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Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

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Hola Eltuko: me gusta tu relato, sobretodo la descripción de ese pueblo separado por las ...6

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    Ana Alonso escribió hace 6 meses
     
    #1 Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009
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  • #51 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Hola Eltuko: me gusta tu relato, sobretodo la descripción de ese pueblo separado por las vía del ferrocarril, igual a tantos pueblos donde esa división se da realmente.
    Lo que no puedo imaginarme es porqué el Diablo querría que esa desunión desapareciera,me parece una buena acción que fracasa por la mezquindad de los vecinos,que son castigados haciendo desaparecer al pueblo.Es un diablo raro el tuyo.
    Saludos
    Ángela
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  • #52 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Originalmente publicado por rossiangela Ver mensaje
    Hola Eltuko: me gusta tu relato, sobretodo la descripción de ese pueblo separado por las vía del ferrocarril, igual a tantos pueblos donde esa división se da realmente.
    Lo que no puedo imaginarme es porqué el Diablo querría que esa desunión desapareciera,me parece una buena acción que fracasa por la mezquindad de los vecinos,que son castigados haciendo desaparecer al pueblo.Es un diablo raro el tuyo.
    Saludos
    Ángela
    Jajaja, si Ángela es un diablo raro, no tenía la intensión de aclarar mucho para no entrar en polémica ni herir sensibilidades; pero mi concepto de la iglesia no es muy bueno. El veinticuatro es un pequeño paraje en el interior del Chaco dividido por las vías, y si bien se refieren constantemente a los de éste y los del otro lado de la vía, no están peleados entre ellos; pero me sirvió de inspiración. Saludos.
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  • #53 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    El Tuko: mi concepto de la iglesia es un poco peor que el tuyo, estoy segura.Me encantó ese diablo bueno
    saludos
    Ángela
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  • #54 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Entré a ver cómo andaban las cosas y leyendo los últimos comentarios me dije: "¿de qué diablos están hablando?", así que empiezo por el último cuento. La verdad que me reí mucho con el pueblo que se fue al diablo. Lindo cuento, se lee de corrido, aunque por momentos parece que se le complica al autor comunicar de cuál de las dos partes en que está dividido el pueblo está hablando. Creo que la intensión es contar desde afuera, pero por momentos me pareció que estaba narrado "desde este lado", al menos esa fue la impresión que tuve cuando lo leí por primera vez; cuando lo volví a leer esa impresión desapareció, y ahora prefiero tomar distancia para volver a leerlo porque no quiero confundirme; trataré de leerlo de nuevo cuando esté más despejada.
    eltuko, aparte de estas cuestiones de punto de vista, que son muy relativas, enocntré un detalle que vos verás si tenés que corregir:

    -Sí, ya lo sé -contestó sonriendo comprensivamente-, he sido víctima durante siglos de una campaña en mi contra; pero ésa es una cuestión de márketing al que no le doy mayor importancia. Hoy, y durante los siguientes tres domingos -continuó con voz cada vez más potente-, voy a hablarles de la importancia de estar unidos, no sólo los del otro lado; sino también los de éste lado de la vía.

    Sería: "es una cuestión de márketing a la que no le doy mayor importancia." Supongo que es un errror de tipeo. Y el punto y coma me parece que tendría que ser coma.

    Bueno, eso es todo por ahora. Muy linda historia.

    Aclaro: lo volví a leer y entiendo que cada pueblo está llamado por su nombre. Al nombrar a "los de este lado" automáticamente me ubica como lectora en ese preciso lugar, no "en el otro", de ahí la confusión, pero el cuento está perfectamente narrado y soy yo la distraída. No sé si con esto aclaro algo o lo complico más, pero en todo caso sólo tengan en cuenta que el cuento me gustó mucho.
    Editado por Ana Alonso - 04.06.2009 23:32 hs.
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  • #55 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    EL HUECO



