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Tres personajes.

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    The Spectre escribió hace 1 año
     
  • Usuario inexistente escribió hace 1 año ¿Mensaje inapropiado?

    #11 Re: Tres personajes.

    UN PARAÍSO EN EL VALLE DE PUNILLA



    LA LLEGADA

    El sendero serpentea ondulante ascendiendo por la sierra en medio de algarrobos, manzanos del campo, molles y cocos, enredados en zarzaparrillas de frutos rojos y flores pequeñas, amarillas, azules... El aroma de las plantas entra por las ventanillas abiertas del automóvil.
    En un giro del sendero aparece en medio de los árboles la casa de té de la señora Ema, una espaciosa confitería con grandes ventanales bordeados de cortinas a cuadros rojos y blancos. A un costado, rodeada de flores, una pileta de natación y un poco más arriba se encuentran las cabañas para huéspedes y la casa principal, una antigua casona de estilo colonial.
    El coche se estaciona frente a la confitería y descienden dos mujeres: son la hija y la nieta de Ema que vienen de Buenos Aires.
    La llegada de ambas mujeres sorprende a la dueña de casa; luego de saludarse, bajan las valijas y se dirigen hacia la casona. Las visitantes se instalan en un cuarto y después bajan al comedor.
    El hermoso espejo que adorna una de las paredes del comedor refleja la figura de las tres mujeres sentadas alrededor de la mesa cubierta con un mantel blanco derramado de rosas rojas bordadas. El juego de té, de plata, brilla con más intensidad bajo la luz de la araña formada por caireles hexagonales.
    Permanecen silenciosas en torno a la mesa. La mayor, Ema, alta y delgada, el rostro anguloso, el pelo blanco corto, se sienta erguida con la espalda alejada del respaldo labrado de la silla oscura. Todo en ella revela a la persona a la que no se le discuten las órdenes.
    A su lado su hija, Emilce, sorbe lentamente el té, la cabeza cubierta de rulos rojos, el rostro maquillado en exceso en una lucha perdida con la edad, alta y delgada como su madre, pero con el aspecto de un ave con un ala lastimada, los ojos fijos en el mantel, como si esperara que las rosas se cayeran de la mesa. Frente a ellas su hija, Eva, una muchacha veinteañera muy parecida a su abuela que mira con cara de aburrida a través de los amplios ventanales que dan al bosque.
    Ema espera en silencio a que su hija le explique los motivos de la sorpresiva visita; la hija no encuentra las palabras, le teme a su madre desde siempre.
    Ema alarga el silencio, erguida en su silla. Se imagina que la llegada de Emilce, después de tantos años sin verla, traía algún problema. Su hija, siempre insegura, temerosa, la ponía nerviosa. No soportaba a los débiles. Mientras esperaba que empezara a hablar – ella no pensaba ayudarla- miraba a su nieta, trataba de saber como era. La encontraba parecida a ella, menos en los ojos, oscuros y con largas pestañas.
    Eva miraba sin ver a través de la ventana. Ema se daba cuenta de que no veía toda la belleza que la rodeaba, estaba incómoda, aburrida y no lo disimulaba; tal vez eso mostraba que tenía carácter, se esperanzó la abuela.
    El silencio se hacía largo, pesado y Ema comenzaba a impacientarse, tenía muchas cosas que hacer todavía y ya hacía rato que había oscurecido. Debía bajar a la cocina para controlar que todo estuviera listo para la cena de los huéspedes.

    EMILCE

    Emilce, sin levantar la cabeza comenzó a hablar, a explicarle a su madre el porqué de su presencia allí: sí había fracasado una vez más. Su marido la abandonó para irse con una jovencita y antes de marcharse la había dejado prácticamente en la calle.
    Cuando Emilce terminó su relato se sintió exhausta. Con cada palabra revivía el infierno en que había vivido esos años en los que fingía que todo era perfecto.
    Ahora ya estaba, ya su madre sabía que había fracasado otra vez.
    Ema no le había perdonado nunca que dejara de estudiar para casarse con alguien que consideraba era un pobre infeliz. Y ahora venía a decirle que tuvo razón, que su marido había resultado un canalla.
    Ema se levantó sin hacer ningún comentario.
    -ya vuelvo, tengo que atender la cocina, dijo y salió de la casa rumbo a la hostería.
    Cuando la abuela salió del comedor Eva se levantó en silencio y subió al cuarto dejando a su madre sola. Emilce volvió a posar su mirada en el mantel, mientras las lágrimas corrían por su rostro y sus hombros se inclinaban agobiados.

