Una foto, mil palabras. Ronda IV - Año 2012
-
Atara: el link que te pasó Despistada no funciona por esas benditas "razones técnicas" que no dominan los no iniciados en las artes de la computación.
Espero que éste que te paso sí funcione:
http://www.mediafire.com/?desqhd35x5j5bal
porque subí el vídeo ahí. -
-
Buenos dias, aqui son las 10 y 10 de la mañana, les saludo con mi primer café. Me resulta muy dificil escuchar el programa porque hay una gran diferencia horaria. ¿Hay alguna manera de escucharlo grabado?
Si,la del avatar soy yo, y perdón por desvirtuar Anita
Estoy con otra historia en la cabeza, a ver que sale. -
LA CASA
LA
…………………………………………………….Las casas viven y mueren.
…………………………………………………………………….T.S.Eliot
De la casa ya no queda nada, ni siquiera restos de los cimientos; sólo botellas vacías, juguetes rotos y otros deshechos que los vecinos no encontraron mejor lugar para abandonar. Desde que la demolieron, hace más de una década, nadie se ocupa de controlar el baldío. Un cerramiento que fue cediendo con el tiempo, el cartel de se vende, y los trapos de alguien que, alguna vez, ocupó el lugar para pasar la noche: eso es todo. Por algún cambio en los vaivenes del juicio que demoraba el orden de los papeles desde hace tantos años, llamaron esta mañana de la inmobiliaria. El terreno es muy valioso porque está justo a mitad de cuadra. Hay alguien interesado en comprarlo, por eso estoy acá.
Recorro con la memoria la vieja casa como era en sus buenos tiempos, cuando las paredes estaban vivas. El umbral y los tres escalones de mármol blanco que llevaban al jardín; las rejas, desde donde se asomaban los rosales, abandonados en los últimos tiempos al riego de las lluvias. Una abuela menuda, de aspecto frágil, que sostenía, sin embargo, toda la estructura de una familia numerosa. Inmigrantes españoles que llegaron hace más de cien años para establecerse y criar a sus hijos. Me imagino al abuelo, levantando esas habitaciones que se iban sumando hacia el fondo o a la derecha, agregando cocinas precarias porque la descendencia crecía. Siete, entre hombres y mujeres, que a su vez tenían hijos que se criaban compartiendo los dos únicos baños y el juego a la hora de la siesta. En la última de esas habitaciones, la de costura, mis tías armaban cuellos de camisas para una fábrica. Y los varones aprendían, junto a su padre, el oficio de albañil. El primer patio cubierto por la parra, y atrás, mucho más allá del segundo, la quinta y el gallinero.
Nada queda ahora de sus piezas con pisos de pinotea siempre lustrada y ya se fue para siempre el olor de las semillas de eucalipto que bullían sobre la estufa para aromatizar el ambiente y cuidar a los abuelos del resfrío. Las nuevas casas, con sus rejas antirrobos y sus alarmas, sus frentes, que son un muestrario de mal gusto por el afán de sus propietarios de querer ostentar, avanzan cada día un poco más. Tal vez muy pronto comience acá la nueva edificación, que seguro será tan parecida a las otras. Y de la antigua casa de noble y elemental ladrillo de barro cocido quedará solo una postal en el recuerdo de quienes la conocimos y habitamos.
Recorro por última vez el lugar. Voy pensando: acá estaba el galpón en el que se guardaba el maíz para las gallinas. Éste debe ser el lugar donde, con mis primos, hicimos la casita, pero sin las paredes es muy difícil definir los sitios exactos. La casa entera es un fantasma que divide al aire que respiro. Por suerte respetaron los árboles, y al lado del viejo laurel, ahora tan alto, se levantan dos grandes eucaliptos que dan una preciosa sombra. Encuentro un tronco que, a modo de banco, me invita a sentarme, y me demoro disfrutando por última vez de una paz tan antigua y del perfume agreste que me ofrece este paraíso prestado por un rato. Entonces lo veo.
Es un nido rodeado de hojas secas, con cuatro preciosos huevos, ignoro de que ave; cuatro huevos indefensos y tan desprevenidos de lo que pronto se cernirá sobre ellos. Me siento mal por saberlo, como un dios oscuro o una emisaria de la fatalidad. Sus padres, tal vez, se alejaron al escucharme llegar. No puedo imaginar por qué eligieron este espacio, ni cómo se salvaron, hasta ahora, de los gatos callejeros, pero contemplo el nido con pena y con respeto, y también con mucha impotencia ¿En qué podría yo cambiar el curso de las cosas? Sólo puedo desear que los pichones nazcan y crezcan antes de que empiece la construcción. Y que remonten vuelo, que sigan su camino, como nos fuimos yendo todos los demás. La vida continúa, y por cierto, es muy bella.
