217)
Cuando tus manos salen,
amor, hacia las mías,
¿qué me traen volando?
¿por qué se detuvieron
en mi boca, de pronto,
por qué las reconozco
como si entonces, antes,
las hubiera tocado,
como si antes de ser
hubieran recorrido
mi frente, mi cintura?
Su suavidad venía
volando sobre el tiempo,
sobre el mar, sobre el humo,
sobre la primavera,
y cuando tú pusiste
tus manos en mi pecho,
reconocí estas alas de paloma dorada,
reconocí esa greda
y ese color de trigo.
Los años de mi vida
yo caminé buscándolas,
subí las escaleras,
crucé los arrecifes,
me llevaron los trenes
las aguas me trajeron,
y en la piel de las uvas
me pareció tocarte.
La madera de pronto
me trajo tu contacto,
la almendra me anunciaba
tu suavidad secreta,
hasta que se cerraron
tus manos en mi pecho
y allí como dos olas
terminaron su viaje.
Tus manos_Pablo Neruda
218)
Yo, simplemente vine a nutrirme de asombro
en mi niñez recuerdo me anegaba lo bello
como un agua sencilla. Ni siquiera recuerdo
cuando dolió primero esta sangre que llevo.
No hay un fecha exacta de mi arribo al espanto.
Entraba a los misterios como Juan por su casa
y andaba enloquecido de tanta maravilla.
Todo esto sucedía de manera inocente.
No escuchaba el crujido, las roturas del día
ni el dolor de los árboles gastados por el viento,
simplemente crecía con la simple opulencia
de un fruto en el verano. Ni siquiera sabía
que lo hermoso era hermoso: mi padre inaccesible
con su sombra gigante, mi voz, que no sonaba aún
sino por dentro. El aroma regazo que envolvía a mi madre.
Era como el reverso de la muerte y el grito,
andaba por la vida húmedo de milagro
No digo que recuerdo, pero mi país era
casi de un verde siempre. Por donde uno anduviera
lo seguían los árboles. Un canal rumoroso lo partía en el medio
y luego se perdía por los cañaverales.
Mi país era bueno, loco de puro grillo,
lleno de sol, maduro, con sus lentos caballos.
El agua, madre y greda, verde de yerba mota
nos lavaba el racimo de las uvas moradas.
Jugábamos al río con el canal crecido
robábamos duraznos de corazón dorado
hacíamos fogatas altas como nosotros
y esperábamos siempre que sucediera algo
Allí supe que puede suceder lo increíble
apenas uno quiera penetrar y habitarlo
y sólo estar y estarse padeciendo el misterio
quietecito, en silencio: sometido al silencio
potente de la sangre.
De esa verde memoria es que conozco el llanto.
Traía un pan enorme. Detrás mío, la tarde
se iba quedando pálida. Entré en el callejón
desenredando un silbo que quería aprender
y que no había caso. Fue cuando abrí la puerta
que el llanto se me vino. La casa estaba llena
de ese clamor extraño. Nadie me vio. Era el grito
su primer estallido. Mi madre como un trapo
con el rostro en las manos. Mis hermanos, el perro,
la soledad más terca y el miedo, el lento miedo
cavando en mi gargata: de golpe el llanto crudo,
su jauría en mi casa. ¡Papá!, grité, ya herido
por el miedo y el grito. Y me volví a buscarlo
sin saber que lloraba.
Cuando entré al callejón la tarde ya era vieja.
Yo corría aterrado en busca de mi padre
Después regresé al llanto, solo como el olvido
y un gran rito de sombras me aguardaba en la casa
De Memorias del grillo de Armando Tejada Gomez