    EVA

    Eva disfrutó al ver a su madre humillada ante su abuela. Ella tenía la culpa de que su padre se hubiera marchado. No creía una palabra de todo lo que Emilce decía, se habían quedado en la ruina mucho antes de que su padre se fuera y fueron los reproches de su madre los que lo alejaron, echándolo en los brazos de otra mujer, pensaba con rabia.
    Ahora, tirada sobre la cama. se puso a observar todo lo que la rodeaba: las dos camas de finísima madera, una cómoda sobre la que reposaban adornos de cristal, los cortinados de brocato azul, sujetos por cordones color marfil. No recordaba nada de las pocas veces en que había venido a ver a su abuela, hacía muchos años de la última vez; ella era muy chica. Ahora ya tiene edad para valorar todo lo que ve.
    No se imaginaba que su abuela tuviera tanto dinero... tal vez su madre por una vez había tenido una buena idea al venir aquí. Es cuestión de conquistarse a la vieja, pensó, pero se dio cuenta de que no iba a ser tarea fácil. Por ahora, observaría todo con atención, después vería que podía hacer.

    EMA

    Ema, parada a la entrada de la casa de té saludaba a sus huéspedes con una sonrisa amable. Para cada uno tenía una palabra que lo hacía sentir especial; recordaba todos los nombres de sus huéspedes y se comportaba como una anfitriona perfecta. Todos respondían halagados y se ubicaban en las mesas ya preparadas, con manteles rojos, platos blancos, copas altas de cristal. Una vez todos ubicados, se dirigía a la cocina; en el trayecto se le extinguía la sonrisa; trataba al personal con dureza, no toleraba imperfecciones en nada de lo que la rodeaba. El cocinero tenía que tener los platos listos, las mucamas debían estar impecables en sus trajes de aldeanas, el cabello perfectamente recogido bajo las cofias y las caras con las sonrisas preparadas.
    Lo único que Ema amaba era la sierra, el bosque, el arroyo que corría ahí nomás, cerca de la hostería. Siempre había vivido allí, en la antigua casona que sus padres habían construido y donde ella había nacido. Amaba esa casa. Sus muebles, sus cortinas, las alfombras. Había podido mantener la casona gracias a la hostería y luego a las cabañas. Sabía que tenía un nombre en la hotelería y no iba a permitir que ningún empleado desatento enturbiara ese nombre.
    Mientras controlaba todo, pensaba en su hija y en su nieta. Ella estaba muy bien allí en la sierra, sola, no quería la compañía de nadie y menos la de la llorona de su hija. De su nieta no sabía casi nada, hacía tanto que no la veía, tal vez valiera la pena observarla y ver como era.

