#97 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009
¡Hola chicos!
Voy a dejar posteado aqui el cuento de Dani "Necesidad de Astina", ya que el está sin internet y encima en el ciber tampoco tienen red. Está editado y acortado para poder entrar en votación.
Por lo tanto, queda como un post mio, pero es el cuento de Dani editado.
En breve termino con mis comentarios para poder subirlos.
¡Saludines!
Necesidad de astina
—¡Mamá, el vidrio hace luces! –gritó Anabel corriendo hacia la cocina. Amalia tarareaba una melodía popular mientras cocinaba. Una pequeña radio sobre la mesada sonaba lluviosa y débil. La niña entró a los trompicones con la cara desencajada. —¡Mamá! ¡¿No me escuchás que te grité?! —se quejó Anabel. —Hija, antes que nada, no soy sorda; y, segundo, no tenés por qué andar gritando como una chiflada; venís tranquila y me decís lo que sucede ¿te parece? –sonrió con impaciencia. La niña asintió en silencio; normalizó su respiración y se relajó. —Ahora sí, decime, ¿qué pasa? –la miró Amalia mientras se limpiaba las manos con un repasador. —Má, ¿viste el vidrio ese del living, el que compró papá en la feria antigua? —Sí –asintió sin ganas. “Esos gitanos te venden hasta un buzón”, se dijo. —Bueno, hizo como luces y las personas se movieron. El más grande, ese feo con barba, me miró y gruñó –contó la niña con los ojos a punto de desbordar. La madre levantó una ceja, irónica. —¡Así que se movieron! Mirá vos… Hija, quiero que siempre tengas presente esto: ¡la magia no existe ni va a existir nunca! Ni las brujerías ni los hechizos, tampoco las hadas y los duendes. Con tus siete años no es posible que sigas creyendo en esas cosas, tenés que ser más inteligente –le alborotó los pelos; la niña sonrió con timidez-. No es nada, hija, ¿eh? Andá a jugar, dale. Esta noche te vamos a dejar la comida y no vamos con tu Papá al cine un rato, ¿sí? Anabel, penativa, salió de la cocina y se dirigió al patio evitando pasar por el living. No pudo prescindir de mirar de reojo hacia el interior mientras pasaba de largo por la puerta; el vidrio estaba allí, seco de luces, con las imágenes del Olimpo petrificadas en armonía. “La magia no existe”, memorizó cerrando los ojos. Caminó lo que quedaba del pasillo hasta el patio. Mientras se revolcaba en el jardín con su perro, pensó que todo pudo haber sido una “forma rara de ver”, un error. No podía ser cierto. Ya de noche, Anabel encendió el televisor y se quedó mirando un episodio de Los Simpsons sentada en el sillón del living. La sala era parcialmente alumbrada por la luz del monitor. Homero se encontraba saltando un enorme acantilado subido a una patineta, ya se encontraba a mitad del precipicio cuando se cortó la luz. La niña se quedó mirando en todas las direcciones, abrazando un almohadón en la oscuridad. Se oyó un ruido a su espalda. —¿Mamá? –preguntó al aire en un tono apenas audible. Tras oír el eco de su propia voz en las altas paredes del recinto, el vidrio enmarcado sobre la pared se encendió como un fogonazo en la soledad de un bosque. Anabel abrió los ojos como platos y, acto seguido, prorrumpió con un agudísimo La bemol que la mismísima María Callas hubiera envidiado. Las figuras en el vitró se agitaron; el gigante de barba asomó su cabeza hacia fuera de la plancha grabada y gritó: —¡¡Silencio!! La chica enmudeció instantáneamente. —¡Por favor, niña, silencio! ¡Oh, dioses, qué dolor de cabeza! ¡Ese pintor endemoniado que nos metió ahí! ¡Ay de él si lo alcanzara mi rayo! “¡Vivan, dioses, vivan!” Como si fuera fácil estar comprimido en una lámina de cristal… No me dolía tanto la cabeza desde que parí a Palas, ¡Madre mía! Oye, tú, tráeme agua y algo que me calme, ¿quieres? –dijo asiéndose el cráneo con ambas manos. A su tiempo, Poseidón salió y se sentó frente a la pecera iluminada; parecía animado y dispuesto. Anabel notó, con la mandíbula a punto de írsele, que los peces se pegaban al vidrio y… ¡conversaban con él! El Dios mayor se inquietaba. —Oye, pequeña –dijo calmo. La niña lo miró y éste dio el remate-. ¡Te he pedido una cura y no haces más que estar parada como una *boba mirando todo el teatro! Anda, de una buena vez –concluyó, moviendo la mano con desdén. Anabel corrió hacia la cocina, llenó un vaso con agua, agarró la tableta de Tafirol y volvió como un rayo al living. —¿Qué es esto? –dijo Zeus con aprensión. —Una aspirina –balbuceó la niña. La mano del gigante equivalía al tamaño de Anabel entera. Ésta se dio cuenta de que ahora la sala estaba más concurrida que hasta hacía un rato: Melpómene y Calíope miraban por la ventana hacia la calle y conversaban entre ellas como señoras de barrio. Pensó que sus padres llegarían en cualquier momento y… —Oye –dijo el barbudo con una sonrisa-. Así que astina, ¿eh? Pues quiero todas las que tengas. La niña sonrió con amabilidad y le dio la tableta entera. Le explicó el sistema del blister y éste, conforme, le dio las gracias. “Clack”, sonó la primera vuelta de llave. Inmediatamente, Anabel les pidió que se marcharan, que sus padres no podrían comprenderlo nunca. Los dioses, que ya se habían acomodado, le hicieron caso y volvieron al grabado de la pared. La luz dorada se extinguió y la natural volvió a aparecer. Mientras Homero se recuperaba de su caída, Amalia y Marcos se acercaban al living. —¿Anabel? –llamó el padre-. ¿Estás despier…? —¡¿Qué pasó acá?! –chilló la madre-. ¿Entraron a robar, Anabel, estás bien? ¡Marcos, entraron a robar! —Má, Pá, estoy bien, no entraron a robar nada, fue… Sultán, que se puso malo porque se asustó cuando se apagó la luz. —¡Hm!, ese perro, ya lo voy a agarrar. ¡Qué desastre! –se lamentaba la mujer-. Necesito una aspirina, urgente. —¿Qué es esa mancha en la pintura? –observó Marcos, acercándose al dibujo. Amalia, mientras tanto, buscaba un aliciente en la cocina. —Marcos, ¿adónde metiste el Tafirol? –gritó. El hombre, al interpretar la mancha, pálido giró la cabeza hacia la niña. Boqueó sin emitir sonido; Anabel se llevó el índice a la boca y, con una bonita sonrisa, dijo: —¡Shh! Después te cuento. En un pliegue de la túnica de Zeus, se leía bien grande: Tafirol.
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