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Alberto Laiseca

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Bueno, Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941. Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias, ...

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    Takhisis escribió el 23/01/2003 a las 21:44 hs.
     
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    #1 Alberto Laiseca
    Bueno, Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941. Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias, fue durante seis años empleado telefónico y durante otros diez corrector de pruebas del diario La Razón . Desde hace algunos años es asesor de la editorial Letra Buena. Ha publicado "Su turno" (novela, 1976); "Aventuras de un novelista atonal" (novela, 1982); "Matando enanos a garrotazos" (cuentos, 1982); "Poemas chinos" (poesía, 1987); "La hija de Kheops" (novela, 1989); "La mujer en la muralla" (novela, 1990); "Por favor, plágienme!" (ensayo, 1991); "El jardín de las máquinas parlantes" (novela, 1991); "El gusano máximo de la vida misma" (1999). Pero bastante antes de publicar su primer libro, Lai, se convertiría en lo que se convertiría en su mítico hijo literario: "Los Soria", una monumental saga novelística de mil quinientas páginas que intenta «reflexionar sobre el poder absoluto y la posibilidad de organizarlo de un modo más humanizado». Finalmente, dieciséis años después de terminada, "Los Soria" fue publicada en 1998.
    Tal vez no sea el mejor cuentiyo para iniciar a alguien en Lai, pero bueno, fue el primero que leí yo y lo adoré desde ese mismísimo instante. El cuento de hoy es el primero del libro "Matando enanos a garrotazos".


    Gran caída de la indecorosa vieja. Por Alberto Laiseca.

