Miguel hernández

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      • 09/10/08
    #1 Miguel hernández
    Un homenaje a un grande, que me ha provocado la desaparición de un humano que juzgó a otros, ¿humanos?, los carceleros.

    ttbaires

    LAS CÁRCELES
    I
    Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
    van por la tenebrosa vía de los juzgados:
    buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
    lo absorben, se lo tragan.

    No se ve, que se escucha la pena de metal,
    el sollozo del hierro que atropellan y escupen:
    el llanto de la espada puesta sobre los jueces
    de cemento fangoso.

    Allí, bajo la cárcel, la fábrica del llanto,
    el telar de la lágrima que no ha de ser estéril,
    el casco de los odios y de las esperanzas,
    fabrican, tejen, hunden.

    Cuando están las perdices más roncas y acopladas,
    y el azul amoroso de las fuerzas expansivas,
    un hombre hace memoria de la luz, de la tierra,
    húmedamente negro.

    Se da contra las piedras la libertad, el día,
    el paso galopante de un hombre, la cabeza,
    la boca con espuma, con decisión de espuma,
    la libertad, un hombre.

    Un hombre que cosecha y arroja todo el viento
    desde su corazón donde crece un plumaje:
    un hombre que es el mismo dentro de cada frío,
    de cada calabozo.

    Un hombre que ha soñado con las aguas del mar,
    y destroza sus alas como un rayo amarrado,
    y estremece las rejas, y se clava los dientes
    en los dientes del trueno.

    II
    Aquí no se pelea por un buey desmayado,
    sino por un caballo que ve pudrir sus crines,
    y siente sus galopes debajo de los cascos
    pudrirse airadamente.

    Limpiad el salivazo que lleva en la mejilla,
    y desencadenad el corazón del mundo,
    y detened las fauces de las voraces cárceles
    donde el sol retrocede.

    La libertad se pudre desplumada en la lengua
    de quienes son sus siervos más que sus poseedores.
    Romped esas cadenas, y las otras que escucho
    detrás de esos esclavos.

    Esos que sólo buscan abandonar su cárcel,
    su rincón, su cadena, no la de los demás.
    Y en cuanto lo consiguen, descienden pluma a pluma,
    enmohecen, se arrastran.

    Son los encadenados por siempre desde siempre.
    Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe:
    sólo el hombre que advierto dentro de esa mazmorra
    como si yo estuviera.

    Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
    Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
    Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
    no le atarás el alma.

    Cadenas, sí: cadenas de sangre necesita.
    Hierros venenosos, cálidos, sanguíneos eslabones,
    nudos que no rechacen a los nudos siguientes
    humanamente atados.

    Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,
    tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.
    Porque un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo.
    Y las cárceles vuelan.
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    5 comentarios / 468 Visitas

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    01/04/2009
    #2 Re: Miguel hernández
    Tito, me tomo el atrevimiento de sumar dos poemas más suyos que a mí son de los que más me gustan y contribuir en este tan merecido homenaje.

    GUERRA

    Todas las madres del mundo,
    ocultan el vientre, tiemblan,
    y quisieran retirarse,
    a virginidades ciegas,
    el origen solitario
    y el pasado sin herencia.
    Pálida, sobrecogida
    la fecundidad se queda.
    El mar tiene sed y tiene
    sed de ser agua la tierra.
    Alarga la llama el odio
    y el amor cierra las puertas.
    Voces como lanzas vibran,
    voces como bayonetas.
    Bocas como puños vienen,
    puños como cascos llegan.
    Pechos como muros roncos,
    piernas como patas recias.
    El corazón se revuelve,
    se atorbellina, revienta.
    Arroja contra los ojos
    súbitas espumas negras.

    La sangre enarbola el cuerpo,
    precipita la cabeza
    y busca un hueco, una herida
    por donde lanzarse afuera.
    La sangre recorre el mundo
    enjaulada, insatisfecha.
    Las flores se desvanecen
    devoradas por la hierba.
    Ansias de matar invaden
    el fondo de la azucena.
    Acoplarse con metales
    todos los cuerpos anhelan:
    desposarse, poseerse
    de una terrible manera.

    Desaparecer: el ansia
    general, creciente, reina.
    Un fantasma de estandartes,
    una bandera quimérica,
    un mito de patrias: una
    grave ficción de fronteras.
    Músicas exasperadas,
    duras como botas, huellan
    la faz de las esperanzas
    y de las entrañas tiernas.
    Crepita el alma, la ira.
    El llanto relampaguea.
    ¿Para qué quiero la luz
    si tropiezo con tinieblas?

