¡Cartas! Cartas a la gente del propietariado, a los súbditos de un gobierno fundado en la desigualdad del poder, a individuos que eran inevitablemente explotados por unos y explotadores de otros, y que habían consentido en ser elementos de la maquinaria estatal. ¿Era posible que gente así quisiera realmente intercambiar ideas con un pueblo libre, de una manera voluntaria y no agresiva? ¿Eran capaces de admitir la igualdad y participar en la solidaridad de la inteligencia, o sólo les preocupaba dominar, hacerse fuertes, poseer? La idea misma de intercambiar cartas con un miembro del propietariado lo alarmaba, pero sería interesante averiguar...
De modo que habían traficado, él y Sabul, traficado como vulgares aprovechados. No había sido una batalla, sino una venta. Tú me das esto y yo te daré aquello. Niégate y te negaré. ¿Vendido? ¡Vendido! La carrera de Shevek, como la existencia de la sociedad a la que pertenecía, dependía de la continuidad de un contrato fundamental y tácito. No una relación de ayuda y solidaridad mutuas, sino una relación de explotación; no orgánica, sino mecánica. ¿Puede una función genuina nacer de una disfunción básica?
El sistema de exámenes, cuando se lo explicaron, lo descorazonó; no podía imaginar nada más nefasto para el deseo natural de aprender que este modo de proporcionar y exigir información. Al principio se negó a tomar exámenes y a poner notas, pero eso inquietó hasta tal extremo a los administradores que Shevek acabó cediendo, por cortesía. Pidió a sus alumnos que escribieran sobre cualquier problema de física que les interesara, y les dijo que les pondría a todos la calificación más alta, para que los burócratas tuvieran algo que anotar. Sorprendido, descubrió que muchos de los estudiantes se quejaban. Querían que él planteara los problemas, que hiciera las preguntas correctas; ellos no querían pensar en las preguntas; sólo escribir las respuestas que habían aprendido. Y algunos objetaban enérgicamente que les pusiera a todos la mismanota. ¿Cómo se diferenciarían entonces los estudiantes diligentes de los lerdos? ¿Qué sentido tenía trabajar con ahínco? Si no había distinciones competitivas, daba lo mismo no hacer absolutamente nada.
Intentó leer un texto elemental de economía; se aburrió a más no poder, era como escuchar a alguien que contaba y volvía a contar interminablemente un sueño largo y estúpido. No pudo obligarse a entender cómo funcionaban los bancos y todo lo demás, pues las operaciones del capitalismo eran para él tan absurdas como los ritos de una religión primitiva, tan bárbaras, tan elaboradas, tan innecesarias. En un sacrificio humano a una deidad podía haber al menos una belleza equívoca y terrible; en los ritos de los cambistas, en los que la codicia, la pereza y la envidia eran los únicos móviles de la conducta humana, aun lo terrible parecía trivial. Shevek observaba esta mezquindad monstruosa con desprecio, y sin interés. No admitía, no podía admitir, que en realidad lo asustaba.
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—¿El abrigo cuesta 8.400 unidades? —preguntó con incredulidad, pues recientemente había leído en un periódico que el «salario vital» era de unas 2.000 unidades anuales.
—Oh, sí, es de piel auténtica, muy rara ahora que se protege a los animales —le había dicho Pae—. Bonito ¿no? Las mujeres adoran las pieles.
Una manzana más adelante Shevek se había sentido totalmente exhausto. No podía seguir mirando. Quería taparse los ojos.
Y lo más inaudito de esa calle pesadilla era que ninguno de los millones de objetos en venta se hacían allí. Allí sólo se vendían. ¿Dónde estaban los talleres, las fábricas, dónde estaban los granjeros, los artesanos, los mineros, los tejedores, los químicos, los tallistas, los tintoreros, losdibujantes, los maquinistas, dónde estaban las manos, la gente que hacía esas cosas? Fuera de la vista, en otra parte, detrás de muros. Toda la gente en todas las tiendas eran compradores o vendedores. No tenían otra relación con las cosas que la posesión.
Tocó con el dedo la superficie de un zapato. Era el mismo material que cubría los sillones del otro cuarto, y que al tacto parecía piel; poco tiempo antes había preguntado qué era, y le habían dicho que era piel; la piel de un animal, cuero, lo llamaban. El contacto lo horrorizó, se enderezó, y se apartó del espejo, aunque no antes de haber reconocido que, ataviado de esa manera, el parecido con su madre Rulag era mayor que nunca.
