Ese sería yo... no es la gran cosa pero después de unos cuantos meses sin escribir es lo mejor que se me ocurrió.
Aunque es una historia autoconclusiva presenta una especie de "secret origin" de Angelica Jones, un personaje que ya use en otros cuentos.
Ah, y son 705 palabras.
Los ojos azules cristalinos de Michael la observaban con fijeza, en la misma posición en que quedó su cabeza tras expulsar el último aliento.
“No te acerques al libro” fueron sus ultimas palabras mientras la vida se escapaba dejando una cáscara hueca y quebrada. Un envase de pelos rizados y sonrisa encantadora.
Pero los pensamientos de la chica rubia y gordita, poco atractiva y con la cara llena de granos, estaban muy alejados de ese momento. De esa habitación. Perdidos en las luces intermitentes del Roxy apenas unas horas antes (aunque había perdido la noción del tiempo).
¿Qué esperanza tenía un ratón de biblioteca como ella de que alguien la notará más allá del ocasional empujón y las miradas con desprecio?
¿Cómo era posible que, justo cuando estaba por abandonar sus esperanzas y mandar todo a la mierda, él se le acercará, la sacara a bailar y la besará?
No lo entendía, no le interesaba entenderlo y solo quería que ese momento jamás terminara.
Ansioso de placer, él le preguntó al oído si quería ver la cosa más espectacular del mundo.
Fascinada, ni se dio cuenta como era arrastrada fuera de la disco, subida a un auto y por ultimo casi empujada dentro de una oscura librería. Recién cuando él le soltó la mano para sacar un volumen viejo y descosido de una estantería, ella reacciono.
Michael (Bello nombre. Nombre de angel, sino no recordaba mal las pocas clases de catequismo en su infancia. Que ella se llamará Angélica solo podía ser un buen presagio) le contó todo sobre el libro, sobre como su padre lo había traído de sus viajes por el Lejano Oriente, sobre como cada noche lograba escabullirse en el negocio y se pasaba horas estudiándolo, fascinado por sus caracteres indescifrables, la tinta roja y la funda con un cuero que jamás pudo identificar.
“Olvida el Necronomicon. Esto es la verdad. Solo me gustaría poder entenderlo” le susurró y la miró con expresión resplandeciente. La misma de un niño con el mejor juguete del mundo.
Angélica no sabía nada de lo que hablaba pero al verlo tan fascinado deseó ser ese libro, tener sus manos encima, recorriendo cada una de sus páginas con suavidad y lujuria.
Casi leyendo sus pensamientos él la abrazó y la tomó con pasión.
Tirada en el piso, extasiada, le pareció ver dos pequeños puntos rojos en la oscuridad.
Pero no tenía miedo. Estaba perdida en la certeza de que ese chico (violento, sensual, lleno de furia, con promesas de noches de aliento entrecortado y arcano conocimiento) era su gran amor. El primero. El último. El único.
Pero el destino, ese bastardo que le gusta quitar más que dar, se divertía a su costa. Disfrazado de un ladrón sin rostro, un alma desesperada en busca de dinero, entró en la librería y al verse sorprendido disparó.
Ahora huía en el medio de la noche, impune y con la pistola aún humeando en la mano. Riéndose de Angélica, del pobre ratón cuyas lagrimas se mezclaban con la sangre de su amante.
Al volver al presente, al mirar su mano ensangrentada sobre el vientre de Michael se dio cuenta de que parecido era ese color rojo apasionado al de las letras del libro.
“No te acerques” gritaba su conciencia desde algún rincón muy oscuro y aislado mientras tomaba el volumen con cuidado.
Al caer la primer gota de sangre sobre la página, los caracteres empezaron una danza macabra e hipnótica, entrelazando palabras.
Palabras que Angélica podía entender. Palabras que Angélica leyó. Palabras que fueron lo último que Angélica dijo por años. Palabras que todavía estaban saliendo de su boca cuando Michael abrió los ojos.
Ojos rojos.
Cuando el padre de Michael abrió la librería a la mañana no se sorprendió por el vidrio roto desde afuera.
No se asustó por encontrar a Angélica desnuda y muda, temblando en un charco de sangre que no era propia.
Apenas le conmovió el darse cuenta, más tarde, que si alguna vez volvía a encontrarse con su hijo tendría que correr por su vida.
Lo que hizo temblar su alma es que las paginas del libro, ese que jamás pudo traducir pero adivinaba su maldad en cada letra, ahora estaba en blanco.