    La boca del subte se abre a la noche, a la llovizna que hace brillar las baldosas. Una muchedumbre sube las escaleras y sale de la calidez del túnel a la intemperie de la calles, rumbo a sus hogares o a sus tareas.
    Sorteando a la multitud Jonathan (¿trece, quince años?), mirada dura de hombre gastado, baja hacía el andén y lo recorre, esquivando a los que se apuran a salir del último subte de la noche; pronto se cerraran las rejas hasta la mañana siguiente.
    Karina, unos seis años, enormes ojos negros asustados, baja del coche con un puñado de estampitas en la mano; con andar temeroso se dirige hacía el fondo del andén, mas allá de las escaleras.
    Allí encontraron un hueco que les sirve de protección; se alegra de encontrar a Jonathan, quien trata de sacarse el frío de las largas horas pasadas en la calle, vendiéndoles rosas a los transeúntes.
    Juntos llegan Mirella y Juancito, que se encontraron bajando las escaleras.
    Los cuatro se acomodan en el hueco. Se está bien ahí abajo: calentito y protegido, lejos de los peligros de la calle.
    Los tres visten ropas gastadas, que no crecieron con ellos y dejan las muñecas expuestas al frío.
    Mirella no, ella es distinta: otra es su historia. Viene desde José L. Suárez dónde tiene una madre y una casa. El padre hace años que las abandonó y la madre trabaja con cama adentro, regresa a su casa los domingos; el resto de la semana la nena los pasa sola en la casa. Ya terminó la primaria y, un día aburrido tomó el tren y llegó al centro. Por primera vez en su vida veía los altos edificios, la gente apresurada, los negocios con sus vidrieras brillantes. Vio cómo las personas bajaban las escaleras del subte y las siguió: se quedó parada mirando lo que hacían, después sacó un boleto y se subió a una formación: viajar por las entrañas de la tierra fue para ella una revelación.
    El primer día volvió a su casa a dormir. Después, conoció a los otros chicos que le enseñaron el hueco y se sintió tan acompañada que ya no volvía a su casa hasta el domingo, en que se encontraba con su madre, que le daba dinero y se iba a dormir, agotada.
    Nunca le preguntaba que hacía cuando ella no estaba y Mirella nunca le contó.
    Karina y Juancito tienen “tíos “que los hacen trabajar repartiendo estampitas o pidiendo limosna en distintos sitios de la ciudad. Por la mañana deberán rendir cuentas, entregar las monedas que han juntado y reiniciar su tarea
    Jonathan es el mayor y se siente importante protegiéndolos. Él escapó de la pieza de una casa tomada donde vivía con sus padres: harto de los golpes que el padre les propinaba a él y a su madre, un día se fue de la casa y nunca regresó. Durmió en las plazas, pidió limosna, vendió estampitas; ahora se hizo amigo de un señor que todas las mañanas pasa con una camioneta repartiéndole a los chicos rosas o jazmines, envueltos en celofán, que ellos trataran de vender a los automovilistas, a los transeúntes y, a veces, los más osados, entraran en alguna confitería donde venden hasta que los mozos los echan.
    Aprendió a defenderse de los otros pibes, a desaparecer cuando veía un uniforme cerca. El frío lo llevó una noche a bajar las escaleras del subte. Anduvo caminando por el andén buscando un rincón donde esconderse para pasar la noche y encontró ese hueco, bajo una escalera que ya no se usa.
    El hueco se convirtió en su hogar.
    Cuando las luces se apagaban y las rejas clausuraban las entradas, él se sentía protegido, seguro como nunca lo había estado antes. Pensaba que las cosas le iban bien. El tipo de las flores era amable y le dejaba la mitad de lo que ganaba. Ahora podía comer todos los días y hasta comprarse algo de ropa.
    Recostado contra la pared hacía planes para el futuro.
    Están los cuatro juntos ahora. Juancito tiene las manos rojas de frío y tose mientras se limpia los mocos con la manga del buzo. Karina se adormece antes de que las luces se apaguen: ir y venir todo el día recorriendo los vagones atestados de gente, con ese ruido que la estremece, la deja agotada.
    Jonathan saca una botella de gaseosa y unos emparedados de la mochila que siempre lo acompaña.
    Reparte sus tesoros con sus amigos: los cuatro comen y beben en silencio.
    La estación ya está desierta. Oyen como las rejas se cierran, las luces se apagan.
    A oscuras guardan todo y se acomodan para dormir. Karina le toma la mano a Mirella y murmura” qué bien se está aquí”.Poco después duerme tranquila, mientras las mejillas de Mirella se mojan de lágrimas
    No sabe si llora de tristeza por estar tan lejos de su casa o de alegría por haber encontrado a sus amigos y sentirse, por primera vez en su vida, acompañada.