    Pasiones como clarines,
    coplas, trompas que aconsejan
    devorarse ser a ser,
    destruirse, piedra a piedra.
    Relinchos. Retumbos. Truenos.
    Salivazos. Besos. Ruedas.
    Espuelas. Espadas locas
    abren una herida inmensa.

    Después, el silencio, mudo
    de algodón, blanco de vendas,
    cárdeno de cirugía,
    mutilado de tristeza.
    El silencio. Y el laurel
    en un rincón de osamentas.
    Y un tambor enamorado,
    como un vientre tenso, suena
    detrás del innumerable
    muerto que jamás se aleja.



    EL HERIDO
    Para el muro de un hospital de sangre.


    I
    Por los campos luchados se extienden los heridos.
    Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
    salta un trigal de chorros calientes, extendidos
    en roncos surtidores.
    La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
    Y las heridas suenan, igual que caracolas,
    cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
    esencia de las olas.
    La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
    La bodega del mar, del vino bravo, estalla
    allí donde el herido palpitante se anega,
    y florece, y se halla.
    Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
    La que contengo es poca para el gran cometido
    de sangre que quisiera perder por las heridas.
    Decid quién no fue herido.
    Mi vida es una herida de juventud dichosa.
    ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
    herido por la vida, ni en la vida reposa
    herido alegremente!
    Si hasta a los hospitales se va con alegría,
    se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
    de adelfos florecidos ante la cirugía.
    de ensangrentadas puertas.

    II
    Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
    Para la libertad, mis ojos y mis manos,
    como un árbol carnal, generoso y cautivo,
    doy a los cirujanos.
    Para la libertad siento más corazones
    que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
    y entro en los hospitales, y entro en los algodones
    como en las azucenas.
    Para la libertad me desprendo a balazos
    de los que han revolcado su estatua por el lodo.
    Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
    de mi casa, de todo.
    Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
    ella pondrá dos piedras de futura mirada
    y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
    en la carne talada.
    Retoñarán aladas de savia sin otoño
    reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
    Porque soy como el árbol talado, que retoño:
    porque aún tengo la vida.
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    01/04/2009
    #3 Re: Miguel hernández

    es sumamente terrible y bello como escribe

    amo "el herido"
    -----Agregado el 1/4/2009 a las 04 : 38 : 48-----
    es sumamente terrible y bello como escribe

    amo "el herido"

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    03/04/2009
    #4 Re: Miguel hernández

    No puedo menos que sumarme a este homenaje a uno de mis autores más queridos:


    NANAS DE LA CEBOLLA de Miguel Hernandez

    La cebolla es escarcha
    cerrada y pobre.
    Escarcha de tus días
    y de mis noches.
    Hambre y cebolla,
    hielo negro y escarcha
    grande y redonda.

    En la cuna del hambre
    mi niño estaba.
    Con sangre de cebolla
    se amamantaba.
    Pero tu sangre,
    escarchada de azúcar
    cebolla y hambre.

    Una mujer morena
    resuelta en lunas
    se derrama hilo a hilo
    sobre la cuna.
    Ríete niño
    que te traigo la luna
    cuando es preciso.

    Tu risa me hace libre,
    me pone alas.
    Soledades me quita,
    cárcel me arranca.
    Boca que vuela,
    corazón que en tus labios
    relampaguea.

    Es tu risa la espada
    más victoriosa,
    vencedor de las flores
    y las alondras.
    Rival del sol.
    Porvenir de mis huesos
    y de mi amor.

    Desperté de ser niño:
    nunca despiertes.
    Triste llevo la boca:
    ríete siempre.
    Siempre en la cuna
    defendiendo la risa
    pluma por pluma.

    Al octavo mes ríes
    con cinco azahares.
    Con cinco diminutas
    ferocidades.
    Con cinco dientes
    como cinco jazmines
    adolescentes.

    Frontera de los besos
    serán mañana,
    cuando en la dentadura
    sientas un arma.
    Sientas un fuego
    correr dientes abajo
    buscando el centro.

    Vuela niño en la doble
    luna del pecho:
    él, triste de cebolla,
    tú satisfecho.
    No te derrumbes.
    No sepas lo que pasa
    ni lo que ocurre.


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    07/04/2009
    #5 Re: Miguel hernández
    Mi contribución al poeta.

