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Louise y Gustave

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    #1 Louise y Gustave
    Louise y Gustave

    El rectángulo de la luz azul que emanaba de la pantalla de la computadora se reflejaba en un rincón de su ojo. Su pupila iba de lado a lado, leyendo. Leía: “No se debe, tampoco, apresurar una en estas cuestiones. Los dos sabemos del amor. Los dos herimos y fuimos heridos. Mentiría si te dijera, por ejemplo, que el miedo no me toca cuando pienso en nosotros dos. Por hoy no tengo otra cosa que decirte. Quizás te suene un poco fría, pero no te confundas: ni por un minuto cambió algo de lo que siento. Solamente sucede que por hoy no puedo dedicarte ni una palabra más. Sólo que, si pudiera, sellaría este sobre con un ardiente beso.”
    Tuvo, por supuesto, que reprimir la risa. Inmediatamente hizo click en “Responder” y se puso a escribir. Escribió: “Oh, pero si no son injuriosas las fuerzas que nos alejan, ¿qué son? ¿Acaso por falto de rostro, por la ausencia de nuestras voces, es prohibido nuestro amor? ¿De quién nos escondemos y por qué? Si pudiera, te estrecharía entre mis brazos y de besos te colmaría pero, ay, nada hay que podamos hacer para salvar este abismo, este océano de silencio que habita entre nos. Serán algún día la distancia y el desamor apenas migajas de malos recuerdos que, con la astucia que regala el paso imparable del tiempo, tal vez nos harán reír. Pero lo cierto es que, una vez juntos, ya nunca -¡nunca!- habremos de volver a llorar. Te despido por hoy, pero no dejes de esperar mañana noticias de mí, pues ese día seré, ventura de mi parte, una dulce voz que repetirá en tu oído, como en un susurro, tu nombre y el mío.”
    Después cerró la tapa de su notebook y por un minuto o dos se quedó sentado, inmóvil y en silencio, en la densa oscuridad del living. Una sonrisa plateada le cortaba la cara. Finalmente se levantó y fue a la cocina. Mientras se servía un vaso de agua, la risa lo tentó otra vez. Lo recordó todo con facilidad, como si fuera uno de los baratos relatos románticos que él mismo escribía, con un pseudónimo (porque le importaba no mezclar su trabajo con el resto de su obra), para el suplemento literario del diario de la zona. Un día, usando un programa de chat le había aparecido un aviso en la pantalla: “El/la usario/a Colet solicita su autorización para incluirlo en su lista de contactos.” Por supuesto, la autorizó y esperó a verla conectada para no hablarle. Ella dio el primer paso con astucia: “De más está decir que saludar no me tendría que corresponder a mí.” A él le atrajo ese descaro y -tuvo que sincerarse consigo mismo- su cuidada ortografía. Tuvo la sensación de que, quizás, no se trataba de otra aficionada a la literatura amorosa de las que en general lo contactaban, atraídas por la prosa golosa y cursi que solía desplegar semanalmente en sus cuentos para el diario. Creyó percibir una sapiencia, una sensibilidad literaria que la elevaba por encima de las tristes y aburridas amas de casa que en general lo buscaban. Decidió ponerla a prueba. Sin responder al reproche, sencillamente dijo: “Ese nombre que elegiste, ¿tiene algo que ver con la amante de Flaubert?”. Ella contestó al instante que sí, que por qué más elegiría llamarse así.
    Ni una foto, ni un llamado telefónico. Nada. Ella se había plantado con firmeza en su idea de mantener el misterio sobre su identidad hasta el fin. “No voy a permitir que me pienses solamente como otra de tus conquistas. Yo no conozco más que tu escritura. Ni tu cara, ni tu voz, ni el color de tu pelo. ¿Por qué habrías de conocer algo distinto de mí?” A él le pareció justo, así que le propuso: “Entonces, quiero conocer tu escritura. Si vos sos Colet, yo voy a ser Flaubert. Tu tarea va a ser recuperar, escribir, las cartas de Colet perdidas.” Rápidamente llegaron a un acuerdo: sólo se escribirían mails, tratando de calcar el estilo epistolar del siglo XIX. Mientras más afectado el tono y más artificial el sentimiento, mejor.
