#1 Adivim (cuento pa´l concurso)
Bueno, es un poco larguito, pero si alguien tiene paciencia y lo lee hasta el final, me gustaría que me comente su opinión. Ya saben lo molesto que soy yo cuando opino sobre cuentos, así que no haya piedad.
Hasta luego.
ADIVIM
1
Todavía recuerdo mi media sonrisa cuando descubrí que el segundero del reloj retrocedía. Sunny Quartz. Japan Parts, leí con tono irónico, preguntándome por el mecanismo que se rebeló contra la dirección que le imponía la pila. Es llamativa la liviandad con que empiezan las pesadillas de la vigilia. Como la concentración no es mi fuerte, el segundero marcha atrás me llevó, a través de ridículas asociaciones, a recrear el curso del día. Así, de manera casi premonitoria, volví sobre el chapuzón que me di en la pileta un rato antes, el agua helada contra el sol durísimo de febrero, el rato de lectura, la preparación del té, y ahora me tengo aquí, pensaba, en malla, sentado cómodamente ante mi escritorio, mirando un reloj descompuesto. Totalmente abstraído, no registré que me levantaba, caminaba hacia atrás en dirección a la cocina, deslavaba una taza, me sentaba en una reposera y llenaba la taza sacando de mi boca, trago a trago, té tibio.
Ahí comenzó el terror. Un sobresalto me hizo sentir que tiraba la taza, pero mi cuerpo no modificó ninguno de sus movimientos. Me vi acercarme a la cocina, pasar el té cada vez más humeante al pico de la tetera y desapagar la hornalla. Presencié el enfriarse del agua en el fuego mientras mi cuerpo se iba mojando, llegaba a la pileta caminando hacia atrás y entraba suavemente con un chucho de frío. Luego, absolutamente tomado por la desesperación, fuí arrancado violentamente hasta el trampolín, donde me encontré parado y repentinamente seco.
Ninguno de mis esfuerzos por actuar dio resultado. Era un espía paralizado del rebobinarse su propia vida. Pero, me dije, los pensamientos no se repiten, van hacia adelante. Entré a la habitación, tomé el tubo del teléfono y sostuve una conversación inentendible con mi mujer. Ahí confirmé que mi pensamiento iba hacia adelante mientras mi voluntad y mi cuerpo retrocedían: el lenguaje que se encadenaba en mi mente iba en sentido inverso que las palabras saliendo de mi boca. Dije áloh, colgué el tubo, lo escuché sonar, me moví hacia atrás en dirección al baño, sentí un agudísimo dolor en un pie, insulté, despateé la cama, calmándome inmediatamente, pulsé el botón de desagote del inodoro, me ensucié (lo expongo con algo de vergüenza, pero es muy gráfico del asombro aterrorizado que sabrán comprender) me ensucié con papel higiénico, y recibí en el recto mis propios excrementos, expulsados del agua con un plop invertido. La desesperación absoluta, el horror de esta extraña prisión, contrastaba notoriamente con mi actitud física despreocupada, desleyendo el diario.
Cuando llegó la mañana y Tamara, mi esposa, entró a casa caminando hacia atrás, me vi llevado hacia ella, despidiéndome (iba a poner al revés, pero ya no lo voy a aclarar más: siempre que hablo, o que alguien habla, es al revés), ayunando (en el sentido más estricto de la palabra) y volviendo a entrar a la cama, a dormir hasta la noche anterior. Ahí se agregó otro terror: excitado por la situación que me apresaba no podía dormir; y volví a atravesar la pesadilla que soñé, viéndola como un espectador preferencial. La vigilia no está preparada para presenciar la intensidad de una pesadilla, y eso la hizo mucho más angustiosa. No me extenderé en la narración de los sueños que me tocó volver a recorrer, salvo que aporten a la claridad del relato. Pasemos también velozmente el despertar, la cena (sentir el extraño recorrido del alimento desde mi estómago hasta el plato, siendo mis dientes los artesanos que daban forma a un perfecto trozo de pollo, y el cuchillo el artefacto que se ocupaba de pegar los trozos hasta construir un perfecto muslo), la salida de casa después de saludar a mi mujer oyéndola preguntar si la había extrañado, el dirigirme marcha atrás en auto a la oficina, y detengámonos en el viaje en ascensor.
En muchas oficinas antiguas, se conserva la costumbre de emplear jubilados como ascensoristas. El edificio de mi empresa tenía a don Fulvio, muy flaco, encorvado, de pésimo carácter, voz grave y una manera de hablar ampulosa y antigua, muy entretenida. El notaba mi buena predisposición, por lo que me tenía cierta debilidad. Subí al ascensor, y mientras repetíamos las frases del día anterior (entender el hablar invertido fue un proceso largo, como aprender otro idioma) oí dentro de mi cerebro su voz diciéndome:
—Veo, caballero, que ya ha comenzado.
—¿Qué? —pensé de manera automática.
—Es evidente.
—¿Usted me está hablando? —desesperé por decirle, aunque de mi boca salían comentarios como: ozarodaguj nu se ohcahcum ese.
—Sí, se lo que le pasa. Hace mucho espero este momento —contestó su mente. Y su boca: ¿emleuqiR ed elpmet le odaton aH?
—¿Qué me pasa, por favor?
Pero ya se abría la puerta, y mientras nuestro diálogo comenzaba a hilvanarse, una fuerza me arrancó hacia atrás y me llevó a mi escritorio, donde se desordenaron los papeles que salían del maletín mientras un café pasaba de mi boca a la taza. Logré sustraerme un poco del horror cuando me di cuenta que a la mañana, una vez retrocedido el día, me encontraría con don Fulvio y podríamos seguir "conversando".
Hoy por hoy, al recordar el comienzo de mi miserable odisea, siento alguna nostalgia. El ingreso a un nuevo mundo supone, pasado el pánico, una tensión de espíritu, un aprendizaje permanente que tiene su lado saludable. Pero ahí la sensación era que a cada momento se sumaba una nueva tragedia. Deshaciendo cada movimiento de mi rutina laboral, reviviendo cada diálogo, apareció una de aquellas angustias que siempre di por superadas: el vacío. El vacío de una vida mecánica, avara, la ausencia de intensidad y, aunque sea pequeño, algún heroísmo. En el trance de ser espectador, segundo a segundo, del ir hacia atrás mi propia vida, supe que ese espectáculo era de abulia y rutina. Que sería preferible estar dentro de cualquier otra persona menos la mía. Intenté concentrarme en evocar encuentros o situaciones a los que desease volver. La depresión se acentuó. Solo podía imaginar algún que otro momento de mi infancia, robado al despotismo de mi padre. Y sin demasiada certeza. Pensé cuánto más fácil era todo al desconocer el futuro: el ingreso permanente a la boca negra del devenir conlleva en sí un misterio. Siempre cabe la posibilidad de que la vida traicione aquello que uno proyecta mientras secretamente espera ser traicionado. Algo así como una esperanza. Muy distinto a mi caso en aquél momento: obligado a mirar íntegra una película repetida, aburrida, patética, cuyo título podría haber sido: adiv iM.
Al llegar la mañana, luego de saludar (¿cual es la palabra para "saludar cuando se llega", la equivalente a "despedirse"?) a mis compañeros, volví a entrar al ascensor. Y mientras hablábamos con don Fulvio, la comunicación continuó.
—Me expreso con celeridad porque el viaje es corto: tendremos que ir conversando de a retazos. Si no me equivoco carece usted de capacidad de acción. ¿Cierto?
—Cierto. ¿Qué me pasa? ¿Cuánto va a durar?
—No se. No es usted el único...
—¿A usted también le pasa? —interrumpí.
—No, mi contingencia es otra, pero lo sospechaba un futuro Dés.
—¿Qué es un Dés?
—No me interrumpa. Preste mucha atención a todos los detalles que se le pasaron por alto en las distintas circunstancias de su vida. Y a lo que se conoce como tiempos suspendidos. Mañana va...
No conseguí oír lo que continuó porque el cuerpo me llevó al auto, y el auto a casa. Durante el viaje intenté concentrarme en la idea de los tiempos suspendidos. No pude. Una indignación feroz me presionaba. Por lo que pasaba, sí, pero sobre todo por pensar en mi casa, en llegar y dormir al lado de mi esposa. Llevaba el estado interior que supongo a quienes, hartos de su vida, dan un portazo y dejan todo atrás. Y me veía imposibilitado hasta de insultar en voz baja. Solo tuve un instante de alegría cuando recordé que la semana anterior se detuvo el ascensor por un corte de luz, y pasé más de un cuarto de hora con don Fulvio.
—esaf atse otsuj se euq oerC —dijo don Fulvio. En mi recuerdo su expresión era compungida, pero el entrenamiento de esa semana me facilitó descubrir detalles que normalmente pasaba por alto. La mirada del viejo sonreía. Al tiempo que decía esa frase, la última antes que vuelva la electricidad y arranque el ascensor, mi mente recibía su mensaje:
—Bueno, ahora vamos a poder explayarnos algo más.
—Sí, toda esta semana me pasé esperando este momento.
—¿Cómo la está llevando?
—¿Usted preparó esta demora?
—No, yo también carezco de capacidad de acción. ¿Pensó en los tiempos suspendidos?
—Mucho. Pero recuerdo muy pocos, y ninguno reciente.
—¿Cómo?
—Que faltan muchos años para que me toque un momento así.
—Se equivoca.
Se instaló un silencio de segundos que no pude soportar.
—¡Cómo que me equivoco! ¡Usted qué sabe!
—Calma. Lo que digo es que en su conciencia los tiene anulados. Esos momentos implican una entrega al instante y a la presencia que lo acompaña, persona, música o paisaje, que usted no acostumbra atravesar, eso es cierto. Pero aunque usted mismo no se percate, y precisamente por eso, cada tanto se distrae. En esas distracciones está su esperanza. O su condena.