    Canción del esposo soldado

    He poblado tu vientre de amor y sementera,
    he prolongado el eco de sangre a que respondo
    y espero sobre el surco como el arado espera:
    he llegado hasta el fondo.

    Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
    esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
    tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos
    de cierva concebida.

    Ya me parece que eres un cristal delicado,
    temo que te me rompas al más leve tropiezo,
    y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
    fuera como el cerezo.

    Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
    te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
    Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
    ansiado por el plomo.

    Sobre los ataúdes feroces en acecho,
    sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
    te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
    hasta en el polvo, esposa.

    Cuando junto a los campos de combate te piensa
    mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
    te acercas hacia mí como una boca inmensa
    de hambrienta dentadura.

    Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
    aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
    y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
    y defiendo tu hijo.

    Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
    envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
    y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
    sin colmillos ni garras.

    Es preciso matar para seguir viviendo.
    Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
    Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
    cosida por tu mano.

    Tus piernas implacables al parto van derechas,
    y tu implacable boca de labios indomables,
    y ante mi soledad de explosiones y brechas
    recorres un camino de besos implacables.

    Para el hijo será la paz que estoy forjando.
    Y al fin en un océano de irremediables huesos,
    tu corazón y el mío naufragarán, quedando
    una mujer y un hombre gastados por los besos.

    Miguel Hernández
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    24/05/2009
    #6 Re: Miguel hernández
    MADRE ESPAÑA

    Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
    con todas las raíces y todos los corajes,
    ¿quién me separará, me arrancará de ti,
    madre?

    Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
    si su fondo titánico da principio a mi carne?
    abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
    ¡nadie!

    Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
    donde desembocando se unen todas las sangres:
    donde todos los huesos caídos se levantan:
    madre.

    Decir madre es decir tierra que me ha parido;
    es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
    es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
    sangre.

    La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
    El otro pecho es una burbuja de tus mares.
    Tú eres la madre entera con todo su infinito,
    madre.

    Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
    Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
    Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
    madre.

    Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
    volverás a parirme con más fuerza que antes.
    Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
    ¡madre!

    Hermanos: defendamos su vientre acometido,
    hacia donde los grajos crecen de todas partes,
    pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
    aires.

    Echad a las orillas de vuestro corazón
    el sentimiento en límites, los efectos parciales.
    Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
    grande.

    Una fotografía y un pedazo de tierra,
    una carta y un monte son a veces iguales.
    Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
    madre.

    Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
    los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
    fundirse con nosotros y salvar la primera
    madre.

    España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
    de dolor y de piedra profunda para darme:
    no me separarán de tus altas entrañas,
    madre.

    Además de morir por ti, pido una cosa:
    que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
    vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
    madre.



    LA BOCA


    Boca que arrastra mi boca:
    boca que me has arrastrado:
    boca que vienes de lejos
    a iluminarme de rayos.



    Alba que das a mis noches
    un resplandor rojo y blanco.
    Boca poblada de bocas:
    pájaro lleno de pájaros.

    Canción que vuelve las alas
    hacia arriba y hacia abajo.
    Muerte reducida a besos,
    a sed de morir despacio,
    das a la grama sangrante
    dos fúlgidos aletazos.
    El labio de arriba el cielo
    y la tierra el otro labio.



    Beso que rueda en la sombra:
    beso que viene rodando
    desde el primer cementerio
    hasta los últimos astros.
    Astro que tiene tu boca
    enmudecido y cerrado
    hasta que un roce celeste
    hace que vibren sus párpados.



    Beso que va a un porvenir
    de muchachas y muchachos,
    que no dejarán desiertos
    ni las calles ni los campos.



    ¡Cuánta boca enterrada,
    sin boca, desenterramos!



    Beso en tu boca por ellos,
    brindo en tu boca por tantos
    que cayeron sobre el vino
    de los amorosos vasos.
    Hoy son recuerdos, recuerdos,
    besos distantes y amargos.



    Hundo en tu boca mi vida,
    oigo rumores de espacios,
    y el infinito parece
    que sobre mí se ha volcado.



    He de volverte a besar,
    he de volver, hundo, caigo,
    mientras descienden los siglos
    hacia los hondos barrancos
    como una febril nevada
    de besos y enamorados.



    Boca que desenterraste
    el amanecer más claro
    con tu lengua. Tres palabras,
    tres fuegos has heredado:
    vida, muerte, amor. Ahí quedan
    escritos sobre tus labios.