    837 palabras
    * la llovizna hacía brillar las baldosas
    * viajar por las entrañas de la tierra fue para ella una revelación


    Éste cuento no responde al género al género "realismo mágico",aunque los personajes tal vez podrían vivir en Macondo, pero lo subo porque me gustaría recibir sus críticas y comentarios
    Saludos
    Ángela
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  • #56 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Que dura esta realidad, Ángela. Si, realmente no tiene nada de mágica. Cuatro historias que convergen en una sola, y como casi siempre en tus cuentos, la denuncia que no se manifiesta pero está implícita. Qué puedo decirte; al cuento no le vi ningún error para señalar, y el tema me duele, sobre todo porque no estoy haciendo nada para que esas cosas cambien.
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  • #57 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Ana: esa es la impotencia que no sabemos que hacer para que esta realidad cambie.Resistir y denunciar es una manera , de por lo menos visibilizar lo que quieren que nos acostumbremos a ver.
    Gracias por tus comentarios
    Ángela
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  • #58 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Necesidad de astina

    —¡Mamá, el vidrio hace luces! –gritó Anabel desde la sala. Se le quedó una tostada atragantada; escupió bruscamente las migas sobre la alfombra y corrió hacia la cocina.
    Amalia tarareaba una melodía popular mientras cocinaba. Una pequeña radio sobre la mesada sonaba lluviosa y débil. La niña entró a los trompicones con la cara desencajada.
    —¡Mamá! ¡¿No me escuchás que te grité?! –se quejó Anabel.
    —Hija, antes que nada, no soy sorda; y, segundo, no tenés por qué andar gritando como una chiflada; venís tranquila y me decís lo que me tenés que decir, ¿te parece? –sonrió con impaciencia.
    La niña asintió en silencio; normalizó su respiración y se relajó.
    —Ahora sí, decime, ¿qué pasa? –la miró Amalia mientras corría una ollita del fuego; se limpió las manos con un repasador y se sentó a la mesa.
    —Má, ¿viste el vidrio ese del living, el que compró papá en la feria antigua?
    —Sí –asintió sin ganas. “Esos gitanos te venden hasta un buzón”, se dijo.
    —Bueno, hizo como luces y las personas se movieron. El más grande, ese feo con barba, me miró y gruñó –contó la niña con los ojos a punto de desbordar. La madre levantó una ceja, irónica.
    —¡Así que se movieron! Mirá vos… Hija, quiero que siempre tengas presente esto: ¡la magia no existe ni va a existir nunca! Ni las brujerías ni los hechizos, tampoco las hadas y los duendes. Con tus siete años no es posible que sigas creyendo en esas cosas, tenés que ser más inteligente –le alborotó los pelos; la niña sonrió con timidez-. No es nada, hija, ¿eh? Andá a jugar, dale. Esta noche te vamos a dejar la comida y no vamos con tu Papá al cine un rato, ¿sí? Tratá de dormir temprano y no te comas todas las galletitas del neceser.
    Anabel, penativa, salió de la cocina y se dirigió al patio evitando pasar por el living. No pudo prescindir de mirar de reojo hacia el interior mientras pasaba de largo por la puerta; el vidrio estaba allí, seco de luces, con las imágenes del Olimpo petrificadas en armonía. “La magia no existe”, memorizó cerrando los ojos. Caminó lo que quedaba del pasillo hasta el patio.
    Mientras se revolcaba en el jardín con su perro, llenándose de tierra y de baba (que más tarde su madre le reprocharía), pensó que todo pudo haber sido una “forma rara de ver”, un error. No podía ser cierto.
    Ya de noche, Anabel encendió el televisor y se quedó mirando un episodio de Los Simpsons sentada en el sillón del living. La serie no le causaba mucha gracia; pero Bart le caía simpático, por eso la miraba. La sala era parcialmente alumbrada por la luz del monitor. Anabel estaba sentada en posición india sobre los almohadones, bañada por los colores vivos de las caricaturas. Homero se encontraba saltando un enorme acantilado subido a una patineta, ya se encontraba a mitad del precipicio cuando se cortó la luz. La niña se quedó mirando en todas las direcciones, abrazando un almohadón en la oscuridad. Se oyó un ruido a su espalda.
