#1 Amor a distancia
Un café en la mano y la lluvia en mi ventana acompañaban mi tristeza. Ya habían pasado varios meses después de aquella ruptura y no conseguía recuperarme. Los recuerdos me atormentaban y no me dejaban en paz. Mí peso disminuía como mi esperanza de volver a sonreír. La depresión me mostraba la peor de sus caras, la más cruel: la soledad, esa soledad que me hacía sentir que no tenía pensado abandonarme por un largo tiempo.
En el momento que ya estaba dándome por vencida, al verme desmejorada y sin ánimos, mis amigos me recomendaron despejarme con Internet, pensaron que al no tener ganas ni de asomar la nariz a la vereda, era una buena opción de conocer gente nueva. Comenzaron a crearme a mis espaldas algunas cuentas en portales de citas, motivo que logró enfurecerme. Sentía que estaba en oferta, así que luego de hablarlo entendí que eran buenas sus intenciones, pero igualmente les pedí que desistieran de su plan. Yo quería sentirme preparada para volver a conocer a alguien.
Unas cuantas semanas después, llegó a mi correo a una invitación a un portal nuevo y sin pensarlo, después de tanto criticar el sistema, creé un usuario. Todos querían ser mis amigos ó hablar conmigo, algunos me decían lo mismo que a otras chicas y tenían la suerte de que no me dé cuenta por un momento, hasta que me dirigía a su perfil y encontraba en los comentarios un “a todas les decís lo mismo” y con pruebas. Sus fotos eran llamativas y provocativas, en su mayoría, pero hubo una de ellas que me llamó la atención, era de Rana Agalichnis Alidryas que vi más de una vez en los libros de Helena Curtis de Biología.
La supuesta rana era un hombre de unos veintiocho años y vivía en la Zona Sur de Buenos Aires, a unos sesenta kilómetros de mí. Comenzamos con algunos inocentes mensajes, hasta que quisimos conocernos un poco más. Nos pedimos nuestros e-mails y prometimos hablarnos a la noche. Los nervios se iban acrecentando mientras el momento de la charla se acercaba, habría webcams y al fin nos veríamos las caras. El nudo en el estómago cada vez se volvía más insoportable, hasta que nuestras cámaras se conectaron, y fue en ese mismo instante en que me quedé sin palabras. El hombre que había demostrado ser dulce, atento y comprensivo, se movía, sonreía. Dejó de ser algo virtual, imaginario por unos instantes y se volvió tan real que podía escuchar su risa. Las horas pasaban y jamás nos dimos cuenta, hasta el momento que el sueño comenzó a molestarnos. Antes de desconectarse, me pidió mi número de teléfono y no dudé ni un segundo en dárselo.
Al día siguiente comenzamos a enviarnos mensajes de texto, y su cara rondaba todo el tiempo en mis pensamientos. Mi corazón estaba volviendo a sentir algo que creía olvidado y no pude evitar pedirle una cita para conocerlo. El 24 de Marzo de 2007 fue el gran día y el obelisco era el punto de encuentro. Al llegar, nos saludamos tímidamente y dimos un paseo por la peatonal, después de una corta caminata nos sentamos en un banco de la plaza San Martín en donde pasamos gran resto de la tarde charlando sobre nuestras vidas. Al llegar la noche y con ella un molesto frío, decidimos ir a tomar un café y antes de irme de la mesa a solicitarlo no pude contenerme y lo besé. Sus labios suaves me hicieron sentir que no me estaba equivocando. Luego del café y otra charla, propusimos volver a vernos la semana siguiente.
Esos siete días fueron los más largos de mi vida. Nos llamábamos por teléfono, chateábamos y hacíamos todo lo posible para mitigar la distancia, hasta que finalmente el segundo encuentro llegó y mi corazón se revolucionaba con su presencia. Me estaba enamorando de un chico del ciberespacio al que jamás hubiese conocido de otra manera.
En las siguientes citas nuestro amor iba creciendo muy velozmente, tan veloz que nos dio algo de miedo, pero no hicimos caso a eso y dejamos que fluya. Nuestras charlas eran cada vez más profundas y sentíamos que nos conocíamos de toda una vida.
Un mes después en la estación del tren de Puerto Madero escuché lo que mi corazón quería. El me propuso que sea su novia y sentí que no podía ser más feliz. Sus ojos se encontraron en los míos, entre los besos más apasionados. Al fin la vida me había devuelto la alegría perdida y borró de mi tanto sufrimiento y dolor. Los meses pasaban, y a pesar de la distancia que nos separaba, nuestro amor luchaba contra viento y marea, saliendo siempre a flote y haciéndose más fuerte.
