Sin embargo, Foucault, nacido en la ciudad francesa de Poitiers, no sólo simpatizó con la forma de ver el mundo de los nihilistas, sino que también lo hizo con la muerte, que para él alberga la quintaesencia de la libertad humana. La muerte es estática, como el efecto de una droga, y no es algo que haya que temer, dijo el filósofo, que murió de sida hace 25 años, un 25 de junio. Tenía entonces 57 años. Todo su arte, su conciencia, sus ideologías, sus tendencias y visiones sociales las expresó en un sistema normativo similar a un código lingüístico, lo que lo convirtió en uno de los máximos representantes del estructuralismo, aun cuando él mismo rehuyó de esta etiqueta.
Sus trabajos, en los que investiga cómo nace el poder, y en los que compara colegios, cuarteles y hospitales con prisiones, fueron siempre tema de controversia. En "Vigilar y castigar", Foucault escribe: "el verdadero político nos ata con cadenas más fuertes que las cadenas de hierro, pues nos ata con cadenas de sus propias ideas y ese encadenamiento es tanto más fuerte en cuanto no sabemos de qué está hecho". Según el filósofo francés Gilles Deleuze los trabajos de Foucault carecen de cualquier lógica. Son como rachas de aire o sacudidas. "Uno cree estar en un puerto y se encuentra lanzado al mar abierto", describió Deleuze. Sin embargo, el historiador Pau Veyne lo calificó de "historiador perfecto".
Foucault consideraba que la tarea del intelectual era reinterrogar las evidencias. No insistir en legitimar lo que ya se sabe sino intentar saber cómo y hasta dónde es posible pensar distinto, sacudir los hábitos adquiridos, no ofrecer soluciones sino identificar y caracterizar problemas. Esto es coherente con su creación del "Grupo de Información sobre las Prisiones", que no perseguía reformar el sistema carcelario sino reunir documentos que tuvieran un fuerte efecto trastornador. Este accionar condensa su postura intelectual. Por un lado posibilitar que aquellos que son el objeto de los discursos de los expertos tomen la palabra. Por otro, trabajar y difundir información sobre las prisiones. La fuerza de su pensamiento no reside en la construcción de una teoría definitiva a la que adherir sino en un método, la búsqueda, en el estudio del saber humano, de algo que sería como su inconsciente (son sus palabras); un inconsciente que tiene sus propias reglas. Criticado por izquierdas y derechas señaló: "si nunca dije qué debe hacerse no es porque crea que no hay nada que hacer, por el contrario, hay miles de cosas por hacer, por inventar, forjar por aquellos que han reconocido las relaciones de poder en las que están implicados y han decidido resistirlas". Es ese el "legado" de Foucault, el que motivó sus estudios, el que declara en uno de sus textos más hermosos, "La voluntad de saber": "donde hay poder, hay resistencia… y es la codificación estratégica de esos puntos de resistencia lo que torna posible una revolución".
Foucault murió de sida. Había hecho oídos sordos a todas las advertencias y se dejó llevar por sus pasiones sadomasoquistas, consciente del peligro mortal que suponían. Buscaba en la muerte una experiencia límite y no sólo en una ocasión. Ya cuando tenía 21 años intentó suicidarse. El estudiante, hijo de médico, se hizo cortes en el pecho con la navaja de afeitar. Dolor, deseo, tormento y ansia fascinaron a Foucault y todo ello le sirvió como estimulante contra "el orden de las cosas", el título original de su libro "Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas". "Ellas deben despertar de su sueño dogmático y comprender que el hombre es una invención reciente, no el tema más antiguo de la reflexión", señala. En otra de sus obras, "El nacimiento de la clínica", afirma que la pasión le da a su vida un "rostro inconfundible". En cierta ocasión señaló que con los instrumentos sadomasoquistas uno puede llegar a inventarse a sí mismo. En 1976 comenzó una "Historia de la sexualidad" que no finalizó y de la que tenía previsto publicar seis tomos. Foucault murió en un hospital de París, el mismo que fue objeto de unos de sus famosos estudios, "La folie et la société" ("La locura y la sociedad), el "Hóspital de la Salpítrière", que databa del siglo XIX y albergaba el centro psiquiátrico más famoso Europa, en el que se encerró a locos, suicidas fracasados, prostitutas y personas con enfermedades venéreas.
A 25 años de su muerte sus textos tienen plena vigencia y continúan promoviendo polémicas, y, claro, resistencias… como él quería.