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Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

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¡Bienvenidos a la cuarta ronda del juego "Una foto, mil palabras"!...

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    #1 Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009
    ¡Bienvenidos a la cuarta ronda del juego
    "Una foto, mil palabras"!


    Reglas del juego:

    Objetivo: Se trata de armar un texto de creación propia inspirado en la foto propuesta en la ronda.

    Tema: El tema es libre, usando la foto como inspiración.

    Extensión: Hasta 1000 palabras, sin incluir el título.

    Cantidad de textos: Se puede presentar sólo uno por persona.

    Formato: Todos los textos deben tener título y un formato de fuente adecuado para la lectura. Se recomienda revisar puntuación, gramática y ortografía antes de publicarlo.

    Publicación de textos: La etapa de publicación dura 19 días y durante la última semana se puede, además, editar los textos.

    Edición de un texto publicado: Si el participante quiere editar su relato ya publicado, puede hacerlo todas las veces que quiera durante la semana de edición. La edición se realiza en el mismo mensaje inicial (no creando uno nuevo) y se recomienda crear un nuevo mensaje avisando a todos los usuarios que el texto se ha modificado.

    Sistema de votación: Pueden votar los usuarios que hayan escrito un relato, y quienes no hayan escrito, pero participen del Taller o del Foro Literatura. Para que el voto sea válido tiene que ser comentado y/o fundamentado, por lo menos, el texto elegido. Cada usuario votará un relato. Si al finalizar el periodo de votación hay más de un ganador, se hará otra votación de desempate donde pueden participar solamente los que hayan presentado un texto, excluidos los finalistas.

    Comentarios: La intención del juego también es que todos puedan comentar, aunque sea brevemente, los relatos de los demás. Para esto seguimos la orientación del taller: criticar con ánimo de ayuda y sinceridad.

    No entran en ronda de votación:
    a) Los textos que, luego de la ronda de edición, cuenten con más de 1000 palabras.
    b)
    Los textos que hayan sido editados en las rondas de posteo o de votación (solo debemos editar en la etapa de edición).

    Estos textos igual participan del juego, no reciben votos, pero sí comentarios de todos los participantes.

    Próxima ronda: El autor del cuento ganador enviará al Wallp la foto seleccionada para la siguiente ronda.

    Nota: Este juego ha sido creado por themanofthemask.


    Cronograma:
    Etapa de publicación: Desde el miercoles 10 hasta el domingo 28 de Junio a las 23:59 hs.
    Etapa de publicación y edición de textos: Desde el lunes 29 de Junio hasta el domingo 5 de Julio a las 23:59 hs.
    Etapa de votación: Desde el lunes 6 de Julio hasta el martes 14 de Julio a las 23:59 hs.
    (Todos los horarios son de Argentina, GMT-2)


    Para evitar inconvenientes con el formato de los textos se recomienda previsualizar antes de publicar.

    Por favor, cualquier duda, consulta o sugerencia, realizarla por mensaje privado a Wallp o a The Spectre.



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    Rossiangela, autora del cuento ganador de la ronda anterior, nos dejó la siguiente fotografía para inspirarnos:


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  • #2 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    ¡Angela, que buena foto! La miré y me salió el relato de inmediado jaja. Muy original, interesante.

    Veremos como plasmarlo =)
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  • #3 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    Upa, es una foto rara para escribir. Muero por ver qué sale.
    Saludos
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  • #4 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    Pero que no los ven, son mis cuatro personajes del capítulo 2, esos que no se llevan bien con los periodistas... ¿que andarán haciendo ahora?
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  • #5 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    ¡Hola, gente!

    Muy buena la foto, Ángela. Espero poder escribir algo, mi imaginación es nula.
    Igual los leeré, por supuesto.
    Cariños,
    Sil
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  • #6 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    Angela tu foto me invita a la aventura!!! Veamos que sale. Cariños, Drei
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  • #7 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    Secreto en Iguazú