Pasaron dos años y ya no puedo seguir escribiendo. Llegaron los invitados, la ceremonia está por empezar y solo falto yo. Hoy nos casamos.
En el momento que ya estaba dándome por vencida, al verme desmejorada y sin ánimos, mis amigos me recomendaron despejarme con Internet, pensaron que al no tener ganas ni de asomar la nariz a la vereda, era una buena opción de conocer gente nueva. Comenzaron a crearme a mis espaldas algunas cuentas en portales de citas, motivo que logró enfurecerme. Sentía que estaba en oferta, así que luego de hablarlo entendí que eran buenas sus intenciones, pero igualmente les pedí que desistieran de su plan. Yo quería sentirme preparada para volver a conocer a alguien.
Unas cuantas semanas después, llegó a mi correo a una invitación a un portal nuevo y sin pensarlo, después de tanto criticar el sistema, creé un usuario. Todos querían ser mis amigos ó hablar conmigo, algunos me decían lo mismo que a otras chicas y tenían la suerte de que no me dé cuenta por un momento, hasta que me dirigía a su perfil y encontraba en los comentarios un “a todas les decís lo mismo” y con pruebas. Sus fotos eran llamativas y provocativas, en su mayoría, pero hubo una de ellas que me llamó la atención, era de Rana Agalichnis Alidryas que vi más de una vez en los libros de Helena Curtis de Biología.
La supuesta rana era un hombre de unos veintiocho años y vivía en la Zona Sur de Buenos Aires, a unos sesenta kilómetros de mí. Comenzamos con algunos inocentes mensajes, hasta que quisimos conocernos un poco más. Nos pedimos nuestros e-mails y prometimos hablarnos a la noche. Los nervios se iban acrecentando mientras el momento de la charla se acercaba, habría webcams y al fin nos veríamos las caras. El nudo en el estómago cada vez se volvía más insoportable, hasta que nuestras cámaras se conectaron, y fue en ese mismo instante en que me quedé sin palabras. El hombre que había demostrado ser dulce, atento y comprensivo, se movía, sonreía. Dejó de ser algo virtual, imaginario por unos instantes y se volvió tan real que podía escuchar su risa. Las horas pasaban y jamás nos dimos cuenta, hasta el momento que el sueño comenzó a molestarnos. Antes de desconectarse, me pidió mi número de teléfono y no dudé ni un segundo en dárselo.
Al día siguiente comenzamos a enviarnos mensajes de texto, y su cara rondaba todo el tiempo en mis pensamientos. Mi corazón estaba volviendo a sentir algo que creía olvidado y no pude evitar pedirle una cita para conocerlo. El 24 de Marzo de 2007 fue el gran día y el obelisco era el punto de encuentro. Al llegar, nos saludamos tímidamente y dimos un paseo por la peatonal, después de una corta caminata nos sentamos en un banco de la plaza San Martín en donde pasamos gran resto de la tarde charlando sobre nuestras vidas. Al llegar la noche y con ella un molesto frío, decidimos ir a tomar un café y antes de irme de la mesa a solicitarlo no pude contenerme y lo besé. Sus labios suaves me hicieron sentir que no me estaba equivocando. Luego del café y otra charla, propusimos volver a vernos la semana siguiente.
Esos siete días fueron los más largos de mi vida. Nos llamábamos por teléfono, chateábamos y hacíamos todo lo posible para mitigar la distancia, hasta que finalmente el segundo encuentro llegó y mi corazón se revolucionaba con su presencia. Me estaba enamorando de un chico del ciberespacio al que jamás hubiese conocido de otra manera.
En las siguientes citas nuestro amor iba creciendo muy velozmente, tan veloz que nos dio algo de miedo, pero no hicimos caso a eso y dejamos que fluya. Nuestras charlas eran cada vez más profundas y sentíamos que nos conocíamos de toda una vida.
Un mes después en la estación del tren de Puerto Madero escuché lo que mi corazón quería. El me propuso que sea su novia y sentí que no podía ser más feliz. Sus ojos se encontraron en los míos, entre los besos más apasionados. Al fin la vida me había devuelto la alegría perdida y borró de mi tanto sufrimiento y dolor. Los meses pasaban, y a pesar de la distancia que nos separaba, nuestro amor luchaba contra viento y marea, saliendo siempre a flote y haciéndose más fuerte.
Pasaron dos años y ya no puedo seguir escribiendo. Llegaron los invitados, la ceremonia está por empezar y solo falto yo. Hoy nos casamos.
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