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    #1 URGETE A ver si me pueden ayudar....
    Necesito terminar una condigna para el curso de ingreso de mi facultad es de una materia que se llama introduccion a la lengua española y la verdad no se me ocurre nada ,.,les paso a detallar el tema .,,.por ahi alguno tiene algo parecido que me puede pasar ,.,.se los agradeceria,.,.,.

    Del siguiente texto ......


    El guardagujas
    Juan José Arreola



    El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

    Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
    -Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

    -¿Lleva usted poco tiempo en este país?

    -Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

    -Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

    -Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

    -Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
    -¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

    -Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
    -Por favor...
    -Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

    -Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

    -Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

    -¿Me llevará ese tren a T.?

    -¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
    -Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

    -Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...

    -Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...

    -El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
    -Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

    -Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

    -¿Cómo es eso?
    -En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

    -¡Santo Dios!
    -Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

    -¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

    -Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
    -¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

    -¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
    -¿Y la policía no interviene?
    -Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

    -Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

    -Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

    -Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

    -Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

    -¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

    -Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
    -¿Qué está usted diciendo?

    En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

    -Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

    -En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

    -¿Y eso qué objeto tiene?
    -Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
    -Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

    -Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
    -¿Y los viajeros?
    Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
    El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

    -¿Es el tren? -preguntó el forastero.

    El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

    -¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
    -¡X! -contestó el viajero.
    En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

    Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

    FIN







    1. Guardagujas: Empleado encargado del manejo de las agujas de una vía férrea.

    TENGO QUE .....


    Consigna para El guardagujas

    Al igual que los protagonistas de los cuentos que leímos, vamos a imaginar que Uds. suben a un tren que como ya vimos puede ser interpretado como una metáfora de la vida con paradas alegres y coloridas y no tanto. Les pedimos que narren las escenas que, como invisibles pasajeros, observan en dos estaciones. ¿Cuáles? Aquellas que por algún motivo les sean significativas. Para que trasmitan aquello que las hace recordables y especiales no olviden agregar descripciones, voces y comentarios.


    Y la verdad no se me ocurre nada....y ya lo tendria que haber entregado,.,.,..
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    http://www.psicofxp.com/forums/literatura.62/945468-a-ver-me-ayudar-este-ejercicio.html
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  • #2 A ver si me pueden ayudar con este ejercicio

    Miren tengo la siguiente consigna,..,,.

    Después de leer "Un metropolitano llamado Moebius" de Deutsch, imaginen esta situación:

    Ud. es el encargado de seguridad de la empresa Metropolitana de Ferrocarriles. Debido a la desaparición del vehículo se han desatado una serie de conflictos: el sindicato amenaza con un paro y reclama que las condiciones de trabajo consideren los nuevos riesgos laborales a partir de la instalación de la lanzadera; el gobierno amenaza con quitarle el subsidio a la empresa concesionaria si no disminuye el escándalo mediático que incluye no sólo la desaparición del tren sino de cientos de pasajeros, para colmo, los empresarios que tienen la concesión se lavan las manos y dejan todo a su cargo, amenazando con despedirlo si no encuentra una manera elegante de "zafar" de la situación.
    Sabemos que Ud. hace noches que no duerme, pero aún así le pedimos que elija una de las siguientes tareas de escritura con el fin de ir dando respuesta a estos múltiples reclamos:

    1)) Informe pormenorizado al Ente Regulador Estatal explicando cuáles fueron los hechos de manera cronológica, así como las causas posibles y las decisones que se han tomado para resolver el problema.

    2))) Declaración oficial de la empresa como gacetilla de prensa. Aquí Ud. deberá decidir qué hechos considera necesario que el público conozca, que sin duda tendrá menos detalles que si se decidiera por el escrito anterior. Sin embargo, deberá considerar que la población se encuentra alarmada y Ud. desea que la imagen de Metropolitana sea tranquilizadora.

    3)))) Ud. participa por parte de la empresa en una reunión con el sindicato y allí Ud. entra en contradicciones ya que si bien desea tranquilizar los ánimos de los trabajadores, también tiene miedo de subirse a un tren y desaparecer. Narre en primera persona todas sus impresiones de esa tensa y angustiante reunión.


