#62 Re: Hebe Bonafini Vs Pino Solanas
El uno y la otra
Por Ernesto Tenembaum
Quizá la más dura crítica de Raúl Alfonsín –aun en el día siguiente a su muerte—fue la presidente de Madres de Plaza de Mayo, Hebe Pastor de Bonafini. Siempre polémica, siempre terminante, Bonafini dijo que Alfonsín no fue un héroe, calificó de “cajetillas” a las personas que expresaron su dolor por la muerte del primer presidente de la democracia y luego sostuvo: “Alfonsín hizo el Juicio a las Juntas, pero luego sacó las dos leyes de perdón y perdonó a todos los asesinos que caminaron por este país todo el tiempo que quisieron".
Algunos colegas sostuvieron, frente a semejante declaración, que es el “tono de Hebe”. Que siempre, y en toda ocasión, habló de esa manera, sin pelos en la lengua, sin ambigüedades, sin rendirse ante las exigencias de la correción política.
La verdad es que hasta hace seis años cualquiera podría haber afirmado eso. Durante las primeras dos décadas de democracia, Hebe Pastor de Bonafini fue un conmovedor alegato de intransigencia. Se podría o no estar de acuerdo con ella pero, en última instancia, Bonafini había elegido un lugar del que nadie parecía que iba a moverla. Frente al común de los mortales, que establecen estrategias, negocian, se conforman con conseguir algo de lo que buscan, opinan que lo perfecto es enemigo de lo bueno, se rinden, se corrompen, se nublan de ambición, Bonafini elegía, simple y sencillamente, decir que no.
Así de claro.
Ene-o.
No.
En lugar de conceder en algunas cosas para conseguir otras, o comprender a quienes lo hacían, ella, simple y sencillamente, decía que no.
Le podían explicar que el juicio a los ex comandantes era mejor que nada. Y que entonces había que apoyar a los radicales.
Pero ella decía que no.
O que había que aceptar las indemnizaciones.
Y decía que no.
O que era elogiable la autocrítica de Balza o la eliminación del servicio militar obligatorio.
Y, otra vez, ella decía que no.
Su voz provenía de un dolor infinito, de una bronca irreprochable y tenía el derecho moral de quien se había convertido en un símbolo gracias a su coraje y a su intransigencia.
En general, muchos de los que la criticaban solían explicar las ventajas del pragmatismo para obtener avances sociales. Y podían tener razón. Pero también es verdad que la intransigencia, la movilización y la denuncia tienen sus propios méritos, quizá difíciles de cuantificar, pero –a todas luces- muy concretos. Muchas veces, la presión de la calle obliga a los gobiernos a moverse mucho más que cualquier negociación o acuerdo.
Decir que no, en ocasiones, provoca más cambios que las más complejas negociaciones.
En todo caso, fuera o no así, ella apostó por ese camino y, durante veinte años, mantuvo su conmovedora intransigencia.
La llegada del kirchnerismo al poder cambió a Hebe de Bonafini. Lentamente se fue sumando a la legión de pragmáticos, lo que no está mal per sé. Al fin y al cabo, ella tiene todo el derecho de hacer lo que le parezca. Pero la transformación fue evidente. Se sumó a un proyecto político en el que creía –en el que cree—y eso le obligó a dejar de decir que no. Por ejemplo, en estos días el gobierno nacional calla ante la denuncia de los médicos de Charata sobre la presión del kirchnerismo chaqueño para que silenciaran los casos de dengue. Hebe no dice nada. En estos días se supo cuánto creció el negocio de los juegos de azar –un claro mecanismo de expoliación del pueblo a manos de un grupo de vivos-- amparados por el oficialismo en estos cinco años. Hebe no dice nada. La relación entre PBI y porcentajes de pobreza es la más escandalosa de la historia argentina: nunca el país produjo tanto con tantos pobres. Hebe no dice nada. El kirchnerismo le regaló las tierras de El Calafate a sus dirigentes amigos. Y ella no dice nada. Abraza a Nestor Kirchner, que ha sido siempre un líder ultrapragmático, pese a que hizo su dinero con la circular 1050, se fotografió con dictadores, apoyó a Menem.
Seguramente lo hace porque cree en el proyecto político de Kirchner. Y entonces, en lugar de denunciar sus inconsistencias, sus concesiones, sus zigzagueos, prefiere no sumar una voz crítica más.
Todo el derecho del mundo.
Pero eso la transforma en una pragmática más: no en la voz intransigente que era.
Una vez más: el aporte de Bonafini ha sido tan rico y tan valiente a la historia argentina, tanto mayor al de tantos que la critican, que prácticamente nadie tiene derecho a levantar el dedo en su contra.
Aun si se transforma en pragmática.
Aun si se equivoca.
Pero ya no es el símbolo de la intransigencia. La que cuestiona a Alfonsín por sus propios zigzagueos ya no es la mujer que enfrentó con un coraje inigualable a la dictadura, sino una dirigente de un proyecto político que tiene sus propios zigzagueos. Se trata, más bien, de una curiosa intransigencia selectiva Ella comprende los zigzagueos de Kirchner, pero denuncia los de Alfonsín.
Antes del 2003, Bonafini no hubiera comprendido ninguna contradicción.
Ahora sí: comprende muchas, pero no las de Alfonsín.
En algún sentido, esa intransigencia selectiva es común a muchos de los que apoyan a Nestor Kirchner desde el progresismo: se comprenden todos los zigzagueos del oficialismo, se calla en demasiados temas –para no hacerle el juego al enemigo—y se juzga con una vara mucho más estricta a cualquier opinión crítica. Luis Delía, Horacio Verbitsky, algunos textos de Carta Abierta, el propio Kirchner, Orlando Barone, entre otros protagonistas de esta historia, --con muchos menos pergaminos que Bonafini-- suelen sumarse en este sentido.
En todo caso, Bonafini, como Alfonsín --cada cual decidirá quien más de acuerdo a su percepción—hicieron aportes admirables en un país donde hay tanto canalla que no le llega a los talones ni a uno ni a otro. A la larga, el uno como la otra, merecen homenajes por haber contribuido, cada cual a su modo, en su medida y armoniosamente, a que en este país hubiera algo de justicia. La una con su intransigencia, el otro con su pragmatismo, lograron que hubiera juicio en los ochenta, que hubiera informes de la Conadep, que el Ejército realizara una autocrítica histórica, que los militares ya no existan como poder en la Argentina, que los juicios sigan. Sin el uno y sin la otra, esta historia sería incompleta. Alfonsín hubiera sido otro si no hubiera existido Hebe. Y Bonafini no habría conseguido tanto con otro presidente que no fuera Alfonsín.
Lo de la intransigencia selectiva es, apenas, el final de una larga historia.
Quizá no su mejor momento.
Pero la historia es mucho más larga.
Y más noble.
Así como ahora se perdonan los eventuales defectos de Alfonsín, con el tiempo se perdonarán los supuestos defectos de Bonafini.
Han sido dos gigantes.
No necesariamente hay que optar entre ellos.
No siempre, en todo caso, hay que optar.
A veces, basta con observar y respetar a quienes, con sus mejores y peores momentos, han mejorado en algo, en apenas algo, este país.