#6 Re: La Filosofía, no sabe o incumple su función.
El "amigo olvidado" de mi vieja se llamaba Juan, era electricista aunque mi vieja había prohibido expresamente su acceso a cualquier tipo de aparato, conexión, cable, lo que fuera eléctrico.
Ella lo había conocido cuando tenía 17 años, gloriosos diecisiete, en esa época tuvo que salir de la gran ciudad por algunos problemitas, por un tipo había fajado a dos minas que terminaron en el hospital, y se tuvo que tomar unas vacaciones para no ir en cana.
Eligió un pueblo alejado, un típico pueblo de campo con sus silos, su estación del ferrocarril, su calle principal que comunicaba con la ruta a Buenos Aires, hasta una usina tenía, era un pueblo que se iba para arriba, y ya el número de habitantes lo aproximaba a la categoría de ciudad.
Había llegado a ese pueblo decidida a no tener problemas y buscó un trabajo legal, viendo un aviso en una panadería entró y quedó contratada, claro, la había atendido el mismísimo dueño. Los dueños eran un viejo matrimonio de tanos, y donde la tana vió a mi discreta mamita con un uniforme dos talles más chicos y el pelo por debajo de los hombros la quiso despedir, pero ya se había corrido la voz en el pueblo y la clientela aumentó de forma increíble, con lo que mi mamá vió asegurado su empleo ya que insinuó que la habían contactado de la otra panadería y ella prefirió ésta.
Tal había sido el aluvión de clientes -100% varones, claro- que uno de los conquistadores del pueblo al no tener ni un mango fué igual, entró, vió a mi vieja y quedó pasmado, cuando ella le preguntó que quería él dijo que tenía cinco centavos -toda su fortuna en ese momento- y ella le vendió una velita de cumpleaños, para más datos el uno. Salió y al encontrarse con sus amigos de tan bobo que había quedado se comió la velita. Estuvo toda una semana sin poder ir a sentarse en el trono y ya se hablaba de operarlo antes de que reventara cuando el tapón saltó solo.
La cuestión es que mi vieja tenía un trabajo legal, ganaba dentro de todo bastante bien y si bien el tano de tanto en tanto metía mano como la tana lo tenía con la nuca húmeda de seguirlo bien de cerca no había problema, era cuestión de pararle la mano y listo. Después el tano iba y agarraba a su mujer y la dejaba pipi-cucu, así que todos felices.
Un día entró Juan a comprar factura, mi vieja lo atendió como a todos -gata ella- y Juan pidió unas facturas que estaban en la bandeja de abajo, mi mamá se agachó y vió la entrepierna de Juancito... para que... inmediatamente decidió que "eso" era suyo y punto.
Esa noche ya en casa de Juan estaba serena, tranqui tranqui, y con un amor por toda la humanidad que la emocionó. Decidió que había encontrado la felicidad, la paz, la... bueno, todo en suma, y que iba a hacer su vida en ese pueblo con Juan.
Juan decía ser electricista, en realidad el electricista era el viejo que el único trabajo de electricidad que hacía -aparte de algo de albañilería- era cambiarle las lamparitas a las mujeres mal atendidas del pueblo cuando el marido no estaba en la casa. Claro, Juan había heredado sus características físicas -fundamentalmente una- pero de electricista nada. El caso es que Juan era cabeza dura, pero muy, muy, muy cabeza dura, si él decía que era electricista era electricista y punto, aunque no tuviera ni idea. Como mi vieja estaba en paz con el cosmos, aceptó que si, que lo era.
Como primera medida mi mamita decidió que había que reservar -ocultar- la mercadería como hacía en la panadería cuando le gustaba algo y lo quería para sí, y le compró a Juan unas bombachas de campo bien anchas, cosa de que no se notara diferencia con cualquier otro hombre de campo de los muchos que iban al pueblo.
La vida se desarrollaba en paz y armonía, el cosmos giraba alrededor de la cintura de Juan, o más o menos por ahí bah, y mi vieja siempre estaba en ese lugar para mantener el orden cósmico. Pero como dijimos el pueblo se iba para arriba, de modo que cerca de la casa donde vivían una empresa compró una manzana entera y comenzó a construír un local de venta y taller para maquinaria agrícola lo que haría del pueblo el único en cien kilómetros a la redonda, la gente estaba alegre, las ventas aumentaron, el tano le metía mano a mi vieja más seguido pero solito iba y dejaba a la tana pensando que la vida es maravillosa, si señor. Hasta Juan consiguió un empleo, la empresa lo contrató para la instalación eléctrica del local y del taller, un trabajo enorme ya que era más de media manzana -si vieron algunas máquinas del campo comprenderán que chico no podía ser-, el laburo era completo, monofásica, trifásica, taller con maquinaria -tornos, fresadoras, agujereadoras, etc.- como para incluso fabricar piezas que no pudieran obtenerse o salieran más caras que hacerlas.