    EMILCE

    El silencio despertó a Emilce. En un primer momento no supo donde se encontraba.
    Hasta que recordó todo y se largó a llorar. Los cortinados oscuros tapaban un paisaje que conocía desde la niñez y que odiaba. Odiaba la tranquilidad de la sierra, había huido en cuanto pudo de ese lugar y ahora estaba nuevamente aquí en medio del silencio y otra vez cerca de su madre. Recordaba la forma en que trataba a su padre, como lo había empujado a refugiarse en la bebida huyendo de esa mirada siempre despectiva. Siempre que pensaba en su padre, todo el amor que había sentido por él reaparecía. ¡Lo había admirado tanto! Para la niña que había sido, su padre era un príncipe, bello y cariñoso, siempre dispuesto a charlar con ella, siempre con una sonrisa, hasta que la bebida lo fue transformando en un hombre triste y silencioso, una sombra ausente en la casa; cuando murió ya hacía mucho tiempo que lo había perdido.
    Como hacía mucho que había perdido a su marido, mucho antes de que se fuera y muchas veces veía en la mirada de su hija la misma expresión orgullosa y despectiva que tenía su madre.
    Haciendo un esfuerzo se levantó de la cama.
    Cuando bajó al comedor, con el pelo mojado y la cara lavada, su madre y su hija estaban ya desayunando, y conversaban animadamente.
    Ema la miró y no pudo menos que reconocer que se la veía mucho más joven que el día anterior. Cuando Emilce se sentó a desayunar ella se levantó para iniciar sus tareas del día en un mudo reproche por la tardanza de su hija.
    Emilce y Eva quedaron solas y como les ocurría siempre ninguna de las dos sabía que decirle a la otra por lo que ambas siguieron desayunando en silencio. Hacía mucho que no se sentaban a comer juntas. En Buenos Aires cada una hacía su vida, y casi no se veían y ahora, aquí en la sierra, eran dos extrañas sentadas a una mesa desconocida.
    Cuando terminaron de desayunar, Eva salió a caminar. Emilce se quedó sola en la casa, rodeada de esos muebles que habían acompañado su niñez: todo estaba igual, su madre no había cambiado un solo objeto de lugar. Sintió que el tiempo se había detenido en esa casa; desolada volvió a su cuarto y se tendió en la cama.

    EVA

    Eva caminaba junto al arroyo, mirando las piedras que anidaban en su lecho. Todo le parecía hermoso. Los árboles, el agua, el silencio, sintió una paz que no había experimentado nunca. Sentada en una piedra se puso a pensar en su abuela, en el paraíso en el que vivía y deseo quedarse a vivir en ese paraíso. Ahí sentada decidió que haría cualquier cosa para que este lugar fuera de ella, porque este era su lugar. Se levantó y con paso decidido volvió a la casona. Fue recorriendo lentamente todos los cuartos, admirando los cuadros que adornaban las paredes, las alfombras, las arañas. Entró al cuarto de su abuela: aún conservaba su cama matrimonial, de bronce bruñido, una mesita de luz a un costado, la cómoda sobre la que solo había un cepillo y un peine. Salió silenciosamente del cuarto y siguió recorriendo la casa .Llegó al living y se sentó en un mullido sillón de pana azul. Hizo mentalmente un nuevo recorrido por la casa. Todo lo que había en ella era de buen gusto y caro, todo tan limpio y ordenado que parecía una casa deshabitada. No había en toda la casa una sola foto, y pensó en ese abuelo que no conoció.
    Su madre nunca hablaba de su familia, ni de su niñez.
    Ellos en Buenos Aires, habían vivido siempre bien, pero no tenía idea de que su abuela tuviera una casa así. Pensativa, salió de la casa y fue hacía la hostería, en busca de Ema.

    EMA

    Ema estaba en su oficina trabajando, levantó la cabeza y vio venir a su nieta. Cada vez que la veía sentía un enorme placer. La miró con atención: caminaba erguida, con paso seguro, elegante aun en los jeans gastados y con el pelo atado con descuido. Era ella cuando tenía veinte años, la que avanzaba por el sendero, tan feliz, recién casada con el hombre más hermoso, el que la hacia reír hasta las lágrimas, el que le enseñó lo que era el amor. Había sido tan dichosa en esos primeros años. Enseguida nacieron los hijos. Y ella sentía que no se podía ser más feliz. Hasta que de pronto un día todo se vino abajo. Descubrió de manera casual que ese hombre maravilloso se acostaba con todas las mujeres que se cruzaban en su camino; todo su amor se convirtió en odio y después en desprecio. Solo pensó en vengarse. Envió a su hija a un colegio privado de Córdoba y se dedicó pacientemente a destruirlo. No volvió a dirigirle la palabra, no aceptó excusas ni disculpas. Cerró la puerta de su cuarto y lo confinó al cuarto de huéspedes. Él comenzó a beber y ella se encargó de que en la casa hubiera bebidas en cada mueble, sobre cada mesa, siempre al alcance de la mano de su marido que terminó siendo una piltrafa detestable que vivió sus últimos días encerrado en su cuarto, siempre con una bebida a su lado que ella le proveía en abundancia, siempre en silencio, con desprecio.
    Vivieron esos años con el dinero que le habían dejado los padres a Ema. Cuando murió su marido, con el dinero del seguro, construyó la confitería, que pronto se hizo famosa por los postres que Ema preparaba con recetas que de la cocina alemana que había heredado de su abuela. Cuando construyó la confitería empezó para ella una nueva vida, pero tantos años de odio la habían dejado reseca por dentro. Se dedicó por completo a la hostería y cuando pudo hizo construir las cabañas, que ahora permanecían ocupadas todo el año. Hizo volver a su hija pero ella no se hallaba en la tranquilidad de la sierra y en cuanto pudo se fue a la ciudad. No la extrañó. Se había acostumbrado a la soledad y no quería amar a nadie otra vez, ni siquiera a su hija.
    Ahora veía como Eva se acercaba y por primera vez en su vida sintió miedo. Percibió que esa chiquilina la volvía vulnerable y eso no le gustaba.