    En el año doscientos de la Egira, ya existían los ómnibus en aquel remoto reino de las profundidades de Arabia. ¡Ya, Alah!: ayúdame para que por lo menos, por respeto al Diván, con su nube de emires, califas, sultanes, cadíes, imanes, derviches, calendas y creyentes, yo diga la verdad siquiera esta vez. Sea yo veraz, aunque Dios mienta.
    Existían los ómnibus, repito, sólo que al no haber electricidad, ni estar solucionado el problema tecnológico de los motores a explosión, arreglaban las cosas con un motor más voluminoso. Consistía éste en una cámara grande como una habitación, donde quince esclavos hacían girar una rueda conectada a un engranaje, que a su vez movía las pantaneras del ómnibus.
    Cuatro capataces munidos de látigos mojados y espolvoreados con sal, se encargaban de estimular los bríos de los terrestres galotes. El vehículo se movía lentamente, claro está, pero en forma segura.
    Cada tanto, había estaciones de servicio donde los galotes transformados en pulpa o tocino salado, eran echados a la Gehena de azufre y llamas que arde eternamente, situada por lo general detrás de la estación de servicio. Los muertos eran en el acto reemplazados por tropas frescas, como dicen los militares.
    El cadí subió al automotor y sacó boleto de quince dracmas. Como a esa hora el transporte iba casi vacío, pudo sentarse confortablemente en un asiento del fondo y a la izquierda. Siempre que podía se instalaba atrás; en esta forma si un enemigo le hacía un signo mágico con los dedos, podía detectarlo con facilidad y tomar las contramedidas necesarias.
    Mientras el artefacto autopulsado se ponía en marcha, comenzó a recordar las más absurdas cosas. En ello estaba el cadí, trinando alegremente sus fantásticos pensamientos, sin prestar atención al traqueteo del ómnibus ni a los latigazos que se escuchaban desde el motor, cuando de pronto una vieja repulsiva que se había puesto a su lado, comenzó a toser para llamarle la atención –vanamente, por supuesto-; viendo que no le cedían el asiento –el ómnibus se había llenado en la parada anterior-, procedió a la puesta en marcha de un operativo de más vastos alcances: algo así como la pacificación de las Galias por Julio César, o Federico el Grande invadiendo la Sajonia. Me refiero a que le incrustó en el ojo derecho un ángulo de la cartera. Desagradablemente arrancando de sus ensueños, el cadí sonrió, levantó la cabeza para mirarla, y le dijo con dulzura:
    -¡Ya Alah! ¿Cómo te has atrevido a incrustarme tu cartera en el ojo, falsa e inmunda salchica de plástico; abominable creación del Malo, a quien el Profeta -¡con él sean la Gloria y la Salsa para ensalsarlo!- confunda?
    Dichas estas palabras, hizo detener el vehículo y llamó a la Guardia del Alfanje, la cual se llevó a la repelente vieja arrastrándolas patas, por lo que su pollera aleteaba alegremente, entremezclándose con el polvo y levantándolo a cucharadas.
    Una vez instalado en su despacho, el cadí pasó a administrar una rápida justicia, dejando a la repugnante vieja para postre, que habría de merendar al siguiente día. Así, mientras ingería un refrigerio, condenó a un %10 de inocentes, liberó y “sin que el juicio afecte a su buen nombre y honor” a un %20 de culpables, y el %70 restante fue sancionado más o menos como lo merecía. Todo rapidísimo y en quince minutos.
    Unas veintiocho personas, entre hombres y mujeres fueron a parar ese día al suplicio de las soldaduras; consistía en trazar sobre la piel de los condenados, con barritas de estaño y autógena, toda clase de líneas y dibujos maravillosos que parecían oropéndolas anadeando sus culos por entre elipses de plata, y que se iban entrecruzando alrededor del cuerpo como cañamazo, terminando por formar una sola pieza sobre la carne carbonizada. No dibujaban figuras humanas porque lo prohíbe expresamente el Profeta (¡con Él sean la plegaria y la paz!).
    Se utilizaba oro, si era domingo; puesto que este es el metal que corresponde astrológicamente a ese día de la semana. Plomo si era sábado, etc.; y así también: hierro, estaño, plata, cobre, mercurio. El último metal mencionado no producía ningún daño por sí mismo, como es natural, pero las quemaduras del mercurio hirviendo gracias a la autógena eran más que suficientes.
    Y dijo el cadí: “¡Ya, Alah! Agradezco a la Providencia que no haya un octavo planeta cuyo representante sea el platino, por ejemplo, que es carísimo”.
    Los discípulos del cadí hacía rato que observaban a la asquerosa vieja carterista, haciéndose agua la boca.
    A los fines de endosarle un espejismo o falos castigo, cosa que tuviese una pálida idea de la verdadera reprimenda que le habría de dar el cadí cuando se levantara por la mañana y diese alimento a los perros sagrados, arrancaron a la desabrida e intratable vieja las pocas muelas y dientes que le quedaban, para emparejarle las encías; en esa forma la vieja execrable y arisca podría articular mejor las palabras, e iniciar con eficiencia su defensa oral ante el cadí.
    Compadecidos por lo demás ante su boca huérfana de piezas dentales, se decidieron por pura filantropía a ponerle una dentadura allí mismo sin falta. Así, comenzaron por atarla con alambres de púa a un poste, y luego, sin prestar la menor atención a los ruidos triunfantes de la maliciosa y detestable vieja, procedieron a meterle en cada encía –donde antes hubo dientes o muelas- un clavo a martillazos. Dichos trebejos estaban calentados al rojo; pero no para hacer sufrir a aquella aviesa pécora, vieja malévola e insolente, sino por su propio bien; ya que en esa forma, las heridas cicatrizaban de inmediato. La desalmada proterva, condenable y ruin vieja, vino a quedar de esta guisa con una dentadura nueva, como de plata.
    Seguramente alguien se preguntará cómo es posible dar martillazos en el fondo de una encía. Es que, estos Emires de los Dientes, habían inventado un mini martillo telescópico, encargado de producir en el interior de las fauces viejeriles, los indispensables micro climas de violencia.
