Para intentar un análisis serio de nuestra Historia, conviene -a mi criterio- ubicarnos lo mejor posible en la época, porque si juzgamos lo que pasó con ojos de hoy, corremos el riesgo de no entender nada o de entender todo al revés.
Un primer parámetro posible es de la actitud de los hombres frente a las Invasiones Inglesas, ya que allí se va prefigurando lo que sucederá después:
Como ya sabemos, desde 1789, la Revolución Francesa había comenzado a difundir sus principios, incluso en el Río de la Plata. Por su parte Inglaterra, a través de la ideología del liberalismo económico, lograba infiltrarse en pueblos que se encontraban dependiendo de otras potencias, prometiéndoles una "libertad" que no era otra cosa que un "cambio de amo". La Francia revolucionaria nos "vendía" el liberalismo filosófico y político, y la "rubia Albión" nos saboteaba con el liberalismo económico. Algunos criollos y españoles se sintieron atraídos por esas prédicas, que intentaban separar al Virreynato de España. En ese contexto, antes de la invasión napoleónica a España, se da la primera invasión inglesa, en 1806.
Durante la invasión, para fortalecer el sometimiento a la Corona británica, Beresford dispuso que los cabildantes y aquellos que ocupaban cargos públicos, militares y eclesiásticos prestaran juramento de fidelidad a al rey Jorge III de Inglaterra.
En ese momento, vemos la noble actitud de Manuel Belgrano, quien era Secretario del Real Consulado, que se negó a firmar refugiándose en la vecina orilla de la Banda Oriental, no sin antes manifestar por escrito su decepción por todos aquellos que "prestaron juramento de reconocimiento a la dominación británica, sin otra consideración que la de sus propios intereses". "O el amo viejo, o ninguno" dijo Belgrano.
Casualmente (en realidad, no tanto) uno de los juramentados fue Juan José Castelli, según la versión del Capitán inglés Gillespie, versión que queda corroborada por el precioso obsequio que le hiciera Beresford a nuestro jacobino "prócer", consistente en un juego de loza del Cabo, que sus descendientes aún conservan.
Veamos además, quiénes se destacaron por su valiente lucha contra el invasor inglés, tanto en 1806 como en 1807: Juan Martín de Pueyrredón, Pascual Ruiz Huidobro, Martín de Álzaga, Santiago de Liniers, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas (de sólo 13 años en 1807), Martín Miguel de Güemes, entre otros.
Mientras tanto, cuando criollos y españoles se preparaban para luchar codo a codo contra el hereje inglés, Mariano Moreno escribía: "He visto en la plaza llorar muchos hombres por la infamia con que se los entregaba, y yo mismo he llorado más que otro alguno cuando a las tres del 27 de junio de 1806 vi entrar 1.560 hombres ingleses que, apoderados de mi patria, se alojaron en el Fuerte".
En los días de mayo de 1810, cuando el criollismo avanzaba como alternativa, al haber caído prisionero de Napoleón el rey Fernando VII, la presión del Regimiento criollo de Patricios, al mando de Cornelio de Saavedra, unida a la presencia de gran parte de sus oficiales y vecinos importantes de Buenos Aires, logran la destitución del Virrey Cisneros y se forma la Primera Junta de Gobierno. En oportunidad de fundar las razones de su voto, Mariano Moreno adhiere a un voto anterior. El gran "tribuno", que lloró en 1806, perdió la oportunidad de mostrar su "vibrante" oratoria en 1810.
Los liberales, grupo absolutamente minoritario, a partir de mayo de 1810, fueron reuniéndose en torno a las figuras de Moreno, Castelli, Vieytes, Rodríguez Peña, French, Berutti, Chiclana y, más tarde, Rivadavia, Monteagudo.
San Martín, JAMÁS PERTENECIÓ AL GUPO LIBERAL QUE SON LOS ANTECESORES DEL UNITARISMO PORTEÑO ANTINACIONAL, MÁS AÚN, MUCHOS DE LOS LIBERALES PERSIGUIERON Y HOSTIGARON A SAN MARTÍN HASTA LOGRAR QUE SE FUERA DEL PAÍS, PARA NO DERRAMAR SANGRE DE SUS CONCIUDADANOS.