    EMILCE

    Pasaron los días. Emilce vagaba por la casa como un fantasma. Miraba por los ventanales a los turistas que rodeaban la piscina, hasta ella llegaban las risas y el murmullo de las conversaciones. Eran en su mayoría personas mayores, que disfrutaban de la tranquilidad de ese lugar y rara vez bajaban a la ciudad. El lugar era un centro de descanso para gente que disfrutaba de todo lo que ella odiaba.
    Emilce amaba la ciudad. Le encantaba la noche, el cine, el teatro, los conciertos. Rara vez se perdía la inauguración de una exposición o la presentación de un libro. Había intentado pintar, pero no tenía paciencia ni talento y pronto abandonó, pero amaba el mundo de los artistas y los escritores. Ahora se sentía encarcelada en la hermosa casona rodeada de árboles. Y tan sola. Su madre y su hija se habían vuelto inseparables. Eva estaba todo el día con su abuela: comenzó a ayudarla en la administración del complejo y a preparar los postres de la cocina alemana que su abuela le enseñaba a hacer; estaba transformada. La joven malhumorada de Buenos Aires se había convertido en una muchacha atenta y cordial con todo el mundo, de dormir hasta el mediodía como hacía en la ciudad ahora se levantaba incluso antes que Ema y cuando esta llegaba al comedor se encontraba con el desayuno preparado por su nieta. Las dos conversaban animadamente, dejando de lado a Emilce, que pronto renunció al esfuerzo de madrugar para desayunar con ellas y se quedaba en la cama hasta el mediodía. Cada día le costaba más levantarse, cuando lo lograba bajaba a la cocina a prepararse un jarro de café que bebía mientras fumaba el primer cigarrillo. Después comenzaba a dar vueltas por la casa, sin ánimo para leer o escuchar música.
    Un día para entretenerse, empezó a buscar en la casa algún recuerdo de su padre. No había ninguna foto pero, pensó, tal vez en algún cajón hallara algo que le hubiera pertenecido.
    Empezó por el cuarto de huéspedes que había sido la habitación de su padre en sus últimos años. Revolvió cajones y estantes. Todo estaba vacío. Revolvió en la biblioteca, no había ningún libro inicialado por su padre. No había nada en ningún lado. Era como sí nunca hubiera existido. Juntó coraje y entró en el cuarto de su madre: sabía que sí la sorprendía su enojo no tendría límites. Pero tal vez eso fuera mejor que la forma en que la ignoraba.
    Revisó con cuidado, con la precaución de dejar todo como estaba. No halló nada. En el alhajero había algunas joyas pero no estaban las alianzas, ni un medallón azul que recordó que su madre llevaba siempre puesto cuando ella era niña y que no le había visto ahora. Era como sí su madre se hubiera mudado ayer a esa casona antigua sin historia.
    Agotada volvió a su cuarto y se tiró en la cama.