    Luego que a la pésima e indeseable vieja le hubo sido puesta la nueva dentadura, los Dispensadores de Dones quedaron cavilantes acerca de los méritos de la obra odontológica. En ese momento la dentadura parecía de plata puesto que los clavos eran nuevos; pero ¿qué sería de aquel argentino brillo una vez oxidados?
    De manera que se los arrancaron a todos, uno por uno, y luego de haberlos sometido a un baño de acrílico se los volvieron a meter en los mismos agujeros. Como los clavos habían sufrido un proceso de engorde a causa del plástico, no bailaban sino que entraron lo más bien.
    Toda esta última parte de la operación, o sea la sacada y puesta, fue acompañada por la música de la descarrilada, injusta y perniciosa vieja, quien lanzaba alaridos tan magníficos que los operadores llegaron a la conlusión de que ella estaba gozando intensamente. Para tal estimación se basaron en el cuarto principio de la termodinámica, o ley del segundo orgón, de Reich. En efecto, la anatematizada y perversa vieja obligaba a tal pensamiento con sus arqueos de espalda y, sobre todo, mediante los golpes que daba con sus pies: primero zapateaba con una pierna, después con la otra, luego otra vez con la primera, etc. De los más erótico y análogo a un violento orgasmo. Corajuda, la rabiosa vieja, dentro de su placer. Irascible, la malsufrida geronta. Soberbia, la prepotente anciana. Arrebatada y torva, gozando sola y sin invitar a nadie, aquella tenebrosa furia. Sus berridos en cambio, soberanos y nítidos, no tenían nada de lóbregos ni desdibujados ni confusos; antes bien, los mencionados alaridos parecían ovaciones; o sea; el aplauso unánime del público cuando premia la labor de un artista. Aquellos rugidos sexuales eran luminosos, nítidos, diáfanos, paladinos, inequívocos y terminantes. Sus gritos deliciosos y reconfortantes hablaban de apetencias eróticas, de públicas demandas de lecciones prácticas.
    Después de todo se las había arreglado para sacar provecho, la nauseabunda y malintencionada vieja. Más odiosa que nunca, la infame y fétida.
    Así pues y por todo lo anteriormente referido, esos derviches, aquellos santones de la dentición, llegaron al convencimiento íntimo de que esta endiablada estaba de lo más alegre y gozosa, y que sus alaridos pura simulación propia de un pudor koránico. Libres ya de remordimientos y con la conciencia tranquila, alguien propuso volvérselos a sacar y ponerle clavos de cuatro caras como los que se les colocan a los zombees, para impedir la rotación y asegurarlos a las mandíbulas.
    Pero los demás se opusieron alegando razones humanitarias. En efecto: de proceder de esa forma, la maldita y podrida vieja sufriría innecesarias torturas. Lo mejor era asegurar los clavos ya puestos con un puenteo de estaño. Dicho y hecho: el Sultán de los Odontólogos en persona procedió a fundirle, arriba de las encías, una barra entera con ayuda de un pequeño soplete de llama corta y fina. Media barra en la mandíbula superior y el resto en la inferior. Comenzó por la de arriba, ya que era la más difícil, y porque a la malandrina, maligna y vomitada vieja había que ponerla cabeza abajo para trabajar mejor. Este Califa de los Dientes siempre hacía los trabajos más difíciles primero, para después tener derecho a descansar. Era un tenaz. Uno de esos hombres que no se dejan subordinar por los reveses de la vida. De los que dan la cara al destino y lo enfrentan virilmente. Pero cometió un error, al no advertir lo obvio: el puenteo de estaño, a la fuerza habría de quemar el acrílico. Todo el primer trabajo, en vano. Sin querer le habían otorgado el derecho a burlarse a la aprovechada vieja; atrincherada dentro de su mente en ruinas, ahora podría diagnosticar fracaso, la malvada grotesca y babosa.
    El Profeta de los Odontólogos se puso rubí de vergüenza.
    Cuando el cadí se levantó –y luego de sus abluciones matinales, que realizó como buen musulmán- dirigióse hasta donde se encontraba la terca, testaruda y contumaz arpía.
    Sus discípulos le confesaron de rodillas que habían fracasado en su intento por poner en vereda a la incorregible, reincidente, recalcitrante y obstinada geronta. No dudaron, ni por un segundo, que el Maestro tendría más suerte.
    Pasaron luego a informarle de la irreligiosidad de la impenitente vieja: atada con alambre de púa y cabeza abajo como estaba, bien podría haber dado gracias a Alah de que continuara soportándola un rato más en la Tierra, en vez de llevarla en el acto donde seguramente iría. Pero no había rezado ni nada, quella descreída relapsa.
    También procuraron llevarla a la reflexión mediante un monólogo contrapuntístico de pinchos; así estaría preparada para pelear por su salvación mediante gentiles maneras. Abdicando de su deplorable actitud; pero ni con ésas. Llegaron a la conclusión de que la despreciable e imposible vieja se hacía la loca para pasarlo bien.
    El cadí ordenó que la sacaran del poste.
    Cuando la llevaron a su presencia fue preciso sostenerla, pues se negaba a estar parada la muy cómoda; holgando en brazos de los otros y siempre tomando ventajas la perfecta inútil. El cadí tuvo la condescendencia de preguntarle cómo se llamaba. Sin prestarle atención, la altamente maléfica comenzó a cuchichear con el Enemigo de la humanidad, su Dueño y Señor. Al menos, eso dedujeron todos ante los extraños e indescifrables suspiros, graznidos, ruidos y otras. Chismorreaba con sus gorgoteos, sin duda para mantenerlo informado de las ultimas novedades en la Tierra. Firme hasta el fin en sus herejías y blasfemias, aquella poco temerosa del Cielo, cerda. Testaruda, en su desviación contumaz. Pecadora, la obstinada sectaria. Inexpugnable, en su atrevida desfachatez. Inconquistable, en su audaz desvergüenza de vieja puta. Invencible, en su temeridad petulante y díscola.
    Para dar lástima –sin sospechar que el magistrado ya había sido advertido-, la ridícula y zalamera vieja escupió sangre e hizo otras mil gitanerías delante del cadí a los fines de seducirlo. Ingobernable, la cerril e insolente vieja. Deseaba robar el tiempo de los otros mediante engaños, la falaz y codiciosa anciana. El cadí comprendió finalmente, que aquella atroz pésima, con sus gemidos, balbuceos, sangre y continuos desplomes, no se proponía otra cosa que una maniobra parlamentaria de obstrucción.