    Y el texto es ,.,.este ,..,

    UN METROPOLITANO LLAMADOMOEBIUS A. J. DEUTSCH Partiendo de un punto central en Park Street, el metropolitano se había extendido a través de uncomplicado e ingenioso sistema ferroviario. Un desvío conectaba la línea de Lechmere con la de Ashmontpara los trenes que se dirigían al sur, y con la línea de Forest Hills para los que se dirigían al norte. Harvardy Brookline habían sido enlazadas con un túnel que pasaba a través de Kenmore Under, y durante lashoras punta todos los otros trenes eran desviados a través del ramal de Kenmore hacia Egleston. El ramalde Kenmore enlazaba con el túnel Maverick cerca de Fields Corner. Ascendía unos treinta metros en dosmanzanas para conectar Copley Over con Scollay Square, y luego descendía de nuevo para unirse a lalínea Cambridge en Boylston. La variante de Boylston había unido finalmente las siete líneas principales acuatro niveles distintos. Entró en servicio el 2 de marzo. A partir de entonces, un tren podía viajar desdeuna estación cualquiera a cualquier otra estación en todo el sistema.Todos los días de la semana circulaban doscientos veintisiete trenes, y transportaban un millón y mediode pasajeros, aproximadamente. El tren Cambridge-Dorchester que desapareció el 4 de marzo era elnúmero 86. Al principio, nadie lo echó de menos. A última hora de la tarde, la línea estuvo un poco máscargada que de costumbre. Pero una multitud es una multitud. Los postes indicadores de los andenes deForest Hills marcaron el número 86 alrededor de las 7:30, pero ninguno de ellos mencionó su ausenciahasta tres días después. El interventor del cruce de la Milk Street pidió al inspector de la Harvard un trensuplementario aquella noche, con motivo de celebrarse un partido de hockey, y el inspector de la Harvardtransmitió la petición. La central envió el 87, que había sido puesto fuera de servicio a las diez, como decostumbre. Nadie se dio cuenta que faltaba el 86.A la mañana siguiente, cuando la afluencia de pasajeros era más intensa, Jack O’Brien, del control dePark Street, llamó a Warren Sweeney, de Forest Hills, y le dijo que pusiera otro tren en la línea deCambridge. Sweeney no disponía de ninguno, de modo que se dirigió al tablero y buscó en él algún trendisponible. Entonces, por primera vez, observó que Gallagher no había marcado su tarjeta la nocheanterior. Sweeney dejó la tarjeta a la vista, con una nota. Gallagher tenía que entrar de servicio a las diez. Alas diez y media, Sweeney se dirigió de nuevo al tablero y comprobó que la tarjeta de Gallagher continuabaen el mismo sitio, con la nota que él había dejado. Acudió al inspector y le preguntó si Gallagher habíallegado tarde. El inspector le dijo que no había visto a Gallagher aquella mañana. Entonces, Sweeney quisosaber quién conducía el 86.Eran las 11:30 cuando se enteró, finalmente, que había perdido un tren.Sweeney pasó la siguiente hora y media en el teléfono, interrogando a todos los interventores einspectores del sistema. Después de almorzar, a las 13:30, repitió las llamadas. A las 16:40, poco antesque terminara su jornada laboral, informó el asunto a la Central de Tráfico. Los teléfonos zumbaron a
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    través de los túneles y talleres hasta casi medianoche, antes que el Director General recibiera finalmente lanoticia en su casa.El encargado principal de la Central de Cambios fue el primero en asociar, a última hora de la mañanadel día 6, el tren que faltaba con los artículos de los periódicos acerca de la súbita desaparición denumerosas personas. Llamó al Transcript, y aquella misma tarde tres periódicos publicaron númerosextraordinarios. Así se hizo pública la historia.Kelvin Whyte, el Director General, pasó una buena parte de aquella tarde con la policía. Interrogaron ala esposa de Gallagher. El conductor del 86 no se había presentado en casa desde la mañana del día 4. Amedia tarde, la policía había comprobado que unos trescientos cincuenta bostonianos, aproximadamente,habían desaparecido con el tren. El Sistema se cerró, y Whyte casi enfermó de rabia. Pero el tren no fueencontrado.Roger Tupelo, el matemático de Harvard, entró en escena la noche del día 6. Telefoneó a Whyte, muytarde, a su casa, y le dijo que tenía algunas ideas acerca del tren desaparecido. Luego se dirigió a casa deWhyte en Newton, y sostuvo con él la primera de numerosas conversaciones acerca del número 86.Whyte era un hombre inteligente, un buen organizador, y no carecía de imaginación.