- Una foto, mil palabras
Ronda V, Año 2012
Objetivo
Escribir un texto basándose en la foto propuesta, trabajar conjuntamente los textos publicados y elegir un texto ganador de la ronda.
Reglas
- Se pueden publicar hasta dos textos por usuario.
- El texto puede ser cuento, prosa poética, poesía, etc.
- El tema del texto es libre, pero debe estar basado en la fotografía propuesta.
- El texto debe tener una longitud máxima de 1000 palabras, sin contar el título.
- Cada texto debe tener un título.
- Antes de publicar, se recomienda revisar gramática y ortografía. Para verificar que el formato sea el correcto conviene Previsualizar antes de publicar.
- Durante las dos primeras semanas del juego se publican textos. Durante la tercera semana se pueden editar los textos la cantidad de veces necesarias, además de seguir publicando. La cuarta semana del juego es para votar.
- Durante las semanas de publicación y edición de texto se recomienda leer y comentar los textos publicados para colaborar en la corrección de los mismos.
- La edición de textos se debe realizar en el mensaje en que fue publicado y se recomienda escribir un nuevo mensaje avisando que se modificó el original.
- La votación la pueden realizar los usuarios que hayan comentado, al menos, los cuentos elegidos (o los comenten al momento de votar).
- Al votar se eligen dos textos, al primero se le otorga dos puntos y al segundo un punto.
- Si al finalizar la ronda de votación se produjera un empate, durante la siguiente semana se desempatará. En ese caso se podrá elegir sólo entre los textos finalistas y podrán votar quienes hayan presentado un texto (excluyendo a los autores de los textos empatados), independientemente de que hayan votado o no previamente.
- El autor del cuento ganador propondrá la fotografía a usar en la ronda siguiente (la deberá enviar por e-mail al coordinador del juego).
Cronograma
Etapa de publicación de textos: Desde Sábado 9 de Junio y hasta el Lunes 25 de Junio.
Etapa de edición y publicación de textos: Desde el Lunes 25 de Junio y durante una semana
Etapa de votación: Desde el Lunes 2 de Julio y hasta el Lunes 9 de Julio.
Todas las horas son de Buenos Aires, GMT-3.
- Este juego ha sido creado por themanofthemask.
- Coordinador del juego: anitta
Foto propuesta por AnaAlonso, ganadora de la Ronda IV de 2012 es: -
Ya que le insistimos a Anita para que abriera la ronda antes del lunes, hago hoy mi primer aporte:
DOMINGO
Caminamos a lo largo de la feria, la mañana nos acompaña mientras atrás van quedando los puestos de los vendedores callejeros con su diversidad estrafalaria que tanto nos seduce. El stand de los discos de vinilo, que revisamos hasta que nos deja en el recuerdo un popurrí de canciones, que seguro iremos cantando todo el resto del camino. Los puestos de antigüedades, con sus cofres alhajeros, sus infinitos objetos donde podemos encontrar desde una sopera de porcelana hasta una caja repleta de relojes, cada uno detenido a una hora diferente, como si el tiempo se hubiese puesto de nuestro lado y dejado de correr. Ya nada nos apura.
Ahora vienen las frutas de estación, los grandes cajones repletos de zanahorias, calabazas, lechugas, un colorido conjunto que huele a huerto y a despensa bien provista. Nos detenemos a admirar la redondez de unos tomates gloriosamente perfectos, todos igualitos, producto de manipulaciones genéticas que no sabemos si a la larga también terminarán sincronizándonos como a relojes puntuales y llevándose nuestra humanidad para encerrarla en probetas y hacer con ellas encantadoras fórmulas que nos muestren mas bellos, sin irregularidades, redonditos y vistosos como los tomates “larga vida”, que vienen a demostrar que la naturaleza también sabe de ficciones
.