—Explíquese, por favor —por primera vez me molestó su hablar afectado. —Le dije vez pasada que no es el único sometido a esta situación. Por algún móvil que desconozco, a veces quiensea da, por decir, un rebote, y en lugar de seguir adelante con su vida queda preso en deshacerla. No es el único accidente que sucede con el tiempo. Pueden haber saltos adelante, ocultamientos integrales de personas, y suspenciones. A quienes padecen su caso se los llama Dés, por motivos obvios. Estos accidentes tienen una suerte de antídoto, y los antídotos tienen contraindicaciones.
—No entiendo.
—El presente no es fijo. A medida que vaya cediendo en usted la desesperación y logre prestar verdadera atención a los detalles, verá sutilezas fuera de lugar. Sale con una corbata y llega con otra, su mujer se maquilla de verde y al instante está de rosa, o durante tres años tiene un equis auto que pasa de pronto a ser un auto doble ve. No me interrumpa. Esos cambios se deben a saltos en el tiempo. A gente que intentó zafarse de uno de estos accidentes. Para accionar sobre su situación actual, usted debe forzar la realidad, poner toda su voluntad en un momento determinado en que la realidad no esté particularmente sólida, y modificarla. Pero cuando esta modificación se produce, la historia futura de la humanidad se mueve. Permanentemente hay gente intentando cambiar su situación en el tiempo, y cada vez que alguien lo logra, la realidad cambia. Siempre sutilmente en el corto plazo, pero con los siglos esos cambios son más notorios. Quienes viven montados en el tiempo lineal no tienen manera de percibirlos, porque sus conciencias se modifican a la par que el resto de los acontecimientos. Pero los que vivimos de algún modo marginados del bondadoso ir adelante el devenir, con un poco de entrenamiento, logramos ver esos cambios. ¿Me nota o se nota diferente desde que empezamos a conversar?
—No —presté toda la atención que me era posible—, no, la verdad que no.
—Ese paraguas, por ejemplo, no estaba. Pero ya logrará reconocer estas cosas. Voy a lo suyo. Uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de la realidad son los tiempos suspendidos. Esos momentos cuya intensidad nos hace perder noción, y no sabemos si pasaron cinco minutos o tres horas. Son instantes extáticos. Pero ojito, no hay que confundir abstracción y distracción. Quien logra abstraerse y entregarse a esos instantes, tiene una mayor cercanía con la realidad de la realidad. Quién se distrae la niega, por lo tanto logra menor penetración.
—¿Y cómo se distingue?
—Es fácil distinguirlo después de sucedido, pero durante no, y no hay recetas ni claves. Está en usted.
—Pero antes dijo que mis posibilidades estaban en la distracción.
—Correcto: me refería al distraerse de su propia conciencia. No es la distracción en sí la que suspende el tiempo, sino que dentro de esos paréntesis, distraído de sí mismo, logra a veces cierta concentración que no se reconoce. Pongo por ejemplo algún que otro viaje en ascensor, en que lo vi soltar ciertas miradas que no parecían suyas a una mancha de humedad, o a una desconocida.
—¿Entonces?
—Entonces, de esos tiempos suspendidos, solo le sirven aquellos que se den en relación con una persona. Porque su objetivo será, aún sabiendo que le es imposible actuar, generar con su conciencia una sobrecarga: en su mirada, en su expresión... algo que para usted implicará un esfuerzo tremendo y se traducirá exteriormente apenas como un sutilísimo brillo de sus ojos, o una pequeñísima ampliación de su sonrisa. Y la modificación que logre autoimponerse deberá reverberar en la persona con la que esté. Ese será el salto que lo vuelva a instalar en la circulación lineal del devenir. Pongamos por caso que, conversando con una dama, llegan a un momento de tal intensidad que usted percibe una debilitación en su concepto habitual de realidad. En el devaneo de la conversación ella le preguntó: "¿Me alcanza el abanico?" y usted le respondió "Cómo no". Pues en esta situación, retrocediendo su vida, usted pondrá toda su voluntad al decirle "on omóc", por lo tanto su respuesta modificará la pregunta, convirtiéndola por ejemplo en: "¿Ha visto mi abanico?". ¿Me sigue?
—Intento. Creo que casi.
—Bien. Tal vez, incluso, no llegue a modificarle esa pregunta, pero sí una anterior, la que llevó la charla al tema del abanico, al punto que quizás desaparezca la temática del abanico. En cualquier caso, si su esfuerzo es fructuoso, en algún segmento ese encuentro va a cambiar, y al punto en que eso suceda es al que llamo salto. Su vida se remontará, a partir de ahí, normalmente en dirección pasado-futuro. Y aunque de inmediato olvidará con su conciencia este transe que le está tocando vivir, las cosas que aprenda ahora serán fijadas en lo profundo de su ser, y le serán útiles para crecer de manera más plena en su regreso al devenir.
Quise interrumpirlo, pero una catarata de imágenes salió de su mente y se instaló en la mía. Vi, y con eso recordé, que don Fulvio estuvo enfermo y sin venir a trabajar durante una semana, que sería para mí de soledad espantosa. Y se introdujo en mí un mensaje de peligro: que no actúe sin que desarrollemos con más extensión nuestra charla. Habíamos llegado al momento anterior al apagón, y el golpe del ascensor depositándome en la planta baja fue seguido por lo que el movimiento pasó a significar en esa época para mí: una fuerza involuntaria que me llevaba por caminos ya transitados.
Casi no fui consciente de la llegada a mi casa, ni de un dolor de cabeza creciente cuyo pico máximo llegó cuando me metí en la cama, apenas me desperté. No registré a Tamara, no se si me duché o no, no se nada. Pensaba en lo recién oído, reconstruía sistemáticamente los nuevos datos, y recién por la noche, mientras mi cuerpo dormía, encontré la pregunta que no había hecho: ¿y si no logro modificar a mi interlocutor? El aviso de peligro era clarísimo. Pero la desesperación me llevaba a dejarlo de lado. En un movimiento abracé a Tamara, y ella me apoyó su pesada pierna con dejadez. Atrapado en esta posición, mi indignación se confundía con un asco creciente. Sus ronquidos fundiéndose con los míos, la baba pastosa cayendo por mis comisuras... no soportaba más, era demasiado. Asco por mí, por Tamara, hasta por don Fulvio, con su ridícula forma de hablar, de erudición ignorante. Pasaron algunas horas. ¿Podría dormir, alguna vez? El asco, el odio y la infelicidad crecían en la oscuridad hasta convertirse en una sola masa que amenazaba ahogarme.
Antes de levantarme noté que mi cerebro funcionaba de manera poco habitual. Una fuerza movía el caudal de mis pensamientos con liviandad y peso a la vez. Una mezcla de confusión y absoluta certeza. Me elevé violentamente en el aire, y tambaleando llegué al baño. Sin entender me vi arrodillado ante el inodoro. En el colmo del horror y el asco sentí un chorro interminable de vómito subiendo del inodoro a mi boca, y los retorcijones del estomago recibiendo esa inmundicia, mientras oía gritos de mi esposa y objetos romperse contra el piso o las paredes en otra parte de la casa. La confusión mental aumentaba a cada instante. Recordé que veníamos de una fiesta en casa de la hermana de Tamara, y que bebí más de una copa de más. Como por la borrachera no recordaba nada, desde que empezó a retroceder mi vida ocho días "atrás", tendría por primera vez unas horas de no anticipar exactamente la secuencia de los sucesos, lo que constituía un pobre reencuentro con la sensación del devenir en un futuro desconocido.
Cuando salí del baño me encontré con Tamara, también ebria, refregándose contra mí, intentando ponerme la ropa y sacando las manos de mis pantalones. Del piso subió su tapado, y el auto nos llevó a la puerta de la casa de mi cuñada, que nos esperaba despidiéndonos. Entramos.
Mi ánimo era espantoso. Pasé una noche espantosa. Tuve sensaciones espantosas. Quiero que quede claro esto, como manera de explicar y explicarme mi trágica imprudencia. El dantesco cuadro de personas llenando vasos de vino desde sus buches acentuaba mi depresión a pasos agigantados. Pero una presencia atrapó mi atención. Valentina, amiga de la hija de la dueña de casa, invitada a la fiesta. Valentina tenía 15 años, y era hermosísima. Estaba muy desarrollada para su edad, y la minifalda, los tacos y la musculosa se empeñaban en demostrarlo. Pero su carita, su expresión cándida, labios anchos, ojos pequeños y movedizos, el lunar apenas sobre la boca y los dientes separados daban a ese cuerpo un vuelo sobrenatural. Apenas la vi recordé un detalle que me paralizó: en un momento de la fiesta, todavía no del todo ebrio, estuvimos con Valentina casi media hora conversando en el balcón que da al jardín. Y si la memoria no me engañaba, en ese tiempo la realidad perdió todo peso y fijeza. Era perfecto. Faltaría una hora para que llegue el momento de esa charla, y decidí inmediatamente probar las enseñanzas de mi mentor. No tuve más conciencia del peligro, un peligro por otro lado desconocido. Difícil pensar en algo peor que mi vida. Aún sin certezas acerca del esfuerzo que anticipó don Fulvio, mi interior lo exigía. Me sucedió, por primera vez, compartir algo con mi otro yo: ambas direcciones de mi ser coincidían en una emoción indecible, apabullante, en un deseo que no podía ser solo carnal. Y ambas coincidían en la conclusión: eso era amor. Me había enamorado de esa niña, y comprendí que el exceso de alcohol, poco frecuente en mí, se debía a esa emoción, difícil de sostener o de ocultar. Ahí encontré lo que separaba mis dos conciencias: mientras que mi antigua personalidad optó por encerrarse en el alcohol y enterrar en el olvido ese sentimiento, mi yo actual estaba totalmente decidido a dar el gran salto, a apostar todo contra un riesgo que yo mismo desconocía. Y si el cuerpo me respondiera, el pecho se me habría ensanchado por este pensamiento: he crecido.