—¡Pero no sé de qué está usted hablando! —exclamó.Tupelo estaba dispuesto a mostrarse paciente.—Esto es algo muy difícil de comprender para cualquiera, señor Whyte —dijo—. No me extraña queesté intrigado. Pero es la única explicación. Ha desaparecido el tren, y las personas que iban en él. Pero elSistema está cerrado. Los otros trenes continúan allí. ¡Está en alguna parte del Sistema!Whyte replicó, levantando de nuevo la voz:—¡Y yo le digo a usted, doctor Tupelo, que el tren no está en el Sistema! ¡No está! Un tren de sietevagones con cuatrocientos pasajeros no puede ser pasado por alto. El Sistema ha sido registrado de arribaa abajo. ¿Piensa usted que estoy tratando de ocultar el tren?—Desde luego que no. Seamos razonables, señor Whyte. Sabemos que el tren estaba en camino haciaCambridge a las 8:40 de la mañana del día 4. Al menos veinte de las personas desaparecidas subieron altren unos minutos antes, en Washington, y cuarenta más en Park Street. Unas cuantas se bajaron en ambasestaciones. Y esto es todo. Las que iban a Kendall, a Central, a Harvard... no llegaron allí. El tren no llegóa Cambridge.—Sé todo eso, doctor Tupelo —dijo Whyte bruscamente—. En el túnel, debajo del río, el tren seconvirtió en un barco. Abandonó el túnel y empezó a navegar hacia África.—No, señor Whyte. Estoy tratando de explicárselo. Se encontró con un nódulo.Whyte estaba lívido.
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    —¡Qué nódulo ni que ocho cuartos! —estalló—. El Sistema mantiene las vías limpias. Nuestrosservicios no dejan ningún nódulo...—Sigue usted sin comprender. Un nódulo no es una obstrucción. Es una singularidad. Un polo de ordensuperior.Las explicaciones de Tupelo en el curso de aquella primera conversación no contribuyeron a aclarar lasituación para Kelvin Whyte. Pero a las dos de la mañana, el Director General otorgó a Tupelo el privilegiode examinar los mapas principales del Sistema.Tupelo se dirigió, pues, a la Central de Tráfico y estudió los mapas hasta que se hizo de día. Después dedesayunar, se presentó en la oficina de Whyte.Encontró al Director General pegado al teléfono. Estaba dando órdenes para que se llevara a cabo unainspección más minuciosa del túnel Cambridge-Dorchester, debajo del río Charles. Cuando terminó dehablar, Whyte colgó el receptor y miró a Tupelo.—Creo que la causa de la desaparición está en la nueva variante —dijo el matemático.Whyte se agarró al borde de su escritorio y rebuscó silenciosamente en su vocabulario hasta encontraralgunas palabras prudentes.—Doctor Tupelo —dijo—, he estado despierto toda la noche pensando en su teoría. No la entiendo.No sé qué tiene que ver con esto la variante de Boylston.—¿Recuerda lo que le dije acerca de las propiedades conectivas de los retículos? —preguntó Tupelo—. ¿Recuerda la cinta de Moebius que hicimos..., la superficie con una sola cara y un borde? ¿Recuerdaesto? —y sacó de su bolsillo un pequeño frasco de cristal Klein y lo depositó sobre el escritorio.Whyte se echó atrás en su asiento y contempló en silencio al matemático. Tres emociones se reflejaronen su rostro en rápida sucesión: rabia, desconcierto y absoluto desdén.Tupelo continuó:—Señor Whyte, el Sistema es una red de sorprendente complejidad topológica. Ya era complicadaantes que se instalara la variante de Boylston, y de un alto grado de conectividad. Pero esa variante hahecho que la red sea absolutamente única. No lo comprendo del todo, pero la situación parece ser esta: lavariante ha elevado hasta tal punto la conectividad del Sistema que no sé cómo calcularlo. Sospecho que laconectividad se ha convertido en infinita.El director general escuchaba como a través de una niebla. Mantenía sus ojos pegados al pequeñofrasco Klein.—La cinta de Moebius —continuó Tupelo— posee unas propiedades desusadas debido a que tieneuna singularidad. El frasco Klein, con dos singularidades, consigue permanecer dentro de sí mismo. Lostopólogos conocen superficies de hasta un millar de singularidades, las cuales poseen propiedades quehacen que la cinta de Moebius y el frasco Klein parezcan sencillos. Pero una red con una conectividadinfinita debe tener un número infinito de singularidades. ¿Puede usted imaginar cuáles podrían ser laspropiedades de esa red?