Nos reímos, pero nuestra alegría no es gratuita, tiene el precio de desentendernos de reflexiones, de hacer como que sólo importa este presente en el que todavía podemos ser diferentes el uno del otro, tropezar y volvernos a levantar, mostrarnos deliciosamente incorrectos, impostar una sonrisa para que quede retratada esta apariencia festiva frente a la cámara que hará eterna e inmortal tanta dicha.
Promocionamos nuestra felicidad como marchantes empeñados en vender esta imagen de que todo está bien, mientras el universo se precipita hacia quién sabe que destino final en el que no queremos pensar, porque su pronóstico nos robaría este simulacro de mediodía luminoso de domingo que nos despega de la semana y su rutina abrumadora.
El sol ya está alto y dejamos atrás la feria, con numerosas fotografías para ilustrar las anécdotas y nuestro canasto repleto de hortalizas No vemos la hora de desparramarlas sobre la mesa de la cocina y contemplar nuestro tesoro. Todavía nos queda toda la tarde por delante y el lunes no amenaza tan seriamente a esa distancia.Última edición por AnaAlonso; 25/06/2012 a las 16:31 Razón: Salió doble
- Tiempo misterioso
Paseaba por la calle Libertad cuando me detuve frente al escaparate de una relojería. A la derecha había un surtido de lo que podríamos llamar cadáveres de relojes: una serie de esferas sin caja, tapa ni malla, dispuestas en forma tal que el relojero quizá habría considerado artística. Por supuesto, ninguno de esos relojes debería hallarse en funcionamiento. Sin pensarlo, de pronto me quedé mirando con fijeza el más iluminado de los restos. Una de sus manecillas, la del segundero, estaba retorcida, y en determinado instante me pareció que se movía; pero quien no podía moverse era yo, fascinado.
Muchas veces, mientras trabajo o camino, de pura memoria resuenan en mi cabeza los compases de alguna obra que ni siquiera intento tararear. Ese día no me abandonaba Tiempo Misterioso, de Kabelác, música impresionante si la hay; cuando me detuve de pie frente a la vidriera, su imaginario volumen aumentó, el sonido se volvió un torbellino, y comencé a marearme. Para no caer, ingresé en la relojería, avancé, y me apoyé sobre el mostrador.
¿Se siente mal? inquirió el relojero.
No No es nada. Ya pasará y tras unos minutos, le pedí: ¿Me vendería ese reloj?
¿Cuál? ¿Ése? No funciona. Ninguno de éstos funciona. Los uso como decoración.
No importa. Es el que necesito. ¿Cuánto vale?
Ni hablemos de precio. Se lo regalo. Y le agrego la caja, la cubierta y esta malla vieja, y se lo armo para que lo pueda usar. Como adorno, supongo.
Gracias me puse el reloj en la muñeca y salí; el mareo había pasado.
Esa noche dormí muy bien, como no lo había hecho en meses. Cuando desperté, noté que el reloj aún lucía en mi muñeca. Su imagen, observada en la relojería, había quedado grabada como a fuego en mi retina. Así que podía asegurar que esa manecilla retorcida no estaba en el mismo lugar que cuando me entregaron el reloj: había avanzado cinco segundos durante el sueño. Eso me provocó una inquietud indecible. Resolví vigilar la aguja. Tras estudiar el reloj durante cosa de un mes, pude comprobar que avanzaba quince segundos por día, pese a carecer de cualquier tipo de cuerda, batería, o mecanismo impulsor.
Durante la semana respetaba el horario de trabajo, ayudado por un reloj normal. Pero conservaba el Grimorio en el brazo. Una noche tuve un sueño: alguien había pronunciado ese nombre, y de inmediato supe que era el verdadero.
