostros de los comensales, dándole un toque fantasmagórico, mientras elogiaban a la cocinera por tan acertado menú. Cuando ella se sentó a la mesa, tomaron las cucharas. Ángela no pudo evitar verse reflejada en el pulido metal.
-Como pasa el tiempo...
Silencio. Había ciertas reglas de protocolo para al cena: no llegar ni irse tarde, y no hacer alusión al tiempo. Pero Ángela no pudo evitarlo y el comentario tan celosamente prohibido por años, escapó de su boca con tanta naturalidad que ninguno se extrañó de él. Sin embargo, las palabras pesan y valen.
Al unísono todos bajaron la mirada al plato y escaparon de los cubiertos. Un aire frío de tristeza avanzó implacable por las espinas dorsales de invitados y anfitriona por igual. Sólo ella se atrevió a mirarlos mientras sorbían la sopa con leve rumor. Miró a Ángela, con ese escote tan pronunciado a pesar de la marca en el seno derecho. Juan todavía tenía el cabello ondulado y renegrido. Los ojos de Carmelo seguían apagados, igual que cuando nació. Solamente Ernestina le causaba cierta envidia porque se mantenía joven a pesar de los años.
Pensó en la vida y lo injusta había sido con ella. Sus agasajados parecían no sufrir el paso inexorable del tiempo. Ella, sin embargo, estaba cada vez más marchita, sin brillo, igual que los muebles de la casa. Un suspiro trajo a todos del laberinto de sus cavilaciones, pero recién cuando sonaron las doce campanadas del viejo reloj en la sala, lograron despertar de aquel sueño eterno.
Increíblemente habían pasados las 3 horas reglamentarias. Fue la única que se sobresaltó; para los demás, el tiempo era una incómoda preocupación.
-Son las doce- dijo Juan.
-Tenemos que irnos- agregó Ángela.
-¿Tan rápido? ¿tengo que esperar hasta el año que viene?
Nadie respondió. Los comensales agradecieron sin mucho entusiasmo la comida, se disculparon por no haber probado bocado del pollo y en la misma prolija fila en la que entraron, se retiraron de la casa. Ni un saludo fue pronunciado y el cariño de la familia pasó a ser, simplemente, tristeza. Los siguió con la mirada hasta que se desvanecieron en la sombra de la noche espesa. No recogió los platos ni vació la sopera. Atontada, hundida en un pavor insondable, se acostó en su cama dispuesta a repasar los hechos. Entendió todo un segundo antes de que su corazón dejara de latir: ella jamás volvería a cenar en su casa. El próximo año sería parte del grupo de invitados.
Buh!
Los quiero...
Yo
LA CENA
Una vez al año había espacio y tiempo para un suceso como ese. Con una semana de anticipación preparó el menú que irremediablemente era el mismo. Hacía años que la sopa de cebollas se espesaba en la olla mientras el pollo se doraba sin apuro en el horno. Cenaban siempre lo mismo, aún cuando el dinero sugería alimentos más acordes con la ocasión. Pero nadie se quejaba. La cena era sólo un pretexto.
También el lugar era siempre el mismo. “Mi casa es su casa” solía decir a sus invitados. Nunca nadie había ofrecido su hogar para la comida, pero ella no protestaba. La cena era sólo una excusa.
A las nueve de la noche, como siempre y haciendo gala de puntualidad, aparecieron los invitados. Todos juntos, tras la puerta, se estremecieron con el olor de la cebolla y la crema. En prolija fila fueron adentrándose en la casa, observando los estragos del tiempo en aquella vieja construcción. Se asombraban homogéneamente y sin sorpresa de que en ese lugar los años fueran más dañinos que en otras regiones. No dijeron nada relativo al revoque nevado sobre los muebles, a las maderas del piso tratando de escapar al patio. En cambio, aturdieron de halagos a la anfitriona y expresaron su alegría al encontrarla un año más en perfectas condiciones. Los abrazos y las manos se estrechaban sin escatimar en calor y los gritos de júbilo resonaban en el comedor. A ella le gustaba ese alboroto por más que sabía, muy dentro suyo, que era simulado. La cena sería un éxito actuado.
