Re: Nuevo Nuevo Juego Literario - Quinta Ronda 2009.
Dreide: ¡qué buenas frases! Me encantaron.
Posteo un cuentito un tanto largo que, si no logro reducir, quedará fuera de votación; pero pronto escribiré algo para participar. Esto me inspiraron las frases:
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Quizá sea algo que hay en el agua
Aquel sábado de Junio, la noche y la ausencia de Julia me acercaron al mar. Llevaba conmigo medio atado de cigarrillos, una birome y un anotador casi deshojado. Lo primero que hice al bajar a la playa, fue acercarme al mar y contemplarlo hasta comprender su vastedad; esa manía, esa pretensión ingenua de poner en un mismo nivel de grandeza, la naturaleza salvaje de los mares con la naturaleza racional del hombre. “Comprender el mar”, ¡como si tal cosa fuera posible!
Como es costumbre, practiqué el ejercicio tonto de inspirar profundamente hasta meter la sal dentro de mis pulmones… cuando expulsé el aire me sentí torpemente infantil: “no puedo sobornar a mi cabeza con estas idioteces –me dije–. La tristeza sigue trazando su ruta; ya soy casi un ejemplar cartográfico de penurias… y todo por Julia”.
A propósito, soy cartógrafo –además de escritor–: no hay oficio más aburrido, doy fe. Es una cuestión de disciplina mecánica y hartamente puntillosa. Trabajo actualmente en la costa de Nassau para una empresa marítima; pagan bien, pero no es tanto como para saltar en una pata. Me mantiene sin mayores lujos. En mis tiempos libres juego bolos, tenis y pool cuando tengo tiempo, hago sociales con mi gente y me río de banalidades y groserías habituales; pero, por las noches, suelo bajar del hotel y acercarme a la orilla del océano a contemplar la indescifrable naturaleza del agua. Hay días en que llego a la conclusión de que en el mar está el espíritu de lo perdido, lo inaccesible desde el punto de vista pretérito: aquellas malas elecciones que lo cambiaron todo, los viejos comportamientos en los que uno ya no se reconoce, la ambigüedad de la sonrisa y las lágrimas, el tiempo como una lanza que destruye estructuras a su paso, las manos que se estrecharon, los juegos que se perdieron, los amores en su gloria y su decadencia inexplicable; todos los momentos que demandarán un porqué hasta la muerte… porque hay eventos misteriosos en la vida, y esos eventos siempre son invisibles. Todo lo sensible carece de lógica.
Perdí a Julia en un accidente; para aquel entonces era creyente, me emocionaba el neorrealismo italiano de Antonioni y usaba reloj. Algunas cosas no vuelven a su sitio cuando todo se pone patas arriba; otras se trastornan completamente. Por ejemplo, ahora recuerdo la belleza que no pude advertir en las cosas más triviales, como el hecho de adivinar la ternura que ocultaban sus palabras cuando se enojaba, filtrando lo bello a través de sus ojos y del movimiento gracioso de su pelo en el ejercicio de negar. Siempre jugaba con las manos cuando se ponía nerviosa o esperaba alguna palabra tierna; te decía que amaba las margaritas como también las flores que tienen espinas, pero después te afirmaba que jamás te habría podido decir semejante cosa porque odiaba las margaritas y las espinas. Amaba el rumor del agua. Era costumbre acercarnos al mar de noche cuando vivíamos en Gesell. En torno a su boca caprichosa siempre se formaba un anillo color de luna al que era imposible no caer, toda ella era un anillo innegable…
Tengo una máquina de recuerdos incapaz de detenerse. Así, con todos estos tangos al hombro, esa noche escribí líneas y líneas que no llevaban a ningún lado; como las de todos los escritores, ¡manga de cretinos que se la da de sapientes! Ninguno de ustedes ve a Julia en los mares… Ninguno imagina que su alma fue a parar al mar en lugar de ir al cielo. Tal vez algún día alguien imagine a un tipo como yo imaginando a Julia en las olas; es divertido pensarlo. Aquella noche, con esa idea me dormí sobre la arena para despertar en plena madrugada achicado de frío y con el anotador empapado de rocío. Puteé por lo bajo y me acomodé en la arena abrazándome las rodillas, tiritando, con el pelo revuelto y los ojos achinados. La soledad del mar era negra como el cielo; a mi lado estaba sentada Julia, que me oía pensar y no hablaba. Siempre llegaba esa hora en que aparecía y no decíamos nada por respeto a la magia; sólo nos quedábamos mirando el oleaje, como si fuésemos arena. Más tarde, cuando empieza a aclarar el cielo, me alejo hacia el hotel y la dejo que desaparezca sola. Presenciarlo es un martirio.
“Algún día este silencio de aguas no tendrá más hambre”, me digo siempre. Mientras tanto, hay que seguir laburando, meterle pilas en la rutina, dibujar mapas como un topo y dale que va. Seguiré guardando las madrugadas para ser otro, para las revelaciones y la majestuosidad de mis interrogantes (sana soberbia que uno guarda para consigo). Uno debe aprovechar esos espacios, total, la vida es un soplo; el último día está ahí, en algún casillero del almanaque, y cuando me toque, prometo hacer lo que hizo Julia, dejaré mis silencios para alguien: para los que se preguntan adónde está el límite de lo mortal (o el principio de las cosas perpetuas), para los que advierten un mensaje escrito en el tiempo de las olas y se afanan en secreto de su conocimiento, que se sienten siempre al borde de descubrir una grandeza; para aquellos que comprenden la vida y simplemente no pueden explicarla.