Todavía no comía carne; la había probado, por cortesía y para demostrarse a sí mismo que no tenía prejuicios irracionales, pero su estómago tenía razones que la razón no conocía, y se había rebelado. Renunció al cabo de un par de intentos casi desastrosos, y continuó siendo vegetariano, aunque un vegetariano voraz. Disfrutaba enormemente de las comidas. Había aumentado tres o cuatro kilos desde que llegara a Urras; tostado por el sol de la montaña, descansado por las vacaciones, tenía ahora un aspecto excelente.
—Chifoilisk, no quedan muchos idealistas en Anarres, se lo aseguro. Los Colonizadores eran idealistas, sí, al abandonar este mundo por nuestros desiertos. ¡Pero eso fue hace siete generaciones! Nuestra sociedad es práctica. Tal vez demasiado práctica, demasiado preocupada por la mera supervivencia. ¿Qué tiene de idealista la cooperación social, la ayuda mutua, cuando no hay otro medio de sobrevivir?
—No puedo discutir con usted los valores del odonianismo, aunque estuve tentado a menudo. Algo conozco al respecto, sabe. Nosotros, en mi país, estamos mucho más cerca del odonianismo que esta gente. Somos productos del mismo gran movimiento revolucionario del siglo octavo; somos socialistas, como ustedes.
—Pero ustedes son uranistas. El Estado de Thu es aún más centralizado que el de A-Io. Una única estructura de poder maneja todo, el gobierno, la administración, la policía, el ejército, la educación, las leyes, el comercio, las manufacturas. Y tienen además una economía monetaria.
—Una economía monetaria basada en el principio de que a todo trabajador se le paga lo que merece, por el valor de su trabajo... ¡no por capitalistas a quienes está obligado a servir, sino por el Estado del que es miembro!
—¿Es el trabajador quien establece el valor de lo que hace?
—¿Por qué no va a Thu, a ver cómo funciona el verdadero socialismo?
—Sé cómo funciona el verdadero socialismo —respondió Shevek—. Podría decírselo a usted, pero el gobierno de ustedes, en Thu, ¿me permitiría explicarlo?
¡Mire alrededor, Shevek! Parece usted un niño entre rufianes. Son buenos con usted, le dan una habitación agradable, conferencias, alumnos, dinero, lo llevan a visitar castillos, fábricas modelo, aldeas encantadoras. ¡Todo lo mejor! ¡Todo hermoso, maravilloso! Pero ¿por qué? ¿Por qué lo traen aquí desde la Luna, lo ensalzan, le imprimen los libros, lo mantienen tan abrigado, tan a salvo en las salas de lectura y en los laboratorios y en las bibliotecas? ¿Cree que lo hacen por motivos científicos, desinteresados, por amor fraternal? ¡Esta es una economía utilitaria, Shevek!
Temen que traigamos de vuelta la revolución, la antigua, la verdadera, la revolución por la justicia que ustedes comenzaron y abandonaron a mitad de camino. Aquí en A-Io me temen menos porque se han olvidado de la revolución. No creen más en ella. Piensan que si la gente posee muchas cosas se contentará con vivir en una cárcel. Pero yo no acepto eso. Quiero derribar los muros. Quiero solidaridad, solidaridad humana. Quiero libre intercambio entre Urras y Anarres. Luché por ello como pude en Anarres, y ahora lucho por ello como puedo en Urras. Allí, actuaba. Aquí, negocio.
—Lo que ha oído. Escuche, ¿no fue Odo quien dijo que donde hay propiedad hay robo?
—«Para hacer un ladrón, haz un propietario; para que haya crímenes, haz leyes.» El Organismo Social.
—Espero que usted sienta lo mismo, querido mío. Lo espero de veras. Hay muchas cosas admirables, no lo dudo, en la sociedad de ustedes, pero no se les enseña a discriminar, lo que es en definitiva lo mejor que la civilización puede darnos. No quiero que esos extraños malditos lo atrapen por esas ideas que usted tiene, de fraternidad y mutualismo y todo eso. Lo inundarán con ríos de «humanidad común» y «ligas de los mundos» y toda esa cháchara, y yo detestaría ver que usted la acepta. La ley de la existencia es la lucha, la competencia, la eliminación del débil, una guerra sin cuartel. Y yo quiero que sobrevivan los mejores. La humanidad que yo conozco. Los cetianos. Usted y yo: Urras y Anarres. Ahora les llevamos la delantera, a todos esos hainianos, y terranos o como quiera que se llamen, y tenemos que conservar nuestro puesto. Ellos nos dieron la propulsión interastral, es verdad, pero ahora estamos construyendo naves mejores que las de ellos. Cuando se decida a dar a conocer la teoría de usted, espero seriamente que piense en el deber que tiene para con los suyos, los de su misma especie. En lo que significa la lealtad, y a quién se la debe.