    En eso estaban cuando ella lanzó por la boca una especie de palabras; pero todo muy amanerado. ¿Qué habría querido decir con algo tan impreciso y equívoco, la ambigua vieja? Desconfiaron de la cínica, procaz e impúdica. Triste experiencia tenían con la descarada anciana. Desvergonzada la geronta.
    Por orden del cadí le fueron pasados rodillos ardientes por el culo y espalda, como quien pinta. Era cosa de ver cómo saltaba la vieja mentirosa, para llamar la atención. Se le dijo que con pataletase histerias no iba a conmoverlos.
    ¿por qué no hablaba en su descargo, si se había cometido un error con ella? El cadí era un hombre cimiente, sensible y proclive a la piedad. No se habría negado en modo alguno a escucharla.
    Bien sabía la indigente, astuta y escurridiza vieja, que ningún argumento que esgrimiese podría haber justificado su malévolo acto carteril anti ojo. Se negaba a explayarse; rehusaba hablar, la silente vieja.
    Era capaz de morirse, exclusivamente para molestar y escapar a su castigo que, por otra parte, aún no había sido determinado.
    Entonces comenzaron a observase signos de abdicación, por parte de la desfachatada vieja. Parecía desolada, como a punto de entregarse, abrirse a ellos. El cadí, como es natural, jamás quiso castigarla, sino sacar de su descarrío, desviación y error, a la renunciante decrépita.
    Se veía meditabunda y deprimida, la desalentada geronta. Parecía que iba a hablar, apelando a la clemencia siempre infinita de los magistrados.
    Pero la expresión de astucia que observaron en un recoveco del cachete que aún poseía, comprendieron que había conseguido engañarlos otra vez y con una nueva insolencia.
    Entonces decidieron que, por lo menos, le transformarían las tibias en flautas. Descarnadas que éstas –las extremidades- fueron, a la caminante vieja le cortaron las piernas a la altura de las rodillas, porque todo lo situado desde ese paralelo hacia abajo, molestaba para la construcción de las mencionadas flautas. Luego se procedió a vaciarle el interior de las referidas tibias con baquetas como las que se usan para limpiar fusiles, y practicaron siete perforaciones sucesivas en cada una para lograr las citadas máquinas de música. Dos flautistas procedieron entonces a tocar sobre la instrumentada vieja.
    Ante los gorgoteos con metrónomo y diapasón de la musical vetusta –por alguna ignota razón se asemejaban mucho a los de un agonizante, pero no era eso en lo absoluto-, todos supusieron que ella pensaba emitir algo en su descargo y se acercaron para escucharla, provistos de cuadernillos y lápices de puntas filosas. El cadí, incluso, inclinó algo su regia cabeza hacia la dicharachera anciana.
    Escupió un poco más de sangre. Otro gorgoteo, gemidos, y más sangre hasta completar un cuarto de pinta. Nadie le reprochó esta nueva hazaña; todos lo tomaron como algo muy natural; equivalía a la afinación de los instrumentos por parte de una orquesta. Ahora vendría el concierto. Se le dio tiempo; esperóse pacientemente. En vano. Estupefactos comprobaron que no tenía la menor intención de explayarse, la necia, torpe y estólida y portentosa vieja.
    El egregio, sublime y altísimo cadí, tomó aquel silencio como una rareza excéntrica. Extravagante, la abulatada vieja.
    Tomó la resolución de sacarle un poco más de carne; hacer marchar al destierro a otra parte de sus bienes corporales.
    Aquí se acabaría toda la farsa. Terminarían para siempre las patrañas, jugarretas y triquiñuelas de la tramposa vieja.
    El verdugo oficial la tomó para sí e hizo travesuras, efectuando –como buen metemático que era- algunas permutaciones y reemplazosde ovarios y orejas; hasta que el cadí, fastidiado, le dijo que cesase de importunar a la disgustada vieja.
    La aparatosa y alharaquienta anciana estaba muy llamativa con toda la carne levantada. Rumbosa, habiéndose hecho pis y caca encima aquella cochina.
    Deshonesta al mostrar sus huesos para erotizarlos y que así se olvidaran del castigo. La muy obscena vieja. Grosera y liviana, la descortés provecta.
    Ya que la cartera que introdujo al cadí en un ojo fue a causa del asiento, entonces le frabricaron un trono de hierro calentado al rojo, para que desde allí pudiera responder a la acusación. Medio reculaba desconfiada, la recelosa y suspicaz vieja.
    Cuando la sentaron en el trono, ¡Ya, Alah!: recordó a la buena y briosa vieja de un principio. Chochoa, la encanecida matriarca. Se retorció lujuriosa la impúdica, como no queriendo perderse un un poco de aquella pagana, druídica fiesta. Relajada, la sádica e inmoral licenciosa. Burlona la incontinente, lúbrica y obsena sicalíptica. Una tarquinada, la indecorosa disolución de la Luzbel vieja.
    Y después se quedó muy quieta. Quietísima.
    El cadí sospechó algo tremendo. Ordenó a sus discípulos que le tomaran el pulso, temiendo lo peor..
    Hizo sátira de ellos con su senectud inexpugnable y triunfante, la madura pimpolla. Sarcástica, esta venenosa anciana, irónica, esa cáustica y mordaz vieja. Punzante, aquella insurrecta sardónica. Revelde y todavía amotinada, la facciosa. Mediante sus estratagemas sigilosas, la tortuosa vieja se les había ido transformando en alegoría. Una rareza la sin par bribona. Persistente, esa malévola decrépita. Se moría, y con ellos escaparía al castigo. Se sentían culpables; se reprochaban el haber fallado por perezosa irresponsabilidad. No habían sabido tocarle la tecla del dolor, a causa de una mezquina neurastenia, dejadez u olvido. Se moría antes de tiempo a causa de un descuido indolente y apático, por la inveterada desidia y la deliberada incuria. Se moría sin haber sido torturada, ni sancionada, y ni siquiera reconvenida. Se moría.
    Y se murió nomás, la desobediente vieja.
    Cuando la pira celestial incineró su último muerto –no bien cesó de funcionar ese antiguo horno crematorio, perseguido de cerca por las vengadoras sombras-, el cadí fue a la mezquita. Oró la noche entera para que el Profeta le perdonara su fracaso. Alah es Enorme.