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    Después de una larga pausa, Tupelo añadió:—Yo tampoco puedo imaginarlo. A decir verdad, la estructura del Sistema, con la variante de Boylston,supera por completo mis posibilidades de comprensión. Sólo puedo hacer conjeturas.Whyte apartó sus ojos del escritorio en un momento en que la rabia era el sentimiento que predominabaen su interior.—¡Y se dice usted matemático, Profesor Tupelo! —exclamó.Tupelo se echó a reír. Lo absurdo de la situación no le hizo perder la calma.—No soy topólogo, señor Whyte —dijo—. En realidad, soy un aprendiz de la materia. Sé de ella pocomás que usted. Las matemáticas son un campo muy amplio. Y da la causalidad que soy especialista enÁlgebra.Su sinceridad ablandó un poco a Whyte.—Bueno —sugirió—, si usted no lo comprende, tal vez deberíamos llamar a un topólogo. ¿Hay algunoen Boston?—Sí y no —respondió Tupelo—. El mejor del mundo está en Tech.Whyte alargó la mano hacia el receptor telefónico.—¿Cómo se llama? —preguntó.—Merritt Turnbull. Pero no hay modo de localizarle. Lo he intentado desde hace tres días.—¿Está fuera de la ciudad? —inquirió Whyte—. Lo enviaremos a buscar. Diremos que se trata de unaemergencia.—No lo sé. El profesor Turnbull es soltero. Vive solo en el Brattle Club. No le han visto desde lamañana del día 4.Whyte captó inmediatamente las posibilidades de aquella afirmación.—¿Iba en el tren? —preguntó.—No lo sé —respondió el matemático—. ¿Qué opina usted?Se produjo un largo silencio. Whyte miró alternativamente a Tupelo y al objeto de cristal depositadosobre el escritorio.—No lo entiendo —dijo finalmente—. Hemos revisado todo el Sistema. No existe ningún medio paraque el tren se saliera de él.—El tren no se ha salido de él. Está todavía en el Sistema —dijo Tupelo.—¿Dónde?
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    Tupelo se encogió de hombros.—El tren no tiene ningún «dónde» real. No hay ningún «dónde» real en todo el Sistema. Tiene una dobleentidad, como mínimo.—¿Cómo podemos encontrarlo?—No creo que podamos —dijo Tupelo.Se produjo otro largo silencio. Whyte lo rompió profiriendo una exclamación en voz alta. Se puso en piesúbitamente y envió el frasco Klein volando a través de la habitación.—¡Está usted loco, Profesor! —gritó—. Entre la medianoche de hoy y las seis de la mañana,sacaremos todos los trenes de los túneles. Enviaré trescientos hombres para que revisen centímetro acentímetro los doscientos setenta y cinco kilómetros del tendido. ¡Encontraremos el tren! Ahora,discúlpeme, por favor.Tupelo salió de la oficina. Se sentía agotado. Maquinalmente, echó a andar a lo largo de la WashingtonStreet hacia la Estación de Essex. Cuando bajaba la escalera se detuvo bruscamente y miró a su alrededor.Luego subió otra vez a la calle y paró un taxi. Una vez en su casa se sirvió un whisky doble y se acostó.A las 15:30 acudió a dar su clase de Álgebra. Después de una cena rápida en el Crimson Spa, regresóa su apartamento y pasó la velada intentando analizar, por segunda vez, las propiedades conectivas delSistema. La tentativa resultó inútil, pero el matemático llegó a unas cuantas conclusiones importantes. A lasonce de la noche telefoneó a Whyte a la Central de Tráfico.—Pensé que tal vez le gustaría consultarme durante la búsqueda de esta noche —le dijo—. ¿Puedo irallí?Al Director General no pareció entusiasmarlo el ofrecimiento de Tupelo. Señaló que el Sistemaresolvería su pequeño problema sin la ayuda de profesores chiflados que creían que todos los trenesmetropolitanos podían saltar a la cuarta dimensión. Tupelo encajó sin pestañear el exabrupto de Whyte y seacostó. Alrededor de las cuatro de la mañana, el timbre del teléfono lo despertó. El que llamaba era uncontrito Kelvin Whyte.—Anoche me mostré demasiado brusco —tartamudeó—. Tal vez pueda usted ayudarnos, después detodo. ¿Podría venir al enlace de Milk Street?Tupelo asintió de buena gana. No experimentaba la satisfacción que había previsto. Llamó un taxi, y enmenos de media hora se presentó en la estación señalada. Al pie de la escalera, en el piso superior, vio queel túnel estaba brillantemente iluminado, como cuando el Sistema funcionaba normalmente. Pero losandenes estaban desiertos, a excepción de un grupo de siete hombres que se encontraban en el extremomás alejado de la entrada. Mientras caminaba hacia el grupo, observó que dos de los hombres eranagentes de policía uniformados. Observó un tren de un solo vagón parado en la vía, junto al andén. Lapuerta delantera estaba abierta, el vagón brillantemente iluminado y vacío. Whyte salió a su encuentro conaire compungido.
