#1 Iglesia y sexualidad
Por David Fernández Dávalos
Ignoro cómo se fue dando el que la religión católica sobreestimara en su enseñanza moral la problemática sexual, cuando ésta no forma parte directa del Evangelio. Sospecho que un paso decisivo se da con Agustín de Hipona, cuyo maniqueísmo radical permeó y desnaturalizó la enseñanza moral de la Iglesia. Jostein Gaarder en su Vita Brevis –altamente recomendable– se burla deliciosamente de la conversión que en este sentido vivió el santo africano.
Lo cierto es que hoy por hoy la mayor preocupación real en materia moral de los obispos católicos y de los grupos más conservadores de la Iglesia no tiene que ver con los grandes dilemas de la humanidad, como la pobreza y la exclusión, la guerra, la justicia o la ecología sino que se centra en la problemática sexual. Esto, en mi modesta opinión, no es congruente con las enseñanzas de Jesucristo.
Pero, además, a lo largo de su historia la Iglesia ha mostrado que no conoce realmente la sexualidad humana. Siempre ha tenido miedo de esta dimensión de la persona. Probablemente porque la ciencia sexual no respeta prejuicios o quizá porque la dinámica de la libido es incontrolable, subversiva, peligrosa para cualquier autoritarismo.
Por esto es difícil que los jerarcas puedan comprender hoy o abrirse para intentar comprender asuntos como la pastilla de emergencia, la diversidad sexual, las sociedades de convivencia, la contracepción o la sexualidad juvenil.
Saramago lo acaba de decir en Guadalajara: la gran equivocación del catolicismo ha sido el cuerpo. Para muchos jerarcas éste no existe, y si se manifiesta hay que condenarlo. Pero para la Biblia no existe cuerpo y alma. El pensamiento hebreo, el de Jesús de Nazaret, no acepta la división del ser humano en dos partes separables. Para la antropología bíblica lo propio de la vida humana es su capacidad de relación con Dios y con los demás seres humanos. Nada hay ahí del pensamiento platónico sobre el alma buena y el cuerpo malo. La persona es una sola, entera ella y toda buena. La sexualidad es, entonces, parte del misterio del ser humano.
La ética cristiana afirma la vida. En eso no hay duda. Lo malo es que se confunda eso con mis propios preconcebidos puritanos o sexistas.
Ignoro cómo se fue dando el que la religión católica sobreestimara en su enseñanza moral la problemática sexual, cuando ésta no forma parte directa del Evangelio. Sospecho que un paso decisivo se da con Agustín de Hipona, cuyo maniqueísmo radical permeó y desnaturalizó la enseñanza moral de la Iglesia. Jostein Gaarder en su Vita Brevis –altamente recomendable– se burla deliciosamente de la conversión que en este sentido vivió el santo africano.
Lo cierto es que hoy por hoy la mayor preocupación real en materia moral de los obispos católicos y de los grupos más conservadores de la Iglesia no tiene que ver con los grandes dilemas de la humanidad, como la pobreza y la exclusión, la guerra, la justicia o la ecología sino que se centra en la problemática sexual. Esto, en mi modesta opinión, no es congruente con las enseñanzas de Jesucristo.
Pero, además, a lo largo de su historia la Iglesia ha mostrado que no conoce realmente la sexualidad humana. Siempre ha tenido miedo de esta dimensión de la persona. Probablemente porque la ciencia sexual no respeta prejuicios o quizá porque la dinámica de la libido es incontrolable, subversiva, peligrosa para cualquier autoritarismo.
Por esto es difícil que los jerarcas puedan comprender hoy o abrirse para intentar comprender asuntos como la pastilla de emergencia, la diversidad sexual, las sociedades de convivencia, la contracepción o la sexualidad juvenil.
Saramago lo acaba de decir en Guadalajara: la gran equivocación del catolicismo ha sido el cuerpo. Para muchos jerarcas éste no existe, y si se manifiesta hay que condenarlo. Pero para la Biblia no existe cuerpo y alma. El pensamiento hebreo, el de Jesús de Nazaret, no acepta la división del ser humano en dos partes separables. Para la antropología bíblica lo propio de la vida humana es su capacidad de relación con Dios y con los demás seres humanos. Nada hay ahí del pensamiento platónico sobre el alma buena y el cuerpo malo. La persona es una sola, entera ella y toda buena. La sexualidad es, entonces, parte del misterio del ser humano.
La ética cristiana afirma la vida. En eso no hay duda. Lo malo es que se confunda eso con mis propios preconcebidos puritanos o sexistas.
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y dicen que me parezco mucho A LA ACRIZ SARAH CLARKE(NINA MYERS EN LA SERIE 24).