Recuerdo que traje la cámara y le tomo una foto; deseo que la vean mis hijos y mis nietos. Después vuelvo despacio sobre mis pasos, para que los pájaros puedan acercarse y seguir entibiando a esas nuevas promesas que el corazón abatido de la casa todavía es capaz de albergar. -
Que lindo Ana! Una descripción exacta de las casas de nuestros abuelos, hecha no solo de abobe y madera, sino de ilusión, porfía y esperanzas.-
Aquellas casas corridas, con su gallinero al fondo, el baño alejado de las habitaciones, el galpón donde el abuelo o los tíos todos los domingos alguna tarea emprendían.- La "sala de costura, el casi bucólico ambiente de un barrio que poco a poco fue creciendo a ciudad, y perdiendo el encanto de nuestra niñez.- Bravo, un poco de mimo para nuestros corazones que laten tan bien al son de la nostalgia, como siempre, no busco con la lupa si las frases podrían haber tenido otra construcción o si alguna coma iría mejor aquí que allá, mis crónicas son siempre solo lo que siento cuando leo
-----Agregado el 22/4/2012 a las 12 : 02 : 11-----
Buenos días Atara, aquí un domingo de neto otoño, es casi mediodía así que debes estar algo sí como preparando tu té, aunque por la primavera quizás te haya sacado a dar una vuelta por la playa.- Y, esperando que Anita nos tenga MUUUCHAAA paciencia, por los desvíos de nuestro camino literario.- Yo también estoy preparando otro cuento.- Esta vez voy a tratar de pulirlo "antes" de remitirlo, ya que ahora se que Solinok, toma su lupa y su tiempo para mirar hasta el último punto y la última como (lo que está ´barbara!, pero hay que ser más cuidadoso cuando vas a colgar lo escrito.- Si esta tarde lo pulí, lo envío, es también nostálgico, pero distinto, lo que sucede que de alguna forma un nido nos trae siempre nostalgias. Viste que hermoso el cuento de Ana, describió las casas de mis abuelos, como si las hubiera estado viendo -
La casa
¡Qué bien escribes Ana! ¡Qué gusto leerte!
Sereno, nostálgico, pautado, comedido y sensible.
En una primera lectura me dejé llevar por tus palabras, disfrutando de la narración íntima que has compartido con nosotros.
Una segunda lectura más sosegada,en la que me entretengo buscando las herramientas que utilizas, la forma de componer las frases, el ritmo que usas que me ha parecido magistral.
No tengo ninguna crítica negativa que hacerte, solo darte las gracias Ana por tu precioso e íntimo texto, tan bien contado,de lo mejor que he leído tuyo y ya van unos cuantos. -
BUENO AQUÍ VA MI OTRO CUENTO - CORREGIDO Y NO AUMENTADO, SINO DISMINUIDO POR AGENTE RESPONSABLE
EL NIDO VACÍO
Alcira estaba atareada guardando un montón de ropa que su hija menor, Betina, había desechado porque en su flamante vida de señora le parecía que era hasta impertinente usar sus prendas de adolescente.
Mientras doblaba y apilaba el colorido guardarropas, la mente de Alcira divagaba. Estaba sola, tan sola como nunca lo había estado desde hacía cuarenta años.
Se había casado no demasiado joven, sobre todo para la época, pues rondaba los treinta cuando vistió aquel sencillo y corto traje blanco y entró con su padrino a la Iglesia de su pueblo natal.
Su esposo le llevaba cinco años; decidieron formar pronto una familia, porque temían que Alcira pudiera ser demasiado veterana para traer al mundo hijos sanos.
Nueve meses después de aquel tres de marzo de 1975, nació una preciosa criatura a la que nombraron Viviana Mabel (por la abuela materna).
La hija, cuando tuvo “cierto discernimiento”, se renombró Ianna, lo que no sólo dejaba atrás el anticuado nombre de vieja que le habían puesto, sino que le pareció exótico y de reminiscencias rusas, lo que iba muy bien con su pelo dorado y la piel tan blanca.
Apenas Vivi empezaba a dar sus primeros pasos, cuando Alcira supo que en unos pocos meses un nuevo miembro sería huésped permanente de la casona de Hurlingham.
En agosto del setenta y siete, Vivi perdió su corona a manos, o mejor dicho a los gorgoritos, de un regordete y rubio Juan Ignacio (esta vez en honor del bisabuelo paterno, ¡no era cosa de herir susceptibilidades familiares!).