    Dejó el vaso vacío en la pileta de la cocina. Se movió en silencio por la oscuridad de la casa. Entró en su cuarto, se desvistió y se acostó. A su lado, Luisa, su mujer, se movió y le reprochó con voz de dormida: “Te quedaste hasta tarde otra vez.” Él contestó que no se preocupara, le dio un beso en la cabeza y el perfume de su pelo le hizo pensar en Colet: ¿cómo olería su cabello? El sueño y el cansancio lo vencieron con rapidez y, abrazado a su esposa, se durmió él también.
    Al día siguiente, después de entregar un nuevo relato en el diario, escribió otro mail: “Es tan intenso, oh, tan intenso el amor que te profeso que no tolero más, mi queridísima, el desconocer tu perfil y tus rasgos, la costumbre de tus gestos. Te pienso de día y de noche, mientras escribo, mientras fumo, mientras apuro junto al fuego un íntimo vaso de vino. Solamente te pido que tengas para conmigo la gracia de dejarme contemplarte, aunque más no sea una vez.” Después le dejó la dirección de un bar, fecha, hora y la sugerencia de asistir los dos vestidos de rojo. Envió el correo y se sintió satisfecho. Poco después, entró su mujer por la puerta de calle. La saludó con un beso, elogió su perfume y la siguió con la mirada mientras ella dejaba sus cosas. Sin duda, la quería. Se había enamorado locamente de ella algunos años atrás, cuando los dos iban juntos a un taller literario que dictaba un escritor de renombre de la capital. Pero la vida sedentaria del matrimonio, sumada a la mudanza a esa ciudad chica del interior, había terminado por aburrirlo. Estaba seguro de que si no fuera por sus brevísimos romances con las lectoras más jóvenes y deslumbradas del diario, el combustible necesario para llevar adelante su matrimonio se habría acabado mucho tiempo atrás. Su infidelidad, pensó, era el único modo que se le ocurría para serle eternamente fiel.
    A la noche, mientras su mujer trabajaba en su propia computadora, recibió la respuesta de Colet. “Sí, amor mío, sí. No hay por qué seguir dilatándolo. Ya apenas mi pecho sirve para contener los fieros latidos de mi corazón cuando te pienso. Cada una de tus palabras inflama como el fuego la sangre que corre tumultosa por mis venas. Donde digas será la cita. Mis manos tiemblan y mi respiración se agita cuando trato de imaginar el color de tus ojos. ¿Serán acaso almendrados? ¿O del color del cielo? Oh, pero ¡tonta yo! ¿Por qué someterme a tan sufrientes cavilaciones? Debo callar ahora, y guardar toda la fuerza de mis palabras para mañana, amor mío, cuando por fin las puedas escuchar de mi boca.”
    Estalló en carcajadas. Sin dudas, este último mail había sido el mejor. Quiso contestarle de inmediato casi en tono de crítico literario, elogiar la soltura con que se expresaba en los términos de los amores antiguos, la comodidad que se dejaba ver en su adecuación a modelos hoy inexistentes. Pero se contuvo. Ya se lo diría al día siguiente, quizás en algún cuarto de hotel.
    Al día siguiente, decidió no esperarla en el bar, sino enfrente. No le parecía del todo conveniente que él fuera el primero en llegar. Pensó que eso pondría en evidencia su impaciencia, que quedaría marcado con el estigma de unas ansias que no consideraba varoniles ni maduras. Se quedó sentado en una mesa de un café de la cuadra de enfrente, fumando un cigarrillo y hojeando un viejo ejemplar de las Cartas a Louise Colet, de Flaubert, como para hacer su entrada ya en personaje. Pocos minutos después de la hora convenida, vio que una mujer vestida de rojo entraba al bar que él había elegido y se sentaba. No pudo verle la cara, pero por lo demás parecía una mujer de su edad, todavía joven pero ya ostentando el porte que otorga la madurez. Eso le gustó y su ansiedad aumentó.
    Con falsa tranquilidad, sin embargo, esperó hasta terminar el cigarrillo para ponerse de pie, cruzar la calle y entrar al bar. Adentro, la mayoría de las mesas estaban ocupadas. Al cabo de unos segundos vio a la mujer: estaba sentada de espaldas a la puerta y revolvía inquieta un café. Mientras se acercaba a ella, trató de ensayar alguna frase ingeniosa para saludarla. Pero cuando le tocó el hombro para llamar su atención, enmudeció. No podía explicarse cómo la mujer de rojo podía parecerse tanto a su esposa, hasta que le oyó decir “Pero, cómo, Gustavo, ¿qué hacés vos vestido de rojo?”
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  • #2 Re: Louise y Gustave