Durante la repentina caminata que me llevó, mirando a Tamara, hacia el balcón, tuve conciencia de Valentina yendo en la misma dirección desde el otro extremo de la casa. Recuerdo brumosamente haberla oído hablar de sus estudios, de su vocación por la historia, de alguna amiga suya que la traicionó. Mientras, pensaba en el tiempo suspendido. Sentía la debilidad progresiva de la realidad, la confirmaba con alegría creciente, reconocía todos los síntomas de los que me hablara don Fulvio, y una poderosa fuerza de voluntad empezó a concentrarse en mis ojos, transformados en una compuerta que retenía con dificultad un caudal de intensidad como nunca imaginé, que esperaba una orden mía para volcarse sobre ella. Cuando sentí que se acercaba el momento preciso, el cenit del tiempo suspendido, comencé a prestar atención a sus palabras, para confirmar si mi ataque las modificaba. Atendí no solo al clima de la charla, sino a alguna frase mía que pudiese darme una pista de que su pregunta era comprometida La charla venía así:
—aigoloib ne odasap oña le ídnerpa oL
—¿natsug eT? laredef allertse ,iS
—laredef euq es on nos sase ,áriM.
Una intimidad inquieta me avisó que faltaban segundos para soltar todo. Estábamos mirando el jardín, hablando de las flores, y nuestros brazos se rozaban. No faltaba nada. Nuestras miradas se encontraron. Un corto silencio. Todo crecía y la realidad era como el vapor sobre el asfalto caliente. Hablé.
—neib rasap a somav al, íS.
En una milésima fracción de segundo interpreté la frase y todo el sentido que empujaba. Sí, decía yo, o sea que era respuesta de un estímulo suyo, y el silencio y la mirada, su sonrisa cándida y maliciosa hamacándose bajo el hielo concentrado de sus ojitos me decidió. Abrí la compuerta y envié hacia ella una carga que podría voltear los muros de cualquier prisión. Todavía no puedo creer que la liberación, la euforia instantánea que sentí no me hiciera gritar. Pero en el preciso instante que jugaba todo de mí para que algo de ella, por mínimo que sea, se modifique y me libere, un movimiento brusco me distrajo. Tambaleé un poco, una copa rota subió del piso y se armó en mi mano, la muchacha dejó de mirarme, sus ojos esquivándome enloquecidos, volví hacia adelante arrastrado por un violento movimiento de su brazo, llegué hasta casi besarla, y mis brazos nos alejaron con suavidad, sin ella perder la sonrisa, pero ruborizada.
2
No entendía. Dejé pasar unos segundos más, a ver si ese torbellino de pequeños movimientos fue disparado por la carga que deposité a mi mirada. Quedamos como congelados. Seguí esperando lo que fuera, cualquier tipo de reacción. El corazón de mi pensamiento latiendo desaforado. Nuestra mirada se estiraba, y no llegaba ni una frase suya ni una mía que cortara la situación, que la llevara hacia algún lado, que me trajera algún mensaje acerca de mi futuro. Ambos quietos, la copa casi vacía en mi mano, su expresión fija. Segundos, minutos...
Y también, sí: horas, días.
Había fracasado. Había fracasado. No logré modificar nada, y he aquí el riesgo del que hablaba el viejo: quedé suspendido. Desde ese momento (imposible saber cuanto tiempo pasó), mi pensamiento habita una escena fija. Solo tengo interrogantes que se suman. ¿Será posible generar un salto, aquél que intenté, desde aquí mismo? ¿Esto es mejor o peor que retroceder? Por un lado aquí hay un reposo mayor (tal vez sea que el tiempo me aplacó), en no tener que revivir cuadro por cuadro mi ridícula vida. Pero ¿Será eterno esto? Y aquello, el retroceder, ¿donde se hubiese detenido? ¿En mi nacimiento? ¿En el momento de unión del óvulo y espermatozoide que me formaron? ¿En la vida de mis antepasados? ¿En mis eventuales vidas pasadas, si es que la reencarnación existe?
No puedo hacer ninguna otra cosa que pensar. Y esperar los cambios que se provocan, irregularmente, en la situación. Confirmo lo que decía don Fulvio: el tiempo no es fijo, y cada persona que logra generar un salto modifica la historia futura de la humanidad. Lo confirmo porque el cuadro que me encierra, cada tanto cambia. A veces con sutileza, a veces de manera más drástica. Pero vamos en orden.
Aquella noche mi desesperación iba creciendo a medida que comprendía. Todo violentamente fijo, salvo mi pensamiento sobrevolando la nueva escena, intentando rumiar con avidez todas las opciones posibles. Me sentí mucho más preso que antes, hice esfuerzos de los que siempre me creí incapaz. Nada. No tenía manera de medir el tiempo. No había noches, días, primaveras ni otoños. El jardín que estaba ante mí no cambiaba, ni Valentina. Valentina... La miraba constantemente. Intentaba leer en su expresión mi error. Nada. Siempre me resultó esquiva, siempre distante. La miraba a los ojos, ella miraba hacia abajo. La empecé a percibir tosca, vulgar, una niña, una persona incompleta, que jugó casi inocentemente conmigo probando sus fuerzas femeniles. Una traidora. Revisé la conversación. Intenté reconstruirla íntegra, silencio a silencio. No estoy seguro del límite entre el recuerdo y lo que fui inventando en nombre de la certeza de un recuerdo. Hasta que un día (¡un día...!) noté que me estaba mirando a los ojos. No vi el movimiento, sino simplemente que la dirección de su mirada era otra. Prestando más atención a los detalles vi que el jardín era distinto. Había dos enanos de yeso que antes no estaban, y faltaba la estrella federal. El corazón de mi pensamiento dió un vuelco. Pensé que me liberaba, pero la desilusión fue creciendo a medida que confirmaba la fijeza de la nueva situación, y me la explicaba con las palabras de don Fulvio. Cada vez que alguien logra dar un salto, todo cambia. Y, lógico, el cuadro que me tenía preso también. Pero no el hecho de estar preso.
Al tiempo (¿Cuanto?: no se), el cambio fue más drástico. Tuve repentina conciencia de estar en el living de la misma casa, rodeado de gente desconocida. Supuse, entonces, que el salto fue dado muchos años antes, así que los alcances de las modificaciones de la realidad actual ya estaban atravesados por ramificaciones más amplias. La temporada que pasé con estos desconocidos me supuso, dentro de todo, un pequeño entretenimiento: el juego de las especulaciones. ¿Quién sería el hombre de bigote tupido que dejó suspendida una frase, y cuál sería esa frase? ¿Con quién se iría a dormir esa muchacha de expresión lúbrica que reprimía una carcajada mirando hacia abajo? ¿Con quién me iría yo, sentado en un sillón, ante un grupo de gente parada a mi alrededor? Como si intentase encontrar roles en la foto de un grupo de desconocidos, pasaba por todas las posibilidades y las cotejaba con posiciones y expresiones, tratando de armar el rompecabezas con la mayor precisión posible. Pero siempre llegaba un momento en que el juego mutaba de entretenido en angustioso: al especular sobre mí mismo. ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¿Cuál era mi expresión? ¿Sería la misma persona miserable, condenada a la fijeza por no saber prestar atención al otro, ni distinguir entre pasión carnal mezclada con fantasía, y amor mutuo y promesas de afectos profundos? Cada vez que abordaba este punto se me hacía imposible seguir avanzando en mis especulaciones.
Cambié luego a un lecho. Dormía mirando hacia un costado, y otra persona, creo por el perfume que una mujer, dormía a mis espaldas. Nos rozábamos los pies. Y yo soñaba. Pasé mucho tiempo con esta situación. Mis ojos cerrados, una compañía desconocida, y una imagen congelada de sueño: la cara de una anciana pegando un alarido, las venas de la garganta muy hinchadas se veían a través de las arrugas. Sus ojos cerrados con muchísima violencia (todo en esa escena era de ojos cerrados). La boca abierta, tensa y desdentada.
Y así atravesaba las distintas situaciones, ya tan parecido a una foto con conciencia que casi había olvidado mi antigua forma de vida. Llamaba a los cambios despertares, porque no veía la transformación. Estaba instalado en un lugar que de pronto era otro. Como si abriese los ojos una y otra vez, sin cerrarlos jamás. Unos ojos abriéndose desde atrás de mis párpados abiertos.
Una vez, ya olvidado de mi aspecto, pasé el transe de despertar frente a un espejo. Era un baño pobre, pequeño, incómodo. Estaba en calzoncillos, sin camisa, inclinado sobre el espejo, casi tocándolo con la cabeza, estirando para abajo mi párpado inferior, como buscando una basurita o una huella de anemia. No voy a insistir con desesperación, pánico, terror, horror, miedo, que quise gritar y no pude, que quise morir y tampoco. Como esas palabras y sensaciones se repiten sin tregua desde el momento en que empecé a retroceder, voy a hacer todo lo posible por relatar los hechos y quitarles mis emociones. Todo lo posible. Continúo: desperté frente a mi imagen. A saber cuánto tiempo (tiempo del de antes) sin tener registro de mi imagen. Gordo, barba mal crecida, arrugas de miserable, ojeras, muy poco pelo, grasoso y peinado como para tapar la calvicie. En fin... Imposible adivinar la vida a que me habrían arrastrado los distintos saltos en el tiempo de tantas personas en la historia. Y en ese punto me preguntaba: ¿entonces hacer una vida, decidir ser de una manera es una insensatez? ¿Qué sentido tiene el intentar avanzar en un determinado sentido, si los permanentes saltos de la historia van jugando con las circunstancias de nuestra vida hasta hacerla totalmente irreconocible?