    —¿Mamá? –preguntó al aire en un tono apenas audible.
    Tras oír el eco de su propia voz en las altas paredes del recinto, el vidrio enmarcado sobre la pared se encendió como un fogonazo en la soledad de un bosque. Anabel abrió los ojos como platos y, acto seguido, prorrumpió con un agudísimo La bemol que la mismísima María Callas hubiera envidiado. Las figuras en el vitró se agitaron; el gi­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­gante de barba asomó su cabeza hacia fuera de la plancha grabada y gritó:
    —¡¡Silencio!!
    La chica enmudeció instantáneamente.
    —¡Por favor, niña, silencio! ¿Es que acaso eres sorda? ¡Oh, dioses, qué dolor de cabeza! ¡Ese pintor endemoniado que nos metió ahí! ¡Ay de él si lo alcanzara mi rayo! “¡Vivan, dioses, vivan!” Como si fuera fácil estar comprimido en una lámina de cristal… No me dolía tanto la cabeza desde que parí a Palas, ¡Madre mía! Oye, tú, tráeme agua y algo que me calme, ¿quieres? –dijo asiéndose el cráneo con ambas manos mientras tomaba asiento en una silla al costado de una biblioteca. A su tiempo, Poseidón salió y se sentó frente a la pecera iluminada; parecía animado y dispuesto. Anabel notó, con la mandíbula a punto de írsele, que los peces se pegaban al vidrio y… ¡conversaban con él!
    El Dios mayor se inquietaba.
    —Oye, pequeña –dijo calmo. La niña lo miró y éste dio el remate-. ¡Te he pedido una cura y no haces más que estar parada como una ­boba mirando todo el teatro! Anda, de una buena vez –concluyó, moviendo la mano con desdén.
    Anabel corrió hacia la cocina, llenó un vaso con agua, agarró la tableta de Tafirol y volvió como un rayo al living.
    —¿Qué es esto? –dijo Zeus con aprensión.
    —Una aspirina –balbuceó la niña.
    La mano del gigante equivalía al tamaño de Anabel entera. Ésta se dio cuenta de que ahora la sala estaba más concurrida que hasta hacía un rato: Melpómene y Calíope miraban por la ventana hacia la calle y conversaban entre ellas como señoras de barrio. Pensó que sus padres llegarían en cualquier momento y…
    —Oye –dijo el barbudo con una sonrisa-. Así que astina, ¿eh? Pues quiero todas las que tengas.
    La niña sonrió con amabilidad y le dio la tableta entera. Le explicó el sistema del blister y el dios, conforme, le dio las gracias.
    “Clack”, sonó la primera vuelta de llave.
    Inmediatamente, Anabel les pidió que se marcharan, que sus padres no podrían comprenderlo nunca. Los dioses, que ya se habían acomodado, le hicieron caso y volvieron al grabado de la pared. La luz dorada se extinguió y la natural volvió a aparecer.
    Mientras Homero se recuperaba de su caída, Amalia y Marcos se acercaban al living.
    —¿Anabel? –llamó el padre-. ¿Estás despier…?
    —¡¿Qué pasó acá?! –chilló la madre-. ¿Entraron a robar, Anabel, estás bien? ¡Marcos, entraron a robar!
    —Má, Pá, estoy bien, no entraron a robar nada, fue… Sultán, que se puso malo porque se asustó cuando se apagó la luz.
    —¡Hm!, ese perro, ya lo voy a agarrar. ¡Mirá todo este agua, el barro! ¡Qué desastre! –se lamentaba la mujer-. ¡Ay de mí! –expresó-. Necesito una aspirina, urgente.
    La niña se echó a reír como una loca, y Amalia no le dio importancia y se dirigió a la cocina.
    —¿Qué es esa mancha en la pintura? –observó Marcos con intriga, acercándose al dibujo.
    Amalia, mientras tanto, buscaba un aliciente en la cocina.
    —Marcos, ¿adónde metiste el Tafirol? –gritó.
    El hombre, al interpretar la mancha, pálido giró la cabeza hacia la niña. Boqueó sin emitir sonido; Anabel se llevó el índice a la boca y, con una bonita sonrisa, dijo:
    —¡Shh! Después te cuento.
    En un pliegue de la túnica de Zeus, se leía bien grande: Tafirol.

