#1 [COLUMNA] Espiando a los escritores
Siempre tuve el impulso y la curiosidad de saber más de lo que se escribe en los libros sobre la vida y obra de mis escritores preferidos. Así voy buscando apuntes y curiosidades que los colocan en un plano más íntimo, más humano y más próximo a una verdad muchas veces, no digo oculta, pero sí, no dicha.
Por eso hoy quise comenzar a compartir con ustedes esta mala costumbre mía con la esperanza de que alguien más me siga a modo de espiar en la vida real de nuestros escritores.
Ojalá les guste.
La última tarde de Borges en Buenos Aires
Por eso hoy quise comenzar a compartir con ustedes esta mala costumbre mía con la esperanza de que alguien más me siga a modo de espiar en la vida real de nuestros escritores.
Ojalá les guste.
La última tarde de Borges en Buenos Aires
(Retrato de Julio Ruelas en "La Gaceta")
La tarde del 27 de Noviembre de 1985, en una pequeña librería de la calle Arenales al 1700, se despedía definitivamente de su ciudad natal, sin que nadie lo supiera, Jorge luis Borges.
Ese día, se habían congregado allí un grupo de amigos y admiradores para homenajearlo, realizando una exposición de todos los libros del escritor en sus primeras ediciones.
Nadie más que él, supo esa tarde que aquella reunión era una despedida.
¿Quién podía imaginar Buenos Aires sin Borges? ¿Quién podía pensar que Borges no era inmortal?
Un bibliógrafo amigo, había aportado su completísima colección para poder hacer la exposición. Borges la inauguraba con su presencia. Como se trataba de un homenaje, se había dispuesto no hacer nada que no le gustara. Al pricipio él mismo aclaró, que no conservaba sus primeras ediciones y que, como Oscar Wilde, preferí las segundas y terceras. Cuando se le explicó que se tenían todos los libros, se sorprendió de que hubiera gente en el mundo que se preocupara por conservarlos.
Sencillo, afable y hablador, grande fue su alegría al encontrarse después de mucho tiempo, con su amigo Adolfo Bioy Casares.
El ajedrez, las librerías, Buenos Aires, sus viajes, fueron temas que surgían de sus labios mientras firmaba sin ver los libros que le acercaban y que inevitablemente preguntaba cuál era, para agregar algún comentario sabroso: "Historia universal de la infamia...pensar que cuando escribí este libro no sabía qué era la infamia. Después la vida me lo enseñó".
Así fue trancurriendo el tiempo, en ese clima de encantamiento y fascinación que provocaba su sola presencia.
Cuando llegó el momento de irse, se despidió diciendo que pasaría la Navidad en Italia y que luego iría a Ginebra. Nadie le creyó cuando dijo que no volvería. Sin saberlo, ésta habría de ser su última tarde en Buenos Aires, como él seguramente, siempre hubiera querido: con amigos y entre libros.
Ese día, se habían congregado allí un grupo de amigos y admiradores para homenajearlo, realizando una exposición de todos los libros del escritor en sus primeras ediciones.
Nadie más que él, supo esa tarde que aquella reunión era una despedida.
¿Quién podía imaginar Buenos Aires sin Borges? ¿Quién podía pensar que Borges no era inmortal?
Un bibliógrafo amigo, había aportado su completísima colección para poder hacer la exposición. Borges la inauguraba con su presencia. Como se trataba de un homenaje, se había dispuesto no hacer nada que no le gustara. Al pricipio él mismo aclaró, que no conservaba sus primeras ediciones y que, como Oscar Wilde, preferí las segundas y terceras. Cuando se le explicó que se tenían todos los libros, se sorprendió de que hubiera gente en el mundo que se preocupara por conservarlos.
Sencillo, afable y hablador, grande fue su alegría al encontrarse después de mucho tiempo, con su amigo Adolfo Bioy Casares.
El ajedrez, las librerías, Buenos Aires, sus viajes, fueron temas que surgían de sus labios mientras firmaba sin ver los libros que le acercaban y que inevitablemente preguntaba cuál era, para agregar algún comentario sabroso: "Historia universal de la infamia...pensar que cuando escribí este libro no sabía qué era la infamia. Después la vida me lo enseñó".
Así fue trancurriendo el tiempo, en ese clima de encantamiento y fascinación que provocaba su sola presencia.
Cuando llegó el momento de irse, se despidió diciendo que pasaría la Navidad en Italia y que luego iría a Ginebra. Nadie le creyó cuando dijo que no volvería. Sin saberlo, ésta habría de ser su última tarde en Buenos Aires, como él seguramente, siempre hubiera querido: con amigos y entre libros.
Fuente: Nidia Cobelia
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