#53 Re: Espiando a los escritores
¡Hola, gente!
Les dejo dos articulos para conocer un poco más a Juan Carlos Onetti y Henri Michaux.
Espero les gusten.
Cariños,
Sil
Onetti y la pintura, dos compañeros insospechados
La pasión de Juan Carlos Onetti por la pintura "es una sorpresa insospechada" que ofrece algunas de las claves para entender su formación como escritor, destacaron hoy dos de los principales expertos en el autor uruguayo en el marco de las celebraciones del centenario de su nacimiento.
"Tres nombres son los que sobresalen en esta pasión de Onetti por la pintura: Henri "El Aduanero" Rousseau, Paul Cézanne y Paul Gauguin", aseveró Hugo Verani, autor del libro "Juan Carlos Onetti. Cartas de un joven escritor", que recoge la correspondencia entre el artífice de "El pozo" y el pintor uruguayo Julio Payró.
Ya en los primeros textos de Onetti se descubre "una intención de conectar las artes visuales con la literatura", afirmó por su parte el profesor Juan Fló, para quien esa "sobreabundancia de elementos visuales" se convierte después en un elemento más de sus cuentos y novelas.
Estos dos especialistas participaron hoy en la segunda de las mesas redondas organizadas por el Centro Cultural de España en Montevideo para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor el 1 de julio.
"Con la realidad, el artista no hace nada", de ahí que Onetti coincidiera con esos grandes pintores en que "hay que salirse de esa realidad", dijo Fló.
En su disertación, Hugo Verani dejó hablar a Onetti en una de estas cartas a la hora de expresar la importancia que tuvo para él la pintura.
"Siempre he sacado poca o ninguna utilidad de mis lecturas sobre técnicas y problemas literarios: casi todo lo que he aprendido de la divina habilidad de combinar frases y palabras ha sido en críticas de pintura", decía Onetti en esa misiva fechada en 1937 y dirigida a su gran amigo Payró.
La adhesión de Onetti a la pintura de Cézanne o Gauguin se basaba, explicó Verani, en esa capacidad de "trasponer la vida diaria, cotidiana" a un mundo "imaginario", pero que es "reconocible e inmediato".
Según este doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Wisconsin, Onetti quedó sorprendido por la capacidad de Gauguin para plasmar "dramas interiores" en sus figuras.
De Cézanne asumió ese "aspecto inacabado de los lienzos" que llevó a su narrativa, repleta de "huecos" y detalles escamoteados que, para Verani, "aseguran la complicidad del lector".
Así lo afirmaba Onetti en su carta número 48, recogida en esta recopilación: "SIEMPRE HAY ALGO que no se dice", con las mayúsculas incluidas, en el sentido de que, finalmente, "el significado profundo de las acciones humanas, no se puede comunicar", según Verani.
El experto añadió que Onetti aplicaba en sus novelas aspectos muy claros de la pintura postimpresionista, como la multiplicad de los planos narrativos (que obtiene también del cine, otro arte muy amado por el autor de "El astillero") que transformaba con su escritura en la "simultaneidad de tramas paralelas".
Ese amor por la pintura también se reflejó en la riqueza de las descripciones de gestos y ademanes de los personajes de Onetti, y en la capacidad para "pintar" con sus frases las atmósferas más densas, que también obtuvo de su lectura de autores como James Joyce o Marcel Proust, con los que llegó al fondo de la materia.
"Hay una zona, en el espíritu, pongamos, que se llama arte y que no es la realidad: una zona donde el hombre alcanza a tocar el misterio, el infinito, Dios, el Cosmos, la esencia, el alma de la creación, allá en los cielos y en la cosa más humilde y doméstica", decía el propio Onetti en una de estas cartas a Payró.
Fuente: adn. es
La última visita a Henri Michaux
La última vez que vi a Henri Michaux fue el martes 14 de agosto de 1984, en
la avenue du Suffren, donde vivía solo. Su sirvienta española estaba de vacaciones, una bomba había explotado en el edificio de enfrente rompiendo los vidrios de sus ventanas y había estado enfermo durante los últimos tiempos, pero era el mismo Henri Michaux que mi esposa Betty y yo habíamos conocido diecisiete años atrás, cuando traduje su poema “Hacia la completud”. De inmediato nos preguntó si no lo veíamos más viejo y desmejorado, porque su salud no era buena y esa noche no había dormido, teniendo que rehacer hasta la madrugada un texto suyo que en una trituradora de papel (paper shredder) había destruido por error. Sin embargo, comenzamos a hablar de Jorge Luis Borges (traductor al castellano de su libro Un bárbaro en Asia) y de cómo la ceguera del escritor argentino, a quien había conocido en Buenos Aires, había impedido siempre un diálogo más amistoso, ya que cada vez que se reencontraban era necesario reconocerse mediante identificaciones verbales, además de que por esa misma causa Borges hablaba continuamente sin oír a los otros. En un momento dado, nos confió que era candidato al Premio Nobel de 1984 y nos consultó si debería aceptarlo o no, en caso de recibirlo; sobre qué hacer con el dinero, si donarlo o conservarlo; ya que si lo donaba la gente iba a decir: “Michaux es rico” y si no lo hacía: “Michaux es avaro”.