    - - - - -

    20) Los guardaba en el bolsillo que tenía escondido
    22)
    seres de luz que vibran en una dimensión más alta

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  • #59 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Hola Dani: no puedo mas que llenarte de elogios. Me encantó este cuento,tiene imaginación, encanto, humor;hasta el título me pareció genial.Uno empieza a leerlo preguntándose que diablos es astina
    Saludos
    Ángela
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  • #60 Re: Ensalada de Situaciones - Tercera Ronda 2009

    Bueno, este relato excede el límite de palabras por lo que no entra en votación. Voy a ver si puedo postear algo para competir.
    Aclaración: Las cursivas son adrede.




    El sendero de las flores


    Prólogo

    [Aunque ustedes no lo crean, soy yo quien contará esta historia. Trata de un pequeño lugar -que todos poseemos- donde nuestro protagonista eligió guardar aquellas cosas que quería atesorar para siempre.] ***




    El maltrecho autobús sufrió con embates las irregularidades de la carretera terrosa dejando una estela de polvo tras de sí. Enfiló por un largo atajo diagonal que desembocaba en una vieja comarca de estilo decimonónico, absolutamente vasta y despoblada. El paisaje campestre se figuraba en una planicie verde que contrastaba confusamente con el cielo gris debido a la densa niebla matinal. A lo lejos una vieja casona comenzaba a tomar forma; allí era.
    El autobús dio un coletazo y frenó, derrapando los neumáticos. La puerta delantera se abrió de un golpe y un hombre de unos cincuenta años descendió al tiempo que agradecía al chofer por el favor de ahorrarle unos cuantos kilómetros de caminata.
    Rolando era su nombre; su apellido ya no importaba. Comenzó a caminar hacia la casa mientras el ómnibus destartalado se perdía a su espalda, en la polvareda.
    — ¡Aaaaah! ¡Estoy de regreso, sí señor!— gritó hacia el cielo, para que su voz dispersara la bruma gris y lo despejara de una vez por todas.
    Estaba ansioso por volver a encontrarse con Martita y la Nini. Durante mucho tiempo se tuvo que conformar sólo con las fotos de su hijita y de Nini, el amor de su vida. ¿Cuánto había transcurrido ya? ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Treinta, quizá?

    Rolando avanzó por el camino de tierra, y a cada paso el suelo temblaba bajo sus pies, cobraba color. Los motes de hierba seca mutaron, dando paso a las flores que Martita recogía para regalarle a su madre: jazmines, claveles, violetas. Rolando cerró los ojos y aquellas imágenes que guardaba en la memoria tomaron movimiento. No aguantó más y corrió hacia la casa. A mitad de camino se detuvo, como solía hacerlo cuando pasado el mediodía llegaba luego de una ajetreada jornada en el plantío. A su derecha debería estar Nini cosechando tomates y recogiendo lechugas; tal vez fregando la ropa húmeda. Martita correría hacia él, mientras jugueteaba coquetamente con sus dos trenzas.
    Allí, a un costado de la casa se encontraba el sendero de las flores…
    Rolando tuvo que restregarse los ojos para aclarar su visión; en la casa, se decorría desde un costado la cortina de la pequeña ventana y en su lugar se vislumbraba el rostro de un ángel. Era Martita, lo estaba espiando, como cuando volvía de labrar la tierra. Sus manos le temblaban de emoción. Corrió los metros que restaban, y el rostro desapareció. Abrió la puerta y entró.

    — Mami, vuélveme a hacer las trenas, que no me salen
    — TRENZAS, Marti, TRENZAS; ahora te las vuelvo a hacer, espera que termine con los platos.
    Nini era hermosa, a pesar de sus treinta y cinco años contorneaba una figura espléndida. Rolando intentó tomarla por la cintura pero sus manos siguieron de largo ante la imagen, hasta tocarse entre sí.

    — Ma, entonces le diré a Simón que me ayude, él me las hizo la última vez, y quedaron lindas…
    — Cariño, él ahora mismo está ocupado con su trabajo en el jardín, no lo interrumpas. Cuando llegue papi le dices a él.
    Nini dejó el fregadero y salió de la cocina. Martita esperó a que su madre desapareciera para ir corriendo a conversar con Simón, el jardinero de la familia. Al llegar al sector de las flores, lo encontró descansando en la sombra, bajo el cobertizo.
    — ¿Qué dices, pequeña, como te ha ido en el cole hoy? —preguntó Simón alzando a Martita en su regazo.
    — Bien, como siempre, aunque me aburro un poco con los chicos del grado. Están todo el tiempo correteando uno detrás del otro.
    Simón soltó una carcajada.
    — ¿Qué estás haciendo? —preguntó la niña.
    — Arreglando este lugar con muchas flores para que quede bonito como tanto les gusta a ti y a tu madre. ¿Recuerdas el secreto que ambos tenemos?
    — ¡Claro que sí! Enterramos a mi muñeca Clara para que descanse junto a las violetas y los jazmines, porque a ella le gustaban mucho, mucho —Martita observó el enorme sendero de flores de todos los colores que cubrían el lado derecho del jardín—. Y tú me dijiste que desde que la pusimos allí las flores crecen más de prisa, que allí viviría por siempre, porque las flores tienen la capacidad de mantener con vida todo aquello que las rodea.
    — Shhhh, vas a deschavar nuestro secreto —ambos se taparon la boca y rieron a carcajadas.
    — ¿Sabes?, a veces te veo como a mi segundo papi.
    — Ven, que te ayudo con tus trenzas.
    — ¿Cómo lo sabías? ¿Mi mami te contó?—preguntó fascinada.
    — Desde aquí se escucha todo lo que dicen, y se ve todo lo que hacen —respondió Simón con dulzura, acariciando su fino cabello rubio. Al tiempo que comenzaba a armar la primera trenza maltrecha, la niña dio un brinco y salió corriendo hacia la entrada del jardín, allí venía su padre.