    EVA

    Mientras Emilce languidecía en la casona, Eva se convertía en un torbellino. Antes del amanecer ya estaba levantada. Se vestía y salía a recorrer en el frescor de la madrugada “su” paraíso. Caminaba por el sendero, aspirando el perfume de las plantas y las flores. Mientras caminaba iba recogiendo flores silvestres que al regresar a la casa ponía en un florero de cristal, que acomodaba con la vajilla del desayuno. Cuando Ema bajaba ya estaba todo preparado y las dos desayunaban juntas, hablando de las tareas del día. Poco a poco Eva iba siendo imprescindible para Ema. Después de tantos años de luchar empezaba a aflojarse y delegaba algunas tareas en su nieta, que no la dejaba nunca sola. Después de desayunar iban a la casa de té y allí trabajaban juntas. Los huéspedes desayunaban y almorzaban en las cabañas, pero algunos venían a hacerlo en la confitería. Los atendían las mucamas. El honor de recibirlos personalmente, Ema lo reservaba para la noche.
    Una noche Eva bajo a la confitería con un vestido largo, el pelo recogido y un chal cubriéndole los hombros. Ema la vio como una aparición y no tuvo fuerzas para resistir el pedido de la joven. Se quedó en la oficina y Eva, por primera vez, recibió a los huéspedes que se acercaban a cenar. Ema la observaba: la joven era encantadora, tenía una palabra amable y una sonrisa para todos. Los ubicó en las mesas y con una sonrisa se dirigió a la cocina. La sonrisa se le fue borrando en el camino y cuando llegó ordenó al personal que sirviera la cena, después de controlar que todo estuviera perfecto. No iba a permitir que “La casa de Ema “perdiera su prestigio.
    Después volvió al escritorio; encontró a su abuela sentada, pensativa, los hombros inclinados hacía adelante, parecía haber envejecido de pronto. Ella se sentó frente a Ema y las dos permanecieron en silencio. Cuando el comedor quedó vacío Eva se levantó, dio las últimas órdenes al personal y volvió a la oficina. Con gesto cariñoso ayudó a Ema a levantarse y tomada de un brazo la condujo a la casona. Ema se dejó llevar hasta su cuarto.

    EMA

    Ema durmió agitada y se despertó cansada. Por primera vez en su vida deseo quedarse en la cama, no hacer nada, dejar que alguien se ocupara de todo y que no la molestaran.
    Cuando Eva extrañada subió al cuarto, luego de esperar largo rato en el comedor para desayunar, la encontró todavía acostada, el pelo revuelto sobre la almohada, el rostro desencajado. Le preguntó que le pasaba a lo que Ema respondió que se sentía muy cansada, que tal vez estaría por enfermarse de algo. Eva le dijo que se quedara en la cama, le trajo una bandeja con el desayuno, la ayudó a incorporarse y la acompañó hasta que Ema tomó una taza de té. No quiso comer nada. Eva con mirada compasiva le dijo que se quedara en la cama descansando, que no se preocupara por nada, que ella se ocuparía de todo. Ema se quedó tendida en el lecho. Sabía que Eva se podría ocupar de todo. Ahora podía descansar, pensó mientras las lágrimas corrían por su rostro.

    EVA

    Eva salió del cuarto de su abuela y una sonrisa triunfal le llenó la cara. Nunca creyó que iba a resultar tan fácil. No tenía dudas. Este paraíso ya era suyo. Mientras bajaba las escaleras pensaba en como iba a hacer para que la abuela firmara los papeles que la harían dueña absoluta de “La casa de Ema” y de la casona. Tendría que hablar con el abogado de su abuela y convencerlo de que preparara los papeles necesarios. De que su abuela los firmara se encargaría ella. Ahora estaba segura de que sería muy fácil. Cuando iba a salir de la casona, vio a su madre apoltronada en un sofá, mirando hacia la nada. Sus miradas se cruzaron: en los ojos de Eva sólo había odio y desprecio hacia su madre, en los de Emilce una súplica muda que no fue registrada por su hija.

    EMA

    Ema se quedó acostada todo el día, al anochecer su nieta, diligente, le llevó una bandeja con la cena que casi no tocó. Eva dejó la bandeja y partió a atender a los huéspedes. Nadie preguntó por Ema.
    No volvió a dejar su cuarto. Su nieta cada mañana le llevaba el desayuno y luego no la veía hasta la noche en que entraba rápida a dejarle la cena: un torbellino de palabras acompañaba a la muchacha, que la ponía al tanto de las pequeñas anécdotas del día y luego partía a seguir con sus tareas. Los días se hicieron interminables y las noches insoportables. Todos los recuerdos que había sepultado tantos años ahora la acompañaban, se agolpaban como fantasmas que la enloquecían. Amanecía agotada y se quedaba así, en la cama, mirando por la ventana hacia el bosque, después de que su nieta corría los pesados cortinados.