Como si se tratase de un castigo, o de un mensaje, esta imagen fue de las de mayor permanencia. Pasé mucho tiempo intentando pensar otras cosas, inventando juegos y reflexiones para evitar mi imagen. Cuando logré adaptarme a esa realidad y volví a estudiarme, entendí que ese rostro era el mío, y expresaba exactamente mi vida tal como la había llevado hasta el momento de mi salto, aunque tal vez en otra situación socioeconómica. Era el mismo tipo de miserable, el mismo temeroso cordero obsesionado con la comodidad y las formas, ignorante de sí mismo, esforzándose por eludir sentimientos y pasiones. Di por sentado que el posible crecimiento que pudiera haberse operado en mi recorrida de marginal del tiempo no modificó en absoluto la escencia de lo que había sido mi vida. Y di por respondidas las preguntas anteriores. Ese fue un punto importante en mí: volví a desear volver al devenir, lleno de fuerzas para vivir normalmente y cambiar, mejorar. Tal vez, aunque estadísticamente fuese casi imposible, una cierta conjunción de hechos podría volver a dejarme en la misma situación en que quedé suspendido, y tendría una oportunidad. Quería con toda mi alma esa oportunidad, poder aplicar lo que aprendí en un nuevo intento. Sabía en qué erré aquella vez: no puse atención. Mis sensaciones eran solo y absolutamente mías, esa niña no estaba ahí, o estaba de otra manera, jugando a otra cosa. Creí que era sensación mutua aquél tosco deseo de posesión de una jovencita hermosa. Y no le presté atención a ella, por lo cual mi atención hacia mí mismo era irreal, porque sin atención al otro toda percepción de la propia realidad es falsa. ¿Sería posible volver a intentarlo?
—No —oí. Cuando "abrí los ojos" la foto era otra. Un bar de barrio, también de noche, pocas mesas ocupadas, un vaso de alguna bebida alcohólica (lo sé por el olor) en la mano, y frente a mí, don Fulvio—. Ya se lo dije en aquella ocasión: es imposible.
—Don Fulvio... ¿Cuanto hace que estoy así? —me sorprendíó mi pregunta, tan espontánea.
—¿Importa?
—No sé.
—Seis años de los de allá —continuó luego de un largo silencio— ¿Cómo anda?
—¿Qué pregunta es esa? —pregunté encolerizado.
—Disculpe, la costumbre.
Durante el siguiente largo silencio lo miré. Estaba mejor, menos flaco, menos encorvado, mejor afeitado. Se apoyaba en la mesa como para sentarse o levantarse. En la barra, un camarero apoyaba su brazo en el hombro de un comensal.
—¿Y cual es su problema?, o su situación, no se.
El viejo tardó en responder.
—Podemos decirle situación. Yo abandoné el devenir siendo un niñito, casi sin conciencia. He crecido dando saltos en todas las direcciones. Por lo tanto, si bien comprendo la sensación de desesperanza que puede embargarlo de vez en vez, mi conciencia de la vida es esta, no tengo referencias de anclaje para comparar. Y en sí, no me parece esto ni mejor ni peor. Porque de hecho tengo, aunque moviéndose en una dirección particular, separada del concepto habitual de forma de vida, aquello que nos define como ente, como individualidad, o como "yo", que es la conciencia. Para mí la vida es esto: un deambular permanente y en todas las direcciones. Desconozco la sensación de continuum. Nunca me moví hacia adelante ni hacia atrás, ni quedé estático. Hay una línea trazada por el devenir de mi vida, de esa vida de allá, por decir, que dura equis cantidad de años. Y la recorro de a saltos desordenados, ora siendo un niño, al instante siendo anciano, ora siendo adulto y luego púber. Y tal vez por haberme salido tan temprano de la línea, me fue dada la capacidad de comunicarme.
—¿Con todos puede comunicarse?
—No, no exactamente. Pero ignoro por completo de qué depende.
—¿Y su vida? Aquella, digo. ¿Es un devenir mecánico sin conciencia?
—En cierto modo sí, comparada con la de aquellos que tuvieron la ocasión de salir y volver a entrar.
—No entiendo.
—Sucede que el concepto de conciencia es un tanto esquivo. Suponga que usted nunca hubiese dado este salto. Vive con una conciencia, con un yo, creído de que la vida es cierta cosa. Luego da el salto, y ve que es algunas cosas más. Su yo instalado en el devenir actúa a conciencia, pero esa conciencia a usted, aquí y ahora, le resulta insuficiente, estrecha, y hasta podría catalogarla de mecánica. ¿Pero lo es? Y esta conciencia suya actual, encerrado en una sucesión de imágenes fijas, ¿tiene un alcance mayor que, por poner, la de alguien cuyo salto pasase por percibir las sensaciones y emociones de todo el mundo, y sintetizarlos en una serie de pensamientos a los que tal vez dé el nombre de conciencia?
—O sea que mi vida en el devenir sigue su curso, y mi conciencia actual simplemente es como un lastre del que se deshizo en cierto momento.
—Creo que la imagen es casi exacta.
—¿Y me voy a quedar instalado acá por la eternidad?
—No, amigo, no exagere. El límite de su vida actual está dado por el límite de su anclaje en el devenir. Es decir: muere allá, y desaparece acá. Por lo tanto le recomiendo lo siguiente; de la misma manera que en aquella vida le llevó muchos años, como a todo el mundo, tener una visión global del camino que habría de andar, (el crecimiento, la vejez, la muerte) y en función de eso fue que se armó una imagen de la manera en que querría atravesar ese viaje (tal es el famoso sentido de la vida) aplique ese mismo criterio en esta otra forma, teniendo en cuenta que también aquí su tiempo es limitado. Sin ese límite, jamás se le hubiese ocurrido trazar una estrategia, desear de determinada manera, o convertir en deseo determinada imagen, ya que en la eternidad se supone que todas las combinaciones son posibles, si no inevitables. Pues esta es, hoy por hoy, su vida. La conciencia de límite, combinada con la capacidad estrictamente humana de la memoria, nos imponen dar una dirección a la vida para poder leerle una justificación en lo acumulativo. Toda construcción vital parte de la compulsión a la acumulación, y esto es reiterar en la vida la estructura que nos impone la memoria. Así, si no tenemos la sensación de que el paso del tiempo nos permite acumular algo, riquezas, experiencia, sabiduría, lo que fuere, sentimos que nuestra vida se disipó sin sentido. E incluso, a veces, las crisis de sentido que se tienen, no son otra cosa que crisis con aquello que hemos venido acumulando hasta el momento. No, ya no deseo acumular más riquezas, me daré, por tanto, a la acumulación de desapego y crecimiento espiritual.
—¿Usted también fracasó en su salto?
—No, hijo, yo aún no lo intenté. Aquella vez quise decirle que prepararse para el intento es un trabajo largo. Lamentablemente usted no llegó a percibir con intensidad suficiente mi pobre aviso de peligro. Tal vez me haya excedido en mis cuidados, dejando pasar demasiado tiempo. Pero sabrá comprenderme: toda mi vida fui así, y desconozco la realidad de aquella otra forma. Imagínese usted, viviendo siempre en la línea del devenir, si no le daría miedo tomar la decisión de pasar a este otro estado suyo.
—¿Piensa intentarlo?
—Sí. Ahora. Con usted. Estoy esperando el momento exacto, para el cual creo que falta muy poco.
No pude hablar más. Saber que iba a resultar un trampolín para el salto del viejo me dejó apabullado, me asustó, me dio odio, envidia y alegría. Hubiese querido ir con él, o preguntarle más, y no se me ocurría qué. Y sentí, por primera vez, la realidad debilitarse. No como en aquella ocasión de mi fracaso, mi percepción alterada, sino un saber profundo de que la realidad era vulnerable. Y supe también que el esfuerzo para atravesarla sería inmenso, necesitaría una preparación de la que yo carecía, una preparación de años de ir e ir más y más profundo en algún sentido, sea cualfuera. Al sentir el salto de don Fulvio como una pequeña interrupción, creí que en algo se había equivocado: no era imposible volver a intentarlo. Tal vez sí lograrlo, pero no intentarlo, y el imposible del logro no me constaba. Decidí prepararme para eso. Aunque en última instancia no pudiese, estaba inmerso en una vida, con sus propias leyes y maneras, pero vida al fin, y tenía que vivirla. Empezaría con este relato casi como sistema de preparación para el gran salto: sea este el de volver a mi vida anterior, sea el de la muerte. En cierto punto no había demasiada diferencia.
Abrí los ojos. Una sensación de intensidad incalculable me envolvía. No podía ver ni pensar, tan descarnados tenía los sentidos. Tardé mucho en reconocer la situación: la actual foto era en una habitación. Poca luz. Valentina y yo estábamos desnudos. Su expresión, deformada por la felicidad. Ambos en pleno orgasmo, entregados al instante como nunca lo sentí en mis vidas. Disfruté un larguísimo tiempo de la situación, y luego comencé este relato.
3
Querido diario: Hoy le mostré a papá el cuento que escribí. No sabía cómo mirarme. Me dijo que cuando yo le dije que le quería mostrar una historia que había escrito creyó que iba a ser un cuentito de amor, o de historia, porque siempre me gustó la historia. Después me felicitó muy serio, me parece que asustado. Yo le pregunté qué le parecía, aunque sabía que estaba orgulloso. Me dijo que le gustaba mucho, que se lo teníamos que mostrar a mamá, y que yo tendría que ser escritora. A mi me encantó. Pero pienso que no se. No se como escribí esto. Me lo dictaba una voz. Me cambié el nombre porque me daba vergüenza el final, pero todas las noches estoy soñando con eso, con el tío de Viki encima mío, los dos desnudos, quietos y felices, y me despierto re caliente y me pongo a escribir. Terminé el cuentito esta mañana. ¿Soñaré lo mismo hoy? Bueno. Me voy a la escuela y no estudié un carajo. Chau.