    Muy bueno! Me gustó mucho.
    Al comenzar a leerlo te iba a decir que era muy interesante el tono de los mails, con un fuerte aire de la literatura del siglo XIX. Y después lo confirmaste en la intención que se proponen.
    Muy lindo!
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  • #3 Re: Louise y Gustave

    ¡Muy bueno! Me pareció un relato muy entretenido, y me resultó orginal la elección de ese lenguaje propio con que se comunicaban, casi "divertiendose" con la idea de trasladarse a otra epoca y a otros medios. Los personajes estan muy bien delineados, y las acciones bien descriptas, al igual que los espacios donde se desarrollan los sucesos. Las palabras, el lenguaje y las expresiones, acordes al argumento.
    El final, debo decir, me resulto previsible. Desde el momento en que entra en acción su mujer, supuse que ella sería la muchacha, por eso quizas sería lindo que tuviera una vuelta de tuerca más. En ese momento me imaginé que la mujer fue enviada por la verdadera Colet, para dar un zarpazo al critico literario.
    Sin embargo un buen trabajo; entretenido, fluído y bien manejado.
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  • #4 Re: Louise y Gustave

    Sí, coincido con lo que dice Fleurr... me gustó que estaban bien armados los textos tan recargados, se nota - o da la sensación en todo caso - de que le pusiste un buen ojo y tiempo a eso.
    Lo previsible hace que planteado el conflicto de ese amor ciberespacial que toma forma desde el juego de los dos, el relato vaya perdiendo algo de interés a medida que uno va confirmando sus sospechas. Creo que hay lugar para otro rumbo final, que sepamos nosotros y no él que todas sus amantes virtuales no fueron más que su mujer sosteniendo ese juego hace tiempo, o que... bueno, no importa, no me corresponde, pero eso! Igual se hizo entretenido y muy bien llevado.
    Creo que hace unos años había leído alguna que otra cosa tuya, Apolo (salvo que seas uno nuevo, ni idea), y la verdad es que me impresionó muy bien esto.

    Saludos!
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  • #5 Re: Louise y Gustave

    Coincido en que el final era predecible, pero me parece que es importante también el trayecto, que lo hace muy interesante y se llega a ese punto - esperado en cierto modo - de una manera muy interesante.
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  • #6 Re: Louise y Gustave

    Muchas gracias a todos por los comentarios. Como bien señalaron, resulta evidente que a la hora de escribir me interesé más por representar el modo en que los personajes se relacionan a través de los mails que por desarrollar una historia original, y creo que lo más débil del texto puede ser eso, su previsibilidad. Pasa que escribir esos mails que se mandaban era realmente divertido...

    Tinch: sí, soy yo, el mismo Apolo que da vueltas intermitentemente en Psico desde hace algunos años. Tengo que admitir que ni a palos esperabas que recordaras algún otro texto mío de los posteados acá vaya uno a saber cuándo.

    ¡Gracias a todos por leer!
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  • #7 Re: Louise y Gustave

    Apolo, muy interesante relato. Me gustó el juego de personalidades que implementaste y el intercambio tan particular que hay entre los personajes. Reconozco que se me hizo algo lento el principio, hasta que me metí en la historia; y el final también se me hizo bastante transparente. Le queda justo de todas formas. Lo demás, muy bueno.

    Saludos.
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  • #8 Re: Louise y Gustave

    Hola Apolo: me gustó mucho la idea de esos mails escritos con el estilo del siglo XIX. Hizo el relato divertido, se lee de un tirón , y aunque el final es previsible, el recorrido es muy interesante
    Saludos
    Ángela
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  • #9 Re: Louise y Gustave

    ¡Apolo, sí que me acuerdo! No me pidas detalles, que mi memoria es un desastre, pero hasta me parece que alguna vez crucé algo tuyo en algún viejo concurso, de cuentos cortos, de esos que poníamos títulos, o no sé qué. En fin... una cosita. Me acuerdo que alguna vez en el foro se habló sobre la tendencia a los finales sorpresivos. A mi en lo personal lo que me pasa es que su utilidad muchas veces tiene que ver con su necesidad de acuerdo a cómo está armado el cuento. Es decir, hay cuentos que trabajan en función de una sorpresa final. Porque estiran un misterio, porque el remate es lo que significa el relato, o cosas así. Éste en particular me da la sensación de que termina buscando imprimirle cierta fuerza a esa vuelta de tuerca que no la tiene en realidad y sobre todo, no la precisa. Si se contara esa cuestión de la mujer sin ser la frase final como matadora, sin quedarse ahí, si él vuelve y decide aprovechar para seguir inspirando su lado romanticoso ahora con el sabor de la frustración encima, o lo que sea, o simplemente se va, o la saluda... me parece que le restaba atención al final, y ganaba todo el relato. Bueno, igual es una opinión nomás y espero que no la tomes a mal... Yo qué sé.

    Un abrazo!
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  • #10 Re: Louise y Gustave

    Claro que no me la tomo a mal, tinch. Me parece un comentario muy inteligente, de hecho. Lo tendré en cuenta para futuras producciones. ¡Gracias!
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