Los ingenieros que levantaron el techado parabólico de más de media manzana lo contactaron, le dieron los planos, dos ayudantes y un muchacho "chequera veloz" que se encargaba de comprar y pagar en el acto todo lo que Juan decía necesitar. El mundo parecía encaminarse hacia una nueva perfección, el cosmos entero parecía irse para arriba como el pueblo. La gente veía más trabajo, más plata, y encima preveían un futuro tan brillante que ya hasta amenazaban con ganarle a Loma Negra -el equipo de Olavarría- y todo, si, todo subía pero sobre todo las expectativas de la gente.
Juan encaró el trabajo con dedicación, nunca jamás había tenido algo así de modo que se aseguró de seguir esos intrincados planos, conexiones, cables, llaves, etc., etc., por más de un mes vivió tan sumergido en su trabajo que mi vieja tenía que recordarle sus deberes maritales, bah, casados no estaban de modo que mi vieja simplemente se le tiraba encima y listo.
Al fin el trabajo estuvo terminado, el pibe "chequera veloz" hizo el trámite en la compañía de electricidad y fueron un inspector y dos operarios en un camión con una escalera metálica para hacer la conexión.
Era un mediodía totalmente nublado, oscuro, amenazaba una tormenta y una lluvia de aquellas, en el lugar los esperaba Juan y "chequera veloz" en representación de la empresa, saludos, formalidades, el inspector -un hombre mayor- preguntó - ¿Está todo en orden? - y Juan contestó - Si, todo listo -.
Uno de los operarios subió por la escalera a la columna de cemento que sostenía los cables y un transformador de media tensión, y con los guantes aislantes puestos conectó unos cables que iban a la entrada de energía del futuro concesionario, avisó que ya estaba y bajó quedándose apoyado con los guantes puestos en la escalera, el otro operario hizo la conexión en la caja con los medidores y demás, y el inspector le dijo a Juan que bajara la llave de alimentación general.
...
El arco voltaico se formó desde la columna metálica de alumbrado público que estaba en la vereda de enfrente, pasando por el transformador de media tensión y yendo al edificio de la futura -muy futura, ahora- concesionaria que estaba a unos veinte metros de la vereda donde todos estaban, la oscuridad se hizo luz, una luz tan intensa que no podía mirarse ya que era mil veces más brillante que el sol y de tono azulado, como si fuera una gigantesca soldadora eléctrica.
Y eso era, más o menos.
El operario que tenía las manos apoyadas en la escalera, sintió calor y tuvo la suerte de poder sacar las manos de dentro de los guantes aislantes que quedaron pegados a la escalera al rojo vivo, que subió como un misil impactando en el cilindro del transformador que temblaba y partió como un cohete perforando las nubes negras y relampagueantes. El pobre tipo quedó con los cabellos totalmente blancos -tenía 20 años- y desapareció corriendo rumbo al campo, lejos del desastre.
Mi vieja estaba en ese momento descansando en la casa a unas pocas cuadras del lugar del suceso -como diría la crónica- mirando en la TV grande uno de esos programas del mediodía ideales para hacer la digestión. Primero, la radio portátil que estaba sin funcionar desde hacía meses y no tenía pilas se encendió sola y comenzó a transmitir en polaco a todo volumen, después la TV aumentó el brillo y de repente apareció un chino -mi vieja asegura que era Mao Tse Tung con el libro rojo- hablando por supuesto en chino, ya mi vieja estaba en alerta rojo y cuando el televisor comenzó a saltar y moverse hacia donde ella estaba no vaciló, y pese a que mi vieja no le tiene miedo a nada -aunque confiesa que ese día tembló- pegó un salto detrás del sillón justo antes de que el aparato estallara llenando paredes y muebles de trozos de vidrio, después de un instante que pareció un siglo ella salió de la casa a gatas y puteando, recordando que Juan estaba conectando la concesionaria y relacionando lo sucedido con ello.
El hermoso tinglado parabólico del futuro -¿decimos futuro inexistente ya, eh?- concesionario tembló como si fuera gelatina, todas las chapas comenzaron a vibrar y producir música de las esferas y después de un segundo se juntaron todas -pero todas- en forma de sandwiche vertical con un estruendo enorme, cayendo al suelo.
Un relámpago impresionante encegueció el firmamento y un rayo estalló sobre los silos donde se almacenaban diez mil toneladas de maíz, al cabo de un instante la más grande producción de pochoclo de la historia hizo estallar los silos que desparramaron pochoclo en más de veinte hectáreas, pero otro rayo incendió todo haciendo dos record Guinnes en un solo instante.
En la central térmica cinco obreros estaban terminando un asado cuando sintieron vibrar el suelo bajo sus piés en medio de un estruendo, tres salieron corriendo hacia el interior de la central donde estaba el generador y de donde venía el ruido, se detuvieron a la entrada de la enorme sala, gritaron y salieron a toda velocidad, perseguidos por la imagen del generador vibrando y hundiéndose en el suelo que se abría como si hubiera un terremoto y que casi se los traga a todos.