    P.S.: Alberto Laiseca está todos los martes contando cuentos en el bar Un gallo para Esculapio (uriarte y Costa Rica) a las 21Hs. Y todos los viernes por I-Sat después de Cha-Cha-Cha.
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  • Cobet escribió el 25/01/2003 a las 00:16 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #2

    Después de haber leído, (en primera instancia), la introducción biográfica del autor(?), ya me plantaste la simiente de la curiosidad por el título "Matando enanos a garrotazos" ...pero luego de haber leído el cuento de la pobre vieja... (pobre vieja en serio!), considero inevitable intentar encontrarlo para leerlo....o

    Por Dió' qué imaginación! Qué horror! Pobre vieja... Me pregunto si todo este relato no tiene nada que ver con el hecho de que la cultura tanto del cadí, como de sus secuaces es musulmana, y la vieja, por supuesto, sea mujer...
    Me hubiese gustado escucharle alguna tortura destinada a algún varón desequilibrado, capaz de rozarle un ojo al cadí...

    Se moría sin haber sido torturada, ni sancionada, y ni siquiera reconvenida. Se moría.
    Y se murió nomás, la desobediente vieja.
    Qué espanto!

    PD: Takhisis, fuiste a escuchar las narraciones de este señor al bar "Un gallo para Esculapio", alguna vez?

    Saludos!
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  • Takhisis escribió el 25/01/2003 a las 14:13 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #3

    Lamentablemente los libros de Lai son incunables, con mucha suerte podés encontrar "La mujer en la muralla" que es una novela ubicada en la chica del 300 d.n.e. si mal no recuerdo, que a mi gusto es la mejor escrita. Pero todos son muy buenos.

    Voy todos los martes Cobet
    Empieza a las 21.30 más o menos y por lo general cuenta tres cuentiyos. A veces de su autoría pero por lo general de distintos autores.
    Ha contado "El túnel" de akira Kurosawa, "Arañas en la oreja", "El caballito de madera", "Celos", "El beso".. no recuerdo todos, ni los autores.

