Esta es una cuestión importante, señor. Examinémosla juntos con cuidado, por favor, y veamos lo que ella involucra. Bueno, a la mayoría de nosotros nos embota lo que llamamos nuestro trabajo, el empleo, la rutina. Tan embotados estáis, los que aman el trabajo como los que se ven forzados a trabajar por necesidad y que ven que el trabajo los embota. Tanto el hombre que ama su trabajo como el que le resiste, sufren embotamiento, ¿no es así? ¿Que hace el hombre amante de su trabajo? Piensa en é1 de la mañana a la noche; su trabajo le ocupa constantemente. Está tan identificado con él, que no puede mirarlo objetivamente: él mismo es el trabajo, la acción. ¿Y qué le ocurre a una persona así? Vive en una jaula, vive en el aislamiento con su trabajo. En ese aislamiento podrá ser muy hábil, muy inventivo, muy sutil, pero no deja de estar aislado; y sufre embotamiento porque resiste a todo otro trabajo, a todos los otros enfoques. Su trabajo resulta así una forma de eludir la vida, de esquivar a, su esposa, de rehuir sus deberes sociales, innumerables exigencias, etc. Y está el hombre que pertenece a la otra categoría el que, como la mayoría de vosotros, se ve compelido a hacer algo que le disgusta, y se resiste a ello. El obrero de fábrica, el empleado de banco, el abogado, o cualquiera de nuestras diversas ocupaciones.
Ahora bien, ¿qué es lo que nos embota? ¿Es el trabajo en sí? ¿O bien nuestra resistencia al trabajo, o el evitar otros impactos? ¿Seguis la cuestión? Espero plantearla claramente. Esto es, el hombre que ama su trabajo está tan encerrado en él, tan enredado, que el trabajo se convierte en una pasión. Su amor al trabajo, por lo tanto, es una evasión de la vida. Y el hombre que resiste al trabajo, que desearía hacer otra cosa, a él se le plantea el incesante conflicto de la resistencia a lo que hace. Nuestro problema es, pues, este: ¿Es el trabajo lo que embota la mente? ¿O el embotamiento lo produce la resistencia al trabajo, por una parte, o el valerse del trabajo para evitar los impactos de la vida, por la otra? Es decir, ¿la nación, el trabajo, embota la mente? ¿O a la mente la embota el eludir, el conflicto, la resistencia? No es el trabajo sino la resistencia, evidentemente 1o que embota la mente. ¿Qué sucede si no hacéis resistencia y aceptáis el trabajo? Que el trabajo no os embota, porque sólo una parte de vuestra mente está empleada en el trabajo que tenéis que ejecutar. El resto de vuestro ser lo inconsciente, lo oculto, está ocupado con otros pensamientos en que realmente os interesáis. Así no hay conflicto. Esto podrá parecer algo complejo: pero si lo seguís con cuidado, veréis que a la mente no la embota el trabajo sino la resistencia al trabajo o la resistencia a la vida. Digamos, por ejemplo, que debéis cumplir cierta tarea que lleve cinco o seis horas. Si decís “que aburrimiento, que cosa terrible; ojalá pudiese hacer alguna otro cosa”, es obvio que vuestra mente resiste a ese trabajo. Parte de vuestra mente desearía que hicieseis alguna otra cosa. Esta división, producida por la resistencia, causa embotamiento porque desperdiciáis esfuerzos al desear que lo que hacéis fuese otra cosa. Ahora bien, si no lo resistís sino que hacéis lo que es realmente necesario, os decís: “tengo que ganarme la vida, y me la ganaré como es debido”. Pero los buenos medios de vida no incluyen el ejército, la policía ni la abogacía, porque ellos medran con los litigios, con los disturbios, con los ardides y subterfugios, etc. Esto es en sí mismo un problema sumamente difícil, que tal vez discutiremos mas tarde si tenemos tiempo.
Así, pues, si estáis ocupados en hacer algo que tenéis que hacer para ganaros la vida, y si le resistís, es obvio que la mente se embota; porque esa misma resistencia es como hacer andar una máquina con el freno puesto. ¿Qué le ocurre a la pobre máquina? Su funcionamiento se entorpece, ¿verdad? Si habéis conducido un coche, sabéis lo que ocurrirá si frenáis constantemente; no sólo gastaréis el freno sino que acabaréis con el motor. Eso es exactamente lo que hacéis cuando resistís al trabajo. Mientras que si aceptáis lo que tenéis que hacer, y lo hacéis tan inteligente y plenamente como os sea posible, ¿qué sucede entonces? Como ya no resistís, las otras capas de vuestra conciencia están activas, prescindiendo de lo que hacéis; sólo consagráis vuestra mente consciente a vuestro trabajo, y lo inconsciente, la parte oculta de vuestra mente, se ocupa con otras cosas en las cuales hay mucha más vitalidad, mucho más hondura. Aunque hagáis frente a vuestro trabajo, lo inconsciente continúa con el suyo y funciona.
Si observáis ahora, ¿qué es lo que en realidad ocurre en vuestra vida diaria? Supongamos que estáis interesados en encontrar a Dios, en gozar de paz. Ese es vuestro verdadero interés con el cual se ocupa vuestra mente consciente a la vez que vuestra mente inconsciente: hallar la felicidad, hallar la realidad, vivir rectamente, con belleza y con claridad. Pero tenéis que ganaros la vida, porque eso de vivir en el aislamiento no existe: aquello que es está en interrelación. Estando, pues, interesados en la paz, y como vuestro trabajo en la vida diaria es un estorbo para ello, resistís al trabajo. ¿Os decís: “ojala tuviera más tiempo para pensar, para meditar, para practicar el violín?, o cualquier cosa que sea. Cuando hacéis eso, cuando simplemente resistís al trabajo que debéis hacer, esa misma resistencia es esfuerzo malgastado que embota la mente; mientras que si os dais cuenta de que todos hacemos diversas cosas que tienen que ser hechas: escribir cartas, charlar, quitar el estiércol de vaca, o lo que sea, y por lo tanto no resistís sino que os decís “tengo que hacer ese trabajo”, entonces lo haréis de buena gana y sin aburrimiento. Si no hay resistencia, una vez terminado ese trabajo encontrareis que la mente está apacible; porque lo inconsciente, las capas más profundas de la mente, están interesadas en la paz, y la paz empieza a llegar. No hay, pues, división entre la acción que pueda ser rutinaria, desprovista de interés y vuestra búsqueda de la realidad: ambas cosas son compatibles cuando la mente ya no resiste, cuando ya no se ve embotada por la resistencia. Es la resistencia lo que produce la división entre la paz y la acción. La resistencia se basa en una idea y la resistencia no puede producir acción. Y sólo la acción brinda libertad, no la resistencia al trabajo.
Resulta importante, pues, comprender que la mente se embota por la resistencia, por la condenación, la censura y el evitar algo. La mente no está embotada cuando no hay resistencia. Cuando no hay censura ni condenación está viva; activa. La resistencia es mero aislamiento; y la mente del hombre que, consciente o inconscientemente, se aísla de un modo continuo, se embota por esa resistencia.