#1 Sindrome De Peter Pan
Extracto de la URL de la revista Planeta Urbano, si consigo el resto lo posteo. Me pareció una nota interesante sobe un problema muy actual. El refugio en la inmadurez...
Peter Pan es rey en la tierra donde algunos han logrado perpetuar esa etapa maravillosa en la que todo es tal cual queremos que sea. Dando rienda suelta a la fantasía y escudándose en el escapismo, se ha constituido un gran ejército de niños perdidos. Peter Pan no existe, es cierto, pero sí la fantasía (factible) de ser niños por siempre. Crecer o no crecer amigos, ésa es la cuestión.
Texto de Paz Dubarry / Fotos: Chino Zavalía
En los tiempos de nuestros abuelos crecer significaba empezar a usar pantalones largos. La hombría quedaba evidenciada -aproximadamente a los quince años- por el cambio de voz y vestimenta, al tiempo que al muchacho en cuestión se le empezaba a exigir que hablara con propiedad, participara de las conversaciones de los adultos y colaborara en la resolución de los asuntos familiares. Rápidamente estos hombrecitos eran llevados -por lo general por algún tío, probablemente fanático del juego y las mujeres- a los burdeles en busca de placeres mundanos, a la vez que se les permitía pasar al salón de hombres en el club y tomarse una copa de coñac o whisky después de la cena. Crecer, en esa época significaba ponerse los pantalones y comenzar a dirigir la propia vida y la de las mujeres de la casa con solemnidad. Se soñaba con ser grande, con hacerse hombre.
Para nuestros padres, la frontera con la adultez fue postergada por unos pocos años. Cumplir los dieciocho señalaba el ingreso definitivo al mundo de los adultos. Hacerse hombre pasaba -en ese entonces, y según la clase social a la que perteneciera- por empezar a trabajar y asistir a la universidad. Se colaboraba con el padre en el negocio familiar y se buscaba rápidamente una noviecita para formalizar y encarar la tarea procreatoria obligada. Algunos tuvieron un poco más de suerte y gracias al movimiento hippie -con su carga de idealismo y anhelos de paz y amor libre- lograron evadir por algunos años más el batallón de obligaciones que venían adosadas al fin de la inocencia.
Por otro lado, la suerte de las mujeres era todavía mucho peor. La naturaleza y sus mañas determinaban el momento exacto en que su cuerpo podía -y debía- tolerar las obligaciones de la mujer adulta. Una vez que estaban listas para concebir se las entregaba en matrimonio. Muchas reinas apenas tenían trece años cuando daban a luz a su primer heredero. Ellas pasaban de jugar con las muñecas a criar hijos casi sin escalas y casi sin saberlo. Pero las épocas fueron cambiando y ya en los tiempos de la abuela no se estilaba casarse mucho antes de los veinte años.
La generación de nuestras madres fue bendecida por la revolución sexual y los anticonceptivos. Las mujeres tenían ahora derechos y obligaciones sociales, y en vez de ir camino al altar, peregrinaban en masa a las universidades. Muchas lograron obtener un título y hacer carrera. Sin embargo, no se parecían en nada a las universitarias de hoy. Probablemente estuvieran casadas, con algún que otro hijo, y con miles de tareas domésticas que las esperaban después de clases. Esas mujeres criaron hijos que absorbieron la necesidad de disminuir la velocidad con la que pasaba el tiempo. Estirar la juventud, ésa era la cuestión. No fue fácil. De hecho, aún hoy la sociedad señala con el dedo (acusando por supuesto) a todos aquellos que tienen alrededor de treinta y no ostentan proyectos de familia.
La ciencia y la tecnología han llevado el umbral de esperanza de vida a cifras impensadas hasta el momento. Sacando cálculos, multiplicando días y restando meses, uno llega a la conclusión de que lo más sano -y la mejor manera de evitar algún que otro fracaso- es estirar aquellas etapas de la vida en las que uno puede dañarse casi exclusivamente a sí mismo. No nos engañemos. Además de que son inmaduras, las generaciones actuales creen poco en lo definitivo y se resisten al excesivo peso de las responsabilidades. El para toda la vida, es una especie de trampa mortal que es mejor posponer por tiempo indeterminado. El tema es por cuánto. Porque si podemos vivir cien años, podríamos hacer perfectamente de hijos hasta los treinta y empezar a ser padres a los cuarenta, para después a los setenta poder ser abuelos y disfrutar del fruto del trabajo de nuestros años mozos.
Ser grandes es tal vez un concepto que dista de ser universalmente apetecido. Ser niños, por el contrario, implica claramente el disfrute del juego, el imperio de una mayor subjetividad y la posibilidad de manejarse poniendo reglas propias. Si crecer es comenzar a obedecer y cumplir con las convenciones sociales, son muchos los hombres y mujeres que hoy en día están intentando no hacerlo. Crecer, entonces, es ser parte de un sistema donde impera “lo que es debido”, de obligaciones aceptadas, de cosas que hay que hacer. Ser niño, es nunca dejar de ser hijo, es contar con el respaldo de una estructura armada y sostenida por otros.