Fue así como transcurrieron los días, los meses y los años, y yo seguía trabajando en la misma empresa. De a poco, a medida que se jubilaban o morían, mis colegas eran reemplazados por otros; los iba viendo envejecer, en tanto yo, en consonancia con el Grimorio, me conservaba joven. Veinte años después, la empresa quebró. Presenté mi curriculum en otra. Joven aún, mi experiencia superaba lo imaginable para un puesto poco importante. Me había ido adaptando a las nuevas máquinas y métodos, conservando el saber adquirido en tanto tiempo. Pasé a través de los años por muchas empresas, pero nunca me ascendían: como asalariado rendía mucho más que como jefe. Y necesitaba el trabajo para subsistir.
Calculé que mi ritmo de envejecimiento era unas seis mil veces más lento que el de los demás. Al principio, esta especie de inmortalidad me colmó de alegría. Pero después de unos trescientos años, me acometió el aburrimiento y decidí morir. Jamás me había quitado el Grimorio de la muñeca, ni para bañarme, y cuando intenté hacerlo, ya era parte de mi brazo.
Hay otras formas de morir, me dije. La muerte natural no era para mí, o por lo menos no estaba a la vista. El revólver que compré se negó a disparar sobre mi sien. El veneno no actuó. Cuando me arrojé a la calle desde un décimo piso, sólo logré romper el pavimento. No me quedaba otra alternativa más que resignarme a durar durante unos quinientos mil años.
En nuestra época, tan adelantada, los relojes como éste son reliquias u objetos de museo; por eso, unos treinta años después de que el Grimorio me poseyera, comencé a ocultarlo. Casi nadie tuvo ocasión de atisbar mi muñeca izquierda, y quienes lo hicieron no pudieron disimular su asombro.
Hoy el trabajo manual ha desaparecido, sustituido por la robótica. Ni siquiera quedan las bicicletas fijas ni los caminadores para hacer gimnasia: unas pastillitas y listo. Se podría creer que, con tantas facilidades, han desaparecido mendigos e indigentes. Pero no. Sigue habiendo quienes se niegan a integrarse a la sociedad, y viven de lo que se les regala y luego cambian por comida. Suelen ubicarse en callejones donde también moran peligrosos delincuentes. Dadas mis facultades, nunca temí adentrarme por allí.
Un día tuve la ocurrencia de ingresar con mi transportador en uno de esos lugares, y encontré un mendigo viejísimo, espantosamente sucio.
¿Quieres ser inmortal? le espeté.
Se tomó su tiempo para responder, pero al fin asintió. Supe que él conocía el secreto. Extendí la mano. Fue increíble: en ese momento el indigente logró arrancarme el Grimorio sin que yo experimentara dolor alguno. Lo miró con extrañeza, pero pronto comprendió cómo se colocaba, y el artilugio terminó amarrado a su brazo.
Me alejé a toda velocidad en mi transportador antes de que uno de los dos, el indigente o yo, se arrepintiera, y volví a casa. Sentí lástima por el mendigo, condenado a permanecer en esas condiciones por no sé cuántos años más; pero, después de todo, él había elegido continuar ese tipo de vida.
Ahora sé que en cualquier momento puedo abandonar esta pesadilla, o que transcurridos unos ochenta o noventa años moriré de viejo.
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Los medidores del tiempo.
Desde los comienzos de la humanidad el hombre quiso medir el tiempo, intentó hacerlo de distintas maneras, basándose en los movimientos astrales, en los amaneceres y los ocasos, los rayos de sol proyectando la sombra de una estaca sobre una mesa graduada, entre otras formas.
A medida que fue adquiriendo inteligencia, lo hizo con otros métodos cada vez más sofisticados.
Mil quinientos años antes de la era cristiana, los egipcios utilizaron las clepsidras, o relojes de agua, más tarde fueron los medidores de arena, parecidos a los anteriores pero en vez de agua se utilizaba arena, ambos medían espacios de tiempo. Un recipiente similar a otro, comunicados entre sí por un conducto regulado que dejaba pasar el agua o la arena de uno al otro, la cantidad vertida determinaba el espacio de tiempo. También se usaron velas marcadas, el consumo de la materia entre una y otra marca establecía un espacio de tiempo; este sistema resultaba ser muy impreciso, debido a que las velas debían ser todas iguales y quemarse en ambientes controlados para que la combustión fuese similar.