En cambio, el criollismo estaba representado por Saavedra (nacido en Potosí), y por la mayor parte de los hombres del interior.
El fusilamiento de Liniers, Gutiérrez de la Concha, Álzaga, Moreno, Orellana y Rodríguez, por orden expresa de Moreno, ejecutada por Castelli, no es algo de lo que nadie seriamente pueda jactarse. CUando corrió la voz en Córdoba de que los rebeldes serían fusilados, el deán Funes le informó a la Junta que el luto cubriría la provincia, y que dominaría a todos la consternación y el terror, que "los dominaría la fuerza". Como el Gral Ortiz de Ocampo se negaba a cumplir la orden de ejecución, enviándolos a Buenos Aires, sanos y a salvo, al resolverse qué hacer, se dijo que un miembro de la Junta, en persona, debía hacer cumplir la orden de ejecución. Moreno, no se consideró capaz y propuso a Castelli quien gustoso, sediento de sangre, aceptó cumplir la orden, acompañado de Rodríguez Peña. Al obispo Orellana se le permutó la pena de muerte por prisión y el 26 de agosto de 1810 se fusiló al resto, incluidos Rodríguez y Moreno, que habían actuado cumpliendo órdenes de sus superiores. Beruti, en sus Memorias, reconoció: "La Junta determinó quitarle la vida (a Liniers) ... porque de traerlo a esta capital hubiera todo el pueblo y tropas pedido por Liniers, y habría sido ocasión de una sublevación general, y por ebviarla, se ejecutó".
Dice el historiador Vicente Sierra que el fusilamiento "manchó con sangre una revolución que pudo haberlo evitado, logrando fortalecer los elementos opositores".
De tal manera el pueblo de Buenos Aires rechazó el fusilamiento, que la Junta debió emitir uno de sus más extensos manifiestos para dominar el rechazo.
Lo cierto es que, a juicio de muchos contemporáneos y varios historiadores, el terror impuesto por los liberales porteños debilitó la causa revolucionaria y produjo grandes retrocesos.
El pueblo del interior era religioso y tradicionalista. Rechazaba naturalmente el afán de novedades, y más aún si eran francesas. Aceptaba la revolución, pero una revolución propia y no copia de la francesa. La república jacobina que había instalado el terror en Francia producía escalofríos en la población del virreynato. Sólo una minoría de "doctores" ideólogos del progresismo de la época, con fuertes reminiscencias masónicas, sostenía semejante ideología. Y para hacerla triunfar, necesitaban del terror. No era la independencia su meta, ya que defendían la "máscara" de Fernando VII, sino la revolución liberal.
La inconducta de los falsos próceres liberales hizo que el Virreynato perdiera definitivamente el Alto Perú, que había recibido en principio a nuestras tropas con aprobación y alegría. Castelli y Monteagudo ofendieron de tal manera la piedad simple de los hombres de esa zona, que esa conducta produjo finalmente el rechazo de los altoperuanos. Mientras tanto, España aprovechó esa característica de los porteños afrancesados y presentó a la nueva Junta como un conjunto de herejes, enemigos de la religión, de costumbres degeneradas.
Mientras tanto, Castelli, en lugar de actuar como un libertador, se presentó como un conquistador. Fusiló arbitrariamente a Nieto, Sanz y Córdova, les confiscó sus bienes, deliberadamente entró deliberadamente en La Paz en plena Semana Santa, con sus clarines y bandas, sus oficiales arrancaron la cruz del Convento de San Francisco y la arrastraron hasta la Plaza Mayor.
Cuenta Lamadrid en sus Memorias que le preguntó a un soldado:"¿Es usted porteño? ¿Porteño? contestó- ¡Ni Dios lo permita! Allí está mi guerrilla, que es la que está peleando; lléveme usted allá y verá que soy cristiano y no porteño".
Tales fueron los desmanes cometidos que debió iniciarse un proceso para determinar responsabilidades. Una de las preguntas que se le hacían a los testigos era ésta: "Si nuestra religión santa fue atacada en sus principales misterios por el libertinaje de ciertos individuos del ejército".