    El XXI Congreso Internacional de Laboratorios Médicos tendría como sede la ciudad de Iguazú. En estos eventos, la soberbia y las ansias de monopolios, están a la orden del día.
    Marcos Mercado era el gerente general de ventas del Laboratorio Rochué.
    Ese año, los dueños de la firma, decidieron implementar en su stock de ventas un nuevo producto; se trataba del “Body UP”, un complejo sistema de electrodos computarizados que, en poco tiempo, lograban quemar grasas localizadas y trabajar la masa muscular.
    —Y para eso, Marcos, te vamos a poner una chica que sea tu modelo— le explicaba el supervisor de ventas. —Es un bombón. Le pagamos dos pesos y la tendremos exponiendo el aparato.
    —Me parece una idea genial. Sabés que los que compran esto, son todos unos viejos babosos.
    —¡Está espectacular! Eso sí, que no abra la boca. La piba tiene diecisiete años y por eso es mejor mantenerla mudita. No tiene contrato ni nada.
    —¿Tiene familia?— los ojos de Marcos brillaban con cada dato.
    —Son del interior, creo que de Tucumán. O sea, ni te preocupes; esa gente no sabe ni qué es un Congreso. ¡Ah! Mirá quien está aquí. Vení Laura, te presento a quien será tu jefe: Marcos Mercado. Un tipazo, no tendrás ningún problema.
    Marcos la miró de arriba hacia abajo. Era realmente hermosa.
    —Buenas, señor.
    —Hola, Laura. Me alegra conocerte... vamos a llevarnos muy bien.

    El supervisor les entregó a Marcos y a Laura las tarjetas de las habitaciones. Les explicó que deberían estar puntuales a las ocho de la mañana del otro día.
    —Ahora, antes que descanses un poco, tengo que tomarte unas medidas. ¿Venís a mi cuarto?
    La chica lo miró.
    —¿Es necesario, señor?
    —Decime Marcos, linda. Y sí, es necesario que te explique algunas cosas.
    Le quitó el bolso de las manos, y subieron al cuarto.
    —A ver, bonita. Necesito que te saques la ropa. Quiero ver con qué mercadería trabajaremos— le dijo el hombre, entre risas.
    La muchacha dudó, pero luego reflexionó que si estaba trabajando con su cuerpo, era de esperar que tuviera que exhibirlo.
    Se desvistió con lentitud, incómoda ante la mirada de su jefe, quedándose en ropa interior.
    —Ajá. Sos una mujer muy hermosa ¿sabés?— le dijo, acercándose a ella. La chica bajó la mirada.
    —No te pongas pudorosa. Mañana estarás así, pero delante de muchísimas personas.
    —La mujer que me contrató me dijo que estaría con una calza y una remera— respondió Laura rápidamente.
    —Sí, sí, bueno. Pero yo, que soy tu jefe, tengo que conocer el cuerpito con el que trabajaré. Por ejemplo, pedirte que des una vueltita.
    Laura lo miró fijamente, sin moverse.
    —Creo que así es suficiente— le dijo.
    Marcos la fulminó con la mirada.
    —¿Así que la señorita será quien dará las órdenes?— el tono que estaba empleando asustó a Laura. Ahora la rodeaba como un lobo a su presa.
    Levantó ambas manos despacio y tomó a la chica por la cintura. —Me parece que no estás comprendiendo bien quién es el capitán de este barco.
    El corazón de Laura galopaba como un brío salvaje. El hombre se puso nuevamente de frente a ella, y sin aviso previo, le tocó los pechos con las dos manos. Ella se soltó.
    —Shh, no te conviene hacerte la rebelde, bombón. Aquí todos tenemos años de laburo, y si vos querés conservar el tuyo, más vale que vayas entendiendo las reglas— mientras decía esto, buscaba a tientas su boca.
    Laura le dio vuelta la cara.
    Marcos largó una carcajada, se alejó, tomó la ropa que estaba sobre la cama y se la arrojó a los pies.
    —Vestite. Seguí con esa actitud, y vas a ver cómo volvés a cortar caña de azúcar. ¡Ah! Y no creas que estás tan buena; tenés unas carnes de más que, al final del Congreso, no tienen que estar más. Tomá estas pastillas; dos por día. Y no comás nada, a ver si todavía engordás.
    La chica tomó su ropa y las pastillas, y salió corriendo.