Todos nosotros estamos de alguna manera sujetos al paso del tiempo, por lo tanto es comprensible el deseo de medirlo.
El avance tecnológico logró hacerlo casi hasta la perfección, cuando se crearon los relojes mecánicos, a cuerda o con péndulos. Luego fueron los relojes de cuarzo alimentados por diminutas pilas o baterías. En la actualidad el reloj atómico de cesio permite un atraso de solo un segundo en 3.700 millones de años.
Lo que no se ha logrado es detener el tiempo, su avance es inexorable, entonces la pregunta es obvia: ¿Qué es el tiempo?
Agustín de Hipona, filósofo, obispo y luego santo, en el siglo IV de la era cristiana se hizo la misma pregunta respondiéndose a si mismo: "Si nadie me lo pregunta, lo se, pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo se"
También en sus disquisiciones filosóficas San Agustín decía. Si el presente no se convirtiera en pasado, no sería tiempo, sería la eternidad.
Hablemos del futuro: ¿qué es el futuro? Nada real, una posibilidad que no existe, no es conocido, solo se presume, se imagina, se intenta adivinar, si existiese no podríamos verlo, pues en el momento de llegar ya es presente.
Podemos ir todo lo rápido que queramos, pero nunca saldremos del presente, ni por supuesto, del tiempo.
Si para ser tiempo, a de convertirse en pasado, ¿cómo podemos decir que es, ¿solo si deja de ser?
Obviamente presuponía que tiempo y eternidad son incompatibles. ¿Es tan así?
Imaginemos por un momento un universo sin vida, entonces ¿qué sería el tiempo? un presente sin futuro ni pasado donde solo existe el concepto del espacio.
Además otro interrogante: ¿Existiría el tiempo sin el hombre? ¿Cómo saberlo?
Tampoco la teoría de la relatividad de Albert Einstein no modifica sustancialmente este pensamiento, solo difiere en la longitud del tiempo. El ejemplo de los gemelos de Langevin lo confirma: Si uno de ellos hace un viaje por el espacio, a la velocidad de la luz y el otro se queda en la tierra, el que ha viajado, cuando regrese habrá envejecido muy poco, pero el que quedó en la tierra, tendrá varios años más.
Einstein llega a la conclusión de que el tiempo es relativo a la velocidad, no hay un tiempo universal y absoluto, si no que se dilata según la velocidad del sujeto.
¿Donde está entonces lo que fascina? En que ninguno de los dos gemelos abandonó el presente en ningún momento.
Carl Honoré, en su libro "El elogio de la lentitud" hace una encendida defensa de la necesidad de no depender de la acuciante exigencia del horario que obliga a una vida más apresurada y nos dice:
"El problema estriba en que nuestro amor por la velocidad, nuestra obsesión por hacer más y más en menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, una especie de idolatría. Aun cuando la velocidad empieza a perjudicarnos, invocamos el evangelio de la acción más rápida. ¿Te retrasas en el trabajo? Hazte una conexión más rápida a Internet. ¿No tienes tiempo para leer esa novela que te regalaron en Navidad? Aprende la técnica de la lectura rápida. ¿La dieta no ha surtido efecto? prueba con la liposucción. No obstante, ciertas cosas no pueden o no deberían acelerarse, requieren tiempo, necesitan hacerse lentamente. Cuando aceleras cosas que no deberías acelerar, cuando olvidas como ir más lentamente, tienes que pagar un precio".
Con respecto al reloj su opinión es mordaz, no por la función específica de este, que es la medición del tiempo, sino por la dependencia que la sociedad tiene de ese tiempo y concluye con el siguiente comentario:
"El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno.