El matrimonio se sentía realizado; eran padres de un “casalito”, como a veces decían las tías viejas: misión cumplida.
Ianna y Nacho (sí, también él, aunque respetando el origen, disfrazó su nombre, “porque era demasiado largo”) empezaron juntos el jardín de infantes, ella en la salita azul con el delantal de tipo pintor a cuadraditos azules y blancos, y él en la salita verde, con parecido delantal coloreado de otra manera.
Para ninguno de los dos ese paso trascendental fue ni traumático ni doloroso. Ambos cruzaban el portal del colegio muy formales y contentos de estar volviéndose grandes.
Alcira quedaba sola en su casa las cuatro horas en las que sus hijos estaban en la escuela. El hogar exhibía las huellas del carácter de sus habitantes: Ianna era muy tranquila y su cuarto rebosaba de muñecas; claro, primera y única nieta (aunque sólo por un año), abuelos, tíos y padrinos nunca llegaban con las manos vacías; no había juguete de moda que no alhajara el cuarto pintado de rosa y nubes celestes. El cuarto de Nacho, en cambio, estaba patas arriba en pocos minutos tras su ingreso, como si hubiese pasado una tromba.
Corría el año noventa y uno. Los chicos ya tenían quince y catorce años e iban al Liceo. A veces la casa estaba llena de adolescentes estudiando o enfrascados en algún trabajo práctico. Alcira era feliz preparando parvas de sándwiches o tostadas y sirviendo gaseosas.
Una mañana se sintió descompuesta y con fuertes vómitos; lo atribuyó a que le había caído mal la cena. Sin embargo, algo le resultaba familiar… ¡pero no era posible! Ella tenía ya cuarenta y siete años. ¡No podía estar embarazada!
Esa misma tarde fue a su ginecólogo, quien le confirmó que en unos seis meses volvería a ser madre.
No sabía cómo enfrentar a su familia con la noticia. Hasta vergüenza le daba: ¡qué pensarían los amigos de sus hijos! y, sobre todo, ¿cómo lo tomaría su esposo?
Ninguno de sus temores se cumplió: Ianna y Nacho estaban encantados de tener un bebé en la casa; su esposo la miró, estiró ambos brazos con las palmas de las manos hacia arriba, encogió los hombros y le sonrió.
En noviembre nació Betina; se salvó de los nombres familiares, pues fueron sus hermanos quienes eligieron cómo llamarla.
Criar bien a Betina no fue tan fácil como a sus hermanos; había mucha gente para malcriarla. Se convirtió casi en la mascota del Liceo. Tanto los hermanos como sus amigos estaban embelesados con la niña.
Llegó el año dos mil, con todas sus incógnitas; Ianna partió becada a Estados Unidos; Nacho se integró al equipo nacional de rugby; y Betina quedó como reina del hogar.
Cierta tarde, un llamado telefónico trajo a Alcira una de esas noticias que nadie quiere recibir. Su esposo había sufrido un accidente y estaba grave.
Como suele ocurrir, lo de la gravedad era una mentira piadosa, pues el accidente había sido fatal.
Alcira experimentó el cimbronazo, pero ahí estaba Betina para contenerla y no dejarla decaer.
Pero hete aquí que un día, radiante, Betina entró como un huracán riendo y llorando a la vez, mientras le decía a la madre, "¡Me caso!, me caso con Rodrigo y me voy a vivir a San Luis", mientras bailaba de contenta. Alcira la abrazó, pero no dijo palabra.
Entre ambas y Ianna, repatriada para el acontecimiento, organizaron un pequeño evento. Ahora, Betina ya había partido feliz con su marido. Ianna volvió a Estados Unidos. Alcira se sentía inmersa en la soledad, mientras recogía la ropa, con una angustia que no sabía cómo gobernar.
Al fondo de un cajón encontró un montoncito de fotos; se sentó y fue pasándolas una por una, hasta llegar a ésa, la del nido de teros, que habían tomado durante unas vacaciones en el campo. Su endeble fortaleza la abandonó y estalló en llanto incontenible. Ese nido era como un símbolo que le hizo gritar: "¡Ya no tienes nido! Está vacío".
Sonó el teléfono; como pudo se recompuso, y sin pensarlo, con voz normal dijo: "Hola", mientras con su mano libre estrujaba la foto.
"Mamá, soy Ianna, ¿a que no sabés? Vuelvo a Argentina, pero no sola, con John y un polizón, ¿podemos aunque sea al principio vivir en casa?"