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    —Gracias por haber venido, Profesor —dijo, alargando su mano—. Caballeros, les presento al doctorTupelo, de Harvard. Doctor Tupelo, el señor Kennedy, nuestro ingeniero jefe; el señor Wilson,representante del alcalde; el doctor Gannot, del Hospital Mercy...Whyte no se molestó en presentar al conductor del tren y a los dos agentes de policía.—Encantado, caballeros —dijo Tupelo—. ¿Alguna novedad, señor Whyte?El Director General intercambió unas miradas indecisas con sus compañeros.—Bueno..., sí, doctor Tupelo —dijo finalmente—. Creo que hemos conseguido algo.—¿Ha sido visto el tren?—Sí —dijo Whyte—. Es decir, prácticamente visto. Al menos, sabemos que se encuentra en algunaparte de los túneles.Los otros seis asintieron.A Tupelo no le sorprendió saber que el tren estaba aún en el Sistema. Después de todo, el Sistemaestaba cerrado.—¿Le importa contarme lo que ha sucedido? —insistió Tupelo.—Me topé con una señal roja —intervino el conductor—. A la salida del empalme de Copley.—Todos los trenes han sido sacados del tendido —explicó Whyte—, excepto éste. Lo hemos hechocircular por todo el Sistema por espacio de cuatro horas. Cuando Edmunds, el conductor, se topó con unaseñal roja en el empalme de Copley se detuvo, desde luego. Yo pensé que la luz estaba averiada, y le dijeque continuara. Pero en aquel momento oímos a otro tren que pasaba por el empalme.—¿Lo vieron ustedes? —preguntó Tupelo.—No podíamos verlo. La luz está situada detrás de una curva. Pero todos lo oímos. No cabe duda queel tren pasó por el empalme. Y tiene que ser el Número 86, porque nuestro vagón era el único quecirculaba por el tendido.—¿Qué pasó después?—Bueno, la luz roja se trocó en amarilla y Edmunds siguió adelante.—¿Detrás del otro tren?—No podíamos arriesgarnos a seguirlo, puesto que ignorábamos la dirección que había tomado.—¿Cuánto hace que ocurrió eso?—A la 1:38, la primera vez...—¡Oh! —dijo Tupelo—. Entonces, ¿volvió a suceder más tarde?
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    —Sí. Aunque no en el mismo sitio, desde luego. Encontramos otra señal roja cerca de la Estación Sur, alas 2:15. Y luego, a las 3:28...Tupelo interrumpió al director general:—¿Vieron ustedes el tren a las 2:15?—Ni siquiera lo oímos. Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la Estación deBoylston.—¿Qué pasó a las 3:28?—Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.—¿Pero no lo vieron?—No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo,doctor Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea...Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lolejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue creciendo hasta convertirse en un rugido.El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.—¡Ahora lo tenemos! —exclamó Whyte—. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros lo siguieron, exceptoTupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar. En efecto, antes que Whyte llegara a la escalera, asomó porella un agente de policía uniformado.—¿Lo han visto ustedes? —gritó el policía.Whyte se detuvo en seco, y los otros con él.—¿Han visto ustedes el tren? —preguntó de nuevo a la gente, mientras aparecían otros dos hombresprocedentes del piso inferior.—¿Qué ha pasado? —quiso saber Wilson.—¿Lo han visto ustedes? —aulló Kennedy.—Desde luego que no —respondió el agente—. Ha pasado por aquí arriba.—¡Ni hablar! —rugió Whyte—. ¡Ha pasado por abajo!Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión desafiante a los treshombres procedentes del piso inferior. Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:—El tren no puede ser visto, señor Whyte.Whyte lo miró con aire de incredulidad.
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    —Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...—¿Podemos ir al vagón, señor Whyte? —inquirió Tupelo—. Creo que tendríamos que hablar un poco.Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres quehabían estado vigilando en el andén inferior.—¿De veras no lo han visto? —insistió.—Lo hemos oído —respondió el agente—. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...—Vuelvan abajo, Maloney —ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.Maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres lesiguieron. Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaronasiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.—Supongo que no me ha hecho venir hasta aquí sólo para decirme que había encontrado el trendesaparecido —empezó Tupelo, dirigiéndose a Whyte—. ¿Había ocurrido ya algo como esto?Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.—No exactamente igual —dijo, en tono evasivo—, pero han sucedido algunas cosas raras.—¿Por ejemplo? —insistió Tupelo.