#48 Re: Ensalada de Situaciones - Quinta ronda 2009
Sucedió en Redondeaux
—Sin más, así concluye nuestra historia —sonrió la profesora.
Echó un evaluativo vistazo al grupo de alumnos y se alegró al advertir que el relato había causado el efecto deseado. “Con lo que cuesta hacer que se interesen por algo”, piensa Susana conforme. Al instante supuso que había sobreexplotado el nivel de atención de aquellos críos y se apiadó ellos.
—Ahora, teniendo en cuenta que hace frío y mañana es feriado, los dejo libres. El resto de la clase lo veremos el miércoles. Vayan guardando todo. Por favor, en orden y sin hacer rui…
El aula se deshizo en un bullicio de útiles y mochilas; lápices voladores, tropiezos y alguna puteada amistosa. La mujer suspiró. Mientras firmaba el libro de actas, alcanzó a gritar:
—¡Abríguense bien antes de salir, chicos!
Como de costumbre, antes de salir, tomó un café en la sala de profesores, conversó acerca de política con uno de sus colegas, se rió de los chistes del Gallego (profesor de matemáticas durante la semana; comediante de bar entre viernes y domingo) y, luego sí, tras buscar el auto en el garaje, volvió a su casa.
No había ningún quehacer en el cual volcar el tiempo, por lo que decidió echarse sobre la cama y escuchar algo de música. Puso un disco de Coldplay y se dejó caer sobre el colchón como un tronco desraizado. El cielo raso anaranjado, en una habitación en la cual la penumbra de la tarde entraba como una caricia fría, le producía un efecto soporífero; esto, sumado a las pastosas melodías que manaba el reproductor, la hizo desvanecerse hacia un sueño inclaudicable. No podía evitarlo, y detestaba que fuera así, pero nuevamente soñó con la escuela, el curso de noveno, la sala de profesores y ese combo de rutinas que era algo así como una muletilla irritante. Digamos que, Susana, fuera del colegio, no tenía lo que se dice “ vida social”, y el resto de sus ocupaciones más allá de sus horas profesionales se resumía en unas cuantas pruebas que corregir, chatear con algún fan de su banda preferida, tal vez navegar por internet y hurgar en la respuesta a cómo conseguir pareja, y fin de la rutina. Al otro día arrancar tempranito, café negro con tostadas, etc. Por eso que siempre soñaba lo mismo, porque, en definitiva, no había mucho más que soñar.
Avanzaba por el pasillo principal del instituto, que se le antojaba eterno y monótono. Tras entrar al aula, y viendo que los alumnos parecían extrañamente dispuestos a escucharla (aunque bien podría no ser más que un efecto modorra), comenzó la clase.
—Bien, chicos, espero que hoy hayan venido despiertos. Estudiaremos Leyenda. Y, antes de empezar con la teoría y el desarrollo, quisiera contarles, brevemente, una en particular; una muy conocida aquí, en Redondeaux.
—¿Es la de la llorona? –preguntó Carlitos al tiempo que inspeccionaba meticulosamente el canal izquierdo de su nariz.
—Mmm, no, esa es originaria de México, y sacate el dedo que te vas a hacer mal. La que quiero contarles sucedió en este mismo pueblo, plena Patagonia: aires gélidos y noches de luna que hace brillar la nieve con esa particular luz espectral… Sucedió hace algunos años. En el pueblo había nacido una niña, parida de un vientre que no la deseaba ni como hija ni como ser. La bautizaron Matilde, y en torno a ella siempre rondó una halo de supersticiones y decires, ya que su madre, Aída, era a quien todos consultaban en casos de brujerías, maleficios y destinos.
En principio, a Matilde se la respetó por ser “hija de”, pero tras la muerte de Aída pocos años después, la muchacha fue blanco de miradas juiciosas y escarnios sercretos entre las vecinas, quienes, a través de estas mismas habladurías, la confinaron como La Bruja de Redondeaux.
Ya dejando a un lado la superstición exagerada de los vecinos, y centrándonos en una realidad evidente, Matilde apenas contaba con quince años por aquel entonces. Como sabemos, toda niña de quince años debería estar cursando el noveno año y, si bien Matilde no tenía ni siquiera el primario hecho, por miedo se la metió sin escalas en noveno a cumplir lo requerido por su edad. Y fue a parar aquí, adonde ahora estamos contando su historia.
Los chicos, en este punto de la historia, abrieron los ojos como platillos blancos y dejaron escapar una bocanada de aliento seco. Susana continuó satisfecha.
—Pero no todo es color de rosas…, porque a Matilde no le fue nada bien durante su estadía. Soportó un año de burlas despiadadas de parte de sus compañeros; para qué negarlo, su profesora en aquel entonces… no recuerdo su nombre ahora, también la reducía a polvo con la acidez de sus palabras. Nadie la quería, ni siquiera se la temía como a toda hija de bruja. No, a Matilde había que hacerle pagar el precio de su nacimiento, así pensaba el común de la gente.
Entonces llegó el día en que desapareció.
Las autoridades poco se preocuparon de su ausencia. Pero, por suerte o no, sólo pasaron unos pocos días hasta que reapareció. Y, cuando lo hizo, simplemente entró al aula y dijo aquellas palabras tan extrañas:“¿Desearían vivir eternamente de la burla y de la estupidez de la niñez? Pues entonces que así sea: no habrá suceso nuevo ni futuro que vivir ni recuerdos, sólo un día eternamente del que no podrán salir y en el que yo seré tan sólo un cuento”. Y, tras esto, nunca más se supo de ella ni de nada que se vinculara con su existencia.
La profesora, ya en silencio, miró uno a uno a los alumnos, que parecían haberse quedado suspendidos en el misterio del conjuro. Por sus miradas confundidas se podría haber adivinado que intentaban recordar algo de aquello; Susana, como es habitual, también se turbó. Pero conforme con el impacto causado, la mujer reaccionó y dio unas suaves palmadas para despabilarlos y volver a la actividad:
—Sin más, así concluye nuestra historia –sonrió.
Editado por D.Vitrubio - 02.10.2009 18:08 hs.