Ella respiró profundo y casi gritó: "¡Sí! Aquí está el nido para recibirlos". -
Mis amigos, los teros.
¡Teru, teru, teru ! Los gritos estridentes seguidos por vuelos amenazantes encima de mí, sus alas desplegadas mostrando las espuelas de combate y los fuertes aguijones, era una señal inequívoca de que estaba cerca del nido donde la pareja tendría sus huevos.
Era lo que quería saber, para observarlos y precisar donde estaba el nido, retrocedí hasta unos espinillos cercanos, desde ahí pude ver a la hembra empollando sus huevos y a su pareja en la tarea de celosa vigilancia.
¿Por qué estoy en este lugar? Pues por un pedido de mi abuelo, heredero de una costumbre familiar que se origina en la Italia lejana, la noble tarea de cultivar la tierra, labor que realiza en una quinta ubicada en la ciudad de Concordia, Entre Ríos. En una de mis visitas me dijo:
Robertino, tienes que conseguirme una pareja de teros para tenerlos en la quinta, la limpiarán de bichos y serán guardianes, pero tienes que encontrarlos cuando son polluelos, así se aquerencian. Estarán más seguros que en el campo donde acechan los caranchos.
Por eso estoy aquí, contemplando esta pareja de teru-teru.
Tengo dudas sobre lo que pretendo hacer, dentro de mí hay algo que me dice que no tengo derecho de quitarles las crías a estos inocentes pájaros, aunque el motivo es noble y sin intención de hacerles daño, todo lo contrario, pero ellos no saben de mis razones, es su vida, su libertad, su destino que yo intento subvertir; estoy detrás de los espinillos con esta disquisición filosófica, tratando de convencerme para poder realizar el despojo.
Los estoy observando, la hembra sigue echada empollando, la gestación dura 26 días pero como no se cuanto hace que lo está haciendo, creo que deberé venir todos los días, hasta que nazcan los polluelos.
También vivo en Concordia como mi abuelo. El patio de mi casa tiene al final del predio una canilla, punto final de una cañería que lleva el agua para regar el césped y algunos arbustos que adornan el lugar; cerca de esa canilla y aprovechando la humedad de la tierra, hay una variedad de plantas llamadas calas o lirios de agua; este lugar es propicio para que proliferen las lombrices casi a flor de tierra.
Mi intención para cuando vuelva al campo, ya con el objetivo de ver el nido, es llevar una cantidad de lombrices a manera de prenda de paz.
No sé si dará resultado la estrategia, pero es lo único que se me ocurre para despertar en ellos una pizca de confianza.
En un recipiente de plástico de baja altura introduje unas cuantas lombrices con algo de tierra, lo tapé utilizando un film de polietileno con pequeños orificios para la entrada de aire.
En la mañana siguiente monté en mi bicicleta y me dirigí hasta el campo portando el sustento para la pareja de teros.
Llegado al lugar, apoyé el rodado en el tronco de uno de los espinillos y despacio me fui acercando al nido.
Al verme, comenzaron los chirriantes gritos y un revoloteo amenazante para conmigo, no hice caso de las embestidas rasantes sobre mi cabeza, hasta que llegué al nido.
Observé una construcción muy simple en la pendiente de una loma, se veían cuatro huevos de un color verdoso con manchas negras, era más que suficiente, dejé el recipiente destapado y me alejé despacio, para ver la reacción de los pájaros desde los espinillos.
Ambos teros llegaron al nido, de inmediato la hembra se echó sobre los huevos, el macho, patrullando la zona y dando vueltas alrededor del recipiente con las lombrices, lo miraba con desconfianza, por fin se animó a darle un picotazo y levantar una lombriz que devoró en un instante, me sonreí y me fui satisfecho pedaleando en la bicicleta.
Regresé al otro día con otro recipiente lleno de lombrices ha repetir lo mismo, pero sin llegar tan cerca del nido, cuando me acercaba, repitieron los mismos estridentes gritos pero sin los vuelos rasantes, solo algunos aleteos, dejé la caja y me retiré con lentitud; desde los espinillos observé cuando el macho se acercó a las lombrices y comenzó a comérselas.
Esto se repitió durante quince días, al verme llegar proferían algunos gritos nada más, ambos se quedaban en el lugar sin levantar vuelo.
Me esperaba una sorpresa en la próxima jornada, ya la pareja no estaba sola, cuatro polluelos había junto a ellos, pequeñitos, feos y chillones pegados a la madre, como de costumbre dejé la cuota de lombrices y me marché.