Todo empezó a ir mal cuando instalaron relojes en las plazas de los pueblos. Se impusieron leyes para estructurar el horario. El tiempo empezó a medirnos a nosotros. Luego la tecnología empeoró el asunto.
El apresuramiento hace que la gente esté siempre a punto de explotar.
Así, gente normal, buena gente, en un atasco, es capaz de enloquecer. Creo que estamos rozando el punto de ruptura. Se nota en los problemas de salud pública, depresión, estrés, ansiedad, obesidad; en el fracaso de la pareja, en la dificultad para relacionarnos, en el alto ausentismo laboral. Y ¿sabe lo peor?
Hemos contagiado el virus de la velocidad a los niños. Las primeras palabras que aprenden son "venga" y "date prisa". En nuestra infancia de tiempos desestructurados, inventábamos cuentos y juegos. Ahora la ansiedad infantil es frecuente."
Mil palabras resultan pocas para poder expresar todo lo que podría decirse sobre el tiempo y sus medidores, los relojes, esos artefactos que gobiernan la humanidad, a tal extremo que se han convertido en un apéndice más de nuestra vestimenta y que lucimos prendidos en las muñecas. - TEMPORALERO iNVOLUNTARiO
Me maravilla el Tiempo tan destemplado d’éstos tiempos. Nuestro calentamiento global orgullosamente atiende a destiempo los cambios del tiempo. Nuestras Televisoras todo el tiempo presumen equivocarse predeciendo al tiempo. Hasta mi Combi (la Perica) se destiempa y tengo que ponerla a tiempo a intervalos regulares en el tiempo.
Y ahí está la clave: el tiempo que se mantienen cerrados sus platinos (qué queréis, es del siglo pasado como yo, sin electroniqueces) satura su bobina de electrones (sí, ésos canijos nacidos del principio de incertidumbre: los humanos dudamos desde la concepción y muertos dudaremos que estamos muertos) y cuando abre sus platinos, libera ésos saturados en mini-gran-bang, en micro-rayo llamado chispa, al tiempo que'l pistón comprimió la mezcla aire-gasolina contra la culata al máximo (con las válvulas cerradas a tiempo, por supuesto) y todo explota acaloradamente, cuando giro su llave de encendido y arranca. Entonces para cubrir al ruido del escape, es tiempo de poner la música a tempo tropo furioso.
Aquellos relojes de Sol marcaban horas con más tiempo en Verano y más cortas en Invierno, el mismo número de horas desde amanecer hasta anochecer. En éstos tiempos modernos con relojes de cuerda, nos salen con boludeces como cambiar la hora de Verano para ahorrar electricidad: cuando mi recibo llega a tiempo, es más caro en verano. Digo, allá en el Polo con seis meses al Día y seis meses la Noche, quizás ahorren algo por la iluminación de las Auroras (¿existen Auroras Australes, acaso?) y NO por cambiar la hora. El tiempo debe estar a tiempo, como en mi Combi.
El reloj de cuerda se inventó para saber el meridiano en que se encontraba la nave, en aquél tiempo que Diosito Papa permitió a la Tierra ser redonda. Se dividió nuestra pelota en 24 gajos o meridianos. Se comparaba la hora del reloj, al tiempo que'l Sol llegaba a su cénit o mediodía; si ahí el reloj marcaba las 9 de la mañana, quería decir haber navegado 3 meridianos desde la BrujaVerde (Greenwich) o meridiano zero y así calculaban cuántos meridianos, o cuánto tiempo les faltaba para llegar a Cuba: y ¡azúcar! chico.
En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cambiábamos la hora para destantear al enemigo que espiaba nuestros mensajes. Como resultado perdimos la guerra y Alemania estuvo ocupada y dividida un buen tiempo.