    EMILCE

    La mirada de desprecio de su hija fue lo último que Emilce pudo soportar. Estuvo sentada todo el día en el sillón, sin ganas de levantarse. Pensaba en su padre. Deseaba verlo aunque sea en alguna foto, pero su madre no había dejado nada de él, de la única persona que la había querido de verdad, por lo menos antes de enfermarse. Al atardecer subió a su cuarto. Hacía frío, se cambió de ropa, se puso un suéter y envuelta en un chal de lana salió de la casona. La luna iluminaba el bosque, el restaurante, ya las luces de las cabañas se habían apagado. Tal vez sería más de medianoche, caminó despacio alejándose de la casona, llegó junto a la pileta bordeada de flores. Se agachó y vio su figura reflejada en el agua plateada. Se abrazó al chal que la envolvía. Una suave brisa agitaba los árboles en un sonido que odiaba.
    Se acercó más a la pileta y se dejó caer pesadamente en el agua. El jardinero la encontró a la mañana siguiente y corrió a llamar a Eva. Esta afirmó que había sido un accidente, sin ninguna duda su madre había salido a caminar y debía de haber tropezado en alguna de las piedras y caído a la pileta. Ella no sabía nadar. Tan inútil, pensó.
    El trámite fue rápido. El médico de Ema certificó el accidente y no hubo más averiguaciones. Emilce descansaba en el panteón que la familia tenía en el cementerio de La Falda, para siempre en el lugar que más había odiado en el mundo

    EL PARAÍSO PROPIO

    Eva aprovechó para pedirle al médico que viera a su abuela y que por favor le recetara algo para que pudiera dormir bien: le explicó que últimamente descansaba mal y ahora, después del dolor por la muerte de su hija sin duda sería peor. El médico miró a la joven seria, con ese rostro angelical tan dolorido y no vaciló en recetarle unas pastillas que Eva mandó a comprar a la ciudad.
    Después Eva retomó su rutina habitual. Su abuela no volvió a salir de su cuarto. Permanecía encerrada, incoherente por los sedantes que tomaba.
    Eva convenció al abogado de que su abuela no estaba en condiciones de manejar el complejo. Este llenó los papeles que le otorgaban el manejo de la propiedad a Eva. Ema los firmó y le ordenó que pusiera todas sus propiedades a nombre de su nieta que era la que ahora se ocupaba de todo.
    Como todos los días le llevó el desayuno a su abuela y después de cambiar unas palabras se retiró. Por primera vez al salir del cuarto, cerró con llave. Ema tenía un aspecto deplorable y Eva no iba a permitir que nadie la viera en ese estado.
    Eva era ahora la dueña de “La casa de Ema”, el paraíso era suyo.

    Ángela Rossi

    He editado este texto, corrigiéndolo.Gracias por sus consejos
    Saludos
    Ángela
    Editado por rossiangela - 15.03.2009 08:43 hs. | Motivo: Mensajes unidos automáticamente
  • #12 Re: Tres personajes.

    rossiangela

    Me gustó mucho, lo leí de cabo a rabo de un tirón porquee stá muy bien logrado, las descripciones son precisas y la historia es muy atrapante.

    Mi única sugerencia (que puede ser considerada un gusto personal) es intentar dejar algunas cosas más implícitas, por ejemplo:
    Ema espera en silencio a que su hija le explique los motivos de la sorpresiva visita; la hija no encuentra las palabras, le teme a su madre desde siempre. Ema dominó a todos en la familia y mucho más después de la muerte de su padre; ella fue la que tomó las riendas de la casa: con el seguro que cobró tras la muerte del marido, construyó la confitería que pronto se hizo famosa por los postres preparados por Ema, que había aprendido las recetas de la cocina alemana de su abuela."

    En mi opinión esa información está demasiado explícita, o por lo menos muy amontonada en ese párrafo. Además algunas cosas son redundantes porque se dan a entender luego en el texto (que Ema tenía el control por ejemplo).

