#53 Re: Ensalada de Situaciones - Quinta ronda 2009
La murga de los renegados
Al Toto lo habían visto cruzar el portón del ensayo a las once del viernes. Todavía no habían encendido los faroles en la calle y el empedrado seguía empapado por la lluvia de la tarde. Se fue vestido así como estaba, con la levita blanca que mostraba el rostro de Gardel en una fabulosa confección de apliques brillantes y el sombrero estrafalario del que pendían firuletes de papel multicolor. Todo un personaje el Toto, y un bailarín de aquellos.
Para aquel entonces estábamos preparando las coreografías para los carnavales de marzo. Se nos venían encima las fechas y apenas si teníamos dos canciones terminadas. Decí que el Toto y Liliana se ponían con todo, porque sino no sé qué hubiéramos hecho. Yo estaba como director de murga en ese tiempo. La fundamos junto con mi viejo: “Los renegados de Mataderos”, la llamamos. Fue una de las primeras que existieron y, hasta hoy, es una de las más famosas.
Corría el ´78 la noche en que Toto salió bailoteando del ensayo y desapareció. Sus viejos tenían ciertas ideologías que, bueno, no hace falta decir mucho. De Toto no se supo nada más y el duelo fue grande. Se nos había ido la estrella, el alma de los Renegados. La noche en que se confirmó su muerte, hicimos un funeral simbólico y con los pibes de la murga lo lloramos a más no poder, entre vino y guitarreadas melancólicas. Aquella madrugada tomé hasta perder la noción; pero, poco antes de eso, recuerdo que hablé con Liliana, mi mujer, y le dije que tenía la idea de dejar cesando la murga hasta que se fueran los milicos; un poco por protesta y otro poco por respeto. Su respuesta no fue lo que yo esperaba: poco más no me mandó al carajo. Dijo que al Toto había que homenajearlo como Dios manda: bailando, y que me dejara de llorisquear porque había mucho que hacer. Liliana tenía razón. Convinimos con los chicos de la murga en que debíamos continuar con los preparativos para el carnaval, y así se hizo. Mataderos se preparaba para recibir a la murga más brillante y alegre de todos los tiempos. El barrio del asado y la doma, entre gris y silencioso por los tiempos que corrían, secretamente, nos anhelaba.
Una tarde, Tarija, uno de los bombistas, luego de terminar el ensayo se me acercó y me apartó del resto del grupo.
—¿Qué pasa, pibe? –le pregunté. Me asustó la cara pálida con la que venía.
—Darío, escuchame, tengo que decirte algo –dijo. Le tembló la mandíbula como una hoja.
—¡Pero hablá carajo! ¿Qué te pasó, nene? ¿Estás bien?
—El Toto…
Lo miré sin hablar.
—El Toto, Darío, se me apareció anoche. Dijo que había que bailar y…
—Y qué…
—Que quiere que le hagamos un favor –se animó. Tras esto se le piantó una lágrima que me partió al medio.
—¿Qué te pidió, Tarija? Decime y lo hacemos.
—Me dijo que nunca ocupemos su puesto, que dejemos libre el medio del desfile.
La verdad, me tomó por sorpresa, yo imaginaba que le pediría una estampita, unas oraciones o algo similar; pero viniendo de parte del Toto no se podía esperar menos. ¿Dejar el campo vacío? ¡Mamita, eso sí que era una locura!
—¡Pero, este pibe se mamó en el cielo! –me santigüé tras el exabrupto–. Nos va a quedar el pasillo vacío, Tarija; la gente nos va a tirar tomates de todos los colores…
—Darío, vos sabés que Toto era amigo mío… Si no se cumple lo que pidió, no bailo. Y creo que Carlitos y Manu tampoco van a querer.
—¡´Ta madre che! Dejame pensarlo.
Hablé con Liliana y lo único que logré fue que se pusiera melancólica. Le dio la derecha a Tarija con el pedido y a mí me dejó sin opciones: se dejaría libre el pasillo de baile, por lo menos por un rato. Y estaba bien, al fin y al cabo, había que homenajearlo al Toto, che, ¡qué tanto! Al que no le gustara, que no mire y listo.
La madrugada en que se decidió esto, recé a todos los santos y traté de invocar a mi viejo para pedirle un consejo. No obtuve respuesta, por supuesto, pero a la mañana siguiente me desperté como si todo tuviera que seguir ese curso; le grité a Liliana desde la habitación: “¡Mamita, este carnaval nos lo llevamos nosotros! ¡Va a estar de puta madre, vas a ver!”. Mi mujer respondió con una carcajada y, un segundo después, con una cagada a pedos porque seguía vagueando en la cama. Linda la jermu, pero brava como una fiera, eso sí.
Los días que siguieron a toda aquella maroma, fueron concluyentes para la realización del show. Y llegada la fecha, como corresponde, nos pusimos en escena como maestros del quilombo y la fiesta. En medio del paso de la caravana, cuando se abrió por primera vez el espacio para el Toto, la gente quedó como medio sorprendida. Lógico, no estaban acostumbrados. Pero, de repente, cuando empezaron a meterse uno a uno los bailarines, el efecto fue explosivo. Incluso (y no quiero hacer alarde), las demás murgas comenzaron a imitarnos con el correr de los años, hasta que se transformó en un estilo. “El baile renegado”, así se lo llamó. La historia se contó varias veces y en ciertos barrios ya es una leyenda. Tal es así que se dice que el baile renegado es un espacio para que bailen los difuntos: un símbolo hermoso. Reconozco que al principio imaginé que todo el tema había sido un capricho del Tarija, porque era amigo del Toto y la mar en coche; pero no, supe que no. La primera fecha que nos presentamos en el ´78, yo estaba bailando pasito al lado de Lili cuando, inmediatamente, tras abrirse el pasillo de la caravana, me sacudió el brazo sin hablar, como loca; entendí qué quería decirme y le sonreí con los ojos medio mojados:
—Sí, mamita, lo veo –dije– ¡Y cómo baila!
Editado por D.Vitrubio - 02.10.2009 18:10 hs.