Se acercaba el momento más difícil para mi, llevarme las crías, pensé en dejarlos unos días más para que pudiesen alimentarse por si mismos y luego apoderarme de un par de ellos.
Dejé pasar dos días y regresé para verlos, ya daban algunos pasos cerca del nido. Regresé a preparar una caja de cartón para colocarlos en ella.
Mañana los traigo me prometí.
Cerca del medio día, con la caja portadora y otra con lombrices, ya un hábito para mí, me fui en busca de los teros.
Como de costumbre dejé la bicicleta junto a los espinillos y caminé hacia el nido, me extrañó no escuchar los gritos con los que me recibían todos los días .
Sin embargo ahí estaba la pareja y las crías rodeando el nido, cuando me acerqué el ¡teru teru! fue muy suave como si fuese una bienvenida.
Ese grito manso logró conmoverme, me estaban dando mucho más que la pizca de confianza que traté de lograr, lo había conseguido.
Sonreí, las dudas que siempre tuve se disiparon, comprendí que estaba a punto de cometer un acto innoble y cruel.
Dejé el recipiente con las lombrices y fui en busca de la bicicleta, monté en ella, arrojé lejos la caja de cartón y comencé a desandar el camino hacia mi casa. Mientras pedaleaba pensé en mi abuelo que se quedó sin los teros, pero tengo la seguridad de que cuando le cuente la historia, me dirá: ¡Ha fatto bene, Robertino! -
Ana: ¡Qué hermoso tu cuento! De lo mejor que has escrito.
Siempre me acuerdo de tu cuento del niño indigente (no recuerdo el título) y de esa frase tan... no sabría cómo decirlo... "pez o anzuelo", quizá el mejor cuento que te he leído.
Bueno, no puedo hacer todo lo que quisiera, pero como ves, algo comento.
Eso sí, te voy a criticar un Herror Orrivleque me hizo dar vueltas por la RAE y aprender cosas que ni me imaginaba. Se refiere a la palabra "deshecho", que en tu cuento debería ser "desecho". Y veamos con qué me encuentro:
deshecho, cha.
(Del part. irreg. de deshacer).
1. adj. Dicho de la lluvia, de una borrasca, de un temporal, etc.: Impetuosos, fuertes, violentos.
2. adj. Am. Mer. desaliñado.
3. m. Am. desecho (‖ atajo).
4. f. Disimulo con que se pretende ocultar algo o desvanecer una sospecha.
5. f. Despedida cortés.
6. f. Canción breve final de una composición poética.
7. f. En la danza española, movimiento que se hace con el pie contrario, deshaciendo el mismo que se había hecho.
8. f. Am. desecho (‖ atajo).
hacer la ~.
1. loc. verb. disimular (‖ encubrir con astucia la intención).
O sea que deshecho = desecho sólo en América y en su acepción de "atajo", pero ¡masculina y femenina!
Y veamos qué nos dice de "desecho":
desecho.
(De desechar).
1. m. Aquello que queda después de haber escogido lo mejor y más útil de algo.
2. m. Cosa que, por usada o por cualquier otra razón, no sirve a la persona para quien se hizo.
3. m. Residuo, basura.
4. m. Desprecio, vilipendio.
5. m. Lo más vil y despreciable.
6. m. Am. atajo (? senda).
Y de atajo:
atajo.
(De atajar).
1. m. Senda o lugar por donde se abrevia el camino.
2. m. Procedimiento o medio rápido.
3. m. Separación o división de algo.
4. m. Acción y efecto de atajar (? un escrito).
5. m. hatajo (? pequeño grupo de ganado).
6. m. despect. hatajo (? grupo de personas o cosas).
7. m. Esgr. Treta para herir al adversario por el camino más corto esquivando la defensa.
8. m. ant. Ajuste, corte que se da para finalizar un negocio.
dar ~ a algo.
1. loc. verb. ant. Atajarlo, cerrarlo con prontitud.
echar por el ~.
1. loc. verb. coloq. Emplear medio por donde salir brevemente de cualquier dificultad o mal paso.
poner el ~.
1. loc. verb. Esgr. Poner la espada sobre la del contrario, cortándola.
salir al ~.
1. loc. verb. coloq. Interrumpir el discurso a alguien.
Estas excursiones por la RAE son muy instructivas. Habría que escribirles...
Volviendo al tema, no se me ocurría nada con la foto (pese a que fui yo quien la sacó), pero creo que tengo una idea... No sé si podré concretarla.
Un beso.
PD: los signos "?" que aparecen se deben a que hice "copy / paste" y que en el sitio de la RAE figura un signo que no se copia correctamente.

7