    — ¡Papi! ¡Papi! Te estábamos esperando
    — ¿En serio? —preguntó Rolando y la alzó a lo alto, girando, como a ella le gustaba. —No me digas que has aprendido a peinarte sola…
    — No, Simón me estaba por ayudar. ¿Me ayudas a terminarlas?
    — Sabes que no puedo, amor, tengo que almorzar de prisa y volver al campo. Papi está muy ocupado.
    La niña pareció entristecerse pero aceptó el veredicto sin reproches.

    Rolando seguía observando la escena desde dentro de la casa. No podía creer lo que sus ojos veían: ¿cómo podía él mismo estar dentro de la cocina y al mismo tiempo abrazar a su hija afuera en el jardín? Su casa estaba igual de cómo la había dejado hacía años; hasta su hija y su esposa estaban iguales, el tiempo parecía no haber corrido para ellas, no envejecieron ni un poco.
    Estaba desesperado, corrió hacia su habitación; las imágenes caían con furia sobre él: miles de Martitas cantaban, reían, correteaban, lloraban por aquí; miles de Ninis hablaban y caminaban por diferentes compartimientos de su mente, lo amaban, lo odiaban, lo extrañaban… pero si él siempre estaba con ellas, siempre las observaba, siempre las escuchaba, ya formaban parte de él.
    Rolando corrió hacia una de sus hijas e intentó tomarla por los hombros.
    — Martita, mi amor, aquí estoy. Soy tu padre y he vuelto para quedarme con ustedes para siempre. No trabajaré más, pasaré todo el rato con ustedes en casa, porque a ti y a mami las amo más que a mi vida, y las quiero por siempre conmigo ¿lo sabes, verdad?
    La imagen no contestaba. Rolando prosiguió.
    — ¿Por qué no me contestan? ¿Por qué no me miran? ¡Ya no me ignoren, por favor, quiero estar con ustedes! —Martita no reparaba en él. Perdido en una escena anacrónica, Rolando comenzó a perseguir a todos los fantasmas de su hija que representaban caprichosamente partes de una vida ajena que su mente se resistía a olvidar.
    Cuando ya sin esperanzas se encaró con una figura de Martita, ésta le devolvió la mirada:
    — Tu nos mataste… —le dijo con una voz distorsionada—. Estamos enterradas en el jardín, en el sendero de las flores.
    — ¡Nooo! ¿Qué estás diciendo, hija mía? ¡Ustedes no están muertas!
    Rolando corrió desesperadamente hacia el jardín.
    “¿Qué estás haciendo?”
    “Arreglando este lugar con muchas flores para que quede bonito como tanto les gusta a ti y a tu madre. ¿Recuerdas el secreto que ambos tenemos?”
    “¡El sendero de las flores!”, pensó. Corrió hacia allí y comenzó a escarbar con sus propias manos, destrozando las flores que ya no estaban, pero que su mente ponía allí. Penetrando en lugares oscuros; cada trozo de tierra que esparcía eran espacios de su vida que se derrumbaban como la no-materia en un cono de sombra en gravedad cero.
    Los tres cadáveres estaban uno al lado del otro. Tenían los ojos abiertos y lo miraban, como si comprendieran los verdaderos motivos del hecho. Eran como tres fotografías, o tal vez sólo una, familiar, en la que él jamás formó parte.



    Epílogo

    [Las flores siguen allí] Rolando, sentado a un costado de la cama besa la frente de su hija, y la cubre con la frazada.
    — Pa, ¿tú me amas?
    — Claro que si, cariño. Ahora cierra los ojos que papi te contará una historia para que te duermas; la historia de alguien que daba todo por tener una hermosa familia, aún a riesgo de perder su propia vida… ***






    Frases utilizadas:
    - La historia de un lugar

    - Mañanas campestres

    - Miró impaciente hacia la nada, ésta le devolvió el gesto con el más cruel rostro del pasado
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