#1 Los Dos Tentadores
Se ha reputado al Diablo como el tentador por antonomasia y todos están de acuerdo sobre el particular. Si el oficio de Dios, según Heine, es el de perdonar, el de Satanás es el de tentar.
Pero, realmente, ¿es él solo y el único encargado de poner a prueba la debilidad humana? ¿No sería él, también en este arte, un remedo de Dios?
El Paraíso nos ofrece, ya desde el principio, un cúmulo de tentaciones. Allí, en aquel beatífico jardín, hay dos árboles que son los más apetecibles, codiciables y admirables de todos: el árbol del conocimiento y el árbol de la vida. Pero precisamente estos árboles y solamente éstos, han sido prohibidos a la primera pareja humana. El hombre y la mujer saben de la naturaleza y de las virtudes de aquellos árboles; pueden buscar entre las hojas, tomar sus frutos que están allí, al alcance de sus manos y de sus ojos; pueden admirarlos y tocarlos, los saben y presienten que son los más preciosos de todos, y sin embargo, precisamente de aquéllos no deben comer.
¿No se parece esta doble prohibición una verdadera tentación? Si Dios no quería que Adán adquiriese el conocimiento y la inmortalidad ¿por qué puso aquellos árboles en el Paraíso y al hombre tan cerca de ellos?
Él había formado a Adán con sus propias manos y debía saben cuán frágil era la arcilla de que lo había formado. ¿Por qué, pues, exponerlo a una prueba tan dura y tan difícil?
El hombre y la mujer, en efecto, no supieron resistir al deseo de aquellos frutos y cayeron miserablemente.
La tentación, cierto es, fue obra de Satanás, pero ¿es posible que la antigua serpiente pudiese penetrar en el Edén y dirigirse a Eva a hurtadillas y contra la voluntad del Dueño del Paraíso? Adán había recibido de Dios la libertad, pero de Dios había recibido también todo lo que Él poseía y con esto, hasta la posibilidad de la concupiscencia y la desobediencia, hasta la debilidad de la carne y el deseo.
Aquí Dios, se nos aparece, ya desde el primer momento de la vida humana, como un tentador. Y este atributo suyo está confirmado por la inequívoca plegaria del Padre Nuestro que el mismo Hijo de Dios enseñara a sus discípulos.
Todos conocen el último versículo de esta sublime oración: «No nos induzcas en tentación, más líbranos del mal». (Mateo, VI, 13). Todos repiten estas misteriosas palabras sin darse cuenta bien de su inaudito significado.
La plegaria, dictada por Dios, se dirige directamente a Dios y es precisamente a Él a quien debemos pedir que no nos induzca en tentación: Dios mismo se reconoce como tentador.
La cosa se antoja tan inverosímil que se trató de traducir por otras expresiones aquel versículo revelador. Algunos propusieron: «No nos expongas a la tentación», o también, «no nos dejes sucumbir a la tentación». Pero el texto está claro y no puede ser alterado por interpretaciones acomodaticias. El texto semítico, sometido al griego actual, no admite aquellas variantes. La Vulgata traduce honestamente: «No nos induzcas en tentación». Por lo demás, «exponer en tentación» o «no dejarnos sucumbir» no excluyen, antes la suponen, una intervención de Dios: Él puede exponernos, Él puede permitir nuestra derrota. Todo lo más, se puede entender la palabra griega "peiramos", como prueba y no como una solicitación al mal, a semejanza de la prueba de los dos árboles. Pero exponer a uno a prueba, y sobre todo a una prueba siempre difícil, no está muy lejos del significado y del hecho de la tentación.
Bien es verdad que inmediatamente después añada la oración: «pero líbranos del mal» y los más antiguos intérpretes -Orígenes, Crisóstomo, Tertuliano- seguidos de muchísimos modernos, identifican el mal con el maligno, o sea con el Diablo. Pero estás últimas palabras que encontramos en el Evangelio de San Mateo, faltan en el de San Lucas.
De todos modos, la oración dominical se cierra con dos imploraciones: que Dios no nos induzca en la tentación y que nos libre de las tentaciones del Demonio. Y los tentadores, pues, parece que son dos.
Y no se puede decir que las "tentaciones" de Dios deben ser opuestas, por necesidad, a las de Satanás, y por eso mismo, benéficas y santas. En tal caso, ¿qué sentido tendrían las palabras de la oración que claramente piden a Dios no inducir en tentación? ¿Podría concebirse nunca que Cristo hubiere exhortado a los fieles a negarse a las solicitudes al bien?
Queda, sin embargo, el enigma de la naturaleza de esas posibles tentaciones divinas. ¿Se alude acaso, a tentaciones que tienen su raíz en nuestra misma naturaleza que, en definitiva, es obra de Dios? ¿Es la petición de una fuerza más poderosa de resistencia a las tentaciones diabólicas? Pero el «inducir», que implica una acción sobre la voluntad humana, se opone a toda hipótesis para nosotros inteligible. El «misterio de la tentación de Dios» va unido, a mi juicio, a los otros misterios entorno de los cuales se fatiga en vano desde hace siglos la teología cristiana.
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