    A la mañana siguiente Marcos terminó su desayuno, y se sorprendió de no haber visto bajar a Laura. Subió al cuarto y llamó a los golpes.
    —No puedo salir. Me siento muy mal— fue la respuesta de Laura.
    —¿Me estás tomando el pelo?— le gritó Marcos. —Abrí ya mismo.
    Laura apareció en la puerta; estaba ojerosa y pálida.
    —¿Qué carajo hacés así? ¿Te pensás que viniste de turismo?— Marcos la empujó hacia adentro, cerrando la puerta.
    —No Marcos, es que, anoche tomé las pastillas y realmente me cayeron muy mal. Vomité toda la noche.
    —¡Me importa un rábano! ¡Cambiate ya! Y tomá ahora mismo las pastillas que te di.
    —No voy a tomarlas. Me hacen mal.
    —¿Qué no vas a tomarlas?— bramó mientras sacaba dos comprimidos del frasco.—Vení aquí, abrí la boca— y se las obligó a tragar.
    Ese día Laura realizó la exposición del Body Up, pero cuando llegó la noche, estaba en pésimas condiciones.
    A las once de la noche, Marcos fue a verla y la notó realmente mal. Decidió llamar por teléfono al supervisor.
    —Edmundo, la piba está mal. ¿De qué cuernos están hechas esas pastillas?...¿Cómo?... Pero vos me dijiste que eran dos al día... ¿Era solo la mitad?... No... ya veré que hago.
    Estaba en verdaderos problemas. Entró al cuarto de la chica, y la encontró armando el bolso.
    —Me voy de aquí; vas a ver que no tengo un pelo de tonta. ¡Degenerado!
    Marcos la agarró de los pelos; la chica aulló de dolor.
    —Vos no te vas a ningún lado.
    —¡Te voy a denunciar!
    Marcos le propinó una cachetada que la hizo caer de rodillas. Laura lloraba desconsolada, pidiendo auxilio a gritos. El hombre se le abalanzó tapándole la boca; la muchacha forcejeó, pero cuando pudo liberarse y correr hacia la puerta, la agarró de un tobillo haciéndola caer y dar con la nuca en la cama. Marcos sabía que la chica había muerto. Desesperado guardó todas las cosas de Laura, y con manos temblorosas, la metió en una caja enorme de productos que tenía en su cuarto.
    Con voz agitada pidió a un taxi que lo llevara hasta puerto Iguazú.
    —¿Va a conocer las Cataratas, amigo?— preguntó el chofer.
    Marcos no respondió. Estaba demasiado nervioso.
    Al llegar al puerto contrató una lancha; les mintió a las personas que manejaban que en la caja llevaba recuerdos de un padrastro violento, que hundiría en las aguas. Si bien los guías le dijeron que no podía tirar cosas allí, los sobornó con doscientos pesos y éstos aceptaron.
    Sin titubear tiró la caja con la muchacha muerta y todas sus cosas.
    —Hay que deshacerse de lo que no sirve— le dijo uno de los guías.
    —No me cabe la menor duda— respondió Marcos, triunfal. —Dicen que las aguas guardan los mejores secretos. Podemos irnos nomás.
    Editado por Fleurr - 17.06.2009 18:02 hs.
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  • #8 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    Perdidos