Hasta luego.
ADIVIM
1
Todavía recuerdo mi media sonrisa cuando descubrí que el segundero del reloj retrocedía. Sunny Quartz. Japan Parts, leí con tono irónico, preguntándome por el mecanismo que se rebeló contra la dirección que le imponía la pila. Es llamativa la liviandad con que empiezan las pesadillas de la vigilia. Como la concentración no es mi fuerte, el segundero marcha atrás me llevó, a través de ridículas asociaciones, a recrear el curso del día. Así, de manera casi premonitoria, volví sobre el chapuzón que me di en la pileta un rato antes, el agua helada contra el sol durísimo de febrero, el rato de lectura, la preparación del té, y ahora me tengo aquí, pensaba, en malla, sentado cómodamente ante mi escritorio, mirando un reloj descompuesto. Totalmente abstraído, no registré que me levantaba, caminaba hacia atrás en dirección a la cocina, deslavaba una taza, me sentaba en una reposera y llenaba la taza sacando de mi boca, trago a trago, té tibio.
Ahí comenzó el terror. Un sobresalto me hizo sentir que tiraba la taza, pero mi cuerpo no modificó ninguno de sus movimientos. Me vi acercarme a la cocina, pasar el té cada vez más humeante al pico de la tetera y desapagar la hornalla. Presencié el enfriarse del agua en el fuego mientras mi cuerpo se iba mojando, llegaba a la pileta caminando hacia atrás y entraba suavemente con un chucho de frío. Luego, absolutamente tomado por la desesperación, fuí arrancado violentamente hasta el trampolín, donde me encontré parado y repentinamente seco.
Ninguno de mis esfuerzos por actuar dio resultado. Era un espía paralizado del rebobinarse su propia vida. Pero, me dije, los pensamientos no se repiten, van hacia adelante. Entré a la habitación, tomé el tubo del teléfono y sostuve una conversación inentendible con mi mujer. Ahí confirmé que mi pensamiento iba hacia adelante mientras mi voluntad y mi cuerpo retrocedían: el lenguaje que se encadenaba en mi mente iba en sentido inverso que las palabras saliendo de mi boca. Dije áloh, colgué el tubo, lo escuché sonar, me moví hacia atrás en dirección al baño, sentí un agudísimo dolor en un pie, insulté, despateé la cama, calmándome inmediatamente, pulsé el botón de desagote del inodoro, me ensucié (lo expongo con algo de vergüenza, pero es muy gráfico del asombro aterrorizado que sabrán comprender) me ensucié con papel higiénico, y recibí en el recto mis propios excrementos, expulsados del agua con un plop invertido. La desesperación absoluta, el horror de esta extraña prisión, contrastaba notoriamente con mi actitud física despreocupada, desleyendo el diario.
Cuando llegó la mañana y Tamara, mi esposa, entró a casa caminando hacia atrás, me vi llevado hacia ella, despidiéndome (iba a poner al revés, pero ya no lo voy a aclarar más: siempre que hablo, o que alguien habla, es al revés), ayunando (en el sentido más estricto de la palabra) y volviendo a entrar a la cama, a dormir hasta la noche anterior. Ahí se agregó otro terror: excitado por la situación que me apresaba no podía dormir; y volví a atravesar la pesadilla que soñé, viéndola como un espectador preferencial. La vigilia no está preparada para presenciar la intensidad de una pesadilla, y eso la hizo mucho más angustiosa. No me extenderé en la narración de los sueños que me tocó volver a recorrer, salvo que aporten a la claridad del relato. Pasemos también velozmente el despertar, la cena (sentir el extraño recorrido del alimento desde mi estómago hasta el plato, siendo mis dientes los artesanos que daban forma a un perfecto trozo de pollo, y el cuchillo el artefacto que se ocupaba de pegar los trozos hasta construir un perfecto muslo), la salida de casa después de saludar a mi mujer oyéndola preguntar si la había extrañado, el dirigirme marcha atrás en auto a la oficina, y detengámonos en el viaje en ascensor.
En muchas oficinas antiguas, se conserva la costumbre de emplear jubilados como ascensoristas. El edificio de mi empresa tenía a don Fulvio, muy flaco, encorvado, de pésimo carácter, voz grave y una manera de hablar ampulosa y antigua, muy entretenida. El notaba mi buena predisposición, por lo que me tenía cierta debilidad. Subí al ascensor, y mientras repetíamos las frases del día anterior (entender el hablar invertido fue un proceso largo, como aprender otro idioma) oí dentro de mi cerebro su voz diciéndome:
—Veo, caballero, que ya ha comenzado.
—¿Qué? —pensé de manera automática.
—Es evidente.
—¿Usted me está hablando? —desesperé por decirle, aunque de mi boca salían comentarios como: ozarodaguj nu se ohcahcum ese.
—Sí, se lo que le pasa. Hace mucho espero este momento —contestó su mente. Y su boca: ¿emleuqiR ed elpmet le odaton aH?
—¿Qué me pasa, por favor?
Pero ya se abría la puerta, y mientras nuestro diálogo comenzaba a hilvanarse, una fuerza me arrancó hacia atrás y me llevó a mi escritorio, donde se desordenaron los papeles que salían del maletín mientras un café pasaba de mi boca a la taza. Logré sustraerme un poco del horror cuando me di cuenta que a la mañana, una vez retrocedido el día, me encontraría con don Fulvio y podríamos seguir "conversando".
Hoy por hoy, al recordar el comienzo de mi miserable odisea, siento alguna nostalgia. El ingreso a un nuevo mundo supone, pasado el pánico, una tensión de espíritu, un aprendizaje permanente que tiene su lado saludable. Pero ahí la sensación era que a cada momento se sumaba una nueva tragedia. Deshaciendo cada movimiento de mi rutina laboral, reviviendo cada diálogo, apareció una de aquellas angustias que siempre di por superadas: el vacío. El vacío de una vida mecánica, avara, la ausencia de intensidad y, aunque sea pequeño, algún heroísmo. En el trance de ser espectador, segundo a segundo, del ir hacia atrás mi propia vida, supe que ese espectáculo era de abulia y rutina. Que sería preferible estar dentro de cualquier otra persona menos la mía. Intenté concentrarme en evocar encuentros o situaciones a los que desease volver. La depresión se acentuó. Solo podía imaginar algún que otro momento de mi infancia, robado al despotismo de mi padre. Y sin demasiada certeza. Pensé cuánto más fácil era todo al desconocer el futuro: el ingreso permanente a la boca negra del devenir conlleva en sí un misterio. Siempre cabe la posibilidad de que la vida traicione aquello que uno proyecta mientras secretamente espera ser traicionado. Algo así como una esperanza. Muy distinto a mi caso en aquél momento: obligado a mirar íntegra una película repetida, aburrida, patética, cuyo título podría haber sido: adiv iM.
Al llegar la mañana, luego de saludar (¿cual es la palabra para "saludar cuando se llega", la equivalente a "despedirse"?) a mis compañeros, volví a entrar al ascensor. Y mientras hablábamos con don Fulvio, la comunicación continuó.
—Me expreso con celeridad porque el viaje es corto: tendremos que ir conversando de a retazos. Si no me equivoco carece usted de capacidad de acción. ¿Cierto?
—Cierto. ¿Qué me pasa? ¿Cuánto va a durar?
—No se. No es usted el único...
—¿A usted también le pasa? —interrumpí.
—No, mi contingencia es otra, pero lo sospechaba un futuro Dés.
—¿Qué es un Dés?
—No me interrumpa. Preste mucha atención a todos los detalles que se le pasaron por alto en las distintas circunstancias de su vida. Y a lo que se conoce como tiempos suspendidos. Mañana va...
No conseguí oír lo que continuó porque el cuerpo me llevó al auto, y el auto a casa. Durante el viaje intenté concentrarme en la idea de los tiempos suspendidos. No pude. Una indignación feroz me presionaba. Por lo que pasaba, sí, pero sobre todo por pensar en mi casa, en llegar y dormir al lado de mi esposa. Llevaba el estado interior que supongo a quienes, hartos de su vida, dan un portazo y dejan todo atrás. Y me veía imposibilitado hasta de insultar en voz baja. Solo tuve un instante de alegría cuando recordé que la semana anterior se detuvo el ascensor por un corte de luz, y pasé más de un cuarto de hora con don Fulvio.
—esaf atse otsuj se euq oerC —dijo don Fulvio. En mi recuerdo su expresión era compungida, pero el entrenamiento de esa semana me facilitó descubrir detalles que normalmente pasaba por alto. La mirada del viejo sonreía. Al tiempo que decía esa frase, la última antes que vuelva la electricidad y arranque el ascensor, mi mente recibía su mensaje:
—Bueno, ahora vamos a poder explayarnos algo más.
—Sí, toda esta semana me pasé esperando este momento.
—¿Cómo la está llevando?
—¿Usted preparó esta demora?
—No, yo también carezco de capacidad de acción. ¿Pensó en los tiempos suspendidos?
—Mucho. Pero recuerdo muy pocos, y ninguno reciente.
—¿Cómo?
—Que faltan muchos años para que me toque un momento así.
—Se equivoca.
Se instaló un silencio de segundos que no pude soportar.
—¡Cómo que me equivoco! ¡Usted qué sabe!
—Calma. Lo que digo es que en su conciencia los tiene anulados. Esos momentos implican una entrega al instante y a la presencia que lo acompaña, persona, música o paisaje, que usted no acostumbra atravesar, eso es cierto. Pero aunque usted mismo no se percate, y precisamente por eso, cada tanto se distrae. En esas distracciones está su esperanza. O su condena.