Cada temporal de granizo, salía mi compadre el escogido del Rayo, con su sahumerio lleno de copal sobre tizones y lo acompañaba al tiempo, curioso. Éso de controlar al mal tiempo, que ni con satélites de la NASA a tiempo predecimos, me colocaba junto a mi compadre siempre tan impasible, bajo una lluvia de ensordecedores rayos (ésto no será como el chispazo de una bujía ni sabe a jitomate, mi mente divagaba), nuestro alrededor tan lleno de árboles que'l bosque ni se miraba, al tiempo que’l granizo se retiraba y los rayos bombardeando todo el tiempo.
"Oiga don Lucio, que la granizada vá pa Totolapa y están a tiempo de cosechar la milpa"- Y sin retirarse de la lluvia, al tiempo que hacía la cruz con el sahumerio a cada uno de los cuatro vientos, aquellos rayos acercándose todo el tiempo -"Es responsabilidad de allá tener su Temporalero pa detener la granizada a tiempo"- replicaba mi compadre en aquellos tiempos.
Tuve un tiempo en que cada dormir y despertar, cada abrir de ojos mañanero, avanzaba mi tiempo del calendario varios días, a veces varias semanas y hasta varios meses. También a cada rato me encontraba sin saber qué estaba haciendo, mucho menos en cuánto tiempo terminar aquello que ignoraba hacer. Encargado del Hotel, con 15 empleados en cada turno por dos turnos, mas el velador de la noche y 24 habitaciones ocupadas. Fue en aquél tiempo que comenzó mi escritura para recordar todo lo que hacía, los pendientes, los etcéteras. Mi cabeza no grababa NADA durante el mayor tiempo. Cuatro años para mí eran menos de seis meses. E insisto, todo ése tiermpo los equivocados fueron los Calendarios. Curioso cómo aquél ahorita, todo el tiempo fué sin pasado inmediato. Al tiempo que llegaron los paracaidistas salté otra vez y al tiempo de aterrizar, me dí cuenta que nuevamente memorizaba. Antes, ni sabía que estaba en el olvido: olvidaba que olvidaba, válgase el tiempo de la redundancia.
Mucho tiempo después, ayudé con mi Combi la mudanza de mi amiga la Jaranera. Al tiempo que entramos en su recién rentada cabaña, ví los muros chamuscados en partes, antes de pasar al baño y cerrar la puerta. Bajamos sus cosas y las puse en la recámara como si fuera mi cabaña, sabiendo antes de preguntar dónde. Vinieron a mi mente tiempos familiares muy atrás, atrás: recordaba ésa cabaña ···
Diez años atrás, mi BulaMatari escoltó la Willys de Paolo, desde estación Catorce hasta Tepoztlán y regresó a Cuernavaca: mil kilómetros nocturnos. Cuando llegué a mi cabaña apenas iniciaba la tormenta. Adentro, me apoyé en la pared cerrando los ojos un momentito; al abrirlos ya era de noche. Bajo luz de relámpagos ví mi cama por la puerta abierta y con trabajos, como entumido, logré acostarme.
Me cacheteó cálidamente el Sol asomado a la ventana para despertarme, ayudado por un estómago vacío hasta la emergencia. “Mira que traigo puesta la ropa del viaje, me dormí llegando”- dijo la mente. Un duchazo y el BulaMatari me condujo a Tépoz con Paolo y su Pizzería. La pared decía Miércoles por medio del calendario, pero yo estaba en Domingo: me encanta del autismo que mi tiempo en vivo es más relativo que'l de Albert en difunto. Unos meses después trabajaba en el Hotel.
Me alistó mi compadre pa'l tiempo que'l Rayo m’encontrara. Pegó en una varilla del techo de la cabaña, siguiendo el cableado hasta el apagador, donde apoyé mi cabeza cerrando los ojos ··· y me quitó la memoria! Ni supe que me había encontrado, provocando que’l tiempo en que cada parpadeo, avanzara al calendario varios días, a veces semanas y hasta por meses.
Última edición por Jean Loup; 25/06/2012 a las 18:49 Razón: corregir la narración
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Si el objetivo de estos cuentos es mantener nuestra a atención al máximo, he de decirte "tarea cumplida", como en el viejo programa televisivo "la Campana de Cristal".
