#1 El difícil arte de decidir
El difícil arte de decidir
Pablo siempre fue una persona buena. Hijo único de padres cariñosos, fue uno de esos chicos que no dan problemas: buen alumno, buen compañero, siempre estuvo rodeado de afecto. Su vida se deslizó sin apremios.
Terminó la secundaria y, siguiendo los pasos de su padre, ingresó en la carrera de Arquitectura.
Conoció a Soledad en Obras, ambos iban todos los sábados con sus padres al club, les gustaba jugar al tenis. Se hicieron novios y cuando él se recibió, como era previsible, se casaron.
El padre les regaló el departamento que Soledad – diseñadora de interiores- se encargó de decorar.
En el living, sillones blancos, una alfombra azul sobre la madera clara del piso. Cortinas blancas, lámparas de acero, en una de las paredes una xilografía y sobre la mesa un jarrón de Murano rojo.
El resto del departamento fue amueblado y decorado con el mismo buen gusto.
Eran felices en su vida rutinaria: ambos trabajaban toda la semana, los sábados iban al club y los domingos almorzaban en casa de alguno de sus padres.
Pablo deseaba tener un hijo: planificaba una familia. Nunca lo había comentado con Soledad; era algo, para él, sobreentendido. Se sorprendió cuando ella le dijo que no quería tener hijos, que su vida estaba completa con él y su trabajo. Como no le gustaban las discusiones lo dejó pasar, seguro de que ella cambiaría de idea.
Tres años después todo seguía igual. Pablo no quería admitirlo ni para si mismo, pero la verdad es que se aburría. Con la excusa de trabajos pendientes, comenzó a encerrarse en su escritorio.
Conectaba la computadora para enviar y responder mails de sus amigos; después empezó a chatear.
Disfrutaba con la relación que establecía con tanta gente desconocida, de lugares distantes y con vidas tan diferentes a la suya. Por primera vez empezó a reflexionar sobre la forma en que vivía su vida.
Soledad continuaba con su trabajo, salía con sus amigas y empezó a estudiar inglés. Pablo cada vez pasaba más horas conectado a Internet. Era una distracción, se decía, una forma de pasar las horas vacías hasta el momento en que el sueño llegaba.
Hasta qué, chateando, conoció a Ana. Ella vivía en Tandil, era soltera y trabajaba en una escuela rural como maestra. A Pablo le fascinaba lo que Ana escribía, lo que pensaba, su vida tan distinta a la suya. Poco a poco se fue enamorando de esa mujer desconocida, a la que le había dicho que era soltero. No supo porque le mintió- no era hombre de decir mentiras- fue sólo un impulso.
Pasaron los meses y los dos sentían que habían nacido el uno para el otro. Se enviaron fotos y se gustaron. Comenzaron a hablarse por teléfono. La voz de Ana terminó de subyugarlo. El deseo de estar con ella se volvía cada vez más apremiante.
La casualidad- si es que existen las casualidades- hizo que la empresa ganara la licitación para construir un edificio en Tandil. Él de inmediato se ofreció para viajar a ultimar los detalles del contrato.
Llegó a Tandil, fue a ver al cliente y la llamó a Ana por teléfono:
-Estoy acá, en tu ciudad, ¿Cuándo podemos vernos?
- ¡Qué alegría! Termino de trabajar a las cinco, pasá a buscarme- respondió ella, dándole la dirección del colegio.
Pablo nunca había experimentado lo que sintió cuando la vio a Ana: ella era la mujer de su vida.
Ana era tal como él la había imaginado: bonita- menos que Soledad- alegre, vital.
Pasaron juntos las horas que le quedaban a Pablo para regresar a Buenos Aires.
Ella lo llevó a conocer el parque y dieron una vuelta por las sierras; después, tomados de la mano, recorrieron la parte céntrica de la ciudad y fueron a cenar. Todo fue perfecto. Pablo siguió ocultando que era casado.
Se besaron apasionadamente y quedaron en verse en una semana cuando él volviera a Tandil.
El viaje de regreso fue para Pablo una mezcla de felicidad y tortura. Tenía que confesarle a Ana que era casado, ella comprendería que él no podía dejar a Soledad, se habían casado prometiéndose estar juntos toda la vida. No podía hacerle algo así a su esposa, no se lo merecía, además él nunca había dejado de cumplir una promesa: por primera vez en su vida tenía que decidir algo por si mismo y era incapaz de hacerlo. Pensaba que su vida se iba a convertir en un infierno de mentiras y engaños pero no quería renunciar a Ana y tampoco podía seguir engañándola.
Una semana después volvió a Tandil. Ahora iba a estar dos días con Ana, se pasó la semana soñando con esos momentos que pasarían juntos. Liquidó los asuntos de trabajo y fue en su busca. Estaba muy nervioso y ella lo notó enseguida:
-¿Qué te pasa? –preguntó, temiendo que le dijera que no quería verla más.
-Nada, algo que tengo que contarte, pero después, más tarde, disfrutemos de estos momentos que estamos juntos- musitó Pablo abrazándola. Fueron al departamento de ella y pasaron el resto del día juntos. A la noche salieron a caminar, pero hacía frío y se refugiaron en un restaurante. Ana era divertida, contaba historias con mucha gracia y Pablo la escuchaba fascinado. Él también se soltó, aunque no tenía demasiado que contar; sólo podía hablar de su trabajo.
Después, cenaron en silencio. Ana presentía algo que sabía no le iba a gusta y esperaba que él se decidiera a hablar. Y al final habló. Ella lo escuchó en silencio, los ojos se le llenaron de lágrimas
-Nunca podría ser la segunda. Te quiero pero no así- respondió con un tono de voz duro, que sorprendió a Pablo; se levantó y salió del restaurante perdiéndose en la noche.
Él volvió a Buenos Aires con la esperanza de convencerla. Ella no le contestó los mails ni los llamados telefónicos. La había perdido y se resignó, no estaba acostumbrado a pelear por nada y ahora tampoco lo hizo.
Volvió a su vida rutinaria, regresó a su encierro en el escritorio, pero el anhelo de ver aparecer a Ana en la pantalla, y la frustración de no verla, hizo que lo que antes era un disfrute ahora fuera un tormento ;perdió el interés en conocer gente nueva y se alejó de la computadora.
Soledad seguía yendo y viniendo, siempre inquieta y cada vez más alejados uno del otro; Pablo eligió pasar largas horas sentado frente al televisor, en silencio.
Meses después, Soledad estalló: le dijo que estaba harta, que no aguantaba más estar a su lado , que se estaba muriendo de aburrimiento, “quiero el divorcio”, dijo y se fue a vivir a la casa de sus padres.
A Pablo le llevó varios días reaccionar. En realidad una semana.
Subió a su coche y viajó hasta Tandil. Esperó en la puerta del colegio: salieron los chicos, las madres con sus hijos se alejaron y finalmente apareció Ana, que lo miró con desconfianza:
-Perdóname. Estoy acá para pedirte perdón y para contarte que me separé de mi mujer. Me voy a divorciar y podremos casarnos. ¡Por favor, no puedo vivir sin vos!- exclamó tembloroso.
Ana lo abrazó en silencio. Ella también sentía que él era el hombre de su vida.
Pablo y Ana se casaron. Redecoraron el departamento, el escritorio cedió su espacio al cuarto de un bebé, todo estaba menos ordenado, menos chic, pero más cálido y alegre.
Soledad viajó a Londres para hacer un curso de perfeccionamiento de inglés; allí conoció a un paquistaní con el que está viviendo un apasionado romance.
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Ángela Rossi
Noviembre de 2009-11-01
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