—Bueno, lo de las luces rojas. Los vigilantes apostados cerca de Kendall descubrieron una luz roja almismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.—¿Qué más?—El señor Sweeney lo llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después que looyéramos nosotros en el empalme de Copley. A unos cuarenta kilómetros de distancia.—En realidad, doctor Tupelo —intervino Wilson—, varias docenas de hombres han visto luces rojas, ohan oído el tren, o las cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar envarios lugares al mismo tiempo.—Puede —dijo Tupelo.—Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa —añadió el ingeniero—. Bueno,viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismotiempo. Seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.—¿Está usted realmente seguro que se encuentra en el tendido, señor Kennedy? —preguntó Tupelo.—Absolutamente —dijo el ingeniero—. El medidor, en la central eléctrica, señala un consumo deenergía. El consumo era continuo. De modo que a las 3:30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.—¿Y qué pasó?
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    —Nada —respondió Whyte—. Absolutamente nada. La corriente estuvo cortada por espacio deveinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túnelesvio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habíanllegado otros dos informes: uno de Arlington, otro de Egleston.Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritóalgo a otro. Tupelo consultó su reloj. Eran las 5:20.—En resumen, doctor Tupelo —dijo finalmente el Director General—, nos vemos obligados a admitirque puede haber algo de cierto en su teoría.Los otros asintieron.—Gracias, caballeros —dijo Tupelo.El médico se aclaró la garganta.—En lo que se refiere a los pasajeros —dijo—, ¿tiene usted idea de lo que...?—Ninguna —le interrumpió Tupelo.—¿Qué hemos de hacer? —preguntó el representante del Alcalde.—No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?—Si no he comprendido mal las explicaciones del señor Whyte —dijo Wilson—, el tren ha... bueno, hasaltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?—Es una forma de decirlo.—¿Y esta... ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas conla nueva variante de Boylston?—Desde luego.—¿Y no hay nada que podamos hacer para traer de nuevo al tren a... hum... esta dimensión?—Que yo sepa, no.Wilson agarró la ocasión por los pelos.—En tal caso, caballeros —dijo—, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nuevaestación, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido seencuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemosrestablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era loque más preocupaba al señor Whyte. En cuanto al tren desaparecido y a las personas que viajaban en él...—Wilson los remitió al infinito con un gesto—. ¿Está usted de acuerdo, doctor Tupelo? —le preguntó almatemático.Tupelo sacudió la cabeza lentamente.
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    —No del todo, señor Wilson —respondió—. Les ruego que no pierdan de vista que no hecomprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes aalguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dadoes el profesor Turnbull, de Tech, y era uno de los pasajeros del tren. Pero, de todos modos, ustedesquerrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes topólogos. Puedo ponerles en contactocon varios de ellos.»Ahora bien, en lo que se refiere a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opiniónno se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, que el tren paseeventualmente desde la parte no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parteno-espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuira esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transiciónse desvanecerá si se cierra la variante de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a lared sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecernunca. ¿Está claro?No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que lo escuchaban asintieron en silencio.Tupelo continuó:—En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido seencuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, ydejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial esimpredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial,hay un cincuenta por ciento de probabilidades en que, cuando reaparezca el tren, corra por una vía que nole corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.El ingeniero preguntó:—Para eliminar esa posibilidad, doctor Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la variante de Boylston,pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva apresentarse, no podrá chocar con otro tren.