CINE: ENTREVISTA CON EL CREADOR DE "EL VIAJE DE CHIHIRO" El zoológico de Miyazaki El director, un genio de la animación, presenta "Howl's Moving Castle", su nuevo filme, récord de taquilla en Japón.
A. O. Scott. The New York Times Especial para Clarín
Cuando en la actualidad pensamos en largometrajes de animación, nuestros pensamientos se dirigen a
Shrek y a Pixar. El mundo animado, según comprobamos, es redondo: es una creación tridimensional de magos de la computación y abunda en referencias a la cultura popular estadounidense del presente y el pasado. Puede resultar paradójico, entonces, que el más grande de los realizadores de animación que siguen con vida —título que sus fans de Disney y Pixar seguramente no discu tirían— sea Hayao Miyazaki, un guionista y director japonés cuyo mundo es plano, artesanal y a menudo muy calmo. No es que Miyazaki (64) sea por completo indiferente a los avances tecnológicos. A partir de su epopeya
Princesa Mononoke (1997), utilizó imágenes digitales, si bien hace poco dispuso que las ID no deberían constituir más del 10% de las imágenes de sus películas.
Howl's Moving Castle se acaba de estrenar en EE.UU., y Miyazaki habla sobre la nueva tecnología con una mezcla de resignación y resistencia. "Le dije a mi personal de ID que no sea exacto, que no sea verosímil. Estamos creando un misterio, de modo que hay que hacerlo misterioso."
Esa conciencia del misterio constituye el aspecto central del arte de Miyazaki. Después de un tiempo, determinados panoramas —un prado salpicado de flores y cubierto de nubes, una cadena de montañas rocosas rematadas en picos nevados, la luz que declina en el límite de un bosque— empiezan a merecer el calificativo de miyazakianos.
También es el caso de ciertos temas, como la irracionalidad catastrófica de la guerra y otras formas de violencia; la insensatez de no respetar la naturaleza; las complicaciones morales que surgen de actos cotidianos de egoísmo, vanidad y hasta bondad.
El mundo de Miyazaki está lleno de criaturas fantásticas encantadoras y veladas, repulsivas y sigilosas, atractivas y nobles. Hay duendes adorables, bolas de polvo movedizas y voraces gotas negras viscosas, así como también ranas, cerdos y gatos parlantes.
Howl's Moving Castle, que se basa en una novela de Diana Wynne Jones, presenta una llama locuaz que en la versión en inglés lleva la voz de Billy Crystal.
El viaje de Chihiro, de 2001, tenía un monstruo melancólico sin voz ni rostro.
Algunas de las creaciones de Miyazaki parecen basarse en personajes del folclore, la literatura fantástica y otras animaciones. El personaje del cerdo que da nombre a la película
Porco Rosso (1992), por ejemplo, es un piloto italiano de los primeros días de la aviación, y resulta creíble que pueda tener un primo en alguna parte del predio de Warner Brothers que busque un par de pantalones que combinen con su blazer. Sin embargo, la mayor parte de los integrantes del zoológico en constante expansión de Miyazaki, entre ellos Totoro, el personaje vagamente felino de vientre prominente y movimientos lentos, procede enteramente de la prodigiosa imaginación del cineasta.
Durante la entrevista, se le preguntó a Miyazaki en qué punto consideraba que su trabajo encajaba en el creciente universo de la cultura popular infantil. "La verdad es que no vi prácticamente nada de eso", contestó con una leve sonrisa de hastío.
La actitud de Miyazaki respecto del pasado es mística y elegíaca. "Cuando hablo de tradiciones no me refiero a los templos. Hay un Japón autóctono y son sus elementos lo que trato de plasmar en mi trabajo", dice.
No es que Miyazaki esté precisamente al margen de la industria global del entretenimiento.
Howl's Moving Castle, que Disney distribuye tanto en una versión subtitulada como en otra doblada por celebridades, ganó más de 210 millones de dólares en otros países y es, en cuanto a recaudación, la tercera película de la historia de la taquilla japonesa, superada sólo por
Titanic y
El viaje de Chihiro, que en 2002 ganó un Oscar a la mejor película de animación.
Los filmes de Miyazaki son cuentos de hadas y, por lo tanto, tienen un final feliz ("No voy a hacer películas que digan a los chicos, 'Tienen que perder las esperanzas y huir'"). Pero el camino a la felicidad puede ser complicado, tal vez sobre todo para un público estadounidense que espera afirmaciones sentimentales basadas en una clara demarcación entre el bien y el mal.
La división del mundo en héroes y villanos es una costumbre que Miyazaki observa con desconfianza. "La idea de presentar el mal y luego destruirlo se considera algo habitual, pero a mí me parece perniciosa —señala—. La idea de que cada vez que aparece algo malo puede responsabilizarse y castigarse por ello a alguien en particular, tanto en la vida como en la política, no tiene sentido." Al igual que el mundo, que tiene sus propios ritmos y leyes, la naturaleza humana no es algo que pueda explicarse o juzgarse con facilidad. Sobre el final de la película, un personaje —un hombre que pasó la mayor parte de la historia como un espantapájaros mudo cuya cabeza se hizo con un nabo gigante— dice: "Una cosa de la que podemos estar seguros es que el corazón cambia."
Clarin