—Explíquese, por favor —por primera vez me molestó su hablar afectado. —Le dije vez pasada que no es el único sometido a esta situación. Por algún móvil que desconozco, a veces quiensea da, por decir, un rebote, y en lugar de seguir adelante con su vida queda preso en deshacerla. No es el único accidente que sucede con el tiempo. Pueden haber saltos adelante, ocultamientos integrales de personas, y suspenciones. A quienes padecen su caso se los llama Dés, por motivos obvios. Estos accidentes tienen una suerte de antídoto, y los antídotos tienen contraindicaciones.
—No entiendo.
—El presente no es fijo. A medida que vaya cediendo en usted la desesperación y logre prestar verdadera atención a los detalles, verá sutilezas fuera de lugar. Sale con una corbata y llega con otra, su mujer se maquilla de verde y al instante está de rosa, o durante tres años tiene un equis auto que pasa de pronto a ser un auto doble ve. No me interrumpa. Esos cambios se deben a saltos en el tiempo. A gente que intentó zafarse de uno de estos accidentes. Para accionar sobre su situación actual, usted debe forzar la realidad, poner toda su voluntad en un momento determinado en que la realidad no esté particularmente sólida, y modificarla. Pero cuando esta modificación se produce, la historia futura de la humanidad se mueve. Permanentemente hay gente intentando cambiar su situación en el tiempo, y cada vez que alguien lo logra, la realidad cambia. Siempre sutilmente en el corto plazo, pero con los siglos esos cambios son más notorios. Quienes viven montados en el tiempo lineal no tienen manera de percibirlos, porque sus conciencias se modifican a la par que el resto de los acontecimientos. Pero los que vivimos de algún modo marginados del bondadoso ir adelante el devenir, con un poco de entrenamiento, logramos ver esos cambios. ¿Me nota o se nota diferente desde que empezamos a conversar?
—No —presté toda la atención que me era posible—, no, la verdad que no.
—Ese paraguas, por ejemplo, no estaba. Pero ya logrará reconocer estas cosas. Voy a lo suyo. Uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de la realidad son los tiempos suspendidos. Esos momentos cuya intensidad nos hace perder noción, y no sabemos si pasaron cinco minutos o tres horas. Son instantes extáticos. Pero ojito, no hay que confundir abstracción y distracción. Quien logra abstraerse y entregarse a esos instantes, tiene una mayor cercanía con la realidad de la realidad. Quién se distrae la niega, por lo tanto logra menor penetración.
—¿Y cómo se distingue?
—Es fácil distinguirlo después de sucedido, pero durante no, y no hay recetas ni claves. Está en usted.
—Pero antes dijo que mis posibilidades estaban en la distracción.
—Correcto: me refería al distraerse de su propia conciencia. No es la distracción en sí la que suspende el tiempo, sino que dentro de esos paréntesis, distraído de sí mismo, logra a veces cierta concentración que no se reconoce. Pongo por ejemplo algún que otro viaje en ascensor, en que lo vi soltar ciertas miradas que no parecían suyas a una mancha de humedad, o a una desconocida.
—¿Entonces?
—Entonces, de esos tiempos suspendidos, solo le sirven aquellos que se den en relación con una persona. Porque su objetivo será, aún sabiendo que le es imposible actuar, generar con su conciencia una sobrecarga: en su mirada, en su expresión... algo que para usted implicará un esfuerzo tremendo y se traducirá exteriormente apenas como un sutilísimo brillo de sus ojos, o una pequeñísima ampliación de su sonrisa. Y la modificación que logre autoimponerse deberá reverberar en la persona con la que esté. Ese será el salto que lo vuelva a instalar en la circulación lineal del devenir. Pongamos por caso que, conversando con una dama, llegan a un momento de tal intensidad que usted percibe una debilitación en su concepto habitual de realidad. En el devaneo de la conversación ella le preguntó: "¿Me alcanza el abanico?" y usted le respondió "Cómo no". Pues en esta situación, retrocediendo su vida, usted pondrá toda su voluntad al decirle "on omóc", por lo tanto su respuesta modificará la pregunta, convirtiéndola por ejemplo en: "¿Ha visto mi abanico?". ¿Me sigue?
—Intento. Creo que casi.
—Bien. Tal vez, incluso, no llegue a modificarle esa pregunta, pero sí una anterior, la que llevó la charla al tema del abanico, al punto que quizás desaparezca la temática del abanico. En cualquier caso, si su esfuerzo es fructuoso, en algún segmento ese encuentro va a cambiar, y al punto en que eso suceda es al que llamo salto. Su vida se remontará, a partir de ahí, normalmente en dirección pasado-futuro. Y aunque de inmediato olvidará con su conciencia este transe que le está tocando vivir, las cosas que aprenda ahora serán fijadas en lo profundo de su ser, y le serán útiles para crecer de manera más plena en su regreso al devenir.
Quise interrumpirlo, pero una catarata de imágenes salió de su mente y se instaló en la mía. Vi, y con eso recordé, que don Fulvio estuvo enfermo y sin venir a trabajar durante una semana, que sería para mí de soledad espantosa. Y se introdujo en mí un mensaje de peligro: que no actúe sin que desarrollemos con más extensión nuestra charla. Habíamos llegado al momento anterior al apagón, y el golpe del ascensor depositándome en la planta baja fue seguido por lo que el movimiento pasó a significar en esa época para mí: una fuerza involuntaria que me llevaba por caminos ya transitados.
Casi no fui consciente de la llegada a mi casa, ni de un dolor de cabeza creciente cuyo pico máximo llegó cuando me metí en la cama, apenas me desperté. No registré a Tamara, no se si me duché o no, no se nada. Pensaba en lo recién oído, reconstruía sistemáticamente los nuevos datos, y recién por la noche, mientras mi cuerpo dormía, encontré la pregunta que no había hecho: ¿y si no logro modificar a mi interlocutor? El aviso de peligro era clarísimo. Pero la desesperación me llevaba a dejarlo de lado. En un movimiento abracé a Tamara, y ella me apoyó su pesada pierna con dejadez. Atrapado en esta posición, mi indignación se confundía con un asco creciente. Sus ronquidos fundiéndose con los míos, la baba pastosa cayendo por mis comisuras... no soportaba más, era demasiado. Asco por mí, por Tamara, hasta por don Fulvio, con su ridícula forma de hablar, de erudición ignorante. Pasaron algunas horas. ¿Podría dormir, alguna vez? El asco, el odio y la infelicidad crecían en la oscuridad hasta convertirse en una sola masa que amenazaba ahogarme.
Antes de levantarme noté que mi cerebro funcionaba de manera poco habitual. Una fuerza movía el caudal de mis pensamientos con liviandad y peso a la vez. Una mezcla de confusión y absoluta certeza. Me elevé violentamente en el aire, y tambaleando llegué al baño. Sin entender me vi arrodillado ante el inodoro. En el colmo del horror y el asco sentí un chorro interminable de vómito subiendo del inodoro a mi boca, y los retorcijones del estomago recibiendo esa inmundicia, mientras oía gritos de mi esposa y objetos romperse contra el piso o las paredes en otra parte de la casa. La confusión mental aumentaba a cada instante. Recordé que veníamos de una fiesta en casa de la hermana de Tamara, y que bebí más de una copa de más. Como por la borrachera no recordaba nada, desde que empezó a retroceder mi vida ocho días "atrás", tendría por primera vez unas horas de no anticipar exactamente la secuencia de los sucesos, lo que constituía un pobre reencuentro con la sensación del devenir en un futuro desconocido.
Cuando salí del baño me encontré con Tamara, también ebria, refregándose contra mí, intentando ponerme la ropa y sacando las manos de mis pantalones. Del piso subió su tapado, y el auto nos llevó a la puerta de la casa de mi cuñada, que nos esperaba despidiéndonos. Entramos.
Mi ánimo era espantoso. Pasé una noche espantosa. Tuve sensaciones espantosas. Quiero que quede claro esto, como manera de explicar y explicarme mi trágica imprudencia. El dantesco cuadro de personas llenando vasos de vino desde sus buches acentuaba mi depresión a pasos agigantados. Pero una presencia atrapó mi atención. Valentina, amiga de la hija de la dueña de casa, invitada a la fiesta. Valentina tenía 15 años, y era hermosísima. Estaba muy desarrollada para su edad, y la minifalda, los tacos y la musculosa se empeñaban en demostrarlo. Pero su carita, su expresión cándida, labios anchos, ojos pequeños y movedizos, el lunar apenas sobre la boca y los dientes separados daban a ese cuerpo un vuelo sobrenatural. Apenas la vi recordé un detalle que me paralizó: en un momento de la fiesta, todavía no del todo ebrio, estuvimos con Valentina casi media hora conversando en el balcón que da al jardín. Y si la memoria no me engañaba, en ese tiempo la realidad perdió todo peso y fijeza. Era perfecto. Faltaría una hora para que llegue el momento de esa charla, y decidí inmediatamente probar las enseñanzas de mi mentor. No tuve más conciencia del peligro, un peligro por otro lado desconocido. Difícil pensar en algo peor que mi vida. Aún sin certezas acerca del esfuerzo que anticipó don Fulvio, mi interior lo exigía. Me sucedió, por primera vez, compartir algo con mi otro yo: ambas direcciones de mi ser coincidían en una emoción indecible, apabullante, en un deseo que no podía ser solo carnal. Y ambas coincidían en la conclusión: eso era amor. Me había enamorado de esa niña, y comprendí que el exceso de alcohol, poco frecuente en mí, se debía a esa emoción, difícil de sostener o de ocultar. Ahí encontré lo que separaba mis dos conciencias: mientras que mi antigua personalidad optó por encerrarse en el alcohol y enterrar en el olvido ese sentimiento, mi yo actual estaba totalmente decidido a dar el gran salto, a apostar todo contra un riesgo que yo mismo desconocía. Y si el cuerpo me respondiera, el pecho se me habría ensanchado por este pensamiento: he crecido.