—Pero —dijo Oiie abruptamente, como si la pregunta, largo tiempo contenida, estallara de pronto ahora— ¿qué mantiene el orden entre la gente? ¿Por qué no roban, por qué no se matan unos a otros?
—Nadie tiene nada que se pueda robar. Si uno necesita cosas las va a buscar a los almacenes. En cuanto a la violencia, bueno, no sé, Oiie. ¿Usted me asesinaría, normalmente? Y si quisiera hacerlo, ¿se lo impediría acaso una ley contra el asesinato? No hay nada menos eficaz que la coerción para obtener orden.
—Está bien, ¿pero cómo consiguen que la gente haga los trabajos sucios?
—¿Qué trabajos sucios? —preguntó la esposa de Oiie, sin entender.
—Recolectar basuras, sepultar a los muertos —dijo Oiie.
—Extraer el mercurio de las minas —añadió Shevek, y casi dijo: la reelaboración de los excrementos, pero se acordó del tabú ioti a propósito de las cuestiones escatológicas. Había reflexionado, ya desde los primeros días de su estancia en Urras, que los urrasti vivían entre montañas de desperdicios, pero no mencionaban nunca los excrementos.
—Bueno, todos colaboramos. Pero nadie tiene que trabajar en eso, durante mucho tiempo, a menos que le guste. Un día de cada diez el comité que administra la comunidad o el comité vecinal o quienquiera que lo necesite, puede pedirle a uno que ayude en esos trabajos, en turnos rotativos. Además, en las ocupaciones desagradables, o peligrosas, como las minas o las fábricas de mercurio, nadie trabaja por lo común más de medio año.
—Pero entonces todo el personal ha de estar constituido por simples aprendices.
—Sí. No es eficiente, ¿pero qué otra cosa se puede hacer? No se puede pedir a un hombre que trabaje en un oficio que lo dejará inválido, o que lo matará en pocos años. ¿Por qué tendría que hacerlo?
—¿Puede negarse a obedecer?
—No es una orden, Oiie. El hombre va a la Divtrab, la oficina de división del trabajo, y dice: «Quiero hacer esto y aquello, ¿qué tenéis para mí?» Y ellos le dicen dónde hay trabajo.
—Pero entonces, ¿por qué hacen los trabajos sucios? ¿Por qué aceptan esa tarea rotativa cada diez días?
—Porque trabajan juntos. Y por otras razones. La vida en Anarres no es rica, como aquí, usted sabe. En las comunidades pequeñas no es muy entretenida, y en cambio hay muchísimo trabajo pendiente. Y si uno trabaja la mayor parte del tiempo en un telar-mecánico, es agradable ir cada diez días a las afueras e instalar una cañería o arar un campo, con un grupo de gente diferente... Y hay un desafío implícito, además. Aquí, ustedes piensan que el incentivo del trabajo es la economía, la necesidad de dinero o el deseo de acumular riqueza, pero donde no existe el dinero los motivos reales son más claros, tal vez. A la gente le gusta hacer cosas. Le gusta hacerlas bien. La gente hace los trabajos peligrosos, difíciles. Y se siente orgullosa, puede... mostrarse egotista, decimos nosotros... ¿jactarse? ante los más débiles. ¡Eh, mirad, amiguitos, mirad cuan fuerte soy! ¿Se da cuenta? Les gusta hacer las cosas bien... Pero la cuestión de fondo es los fines y los medios. En última instancia, el trabajo se hace por el trabajo mismo. Es el placer duradero de la vida. La conciencia, la conciencia íntima lo sabe. Y también la conciencia social, la opinión del prójimo. No hay ninguna otra recompensa, en Anarres, ninguna otra ley. Eso es todo. Y en esas condiciones la opinión del prójimo llega a ser una fuerza muy poderosa.