    Habremos navegado por una semana desde que el barco se hundió. Solo cuatro sobrevivientes de ese maldito incendio.
    Luego de sobrellevar las aguas turbias del océano encontramos en el horizonte una isla que nos daba la esperanza de volver a casa.
    Al acercarnos más pudimos descubrir que había gente en la orilla. Tenían unos refugios construidos precariamente y se veían un poco raros. La incógnita nos llevo a conversaciones con preguntas sin respuestas. No pudimos descifrar el hecho de ver gente en esa isla que parecía perdida en el mapa del mundo.
    Al llegar, los isleños nos recibieron con una cierta prudencia. Nos hicieron preguntas hasta el hartazgo.
    Había un tipo llamado Hurley que le informo a una mujer llamada kate, que valla rápido a buscar a un tal Jack.
    Nos revisaron pensando encontrar algún arma, no teníamos nada de eso, apenas pudimos sacar el bote del barco y llevarnos los benditos salvavidas.
    Al llegar Jack, un tipo blanco y alto, que seguramente era estadounidense, nos exigió respuestas. No nos creyó la historia del naufragio, decía que estábamos mintiendo y que éramos parte de un grupo que el llamaba “los otros”.
    Nos llevaron a una especie de celda pequeña que estaba dentro de un lugar extraño que parecía un centro de operaciones oculto entre la naturaleza. Lo más raro es que había solo una computadora, que tenia la pantalla negra.
    No pude observar más nada, nos adentraron rápidamente y cerraron la puerta metálica que era cerrada por lo que observamos al entrar, por una cerradura parecida a las de las cajas fuertes.
    Estuvimos allí un tiempo largo hasta que la volvieron abrir, durante ese momento escuchamos discusiones entre alguien que era llamado John, y el que nos introdujo a la celda, Jack, quien pensamos, intuimos, que era el líder del grupo. Escuchamos que hablaban de conspiraciones, infiltrados, y continuamente hacían referencia a “los otros”.
    No entendíamos nada, la felicidad de haber encontrado tierra luego de naufragar durante una semana en esas aguas difíciles, se veía opacada por esta extraña situación.
    Cuando se abrió la puerta sacaron a uno de nosotros para ser interrogado. Y así cada uno de nosotros cuatro fuimos casi torturados por un Iraquí llamado Sayid. No nos creía, decía que mentíamos y continuamente mencionaba a “los otros”.
    Luego de dos días de estar adentro de esa celda incomoda, por su escaso tamaño, acordamos que nadie entendía la situación.
    Cada día nos traía comida y agua un tipo llamado John. Era una persona calva que tenia un aspecto que hacia inspirar confianza. Se lo notaba ofuscado, y cada ves que el lugar era despejado y solo nos encontrábamos nosotros en la celda y él afuera, conversaba con nosotros.
    Nos hablo de una computadora, de un botón que había que presionar cada cierto tiempo, del tipo llamado Jack, y de cómo no lo dejaba tomar decisiones sin meterse en el medio.
    Nosotros le preguntamos quien eran “los otros”, pero el no nos quiso responder.
    Al final luego de dos semanas de estar encerrados nos dejaron salir.
    Nos llevaron a la playa. Allí cada uno de nosotros cuatro intentamos insertarnos y descubrir algo de esta extraña pequeña sociedad perteneciente a esta isla.
    Eran buenas personas, al transcurrir el paso de los días empezamos a estrechar lazos de amistad. Yo conocí a un tipo llamado Sawyer. Era rubio con el pelo largo. Le encantaba apostar. Era bueno para las cartas, pero aun así a veces lograba ganarle.
    Conocí al tipo gordo de rulos que vimos el día que llegamos, se llamaba Hurley. Él fue quien me contó los detalles de la situación. Su tragedia, el avión en que iban se estrello en la isla dejándolos atrapados allí por mas de un mes.
    También me contó que eran “los otros”. Realmente no tenían muy claro de que se trataban esos “otros”.
    Pero ya no me importaba, era libre de esa celda y había logrado escapar del mar que también nos mantuvo presos durante siete días.
    Ahora lo que me preocupaba era salir de aquí, lo cual estaba complicado porque estos tipos ya estaban aquí por más de un mes y medio y no lograron nada.
    Decidí hablar con mis compañeros del barco. Les convencí a que nos introduzcamos hacia dentro de la isla, en la selva, para buscar algo que nos ayude.
    No le conté a nadie de nuestro plan. Después de algunas conversaciones y observar atentamente hacia mi alrededor me di cuenta que habían algunos que todavía no confiaban nada en nosotros, especialmente quien nos interrogo, ese Iraquí llamado Sayid.
    Descubrí por Hurley que Sawyer tenia ocultas en algún lugar armas. Para adentrarme a una selva que no conozco para nada era necesario tener algo para defenderse. Intente persuadirlo sutilmente para que me hable de ellas, pero no logre hacer que me dijera ni siquiera que él las tenias, Sawyer era un tipo astuto.
    Ya estábamos listos para partir de la costa. Era de noche todavía, la mayoría estaban dormidos, era el mejor momento para hacerlo.
    Los cuatro salimos con una mochila cargada de algunos alimentos que robamos a un tipo llamado Jin, en el momento en que se fue con su esposa hacia lo que ellos llamaban “la compuerta”, que era el lugar donde se encontraba la celda que padecimos.
    Salimos rápidamente y logramos alejarnos mucho sin ser descubiertos.
    Llegamos a un sitio llano, donde no había árboles ni maleza.
    Ya estaba amaneciendo y en lo poco que veíamos descubrimos que no estábamos solos.
    No nos dimos cuenta, pero el tipo llamado Sayid nos había seguido. Nos apunto con un arma mientras nos indicaba arrodillarnos. Estaba acompañado de Jack y John. Que también estaban armados.
    Volvimos a la celda.
    Luego de escuchar gritos, se abrió la puerta y nos sacaron a los cuatro. Nos obligaron a confesar que éramos parte de “los otros”. Y lo hicimos. Nos mataron uno a uno.
    Antes de morir entendí que siempre fuimos “los otros”.