PARA CONOCER MAS ACERCA DEL SÍNDROME DE PETER PAN, BUSCA LA NOTA EN EL PLANETA URBANO DE SEPTIEMBRE.
Peter Pan es rey en la tierra donde algunos han logrado perpetuar esa etapa maravillosa en la que todo es tal cual queremos que sea. Dando rienda suelta a la fantasía y escudándose en el escapismo, se ha constituido un gran ejército de niños perdidos. Peter Pan no existe, es cierto, pero sí la fantasía (factible) de ser niños por siempre. Crecer o no crecer amigos, ésa es la cuestión.
Texto de Paz Dubarry / Fotos: Chino Zavalía
En los tiempos de nuestros abuelos crecer significaba empezar a usar pantalones largos. La hombría quedaba evidenciada -aproximadamente a los quince años- por el cambio de voz y vestimenta, al tiempo que al muchacho en cuestión se le empezaba a exigir que hablara con propiedad, participara de las conversaciones de los adultos y colaborara en la resolución de los asuntos familiares. Rápidamente estos hombrecitos eran llevados -por lo general por algún tío, probablemente fanático del juego y las mujeres- a los burdeles en busca de placeres mundanos, a la vez que se les permitía pasar al salón de hombres en el club y tomarse una copa de coñac o whisky después de la cena. Crecer, en esa época significaba ponerse los pantalones y comenzar a dirigir la propia vida y la de las mujeres de la casa con solemnidad. Se soñaba con ser grande, con hacerse hombre.
Para nuestros padres, la frontera con la adultez fue postergada por unos pocos años. Cumplir los dieciocho señalaba el ingreso definitivo al mundo de los adultos. Hacerse hombre pasaba -en ese entonces, y según la clase social a la que perteneciera- por empezar a trabajar y asistir a la universidad. Se colaboraba con el padre en el negocio familiar y se buscaba rápidamente una noviecita para formalizar y encarar la tarea procreatoria obligada. Algunos tuvieron un poco más de suerte y gracias al movimiento hippie -con su carga de idealismo y anhelos de paz y amor libre- lograron evadir por algunos años más el batallón de obligaciones que venían adosadas al fin de la inocencia.
Por otro lado, la suerte de las mujeres era todavía mucho peor. La naturaleza y sus mañas determinaban el momento exacto en que su cuerpo podía -y debía- tolerar las obligaciones de la mujer adulta. Una vez que estaban listas para concebir se las entregaba en matrimonio. Muchas reinas apenas tenían trece años cuando daban a luz a su primer heredero. Ellas pasaban de jugar con las muñecas a criar hijos casi sin escalas y casi sin saberlo. Pero las épocas fueron cambiando y ya en los tiempos de la abuela no se estilaba casarse mucho antes de los veinte años.
La generación de nuestras madres fue bendecida por la revolución sexual y los anticonceptivos. Las mujeres tenían ahora derechos y obligaciones sociales, y en vez de ir camino al altar, peregrinaban en masa a las universidades. Muchas lograron obtener un título y hacer carrera. Sin embargo, no se parecían en nada a las universitarias de hoy. Probablemente estuvieran casadas, con algún que otro hijo, y con miles de tareas domésticas que las esperaban después de clases. Esas mujeres criaron hijos que absorbieron la necesidad de disminuir la velocidad con la que pasaba el tiempo. Estirar la juventud, ésa era la cuestión. No fue fácil. De hecho, aún hoy la sociedad señala con el dedo (acusando por supuesto) a todos aquellos que tienen alrededor de treinta y no ostentan proyectos de familia.
La ciencia y la tecnología han llevado el umbral de esperanza de vida a cifras impensadas hasta el momento. Sacando cálculos, multiplicando días y restando meses, uno llega a la conclusión de que lo más sano -y la mejor manera de evitar algún que otro fracaso- es estirar aquellas etapas de la vida en las que uno puede dañarse casi exclusivamente a sí mismo. No nos engañemos. Además de que son inmaduras, las generaciones actuales creen poco en lo definitivo y se resisten al excesivo peso de las responsabilidades. El para toda la vida, es una especie de trampa mortal que es mejor posponer por tiempo indeterminado. El tema es por cuánto. Porque si podemos vivir cien años, podríamos hacer perfectamente de hijos hasta los treinta y empezar a ser padres a los cuarenta, para después a los setenta poder ser abuelos y disfrutar del fruto del trabajo de nuestros años mozos.
Ser grandes es tal vez un concepto que dista de ser universalmente apetecido. Ser niños, por el contrario, implica claramente el disfrute del juego, el imperio de una mayor subjetividad y la posibilidad de manejarse poniendo reglas propias. Si crecer es comenzar a obedecer y cumplir con las convenciones sociales, son muchos los hombres y mujeres que hoy en día están intentando no hacerlo. Crecer, entonces, es ser parte de un sistema donde impera “lo que es debido”, de obligaciones aceptadas, de cosas que hay que hacer. Ser niño, es nunca dejar de ser hijo, es contar con el respaldo de una estructura armada y sostenida por otros.
PARA CONOCER MAS ACERCA DEL SÍNDROME DE PETER PAN, BUSCA LA NOTA EN EL PLANETA URBANO DE SEPTIEMBRE.
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