Durante la repentina caminata que me llevó, mirando a Tamara, hacia el balcón, tuve conciencia de Valentina yendo en la misma dirección desde el otro extremo de la casa. Recuerdo brumosamente haberla oído hablar de sus estudios, de su vocación por la historia, de alguna amiga suya que la traicionó. Mientras, pensaba en el tiempo suspendido. Sentía la debilidad progresiva de la realidad, la confirmaba con alegría creciente, reconocía todos los síntomas de los que me hablara don Fulvio, y una poderosa fuerza de voluntad empezó a concentrarse en mis ojos, transformados en una compuerta que retenía con dificultad un caudal de intensidad como nunca imaginé, que esperaba una orden mía para volcarse sobre ella. Cuando sentí que se acercaba el momento preciso, el cenit del tiempo suspendido, comencé a prestar atención a sus palabras, para confirmar si mi ataque las modificaba. Atendí no solo al clima de la charla, sino a alguna frase mía que pudiese darme una pista de que su pregunta era comprometida La charla venía así:
—aigoloib ne odasap oña le ídnerpa oL
—¿natsug eT? laredef allertse ,iS
—laredef euq es on nos sase ,áriM.
Una intimidad inquieta me avisó que faltaban segundos para soltar todo. Estábamos mirando el jardín, hablando de las flores, y nuestros brazos se rozaban. No faltaba nada. Nuestras miradas se encontraron. Un corto silencio. Todo crecía y la realidad era como el vapor sobre el asfalto caliente. Hablé.
—neib rasap a somav al, íS.
En una milésima fracción de segundo interpreté la frase y todo el sentido que empujaba. Sí, decía yo, o sea que era respuesta de un estímulo suyo, y el silencio y la mirada, su sonrisa cándida y maliciosa hamacándose bajo el hielo concentrado de sus ojitos me decidió. Abrí la compuerta y envié hacia ella una carga que podría voltear los muros de cualquier prisión. Todavía no puedo creer que la liberación, la euforia instantánea que sentí no me hiciera gritar. Pero en el preciso instante que jugaba todo de mí para que algo de ella, por mínimo que sea, se modifique y me libere, un movimiento brusco me distrajo. Tambaleé un poco, una copa rota subió del piso y se armó en mi mano, la muchacha dejó de mirarme, sus ojos esquivándome enloquecidos, volví hacia adelante arrastrado por un violento movimiento de su brazo, llegué hasta casi besarla, y mis brazos nos alejaron con suavidad, sin ella perder la sonrisa, pero ruborizada.
2
No entendía. Dejé pasar unos segundos más, a ver si ese torbellino de pequeños movimientos fue disparado por la carga que deposité a mi mirada. Quedamos como congelados. Seguí esperando lo que fuera, cualquier tipo de reacción. El corazón de mi pensamiento latiendo desaforado. Nuestra mirada se estiraba, y no llegaba ni una frase suya ni una mía que cortara la situación, que la llevara hacia algún lado, que me trajera algún mensaje acerca de mi futuro. Ambos quietos, la copa casi vacía en mi mano, su expresión fija. Segundos, minutos...
Y también, sí: horas, días.
Había fracasado. Había fracasado. No logré modificar nada, y he aquí el riesgo del que hablaba el viejo: quedé suspendido. Desde ese momento (imposible saber cuanto tiempo pasó), mi pensamiento habita una escena fija. Solo tengo interrogantes que se suman. ¿Será posible generar un salto, aquél que intenté, desde aquí mismo? ¿Esto es mejor o peor que retroceder? Por un lado aquí hay un reposo mayor (tal vez sea que el tiempo me aplacó), en no tener que revivir cuadro por cuadro mi ridícula vida. Pero ¿Será eterno esto? Y aquello, el retroceder, ¿donde se hubiese detenido? ¿En mi nacimiento? ¿En el momento de unión del óvulo y espermatozoide que me formaron? ¿En la vida de mis antepasados? ¿En mis eventuales vidas pasadas, si es que la reencarnación existe?
No puedo hacer ninguna otra cosa que pensar. Y esperar los cambios que se provocan, irregularmente, en la situación. Confirmo lo que decía don Fulvio: el tiempo no es fijo, y cada persona que logra generar un salto modifica la historia futura de la humanidad. Lo confirmo porque el cuadro que me encierra, cada tanto cambia. A veces con sutileza, a veces de manera más drástica. Pero vamos en orden.
Aquella noche mi desesperación iba creciendo a medida que comprendía. Todo violentamente fijo, salvo mi pensamiento sobrevolando la nueva escena, intentando rumiar con avidez todas las opciones posibles. Me sentí mucho más preso que antes, hice esfuerzos de los que siempre me creí incapaz. Nada. No tenía manera de medir el tiempo. No había noches, días, primaveras ni otoños. El jardín que estaba ante mí no cambiaba, ni Valentina. Valentina... La miraba constantemente. Intentaba leer en su expresión mi error. Nada. Siempre me resultó esquiva, siempre distante. La miraba a los ojos, ella miraba hacia abajo. La empecé a percibir tosca, vulgar, una niña, una persona incompleta, que jugó casi inocentemente conmigo probando sus fuerzas femeniles. Una traidora. Revisé la conversación. Intenté reconstruirla íntegra, silencio a silencio. No estoy seguro del límite entre el recuerdo y lo que fui inventando en nombre de la certeza de un recuerdo. Hasta que un día (¡un día...!) noté que me estaba mirando a los ojos. No vi el movimiento, sino simplemente que la dirección de su mirada era otra. Prestando más atención a los detalles vi que el jardín era distinto. Había dos enanos de yeso que antes no estaban, y faltaba la estrella federal. El corazón de mi pensamiento dió un vuelco. Pensé que me liberaba, pero la desilusión fue creciendo a medida que confirmaba la fijeza de la nueva situación, y me la explicaba con las palabras de don Fulvio. Cada vez que alguien logra dar un salto, todo cambia. Y, lógico, el cuadro que me tenía preso también. Pero no el hecho de estar preso.
Al tiempo (¿Cuanto?: no se), el cambio fue más drástico. Tuve repentina conciencia de estar en el living de la misma casa, rodeado de gente desconocida. Supuse, entonces, que el salto fue dado muchos años antes, así que los alcances de las modificaciones de la realidad actual ya estaban atravesados por ramificaciones más amplias. La temporada que pasé con estos desconocidos me supuso, dentro de todo, un pequeño entretenimiento: el juego de las especulaciones. ¿Quién sería el hombre de bigote tupido que dejó suspendida una frase, y cuál sería esa frase? ¿Con quién se iría a dormir esa muchacha de expresión lúbrica que reprimía una carcajada mirando hacia abajo? ¿Con quién me iría yo, sentado en un sillón, ante un grupo de gente parada a mi alrededor? Como si intentase encontrar roles en la foto de un grupo de desconocidos, pasaba por todas las posibilidades y las cotejaba con posiciones y expresiones, tratando de armar el rompecabezas con la mayor precisión posible. Pero siempre llegaba un momento en que el juego mutaba de entretenido en angustioso: al especular sobre mí mismo. ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¿Cuál era mi expresión? ¿Sería la misma persona miserable, condenada a la fijeza por no saber prestar atención al otro, ni distinguir entre pasión carnal mezclada con fantasía, y amor mutuo y promesas de afectos profundos? Cada vez que abordaba este punto se me hacía imposible seguir avanzando en mis especulaciones.
Cambié luego a un lecho. Dormía mirando hacia un costado, y otra persona, creo por el perfume que una mujer, dormía a mis espaldas. Nos rozábamos los pies. Y yo soñaba. Pasé mucho tiempo con esta situación. Mis ojos cerrados, una compañía desconocida, y una imagen congelada de sueño: la cara de una anciana pegando un alarido, las venas de la garganta muy hinchadas se veían a través de las arrugas. Sus ojos cerrados con muchísima violencia (todo en esa escena era de ojos cerrados). La boca abierta, tensa y desdentada.
Y así atravesaba las distintas situaciones, ya tan parecido a una foto con conciencia que casi había olvidado mi antigua forma de vida. Llamaba a los cambios despertares, porque no veía la transformación. Estaba instalado en un lugar que de pronto era otro. Como si abriese los ojos una y otra vez, sin cerrarlos jamás. Unos ojos abriéndose desde atrás de mis párpados abiertos.
Una vez, ya olvidado de mi aspecto, pasé el transe de despertar frente a un espejo. Era un baño pobre, pequeño, incómodo. Estaba en calzoncillos, sin camisa, inclinado sobre el espejo, casi tocándolo con la cabeza, estirando para abajo mi párpado inferior, como buscando una basurita o una huella de anemia. No voy a insistir con desesperación, pánico, terror, horror, miedo, que quise gritar y no pude, que quise morir y tampoco. Como esas palabras y sensaciones se repiten sin tregua desde el momento en que empecé a retroceder, voy a hacer todo lo posible por relatar los hechos y quitarles mis emociones. Todo lo posible. Continúo: desperté frente a mi imagen. A saber cuánto tiempo (tiempo del de antes) sin tener registro de mi imagen. Gordo, barba mal crecida, arrugas de miserable, ojeras, muy poco pelo, grasoso y peinado como para tapar la calvicie. En fin... Imposible adivinar la vida a que me habrían arrastrado los distintos saltos en el tiempo de tantas personas en la historia. Y en ese punto me preguntaba: ¿entonces hacer una vida, decidir ser de una manera es una insensatez? ¿Qué sentido tiene el intentar avanzar en un determinado sentido, si los permanentes saltos de la historia van jugando con las circunstancias de nuestra vida hasta hacerla totalmente irreconocible?