El inspector pálido como un muerto, no escuchó a Juan balbucear -Pero yo sólo pedí 380 voltios... ¿qué conectaron?-. El pobre hombre estaba en el epicentro de todo y sabía que ya no tenía futuro, rogó y obtuvo una jubilación mínima y pese a cuarenta años de trabajo y su cargo no le dieron ni un peso más.
El restante operario quedó mudo, pero mudo para siempre, y sin poder recordar nada de lo sucedido, ni él ni el inspector vieron llegar a mi madre corriendo que se llevó a Juan y lo escondió en la casa ocultándolo detrás del sillón donde ella se había salvado. Le ordenó no salir ni moverse ni hablar ni nada hasta que ella viniera. Armada de un cuchillo de cocina respetable salió a la calle.
El pueblo que se iba para arriba se había ido para la... bueno, ya saben, la gente salió a la calle y comenzó a averiguar que había pasado, en poco rato estuvieron viendo el sandwiche de la concesionaria, algunos lloraban pero otros estaban buscando a Juan, y no precisamente para saludarlo. Se encontraron con mi vieja quien astutamente dijo -¡Donde está el imbécil de mi marido!- y se lo creyeron viendo el cuchillo, y la unieron a la búsqueda. Pasaron por la casa pero como entraron con ella y ella dijo que no había vuelto no lo encontraron, así salvó la vida.
Después de un buen rato mi vieja volvió, tomó el auto y escondió a Juan en el baul saliendo para siempre del pueblo.
El pueblo quedó en el siglo XVIII, sin silos, sin electricidad, sin concesionaria de maquinaria agrícola que jamás pero jamás volvería a poner ni un tornillo en el. Así el pueblo comenzó a decaer, mucha gente se fué para no volver, las calles no se volvieron a pavimentar y el tren jamás se detuvo en la estación que fué abandonada. Cuando a los dos años tendieron una linea de baja tensión desde un pueblo vecino cuentan que el ex operario de blancos cabellos que había salido corriendo del lugar vivía en un rancho que justo estaba a unos metros del tendido eléctrico, el pobre muchacho que no tenía más que un farol a querosén cuando vió que ponían cables se fué, y nunca más se supo nada de él.
El transformador de media tensión está registrado en la NASA como UOO ("Unidentified Orbiting Object") #24,586 aunque los de la Estación Espacial siempre putean cuando lo esquivan -¡Quien habrá sido el grandísimo guacho que puso en órbita un transformador!-.
Después de la tragedia, mi vieja al volver decidió que Juan jamás, pero JAMAS debía tocar nada de electricidad, pero Juan era cabeza dura, muy cabeza dura.
En casa hay varias heladeras, recuerden que somos un familión, y una de ellas es una heladera vieja, esas Siam redondeadas por arriba de los años cincuenta que no fallan nunca, un día mi viejo le dijo a Juan que la heladera tenía corriente, y Juan -electricista él- metió mano.
Cuando mi vieja se enteró casi mata a mi viejo, y todos comentaron que no iban a tocarla más. Al día siguiente todos esperaron a que Juan fuera a abrir la heladera. Apareció a la hora de desayunar, y abrió la Siam, se sacudía como un epiléptico pero pudo tomar la leche y la manteca, la leche ya estaba caliente cuando la sirvió y la manteca casi derretida, pero no dijo ni una palabra. Le preguntaron si la heladera tenía corriente y el contestó que no, que la había arreglado. Era cómico oirlo decir eso con todos los pelos parados como alambres, pero nadie dijo nada.
Esa tarde con la correcta aislación la familia dirigida por mi vieja sacó las cosas comunes y dejó en la heladera las cosas de Juan, aunque sobraba espacio.
Al día siguiente todos estaban esperando que Juan apareciera y sacara la leche y demás, el abuelo Lucas -el puto- no tuvo lugar para sentarse y justo lo hizo en la hornalla que una de las abuelas había usado por horas para hacer mermelada, es una cocina enorme de 6 hornallas, dos planchas y una mini hornalla que es el encendedor de todas las otras, todo de fundición, para usar en un restaurant, marca "Catita" del año del peludo, la cuestión es que Lucas pegó un salto gritando, le tuvieron que sacar el pantalón calcinado y en el traste le quedó la marca, con lo que su "Nom du Guerre" desde ese momento fué Cata o Catita. Juan hizo el mismo desastre que el día anterior, sin decir palabra.
Así están las cosas hoy día, aunque mi madre confiesa que ha cambiado su forma de pensar sobre los hombres, ahora dice que un hombre para ser hombre debe tener sexo y cerebro, cualidad ésta última de la que el pobre Juan carece. Antes con el sexo bastaba, pero la vieja ha madurado.