    Por lo demás el cuento me pareció muy llevadero e interesante, una buena descripción de personalidades incompatibles.
    Gracias por compartir
  • Usuario inexistente escribió hace 1 año ¿Mensaje inapropiado?

    #13 Re: Tres personajes.

    Hola Diztraido:espero que sigas tu historia,me dejaste intrigada con ese fragmento
    Saludos
    Ángela
    -----Agregado el 12/3/2009 a las 05 : 54 : 45-----
    Hola Diztraido:gracias por compartir, me alegro de que te haya gustado mi cuento .Es posible que algunas descripciones sean algo excesivas,es el entusiasmo por escribir.Voy a releer el texto y ver como corregirlo.
    Saludos
    Ángela
    Editado por rossiangela - 12.03.2009 16:54 hs. | Motivo: Mensajes unidos automáticamente
  • #14 Re: Tres personajes.

    rossiangela, estoy escribiendo lo que sigue. pronto lo subo.
    no hay de qué (por los comentarios)
    -----Agregado el 13/3/2009 a las 01 : 28 : 34-----
    (parte 2)



    Volvió caminando por la vereda, esta vez eligió el camino corto, haciendo una incisión en un pequeño centro comercial donde se aglutinaban tanto restaurantes como prostíbulos incoherentemente disimulados. Las luces de la excesiva cantidad de faroles y de la multitud de vehículos que meteóricamente circulaban por el asfalto no hacían más que desconcertarla.
    Los olores de las cocinas y el sudor que resultaba casi palpable (el de los cocineros y el de las prostitutas que se ganaban el pan con mucho esfuerzo) le jugaron una mala pasada a su estómago, vacío y recientemente anudado.
    El nudo comenzó a gestarse cuando entró en su casilla de mensajes y distinguió las iniciales C. G. M. Guardó este mensaje para el final, y cuando terminaba de responderle a su hermana y proseguía al mensaje de las iniciales su estómago era ya un complejo turístico de nudos, una figura de origami de trescientos cincuenta pliegues.
    Para terminar con el dolor lo abrió y lo leyó sin parar:


    “Sammm, ¿cómo estás? ¿Tomando muchas caipiriñas, mucho sol? ¿Qué tal la playa? Supongo que con el portugués te debés estar defendiendo fantásticamente.”

    ―¡Qué idiota! ¡¿Qué es eso de Sammmm con ochocientas emes?! ¡Parece un estúpido escribiendo así! ―gritó a puro pulmón luego de leer las primeras líneas. Los nepaleses la miraban extrañados, sospechando que recitaba un mantra desconocido cuando repetía―: ¡Estúpido! ¡Estúpido!

    “Bueno como sabrás nuestro amigo Fredi ya partió para Jarvar así que solo quedé yo acá, en mi Buenos Aires querida. Y me estaba preguntando cuándo te podía ir a visitar, porque hace poco vendí un par de cuadros y tengo guita como para pagarme el pasaje hasta allá, pero después estoy en bolas, estoy a la merced del Buda.”

    ―No pasa un mes y éste ya me viene con que me quiere visitar. Dios, ¿dónde me lo fui a buscar?

    “Ooooo, tal vez me puedas amparar de la lluvia y las nevadas en tu casa, y te puedo cocinar alguna de mis especialidades. ¿Qué tal es la carne ahí? Llevo un frasquito de chimichurri que seguro que no tienen en los mercaditos. ¿Hay que darse alguna vacuna? Bueno, ya que estaba en el aeropuerto aproveché. El avión sale dentro de una semana así que calculá que voy a estar llegando este lunes no sino el otro.

    Un Bso,
    Melo, tu caramelo.

    PD: Lo de las caipiriñas y todo eso era un chiste, no te preocupes que el pasaje lo saqué bien, para el aeropuerto de Katmandú.”




    Tuvo que repasar mentalmente esta fecha: este lunes no sino el otro, este lunes no sino el otro.
    ―Eso quiere decir ―pensó mientras volvía―, que tengo hasta el domingo para disfrutar del aire fresco de esta ciudad tan hermosa. El domingo mismo me quito la vida.