En el curso de la conversación, se disculpó a menudo por no poder invitarnos a comer, ya que no podía ir solo de compras y no sabía cocinar, prometiéndonos que la próxima ocasión si lo haría; por otra parte, había reducido su alimentación casi a lo mínimo. En 1967 habíamos ido juntos a un restaurant próximo a Notre Dame, fue allá donde durante la plática de pronto llamó la atención sobre un hombre que caminaba en medio de la calle, diciéndonos: “Va a acabar mal, está muy confiado... Es bueno que las drogas estén prohibidas, no son buenas para todos y a la mayor parte de la gente la destruyen”.
Asimismo, frente a él, recordó a los Michaux de encuentros sucesivos. Nos había dicho que los domingos descansaba: no escribía, no dibujaba, no contestaba el teléfono, leía un poco; que había venido a México, a Tabasco y Yucatán, sin llegar al D. F. a causa de la altura, y la mayor sorpresa del viaje había sido su descubrimiento de la belleza de las negras, a su paso por Miami; que había estado en Urbino, en la Galleria Nazionale delle Marche, para ver “La historiadle judío y la hostia” de Paolo Uccello, pintor que le gustaba mucho pero cuyo cuadro le había decepcionado por no ser más que una ilustración de un prejuicio vulgar de la época; que René Char era “el más griego de los poetas franceses”, de Francis Ponge, que detestaba a Michaux.
El 3 de octubre de 1968, lo veo claramente, había venido por la tarde a vernos al Gran Hotel des Balcons, donde Betty y yo nos quedábamos en París, para darnos la noticia de lo que había pasado en México. Había visto el encabezado en un Paris Soir sobre la matanza de Tlatelolco. Juntos caminamos por el Boulevard Saint Germain, sin que él fuera reconocido por nadie. Sabido era que no se dejaba retratar y eso permitía que fuera por las calles de manera anónima, casual. En un café nos sentamos a platicar y poco después se despidió. Nosotros salíamos para Nueva York, en el France al día siguiente.
Con Henri Michaux se atravesaban países, se viajaba por el tiempo, lo mismo se evocaban poetas de la dinastía Tang que místicos como Ruysbroeck y San Juan de la Cruz, se hablaba tanto de Heráclito como del Tao Te King, de los indios (de la India) y de los indios mexicanos, en sus supervivencias mágicas y rituales por encima de los siglos. Porque él quería estar más allá de su temporalidad, no estar aprisionado en la imagen, en el cuerpo de Henri Michaux, para vivir en el espacio de adentro de su propio ser. Y para serlo, no había nada mejor que el conocimiento por los abismos, la poesía. Una poesía que estaba tanto en las palabras como en las figuras y movimientos de sus dibujos, unas y otros expresiones visuales de sí mismo, hombre siempre en camino hacia la completud. Una completud a la que no había llegado, pues al preguntarle mi esposa Betty si creía que la había alcanzado diecisiete arlos después de haber escrito el poema, contestó que no, que aún no. Ignorantes él y nosotros de que dos meses después iba a viajar hacia ella, libre de palabras y movimientos, de razones y deseos. Como cuando se despierta de un sueño que mientras se veía se pensaba que era real, así quedan en mis manos como prueba verídica de mis contactos con Michaux, que ahora parecen soñados, unas cuantas cartas con su letra menuda, ininteligible, unos cuantos dibujos y, sobre todo, sus libros, donde está de cuerpo entero su ser escrito, que ahora ha tomado el lugar del otro, del material, del humano, del efímero.
“La fortuna una vez más, la fortuna de lengua de aceite, habiendo lavado mis heridas, infortuna como un cabello que se trenza con las sienes, habiéndome tomado y habiéndome unido indisolublemente a ella, de golpe, mientras me empapaba de alegría, de golpe la Muerte vino y dijo: “Es tiempo. Ven”. La Muerte, para siempre jamás la Muerte ahora.” (“Canto de Muerte”).
Homero Aridjis
Testamento místico
En el momento de morir, Budha dijo a sus discípulos:
De ahora en adelante sean su propia luz; su propio refugio.
No busquen otro refugio.
No busquen más refugio que ustedes mismos.
No se inquieten por la manera de pensar de los demás.
Manténganse en su propia isla.
Unidos a la contemplación.
Un barbare en Asie
Henri Michaux
Fuente: no la sé, lo tenía en papel y lo transcribí. Tendría que buscar en internet y editar para no romper regla alguna de psico.