Fue necesario que un hombre de profunda catolicidad, como Manuel Belgrano, al hacerse cargo del ejército destruido por los errores de Castelli en el desastre de Huaqui, demostrara a esos pueblos que su fe iba a ser respetada y que la sociedad continuaría rindiendo el culto debido a Dios. Belgrano, que no era un "porteño-hereje", salvando la Revolución en el Norte.
Cuenta Paz, que estuvo bajo sus órdenes, que, gracias a la conducción de Belgrano "el concepto de incredulidad que se atribuía a los jefes y oficiales ... y que tanto dañaba la causa de estas Provincias Bajas, se fue desvaneciendo y al fin se disipó completamente".
Más que salvar a la Revolución, con su conducta, Castelli comprometió seriamente su triunfo. Al decir de Sierra, por su culpa: "se perdió el Alto Perú, y a Castelli lo enviaron para evitar que se perdiera".
Dijo el historiador boliviano Luis Paz: "Nadie como él tuvo más proporciones para cimentar nuestra independencia, y nadie como él pudo hacerlo peor ni obrar en sentido más opuesto a todos nuestros intereses. Encontró un tesoro repleto, y nos dejó con las arcas barridas; encontró un país unido en todas sus clases, y en unas sembró los recelos y la envidia, y en otras el odio y la rebelión de castas. Encontró el país en paz, y lo dejó en una guerra fratricida y terrible. No había un solo soldado hasta el Desaguadero para sojuzgarnos, y él provocó la invasión de un ejército poderoso para despedazarnos, y como todo hombre cruel es siempre cobarde, fue el primero en huir a centenares de leguas".
Qué distinta la conducta de Castelli, comparada con Belgrano o con San Martín:
Carta de Belgrano a San Martín, el 6 de abril de 1814: 'Mi amigo: La guerra no sólo la ha de hacer Vd. con las armas sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas... El ejército se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos... Añadiré únicamente que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa... Acuérdese Vd. que es un general cristiano, apostólico, romano; cele Vd. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra Santa Religión...'
Relevado del gobierno de Cuyo, en septiembre de 1816, San Martín redacta el 'Código de Deberes Militares y Penas para sus infractores'; y siguiendo el ejemplo de Belgrano, suprime del Código Militar Español lo referente al duelo, como contrario a los principios católicos; a pesar de la resistencia de algunos oficiales. Dice Hudson que 'San Martín expidió una orden del día prohibiendo el duelo bajo severas penas y no volvieron a aparecer en el Ejército de los Andes esos tan punibles hechos'. El Código Militar de San Martín dice así:
"La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas, ofendiendo a los ciudadanos, con cuyos sacrificios se sostiene.
La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta cuanto es creada para conservar el orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas, y hacerse respetar de los malvados, que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares.
A proporción de los grandes fines a que son ellos destinados, se dictaron penas para sus delitos; y para que ninguno alegue ignorancia, se manda notificar a los cuerpos en la forma siguiente:
Todo el que blasfemare del Santo nombre de Dios, o de su adorable Madre, e insultare la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días y por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojado del Cuerpo.
El que sea infiel a la Patria comunicándose verbalmente o por escrito con los enemigos, haciéndose alguna señal revelando el santo directa o indirectamente, u otro modo que cometiese traición, será ahorcado a las dos horas; igual pena tendrá el espía o el que engañase a otro para el enemigo...
Será pasado por las armas el que fugare, el que diese vuelta la espalda, o el que diese la voz de retirada, o "que nos cortan", o cualquiera cosa que indique cobardía en estos casos. Será pasado por las armas allí mismo, si lo exigen las circunstancias...
Serán severamente castigados los que muestren desagrado a la fatiga. Al cabo que tolere este delito, será castigado como si él fuese reo.
Las penas aquí establecidas, y las que según la ley se dictaren por el juzgado militar, serán aplicadas irremisiblemente. Sea honrado el que no quiera sufrirlas. La Patria no es abrigadora de crímenes."