    Saludos
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  • Cobet escribió el 26/01/2003 a las 13:39 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #4

    Encontré estos títulos en la librería Paidós:

    "Aventuras de un novelista atonal"
    "Beber en rojo"
    "Por favor, plágienme"
    "La hija de Kheops" (todos estos a $14),y
    "Los Sorias" ( a la módica suma de $140!!!:eek: )
    También tiene un taller (muy interesante):


    Los Sorias es una novela que ya era mítica antes de publicarse, tiene más de 1300 páginas y su primera edición fue de tapa dura. Un golpe en la cabeza con semejante libro quizás pueda romper los bloqueos que interfieren en la escritura. Pero Alberto Laiseca, su autor, prefiere resolverlo en su taller, "estableciendo ejercicios mediante los cuales estimular la imaginación", cuenta. "Considero que para escribir hay que leer, por lo tanto en el taller se comentan obras clave de la literatura universal con la intención de descubrir los mecanismo que consiguieron que esas obras se convirtieran en clásicos".

    Laiseca trabajó muchos años en periodismo y en la industria editorial. Su producción está compuesta por novelas, de las cuales diez están publicadas (la última que vio luz es Los sorias, del 99). Respecto del trabajo en su taller, Laiseca dice que da muy pocas indicaciones, sólo las fundamentales, para no generar nuevas trabas. También requiere voluntad. Para más especificaciones, nos remitimos a sus palabras: "Para desarrollar la literatura hay que leer y escribir, escribir y leer. Y no morirse".

    El taller no requiere experiencia previa, se dicta una vez a la semana y se trabaja en grupos pequeños. Para informes, 4903-7276. Para alimentar quienes quieran alimentar su curiosidad pueden ver a Laiseca todos los viernes a las 23hs por el canal I-Sat, donde cuenta historias de terror en primer plano.


    Este martes, estará?

    Saludos Takhisis!

    PD: espero que la información no sea inoportuna...si así fuera, que los mods. editen el post...
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  • Takhisis escribió el 26/01/2003 a las 15:52 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #5

    Está todos los martes. Yo voy a estar, as usual :P

    P.D.: Beber en rojo es la versión según Lai de Drácula. Y en cuanto a Los Sorias bien vale los $140. Es un ladrillo formidable.

    Besosos Cobet.
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  • Ciro escribió el 07/06/2003 a las 22:30 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #6

    Caramba... me había perdido esto.

    Y a decir verdad, no lo lamento demasiado. Se me hizo monótono, largo, repetitivo; me aburrió. :triste:

    Pero bueno... ¿qué se yo de todo esto? No se trata más que de mi opinión.
    En todo caso, me gustaría leer alguna otra cosa del tal Lai, antes de formarme una opinión más firme.
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  • Cobet escribió el 08/06/2003 a las 01:37 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #7

    Publicado por Ciro
    Caramba... me había perdido esto.

    Y a decir verdad, no lo lamento demasiado. Se me hizo monótono, largo, repetitivo; me aburrió. :triste:

    ¡Ay, Ciro!, siempre me hacés reír...
    Si te tomaste el laburo de leerlo y te aburrió y no obstante, lo terminaste de leer... es que ya estabas aburrido...:o


    Saludos y, ¡gracias! (con este frío me viene re-bien reírme un poco) :o




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  • Ciro escribió el 08/06/2003 a las 03:11 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #8

    :sonriseti

    Bueno... ahem...! caramba... qué decir...
    ¿Y no será que tenés la carcajada fácil, querida Cobet? Porque la verdad que yo no le veo demasiada gracia a lo que dije...
    :confused:
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  • Cobet escribió el 08/06/2003 a las 03:42 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #9

    ¿¿¿Carcajada fácil??? Si jamás entiendo un chiste...:o
    Nah... debe ser culpa de la fiebre o de mi propia estupidez.
    (ahora que releo, tampoco le encuentro mucha gracia, pero me estoy riendo igual...).

    Como sea, querido Ciro, me reí, lo confieso. Soy culpable! :eek:

    Maldita gripe!:triste:
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  • euthanasia escribió el 10/12/2004 a las 18:56 hs. ¿Mensaje inapropiado?

    #10 Re: Alberto Laiseca

    ¿Sigue yendo Laiseca a ese lugar a narrar? ¿Acepta conversacion? ¿Compartiria pensamientos con un lector?
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