No se si me equivoco, pero al menos en tu cuento apareces como una especie de trashumante de América del Sud, ahora radicado en el primer peldaño que lleva a la América del Norte. O sea un hombre que "ha vivido" como no muchos nos animamos.-
Para mi, eres un misterio, y como todo enigma, me cautiva -
Aquí va lo que naciera de mi al ver la foto
Espero que de alguna forma les conforme.-
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SINFÓNÍA DEL RELOJ
Don Smud era el relojero del pueblo, de esos relojeros con la lupa casi como parte de su cara.
Su negocio estaba en la primera cuadra de la calle principal, que unía la Avenida (por donde aún transitaba el tranvía) con el Boulevard sobre el cual aparatosamente se erguía la parroquia, Nuestra Señora de los Remedios, con sus tres torres y dos campanarios, y que llegó a ser presidida por un obispo.
Cuando salíamos del liceo, era casi una parada obligada quedarnos en la vereda a esperar la hora exacta en que, desde el interior, se escuchaba una música de carrillones, campanas, cucús, timbres, campanillas, gongs y platillos.
Todos los relojes que cubrían las paredes, colmaban las estanterías, llenaban los mostradores, y abarrotaban las vitrinas en una secuencia sin pausa, hacían oír su voz por la magia y la paciencia del relojero, que jamás dejaba que sus relojes enmudecieran
Don Smud (nunca supe su nombre de pila) estaba siempre tras su pequeño escritorio oval, con una amplia hendedura que le permitía estar sentado casi en el mismo centro del escritorio, con todas sus herramientas a mano. Un paño de terciopelo bordó reinaba ahí mismo.
Allí fueron desmontados, limpiados, aceitados y compuestos casi todos los relojes de nuestros padres y abuelos, tíos, vecinos y demás pobladores del lugar: tanto los de pared como los de mesa, pulsera o bolsillo.
Cuando podíamos (y quedábamos ya sólo dos o tres, cosa de no molestar al incansable y encorvado artesano de infinita paciencia y dedos tan hábiles que no había día que no nos sorprendiéramos al verle sacar un tornillo casi milimétrico y tomar entre sus dedos y ensamblar perfectamente unos engranajes tan pequeños como una lenteja o aun más) entrábamos al local y casi sin hablar quedábamos deslumbrados con su tarea.
Hasta parecía mentira que nunca se le cayera o perdiera ninguna de las minúsculas piezas que esparcía sobre su paño. Lo observábamos durante horas, como si estuviéramos ante una especie de mago con poder hipnótico.
Algunos de nuestros compañeros, aquéllos que preferían la pelota o la honda antes que la música o el arte, se burlaban de nosotros y también del Mono Relojero, como lo habían apodado.
El viejo Smud nunca respondía, parecía no oír, estaba en su mundo mecánico como dentro de una campana de cristal. Tampoco nos sonreía a nosotros, aunque una chispa en su ojo libre nos indicaba que disfrutaba de nuestra admiración
Cerraba su negocio temprano, a las siete en invierno, a las ocho en verano, pero no se iba; desde la acera de enfrente lo veíamos guardar tranquila y minuciosamente todas sus herramientas, poner en sus cajas los relojes ya arreglados, y apartar los que serían objeto de su empeño al día siguiente.
Entonces, éramos testigos de la principal ceremonia, que tenía algo casi religioso en su devenir, y pudimos corroborar que seguía un método riguroso y exacto.
Al principio no entendíamos demasiado el porqué de su afán y perseverancia, pero alguien en un momento dijo: “está componiendo música”, y fue como una revelación.
El viejo ponía las llaves de las cuerdas en un cierto orden sobre la mesita y cada día mudaba su disposición.