    Autor: Maxi el Romano.
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  • #9 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009

    LUNA DE MIEL EN EL MOCONÁ



    Eligieron para su luna de miel un lugar solitario, para pasar unos días diferentes a la vida de la ciudad.
    Buscaron ese sitio en largas tardes gozosas, que eran un anticipo de sus vacaciones. Se decidieron por ir al Soberbio, a conocer la reserva Yabutí y los Saltos del Moconá.
    El micro los dejó en San Vicente, donde una traffic los estaba esperando para llevarlos hasta el Refugio: el camino es un tajo rojo de tierra misionera en medio de la selva, helechos enormes, árboles abrazados por enredaderas que los unen a otros árboles, formando un interminable concierto de verdes.
    Fascinados por lo que veían, comenzaron a fotografiar el paisaje en el largo trayecto.
    Ya instalados, fueron hasta el río Uruguay, que golpea la costa rocosa en medio del verde de la selva y el azul límpido del cielo.
    Abrazados y risueños, caminaron por el río los quinientos metros hasta llegar a los Saltos, fractura del lecho del río que forma una catarata de trescientos metros de largo.
    Mojados y felices, sacaron fotos ala catarata, se fotografiaron el uno al otro, entre risas y besos.
    Volvieron al atardecer al Refugio, pasearon por el parque, después cenaron temprano y se fueron a su habitación.
    Las máquinas fotográficas quedaron olvidadas sobre un mueble.
    Se abrazaron, se besaron, disfrutando de su amor; después se quedaron dormidos.
    Al día siguiente anduvieron en kayak por el río y, después de almorzar, comenzaron a recorrer los senderos húmedos abiertos en la selva, envueltos por el perfume vegetal iban fotografiando los arroyos y cascadas que encontraban al final de cada sendero, ondulante y rojizo.
    Así fueron pasando los días, disfrutando de su amor y de ese lugar que habían elegido y que les hacía sentir en el paraíso, cuando el canto de los pájaros los despertaba cada mañana para reiniciar sus ritos de amor.
    El último día amaneció nublado y al mediodía llovía con fuerza, así que se quedaron en el Refugio, tomando mate, y viendo las fotos que habían sacado.
    En las pequeñas pantallas se sucedían los paisajes y ambos reían recordando los pequeños sucesos de esos días. Pero, extrañados, vieron que en las fotos en que estaban ellos, había una mancha, una sombra que no podían entender que era. No se trataba de una falla de las máquinas, porque los paisajes aparecían límpidos, pero al no encontrar explicación para lo que veían decidieron esperar a verlas en la computadora al volver a Buenos Aires.
    La lluvia había parado, se olvidaron de las fotos y se fueron a caminar, aprovechando lo poco que les quedaba ya de sus vacaciones, de ese silencio, de esa paz increíble.
    Llegó el momento de regresar: prepararon las valijas y volvieron a Buenos
    Aires, a su hogar y a su vida cotidiana.
    Se reencontraron con sus familias y sus amigos y volvieron a sus trabajos, descubriendo un nuevo placer: el de compartir las pequeñas tareas diarias.
    Una noche comenzaron a descargar las fotos en la computadora.
    Empezaron con las de la boda: ella, tan hermosa con su vestido blanco, bordado con pequeñas perlas; él, emocionado, con los ojos húmedos.
    Rieron de la seriedad de los rostros de sus padres en la iglesia y, en la fiesta, con la alegría de sus amigos.
    Después, bajaron las fotos del viaje.
    Volvieron a maravillarse con la selva, el río, la tierra roja, pero otra vez vieron en las fotos en que aparecían ellos, esa sombra que habían visto en la pequeña pantalla de las máquinas de fotos. Ahora, en la pantalla grande, se veía con claridad en las fotos en que estaba ella la silueta de un hombre que apoyaba su mano en su hombro, y en las que aparecía él, el perfil de una mujer, que se apoyaba en su pecho.
    Una y otra vez volvía a ver las fotos, tratando de entender lo que estaban viendo
    -Parece que no estuvimos tan solos en El Soberbio, -intentó bromear ella, con un nudo en la garganta.
    -Parece,- respondió él, que no tenía ganas ni de intentar bromear.
    - Son un hombre y una mujer ¿cómo se metieron en nuestras fotos? ,- insistió ella.
    -No se, pero tiene que haber una explicación para esto, no vamos a creer en fantasmas…- replicó el hombre
    -No, que vamos a creer…-dijo ella titubeante, pero, ¿qué vamos a hacer con estas fotos?
    -Mirá- dijo él, decidido - vamos a borrar estas fotos y listo.
    -Sí, es lo mejor -asintió ella- pero ¿esa figura de mujer te recuerda alguien conocido?-
    -No- contestó él, rápido y mintiendo- ¿y vos? ¿Conocés a ese tipo?-
    -No, para nada -mintió ella.
    -Bueno, ya están borradas, ¿vamos a acostarnos? Estoy cansado.
    -Si, yo también estoy cansada,- dijo ella con voz triste.
    El silencio inundó el departamento, se acostaron, y después de un breve beso apagaron la luz y, cada uno abrazado a su almohada, se quedó pensando en esa figura de su pasado que había aparecido en las fotos.
    Fue la primera noche en que ninguno de los dos tuvo deseos de hacer el amor.


