En Buenos Aires, sólo el tiempo es puntual
Salí de la oficina maldiciendo; el horario de visitas era de cinco a siete y mi reloj marcaba las seis menos diez. Me había atrasado y todo por una discusión con un estúpido novato de la sección de contaduría. Ya va a conocer mis influencias ese mocoso inútil. Por lo pronto, si quería llegar a tiempo al hospital, debía apurarme.
Caminé dos cuadras hasta el estacionamiento a toda velocidad; sentí que mis piernas volaban sobre el asfalto caliente. Mientras andaba, me quité la corbata y el saco. El calor que hacía, era agobiante.
Llegando a la entrada del garaje, un hombre vestido con harapos y con un tarrito colgando del pecho estaba parado en medio de la vereda; con un gesto lastimero, me rogó que le diera una limosna. Fingiendo no haberlo visto intenté hacerme a un lado, pero él se movió al mismo tiempo, bloqueándome. Me moví hacia el otro, pero sucedió lo mismo. Calculé que si no sacaba una moneda del saco, nos quedaríamos jugando al espejo durante el resto del día. Hurgué en mis bolsillos y no encontré ningún círculo metálico; sólo un billete de diez. Miré a Belgrano con una pena tan grande como la alegría que habrá sentido el vagabundo al estrujarlo en su mano.
-¡Gracias, señor! ¡Dios lo bendiga a usted! –dijo con la voz ajada.
-De nada, caballero, disfrútelos y no se los beba –respondí de mala gana.
Entré al estacionamiento y fui directamente a la ventanilla. Sobre el acrílico azul, un cartelito escrito en lápiz, rezaba: ¡Enseguida vuelvo!
Con una abrumadora sensación de estar siendo tomado por tonto, comencé a golpear la ventanilla. De la otra punta del estacionamiento se oyó la voz del encargado:
-Señor, si dice “enseguida vuelvo”, es porque estoy ocupado –gritó, como gritan las madres cuando el nene se come el postre reservado para el día siguiente. El tipo estaba acuclillado junto a lo que parecía una cañería destrozada.
-Disculpe, es que estoy muy apurado. ¿Me podría dar las llaves por favor? –supliqué.
El hombre no respondió, pero pude escuchar su bufido a una diametral distancia. Se levantó con toda la pachorra del mundo y lentamente –¡muy lentamente!- avanzó hacia donde estaba yo. Miré mi reloj: seis y cinco pasadas. Calculé unos veinticinco minutos de viaje hasta el Durand, diez minutos más con algún hipotético retraso y me quedaban veinte para hacer una breve pero eficaz visita a Helena. Le había prometido pasar, y si no lo hacía, me lo reprocharía hasta el día en que los ángeles bajaran a buscarme.
-¿Coche?
-Mondeo gris, el del fondo –contesté rápidamente. Es gracioso, pero uno cuando está apurado, habla apurado; como si eso implicara un ahorro temporal.
El hombre me miró con aburrimiento por encima de los lentes.
-Acompáñeme, tengo que mover uno que está adelante.
Un intenso calor me abrasó el rostro. Asentí, desviando la mirada hacia la calle para putear en silencio.
-Señor…
-¡Qué! –escupí con mal genio. Al ver el rostro contraído del pobre tipo, me disculpe-: Perdone, ando nervioso, mi hermana está por dar a luz y ando con los cables cruzados…
-Si, está bien, está bien… ¿Me va a pagar ahora o se lo fío? –ironizó sin darme ni cinco de bola.
Metí violentamente la mano en el bolsillo interior del saco y extraje la billetera. Mientras lo hacía no despegué la vista de su cara anteojuda y desproporcionada.
-¿Cuánto? –pregunté.
-Treinta y dos; y, por favor, págueme con cambio porque no tengo.
Billetes de cien, cuatro putos billetes de cien. Intenté que se apiadara de mí.
-¿Se lo puedo pagar mañana?, vengo todos los días…
Me cortó en seco, golpeando la ventanilla con el dedo sobre un cartelito que decía: “No se fía, por cábala.”
-¡La puta madre! –exclamé. En ese momento recordé que en la guantera tenía algunos billetes sueltos. Con suerte me alcanzarían para pagar-. En el auto tengo la plata.
Me acompañó a paso de tortuga, hasta el coche. En la parte trasera del garaje, había una humedad que pudría los huesos. ¡Es asqueroso como mantienen ese lugar! Sin perder tiempo, mientras el encargado ponía en marcha el Renault 12 que estaba pegado a la trompa de mi Mondeo, subí al coche y encendí el motor. Al iluminarse el estéreo, leí el destello fosforescente: 18:17. Estaba, prácticamente, hasta las pelotas.
Los dos bocinazos del tipo del Renault me despabilaron y me pusieron en acción. Camino a la salida, le aboné con lo justo y, en menos de lo que moja el agua, estuve afuera.
El tránsito en calle era un desastre. Colectivos, autos (pequeños, medianos, grandes, extragrandes), motos, bicicletas, repartidores en patineta. El semáforo cambió a verde después de una eternidad y pico. Avancé a paso de hombre hasta Cerrito y doblé a la derecha. Una vez que agarrara Rivadavia, estaba salvado; el resto del viaje se hacía solo.
Cuando creí que todo se había resuelto: semáforo en Mitre. Di un golpe al volante y me recliné en la butaca. Cerré los ojos, respiré hondo y encendí la radio. Una locutora con voz sensual, informaba: “…son las seis y veinticuatro de la tarde en la ciudad de Buenos Aires; en el acceso oeste a capital, el tránsito es…” La apagué antes de que me brotara la ira. ¡Qué podrido estaba de esperar! Ni siquiera estando en auto uno se salva de los contratiempos. Miré el semáforo, y seguía en rojo. Avancé un poquito sobre la senda peatonal. En un segundo pasaría a amarillo. Avancé otro poco. Mi atención estaba clavada en los faroles del semáforo. Cuando intenté adelantarme unos centímetros más, el Focus que venía cruzando embistió contra la trompa del Mondeo, de perfil. Eso fue a las seis y veinticinco. La ambulancia llegó diez minutos después. Por suerte, tanto yo como la mujer del Focus, no sufrimos daños muy graves. La pierna derecha me dolía insufriblemente; pero, como un idiota, seguía pensando en que llegaría tarde para visitar a Helena.
Los paramédicos me subieron a la ambulancia y me trasladaron al hospital más cercano: el Fernández. En ese momento me resigné y me libré a los caprichos de mi mala suerte. Durante el viaje, para distraerme, oí lo que conversaban el acompañante con el chofer:
-Negro, siete menos diez; llegamos al hospital, me cambio y rajo, ¿eh? Hoy no hago extras porque mi jermu me mata. Le prometí que a las ocho en punto estaba en Ramos Mejía. Primero tengo que pasar por casa, darme una duchita rápida y vestime más o menos para una cena, viste. Esperemos que una hora me alcance para todo eso…
Editado por D.Vitrubio - 06.01.2009 09:40 hs.