A veces sobre una pequeña escalera de madera obscura, otras agachado casi al ras del suelo, sin prisa pero sin pausa iba dándole cuerda a los relojes, y mutando apenitas la posición de las agujas. Todos estaban casi a la misma hora, pero los segundos de diferencia permitían que primero atacara el alto y severo carrillón, o acaso el cucú suizo, o quizás el barroco reloj de pared ya centenario, o el de bronce que tenía una pareja antigua abrazando su esfera, tal vez el de porcelana que formaba parte de un exquisito juego de bibelots. Se podría decir que eran cientos de relojes los que se prestaban a ejecutar la melodía diseñada por el viejo.
Y a veces era tan hermosa, con tanta fuerza y dulzura a la vez, que fabulábamos con tomar una batuta y dar la señal de “ataca” a los relojes, instrumentos de una singular orquesta que sólo podía encontrarse ahí en la principal calle de ese pueblo ferroviario que, además de una parroquia con aires de catedral, contaba con un relojero venido a estas tierras del otro lado del océano, quien quizás perdió en el largo viaje el sueño de ser músico.
Fuimos creciendo, terminamos el liceo, algunos empezaron a trabajar, otros iban a la universidad, y sólo muy ocasionalmente volvían a encontrarse; casi nunca eran todos.
Y la vida siguió, los horizontes fueron cambiando, algunos se casaron muy jóvenes y tuvieron hijos, otros partieron al interior y se radicaron lejos, hubo quienes emigraron…, pero cierto día llegó una carta del Liceo; invitaba a sus ex alumnos a la fiesta de sus cincuenta años. Fuimos muchos los que volvimos al barrio, después de diez años, a curiosear cómo estaba, y nos sorprendió encontrarlo casi idéntico: las mismas casas bajas, los jardines de entrecasa, el almacén de Don Alejandro, la ferretería de Don Pepe, la verdulería de Nicola, la peluquería Splendid, el bazar del turco Asad, la retacería de la polaca, el cine Select, la Biblioteca Alberdi, la librería de la esquina, la panadería, la heladería… pero ¿la relojería? ¿y el viejo Smud?
—Su hijo se lo llevó. Hace algo así como dos o tres años Estaba muy viejito ya, pero hasta el último día, antes de que el camión de la mudanza empezara a cargarlos, estuvo dándole cuerda a sus relojes y, cuando el camión arrancó, un sinfín de campanadas pareció que nos dijera adiós.
Sin decirlo, todos sentimos no haber estado ahí para gozar de la última sinfonía que en ese mismo momento y casi coordinadamente bautizamos “Del Reloj”.Última edición por Despistada41; 26/06/2012 a las 21:10
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Lo mismo me está pasando al comentar. Ni sabía que editar era trampa! Tóns, cómo desdoblar
---------- Mensaje agregado a las 13:17 ---------- Mensaje anterior a las 12:52 ----------
Me salté una ESE = ··· noS salen con las boludeces ··· (ni modo Cuasimodo)
Y acá sobro una EME, es Cuernavaca.
---------- Mensaje agregado a las 13:52 ---------- Mensaje anterior a las 13:17 ----------
No conozco Sudamérica, pero muchos amigos sudamericanos hice, asilados en México cuando gobiernos milicos los exiliaron.
Yo mismo soy asilado, pero en vez de que me exiliaran, simplemente desapareció el IIIer Reich donde nací. Mis amigos se repatriaron con el Tiempo y yo ··· soy mexicano que nació fuera hablando francés en terreno alemán, porque la cigüeña que me traía cruzó cielos plagados de metralla y la derribaron sobre París. Perdiendo la guerra nos escondimos en Francia hasta refugiarnos en España y después asilarnos en México.
Mis raíces están enterradas acá: mi ombligo en Tepoztlán y mi paternal en Tequisquiápan. Los demás parientes murieron con el IIIer Reich.Última edición por Jean Loup; 17/06/2012 a las 19:17 Razón: Otra vez dobleteó!

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