    *920 palabras



    * Moconá, es un término guaraní que significa “el que se lo traga todo”. Se llaman así los Saltos, porque a principios del siglo pasado, con los troncos de los árboles que cortaban, se formaban jangadas, balsas formadas con los mismos troncos, sobre los que se apilaban otros y que, conducidos por un jangadero se bajaban por el río, y muchos de esos hombres se ahogaron al intentar bajar los Saltos.

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  • #10 Re: Una foto, mil palabras - Cuarta ronda 2009




    UNA INFANCIA DIFERENTE



    Juan nunca escuchó hablar del País de Nunca Jamás, ni de Alicia y su espejo; no conocía las historias de Sandokán y mucho menos las andanzas de Batman.
    Él y sus cuatro hermanos se dormían arrullados por dulces canciones guaraníes cantadas por su madre o su abuela.
    Se dormían temprano, después de jugar todo el día en el amplio fondo que tenía su casa, tierra roja hasta el borde de la selva. Les encantaba jugar con la tierra roja, sobre todo después de un día de lluvia: con la tierra húmeda creaban figuras fantásticas que luego secaban al sol.
    La abuela protestaba: son las mujeres las que trabajan la tierra roja para hacer las vasijas.
    El abuelo está enterrado en un japepo, cerca de la casa, rodeado de otras pequeñas vasijas de cerámica que contienen alimentos.
    Juan y sus hermanos no sabían que existían yogures ni danoninos. Desayunaban con rodajas de pan de maíz, que su madre cocinaba en el horno de barro, untadas con mermelada casera y una gran taza de mate cocido.
    Cuando la lluvia no permitía trabajar fuera de la casa, la madre y la abuela hacían chipá o tortas fritas y después se sentaban a tejer ñandutí y la abuela les contaba las historias y leyendas de la tribu guaraní Ava a la que pertenecían.
    -El abuelo era joven y fuerte, trabajaba duro en la comunidad, pero no se llevaba bien con el cacique y, cuando a los veinte años lo vinieron para que fuera a hacer la milicia, su rebeldía aumento. Volvió un año después, hablando de los pueblos de los blancos y de otra forma de vivir. Las familias tenían casas para ellas solas y no tenían que obedecer a ningún cacique. Yo le creí y empecé a desear conocer el mundo fuera de la selva.
    El abuelo habló con el cacique y con el payé, que es el que tiene el poder real, porque sabe curar las enfermedades y conoce el porvenir.
    Queríamos una vida propia, distinta, pero no renegábamos de nuestras creencias-
    Al decir esto la abuela siempre suspiraba y se quedaba callada.
    Los chicos esperaban, en silencio y quietos que la abuela continuara:
    -Con la bendición del payé nos alejamos de la comunidad. Fuimos a vivir a un pueblo y el abuelo entró a trabajar como hachero. Era un trabajo duro, pero le pagaban bien y pronto
    pudimos comprar este terreno.
    En esa época con los troncos se armaba una balsa sobre la que se apilaban otros troncos y los jangaderos guiaban la balsa río abajo hasta los aserraderos. A veces el río estaba embravecido y la balsa de rompía y los troncos giraban enloquecidos y el río se tragó a muchos de esos hombres en el Moconá (el que se traga los hombres).
    Pero el abuelo hachaba nomás - concluía la abuela.
    Tu abuelo, levantó la casa donde guardamos la leña. Ya había nacido tu tío y poco después nació tu madre. Entró a trabajar en el aserradero, donde ahora trabaja tu padre.
    Una noche después de cenar-guiso de fideos, verduras y trocitos de carne-, iluminados por la lámpara de gas, Juan preguntó:
    -¿Cómo murió el abuelo?
    -De viejo nomás. El trabajo duro gasta a los hombres y los hace viejos pronto. Pero el vivió para ver a su hija casada con un buen hombre y murió feliz.
    Ñamandú le había dado la vida y Aña se la quitó, pero él siempre vivió como quiso y su alma está siempre cuidándonos.