Invitó a su gente (porque eso eran: SU gente) a sentarse a la mesa y en medio de preguntas familiares y anécdotas increíbles, se dispusieron alrededor del círculo de madera. Para las cenas, se utilizaba la mesa redonda. Le gustaba ver la cara de todos sin tener que hacer mucho esfuerzo. Además, su mejor mantel era para un mueble de esa forma.
La vajilla era impecable: los platos de porcelana resaltaban entre tanta modestia mal llevada. Los cubiertos de plata, regalo de casamiento, destellaban luces imprecisas sobre el techo carcomido. El cristal de los vasos parecía hielo. Nuevamente los cuatro invitados se maravillaron de lo bien mantenidos que estaban los utensilios. Ella sonrió y les permitió la comedia. Las cenas eran algo único y no había motivo para arruinarlas.
Desde dentro de un mueble destruido por los rasguños de su gata más que por la humedad, retiró la enorme sopera de porcelana. En unos minutos regresó con la sopa de cebolla algo fría. Nunca llegaba caliente a la mesa, pero esta vez parecía mucho más helada que los años anteriores. Sin embargo, no se preocupó; los invitados jamás reclamaban por nada. No tenían derecho.
Sirvió con paciente dedicación el líquido blancuzco salpicado de vetas verdes. El débil humo se elevaba por los rostros de los comensales, dándole un toque fantasmagórico, mientras elogiaban a la cocinera por tan acertado menú. Cuando ella se sentó a la mesa, tomaron las cucharas. Ángela no pudo evitar verse reflejada en el pulido metal.
-Como pasa el tiempo...
Silencio. Había ciertas reglas de protocolo para al cena: no llegar ni irse tarde, y no hacer alusión al tiempo. Pero Ángela no pudo evitarlo y el comentario tan celosamente prohibido por años, escapó de su boca con tanta naturalidad que ninguno se extrañó de él. Sin embargo, las palabras pesan y valen.
Al unísono todos bajaron la mirada al plato y escaparon de los cubiertos. Un aire frío de tristeza avanzó implacable por las espinas dorsales de invitados y anfitriona por igual. Sólo ella se atrevió a mirarlos mientras sorbían la sopa con leve rumor. Miró a Ángela, con ese escote tan pronunciado a pesar de la marca en el seno derecho. Juan todavía tenía el cabello ondulado y renegrido. Los ojos de Carmelo seguían apagados, igual que cuando nació. Solamente Ernestina le causaba cierta envidia porque se mantenía joven a pesar de los años.
Pensó en la vida y lo injusta había sido con ella. Sus agasajados parecían no sufrir el paso inexorable del tiempo. Ella, sin embargo, estaba cada vez más marchita, sin brillo, igual que los muebles de la casa. Un suspiro trajo a todos del laberinto de sus cavilaciones, pero recién cuando sonaron las doce campanadas del viejo reloj en la sala, lograron despertar de aquel sueño eterno.
Increíblemente habían pasados las 3 horas reglamentarias. Fue la única que se sobresaltó; para los demás, el tiempo era una incómoda preocupación.
-Son las doce- dijo Juan.
-Tenemos que irnos- agregó Ángela.
-¿Tan rápido? ¿tengo que esperar hasta el año que viene?
Nadie respondió. Los comensales agradecieron sin mucho entusiasmo la comida, se disculparon por no haber probado bocado del pollo y en la misma prolija fila en la que entraron, se retiraron de la casa. Ni un saludo fue pronunciado y el cariño de la familia pasó a ser, simplemente, tristeza. Los siguió con la mirada hasta que se desvanecieron en la sombra de la noche espesa. No recogió los platos ni vació la sopera. Atontada, hundida en un pavor insondable, se acostó en su cama dispuesta a repasar los hechos. Entendió todo un segundo antes de que su corazón dejara de latir: ella jamás volvería a cenar en su casa. El próximo año sería parte del grupo de invitados.
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