#1 Definiendo a un troll
Se está hablando mucho de trolls por aquí últimamente. Quienes surcamos los siete mares de Internet desde las lejanas épocas en las que entrábamos de queruza a Altavista y buscábamos algo con que safar de algún trabajo que teniamos que hacer, más o menos sabemos a qué calaña de ciberpsicópata refiere el término, pero nunca está de más terminar de definirlo para que los más jóvenes y neófitos sepan de qué hablamos, y además no deja de estar bueno ponerle un marco teórico (dentro de nuestros parámetros, claro) a estos curiosos seres, a modo de manifiesto. Por eso, en un apartado de la vida frívola que usualmente nos ocupa, y en un eje temático que podríamos llamar "Asuntos Internos psicofxp", intentare ofrecer algunas pistas para reconocer al troll dentro y fuera de la Web. Porque el trollismo no es una pose: es un estilo de vida.

Lo único que ud y yo tenemos en común con el troll es que él también tiene ombligo. El humano normal recorre la Internet como si paseara por una especie de shopping gigantesco en el que puede encontrar desde una librería técnica hasta un sex shop, pasando por una tienda de historietas o un cine. El troll, en cambio, avanza por los recovecos de la Web cometiendo fechorías inofensivas como escupir en el piso, pegar mocos bajo las mesas y tocar timbre para luego salir corriendo.

Contrariamente a la creencia generalizada, el troll no puede odiar de verdad, porque sus sentimientos negativos siempre están contaminados por un amor oculto e insano que lo lleva a pasar tres veces más tiempo que el ser humano promedio revoloteando alrededor del objeto que dispara su morbo. Si al troll le suspenden la cuenta en un foro, se arma otra con un nombre y un DNI falsos. Si le banean la IP busca un proxy, y luego otro y otro más hasta que agota hasta el último de las Islas Fiji. Si así y todo sigue sin poder entrar a hacer su gracia, es capaz de instalar Linux, pagarle en euros a un hacker o conseguirse el teléfono de Bill Gates para cumplimentar su anhelo (vale reconocer: el troll es persistente en su psicopatía).

El troll tiene una característica particular: nada en él es real, salvo su cualidad de troll. Sus expresiones de misoginia, fascismo, homofobia, racismo, intolerancia u encono random quedan vacías al atravesar el agujero negro de su limitado intelecto (recordemos que, como dijimos más arriba, el troll no sabe odiar de verdad). Lo que moviliza al troll es la necesidad de atención, esa compulsión por estar en el centro mismo de la fiesta, aun cuando todos los asistentes al convite lo estén señalando entre risas y le estén arrojando burlonamente los cubos de hielo de sus Pepsi (o Pecsi) Light, porque su autoestima están cien por ciento construida en base a la visión ajena. Puede absorber cantidades siderales de violencia y alimentarse de ella como Skeletor le chupaba el poder (el poder, dije) a He-Man, pero no resiste un ápice de indiferencia. Por las noches tiene pesadillas en las que se ve solo y desatendido en un rincón.

Fuera de Internet, el troll sigue siendo troll. Si va a la fiambrería pide tornillos, o a lo sumo compra salame picado grueso y se queja de la grasa (y lo que más disfruta de la mortadela son los pedacitos de pimienta). El troll se refiere a su novia como "gordi", y en el caso de las trolls femeninas (no, con el agregado de “una” no se feminiza el término), estas suelen elegir "bichi" como apodo cariñoso para sus cónyuges o filos. Cuando va al cine, abre el paquete de chizitos en el mismísimo instante en que el protagonista muere de cáncer, o le exige realismo a Misión Imposible y expresa en voz alta su disconformidad cuando Tom Cruise activa el gatillo de una Magnum que vuela por el aire usando un escupitajo: "Ahhh, andá" (y siempre responde el "shhhh" con un "¿qué, qué pasa?").

Y si después de todo esto queda alguna duda sobre los rasgos que definen la patología trollística, les dejo "El genio de la multitud" de mi venerado Bukowski. Reemplacen toda referencia al "hombre común" por "troll" y obtendrán la más exacta de las descripciones.

El genio de la multitud
Hay suficiente traición y odio,
violencia.
Necedad en el ser humano
corriente
como para abastecer cualquier ejercito o cualquier
jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -AL FINAL- aquellos que
predican
PAZ.
Aquellos que hablan de Dios.
Necesitan a Dios
Aquellos que predican paz
No tienen paz.
Aquellos que predican amor
No tienen amor.
Cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.
Cuidado con
Aquellos que
Están siempre
Leyendo
Libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que
no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes; no son nada
solos.
Cuidado con
El hombre corriente
Con la mujer corriente
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta
Su mejor
ARTE.
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