    Con Ganesh tuvimos el “honor” de probar la pileta. En mi experiencia, el agua es el agua, acá allá y en todos lados. Un entrenador mío decía: “Si se ve el fondo y tiene un dejo a cloro, entonces es una pileta”.
    Pero en ésta el agua tenía un sabor distinto: a honor, sacrificio, a esfuerzo. Seguramente era yo que me hacía la cabeza, pero casi podía sentir la energía de los nadadores que habían competido y entrenado ahí. Como si todavía estuvieran sus…espíritus en el agua.
    Otra vez se me vino Sami a la cabeza. Cada vez que Ganesh mencionaba algo de su país o entrábamos en un tema cercano a lo esotérico, aparecía Sami. Esa sí que era un verdadero fantasma, una aparición constante. Ya me había acostumbrado a nadar teniéndola en la cabeza, recordando y planteándome cómo hubiera sido…. Ya me había acostumbrado a no tenerla afuera esperando que termine la carrera para darme un beso.
    Extrañamente, nadar pensando en ella me hacía todo más liviano, como si el agua no existiera. Tanto me dejaba ir en su voz y sus gestos que mi tiempo empeoraba notablemente.
    Así que decidí sacármela de encima como fuera, y empecé a repasar mentalmente las caras de las chicas del equipo de natación. Una me había llamado la atención, por sus ojos aleonados y su mirada brillante. Una chica con nariz levemente respingona, y unas pestañas largas y oscuras, como las de…
    Editado por diztraido - 13.03.2009 00:34 hs. | Motivo: Mensajes unidos automáticamente
  • #15 Re: Tres personajes.

    Angela: leí tu historia, me pareció muy buena, la descripción de los personajes hace que uno los imagine y los vea. A lo mejor, como dice diztraido hay algunas redundancias, pero nada que no sea ajustable. saludos.
  • Usuario inexistente escribió hace 1 año ¿Mensaje inapropiado?

    #16 Re: Tres personajes.

    Gracias Eltuko.-Ya tomé nota de lo que me dijo Diztraido y estoy trabajndo sobre el texto.
    Saludos
    Ángela
    -----Agregado el 13/3/2009 a las 08 : 10 : 28-----
    Diztraido: tu cuento parece las novelas por entregas que leía mi abuela. Me quedo esperando el próximo capítulo. Me gusta el uso que haces del lenguaje y los detalles de humor.

    saludos
    Ángela
    Editado por rossiangela - 13.03.2009 19:10 hs. | Motivo: Mensajes unidos automáticamente
  • #17 Re: Tres personajes.

    Ángela, encuentro que es la mejor manera de mantenerme escribiendo, de mantenerme a mí mismo interesado por saber cómo sigue la historia.
    Veremos qué sucede.
  • #18 Re: Tres personajes.

    Angela me gustó mucho tu trabajo, la descripción de los personajes es nítida y como lectora me fué fácil visualizar cada fisonomía, hasta llegué a sentir el aire que rodeaba a cada una. Con la descripción del lugar y conociendo mis sierras cordobesas fué grato imaginar el contexto tan familiar. La historia esta muy bien hilvanada, invita a seguir hasta el final y si bien se va anticipando desde un principio que la nieta se va a quedar como dueña, el desenlace llega bien. Coincído en que hay varias ideas repetidas pero es corregible.
    Yo opino como lectora y no como correctora que no soy. He visto a otros integrantes, que se ve que saben, porque aportan mucha riqueza al proceso de aprendizaje. Gracias por este texto Angela, disfruté su lectura mas allá de la tristeza de la trama.
    Editado por dreide - 24.03.2009 18:21 hs.
  • #19 Re: Tres personajes.

    Hola, rossiangela:

    Como siempre, un placer leer tus descripciones, ya de personajes ya de situaciones. ¡Y cada vez mejores!
    Felicitaciones
    Saludos
    ttbaires
  • Usuario inexistente escribió hace 1 año ¿Mensaje inapropiado?

    #20 Re: Tres personajes.

    Gracias Dreide.Es un placer escribir y ese placer se asentúa cuando hay tan buenos lectores.
    Saludos
    Ángela
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