    Llegó el padre de los niños y los grandes se pusieron a conversar; los chicos se fueron a dormir.
    La vida se le complicó a Juan cuando tuvo que ir a la escuela.
    En su casa se hablaba solo en guaraní, y él que había salido orgulloso de casa con el flamante guardapolvo blanco se encontró con la otra gente, la que hablaba en un idioma que no entendía.
    Copiaba sin trabajo lo que la maestra escribía en el pizarrón, y poco a poco fue entendiendo lo que decían sus compañeritos-muchos hablaban las dos lenguas-pero no hablaba. Dibujaba, dibujaba muy bien, pero estaba siempre callado. Mandó a llamar a la madre, y por fin comprendió.
    Terminó ese primer año tan difícil y llegaron las vacaciones.
    Juan reanudó sus juegos con sus hermanos .Ahora se animaban a internarse en el bosque. Recorrían los senderos húmedos admirando los árboles rodeados de enredaderas cuajadas de flores.
    Regresaban corriendo, transpirados y cansados. Ya atardecía y la madre los hacía bañar. Poco después llegaba el padre, comían y mientras los grandes tomaban mate, los chicos dibujaban en silencio.
    -Abuela, dijo Juan acercándose a la anciana- hoy vimos unos árboles con hermosas de flores rojas…
    -Es un ceibo-respondió la abuela - Cuando llegaron los hombres blancos había una tribu que decidió defenderse de los Otros. Los guerreros estaban dirigidos por una joven, Anahí. Pelearon con fiereza, pero finalmente fueron derrotados.
    Los blancos decidieron que una joven tan pequeña y delicada sólo se había animado a luchar contra ellos porque era una bruja y la condenaron a morir en la hoguera.
    La ataron a un palo y la rodearon de leña: después prendieron fuego. Anahí, que tenía una voz hermosa, en medio de las llamas comenzó a cantar una canción en la que pedía a Tupá por sus hombres, su tierra y sus ríos.
    Al nacer el día se había convertido en un árbol del que pendían racimos de flores rojas, ese es el árbol que vieron hoy-.
    Pasaron las vacaciones y Juan volvió a la escuela; ahora ya hablaba bien en castellano y aprendía con rapidez. Volvió muy contento el día que la maestra le contó que San Martín había nacido en Yapeyú, acá cerca, explicó Juan, que todavía no tenía mucha conciencia de las distancias.
    En la escuela también le hablaron de las cataratas del Iguazú y le mostraron fotos de las “Aguas grandes”.
    La abuela les contó como se formaron las cataratas: a orillas del río Iguazú vivía una tribu protegida por el dios Mboi, que les exigía que cada año le entregara una doncella.
    Naipi fue la elegida para la ofrenda, pero Tarobá estaba enamorado de ella y la raptó.
    Huyeron en una canoa. Pero Mboi furioso penetró en las entrañas de la tierra, el curso del río se rompió en dos, una a gran altura y la otra hundiéndose, con lo que se formó una gran catarata. Mboi transformó a Tarobá en un árbol inclinado sobre las aguas y a Maipi en una roca en el medio del río.
    En los días de mucho sol surge un arco iris que enlaza al árbol con la roca, uniendo a los amantes y venciendo a Mboi.
    Juan que había crecido tan cerca de los ríos nunca había visto uno.
    En la escuela organizaron un paseo hasta los Saltos del Moconá. Los llevaron en un micro que recorrió la senda roja, se internó en la selva y los dejó junto al río.
    Un guardaparques los acompañó. Se metieron en el agua, sosteniéndose de una larga cuerda y caminaron sobre las piedras hasta llegar a los Saltos.
    Juan miraba deslumbrado: la maestra hablaba de los metros de largo, de la profundidad…
    Él no la escuchaba: se acordaba del cuento de su abuela, de cuando los hombres bajaban en las jangadas y el Salto se los tragaba.

    * son 1224 palabras, por lo tanto no entra en el juego
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