Como si se tratase de un castigo, o de un mensaje, esta imagen fue de las de mayor permanencia. Pasé mucho tiempo intentando pensar otras cosas, inventando juegos y reflexiones para evitar mi imagen. Cuando logré adaptarme a esa realidad y volví a estudiarme, entendí que ese rostro era el mío, y expresaba exactamente mi vida tal como la había llevado hasta el momento de mi salto, aunque tal vez en otra situación socioeconómica. Era el mismo tipo de miserable, el mismo temeroso cordero obsesionado con la comodidad y las formas, ignorante de sí mismo, esforzándose por eludir sentimientos y pasiones. Di por sentado que el posible crecimiento que pudiera haberse operado en mi recorrida de marginal del tiempo no modificó en absoluto la escencia de lo que había sido mi vida. Y di por respondidas las preguntas anteriores. Ese fue un punto importante en mí: volví a desear volver al devenir, lleno de fuerzas para vivir normalmente y cambiar, mejorar. Tal vez, aunque estadísticamente fuese casi imposible, una cierta conjunción de hechos podría volver a dejarme en la misma situación en que quedé suspendido, y tendría una oportunidad. Quería con toda mi alma esa oportunidad, poder aplicar lo que aprendí en un nuevo intento. Sabía en qué erré aquella vez: no puse atención. Mis sensaciones eran solo y absolutamente mías, esa niña no estaba ahí, o estaba de otra manera, jugando a otra cosa. Creí que era sensación mutua aquél tosco deseo de posesión de una jovencita hermosa. Y no le presté atención a ella, por lo cual mi atención hacia mí mismo era irreal, porque sin atención al otro toda percepción de la propia realidad es falsa. ¿Sería posible volver a intentarlo?
—No —oí. Cuando "abrí los ojos" la foto era otra. Un bar de barrio, también de noche, pocas mesas ocupadas, un vaso de alguna bebida alcohólica (lo sé por el olor) en la mano, y frente a mí, don Fulvio—. Ya se lo dije en aquella ocasión: es imposible.
—Don Fulvio... ¿Cuanto hace que estoy así? —me sorprendíó mi pregunta, tan espontánea.
—¿Importa?
—No sé.
—Seis años de los de allá —continuó luego de un largo silencio— ¿Cómo anda?
—¿Qué pregunta es esa? —pregunté encolerizado.
—Disculpe, la costumbre.
Durante el siguiente largo silencio lo miré. Estaba mejor, menos flaco, menos encorvado, mejor afeitado. Se apoyaba en la mesa como para sentarse o levantarse. En la barra, un camarero apoyaba su brazo en el hombro de un comensal.
—¿Y cual es su problema?, o su situación, no se.
El viejo tardó en responder.
—Podemos decirle situación. Yo abandoné el devenir siendo un niñito, casi sin conciencia. He crecido dando saltos en todas las direcciones. Por lo tanto, si bien comprendo la sensación de desesperanza que puede embargarlo de vez en vez, mi conciencia de la vida es esta, no tengo referencias de anclaje para comparar. Y en sí, no me parece esto ni mejor ni peor. Porque de hecho tengo, aunque moviéndose en una dirección particular, separada del concepto habitual de forma de vida, aquello que nos define como ente, como individualidad, o como "yo", que es la conciencia. Para mí la vida es esto: un deambular permanente y en todas las direcciones. Desconozco la sensación de continuum. Nunca me moví hacia adelante ni hacia atrás, ni quedé estático. Hay una línea trazada por el devenir de mi vida, de esa vida de allá, por decir, que dura equis cantidad de años. Y la recorro de a saltos desordenados, ora siendo un niño, al instante siendo anciano, ora siendo adulto y luego púber. Y tal vez por haberme salido tan temprano de la línea, me fue dada la capacidad de comunicarme.
—¿Con todos puede comunicarse?
—No, no exactamente. Pero ignoro por completo de qué depende.
—¿Y su vida? Aquella, digo. ¿Es un devenir mecánico sin conciencia?
—En cierto modo sí, comparada con la de aquellos que tuvieron la ocasión de salir y volver a entrar.
—No entiendo.
—Sucede que el concepto de conciencia es un tanto esquivo. Suponga que usted nunca hubiese dado este salto. Vive con una conciencia, con un yo, creído de que la vida es cierta cosa. Luego da el salto, y ve que es algunas cosas más. Su yo instalado en el devenir actúa a conciencia, pero esa conciencia a usted, aquí y ahora, le resulta insuficiente, estrecha, y hasta podría catalogarla de mecánica. ¿Pero lo es? Y esta conciencia suya actual, encerrado en una sucesión de imágenes fijas, ¿tiene un alcance mayor que, por poner, la de alguien cuyo salto pasase por percibir las sensaciones y emociones de todo el mundo, y sintetizarlos en una serie de pensamientos a los que tal vez dé el nombre de conciencia?
—O sea que mi vida en el devenir sigue su curso, y mi conciencia actual simplemente es como un lastre del que se deshizo en cierto momento.
—Creo que la imagen es casi exacta.
—¿Y me voy a quedar instalado acá por la eternidad?
—No, amigo, no exagere. El límite de su vida actual está dado por el límite de su anclaje en el devenir. Es decir: muere allá, y desaparece acá. Por lo tanto le recomiendo lo siguiente; de la misma manera que en aquella vida le llevó muchos años, como a todo el mundo, tener una visión global del camino que habría de andar, (el crecimiento, la vejez, la muerte) y en función de eso fue que se armó una imagen de la manera en que querría atravesar ese viaje (tal es el famoso sentido de la vida) aplique ese mismo criterio en esta otra forma, teniendo en cuenta que también aquí su tiempo es limitado. Sin ese límite, jamás se le hubiese ocurrido trazar una estrategia, desear de determinada manera, o convertir en deseo determinada imagen, ya que en la eternidad se supone que todas las combinaciones son posibles, si no inevitables. Pues esta es, hoy por hoy, su vida. La conciencia de límite, combinada con la capacidad estrictamente humana de la memoria, nos imponen dar una dirección a la vida para poder leerle una justificación en lo acumulativo. Toda construcción vital parte de la compulsión a la acumulación, y esto es reiterar en la vida la estructura que nos impone la memoria. Así, si no tenemos la sensación de que el paso del tiempo nos permite acumular algo, riquezas, experiencia, sabiduría, lo que fuere, sentimos que nuestra vida se disipó sin sentido. E incluso, a veces, las crisis de sentido que se tienen, no son otra cosa que crisis con aquello que hemos venido acumulando hasta el momento. No, ya no deseo acumular más riquezas, me daré, por tanto, a la acumulación de desapego y crecimiento espiritual.
—¿Usted también fracasó en su salto?
—No, hijo, yo aún no lo intenté. Aquella vez quise decirle que prepararse para el intento es un trabajo largo. Lamentablemente usted no llegó a percibir con intensidad suficiente mi pobre aviso de peligro. Tal vez me haya excedido en mis cuidados, dejando pasar demasiado tiempo. Pero sabrá comprenderme: toda mi vida fui así, y desconozco la realidad de aquella otra forma. Imagínese usted, viviendo siempre en la línea del devenir, si no le daría miedo tomar la decisión de pasar a este otro estado suyo.
—¿Piensa intentarlo?
—Sí. Ahora. Con usted. Estoy esperando el momento exacto, para el cual creo que falta muy poco.
No pude hablar más. Saber que iba a resultar un trampolín para el salto del viejo me dejó apabullado, me asustó, me dio odio, envidia y alegría. Hubiese querido ir con él, o preguntarle más, y no se me ocurría qué. Y sentí, por primera vez, la realidad debilitarse. No como en aquella ocasión de mi fracaso, mi percepción alterada, sino un saber profundo de que la realidad era vulnerable. Y supe también que el esfuerzo para atravesarla sería inmenso, necesitaría una preparación de la que yo carecía, una preparación de años de ir e ir más y más profundo en algún sentido, sea cualfuera. Al sentir el salto de don Fulvio como una pequeña interrupción, creí que en algo se había equivocado: no era imposible volver a intentarlo. Tal vez sí lograrlo, pero no intentarlo, y el imposible del logro no me constaba. Decidí prepararme para eso. Aunque en última instancia no pudiese, estaba inmerso en una vida, con sus propias leyes y maneras, pero vida al fin, y tenía que vivirla. Empezaría con este relato casi como sistema de preparación para el gran salto: sea este el de volver a mi vida anterior, sea el de la muerte. En cierto punto no había demasiada diferencia.
Abrí los ojos. Una sensación de intensidad incalculable me envolvía. No podía ver ni pensar, tan descarnados tenía los sentidos. Tardé mucho en reconocer la situación: la actual foto era en una habitación. Poca luz. Valentina y yo estábamos desnudos. Su expresión, deformada por la felicidad. Ambos en pleno orgasmo, entregados al instante como nunca lo sentí en mis vidas. Disfruté un larguísimo tiempo de la situación, y luego comencé este relato.
3
Querido diario: Hoy le mostré a papá el cuento que escribí. No sabía cómo mirarme. Me dijo que cuando yo le dije que le quería mostrar una historia que había escrito creyó que iba a ser un cuentito de amor, o de historia, porque siempre me gustó la historia. Después me felicitó muy serio, me parece que asustado. Yo le pregunté qué le parecía, aunque sabía que estaba orgulloso. Me dijo que le gustaba mucho, que se lo teníamos que mostrar a mamá, y que yo tendría que ser escritora. A mi me encantó. Pero pienso que no se. No se como escribí esto. Me lo dictaba una voz. Me cambié el nombre porque me daba vergüenza el final, pero todas las noches estoy soñando con eso, con el tío de Viki encima mío, los dos desnudos, quietos y felices, y me despierto re caliente y me pongo a escribir. Terminé el cuentito esta mañana. ¿Soñaré lo mismo hoy? Bueno. Me voy a la escuela y no estudié un carajo. Chau.
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