—Esa precaución sería ineficaz, señor Kennedy —respondió Tupelo—. Verá, el tren puede reapareceren cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad topológica a la nuevavariante. Pero, con la variante en el Sistema, ahora es todo él el que posee una conectividad infinita. Enotras palabras, la pertinente propiedad topológica es una propiedad derivada de la variante, peroperteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situadoentre Park y Kendall, a más de cuatro kilómetros de distancia de la estación.»Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer elfuncionamiento del Sistema, dejando abierta la variante hasta que el tren aparezca, ¿puede volver a ocurrirlo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en estecaso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado porun tren.El médico se puso en pie.
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    —Doctor Tupelo —inquirió, tímidamente—, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?—No sé nada acerca de los ocupantes del tren —le interrumpió Tupelo—. La teoría topológica notiene en cuenta esos aspectos. —Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que lerodeaban—. Lo siento, caballeros —añadió, en tono más amable—. No lo sé, sencillamente. —Dirigiéndose a Whyte, añadió—: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dóndeencontrarme.Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano.Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió, Tupelotomó parte en otras cuatro conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. Endos de ellas estuvieron presentes otros topólogos: Orstein, de Filadelfia, Kashta, de Chicago, y Michaelis,de Los Ángeles. Los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptarcomo buenas las conclusiones de Tupelo, aunque Kashta admitió que podía haber algo de cierto en ellas.Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una conectividad infinita, pero no pudo demostrar esteaserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la conectividad del Sistema. Michaelis expresó su opinióndiciendo que el asunto no tenía nada que ver con la topología del Sistema. Insistió en que si el tren no podíaser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.Pero, cuando más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de susprimeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente laexistencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito dediscontinuidades infinitas. Pero Tupelo se sustraía a un examen concreto de aquellas nuevas redeshiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones leobligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, enprimavera, cuando terminara el curso escolar.Entretanto, el Sistema volvía funcionar como si nada hubiese ocurrido. El director general y elrepresentante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto ainterpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladassuposiciones y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún parientepresentaron demandas contra el Sistema. El Estado intervino en el asunto e investigó por su cuenta. El casollegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de Tupelo fue ampliamente difundida por laprensa. Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trasladaronel caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse deél. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.Un día, a mediados de abril, Tupelo viajaba en el metropolitano desde Charles Street a Harvard. Ibasentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles
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    salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y Tupelo se preguntósúbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que elviaje resultara excitante.Otra vez, en mayo, tomó el tren en Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y sededicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a sulado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados y había una docenade pasajeros que viajaban de pie. Un jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él,dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de enfrente, una joven madrereñía a su hijo. A su lado, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y lamirada de Tupelo resbaló inconscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada.La mirada de Tupelo continuó hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!Los ojos de Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de la cesta del almuerzohabía un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el Transcript, manteniéndolo abierto por laspáginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena depasajeros llevaban periódicos con fecha 4 de marzo.Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras Tupelo le apartaba aun lado sin miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palanca con todas susfuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a Tupelo con ojoshostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformadode azul, la cruzó apresuradamente.Tupelo corrió a su encuentro.—¿Señor Gallagher? —inquirió.—¿Qué pasa? —preguntó a su vez el hombre, sorprendido.Tupelo ignoró la pregunta.—¿Dónde ha estado usted? —quiso saber.—En el vagón contiguo, pero...Tupelo no lo dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:—¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradasdesconcertadas.—¡Miren sus periódicos! —gritó Tupelo—. ¡Sus periódicos!Los pasajeros empezaron a cuchichear. A medida que consultaban las fechas de sus periódicos, lasvoces subían de tono. Tupelo tomó a Gallagher del brazo y lo arrastró hacia la parte trasera del vagón.—¿Qué hora es? —le preguntó.
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    —Las 8:21 —dijo Gallagher, consultando su reloj.—Abra la puerta —dijo Tupelo—. Déjeme salir. ¿Dónde está el teléfono?Gallagher siguió las instrucciones de Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar demetros de distancia. Tupelo se bajó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre losvagones y la pared del túnel.—¡Póngame con la Central de Tráfico! —le gritó al telefonista. Esperó unos segundos y vio que un trense había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de Tráficocontestó, Tupelo gritó—: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:—El señor Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.—El número 86 ha vuelto —dijo Tupelo—. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard.Ignoro cuándo efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me di cuenta hastahace un minuto.Al otro extremo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.—¿Y los pasajeros? —tartamudeó.—Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben de haberse bajado en Kendall y enla Estación Central.—¿Dónde han estado?Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó yechó a correr hacia la puerta abierta del vagón.Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En laestación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren.Tupelo le encontró en el andén.Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.—¿Están realmente bien? —inquirió.—Perfectamente —respondió Tupelo—. No saben dónde han estado.—¿Alguna señal del Profesor Turnbull? —preguntó el director general.—No lo he visto. Probablemente descendió en Kendall, como de costumbre.—¡Lástima! —dijo Whyte—. Me gustaría verle.—También a mí —declaró Tupelo—. A propósito, ahora es el momento de cerrar la variante deBoylston.
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    —Demasiado tarde —dijo Whyte—. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston yDorchester.Tupelo no dijo nada.—Tenemos que encontrar a Turnbull —continuó Whyte.Tupelo miró al director general y sonrió débilmente.—¿Cree usted de veras que Turnbull se bajó de este tren en Kendall? —preguntó.—¡Desde luego! —respondió Whyte—. ¿En qué otra parte, si no?F I N Título Original: A Subway Named Möbius © 1950.Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de Arácnido.Revisión 4.

    Si alguno tuvo que hacer algo parecido les agradeceria que me ayudase,.,.,.saludos
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  • #3 Re: Aver si me pueden ayudar con este ejercicio

    El cuento lo había leído hace unos años.
    En cuanto al ejercicio, me parece excelente. Me recuerda a Platón y los peripatéticos.
    Para hacerlo, en cada uno de los tres casos, hay que imaginarse en la posición del protagonista y también imaginar cuáles serían las reacciones de los interlocutores o los lectores. O sea, hay que ponerse en situación. Pienso que más adelante se lo podría plantear como un ejercicio para el foro (¿me estás leyendo, Diego?), pero no ahora, porque si no tendrías a un montón de gente haciendo el trabajo tuyo, y eso no vale.
    Saludos y suerte.
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