#38 Re: El fin del mundo.
Quizás se aparte un poco de la consigna, pero cuando la leí, inmediatamente me vino a la mente una imagen que se condice con lo que escribí. Puede resultar algo fuerte, espero sus comentarios.
Conciencia no deseada
Estiró su pequeña mano ennegrecida por la suciedad, y logró alcanzar la cola de la rata que pretendía escabullirse por un agujero en la pared. Al verse prisionera, ésta chilló agudamente intentando zafarse mientras propinaba mordiscones al aire. La niña reía al ver estos movimientos y, a falta de juguetes, agitaba a la desesperada rata por el aire como si fuera un muñeco de trapo. No hubo más tiempo de diversión; una jovencita, unos pocos años mayor, tomó al animal del cuello y lo estrelló contra la pared descascarada. Luego levantó la rata muerta, la arrojó de un golpe sobre una madera plana y procedió a despellejarla.
La pequeña niña, desprovista de su chiche, se echó a llorar.
“Por lo menos no tengo que escuchar a mamá con ese tipo; Llorá más fuerte… llorá más fuerte”, pensó, mientras purgaba sus furia y su cansancio en el revoltijo que hervía sobre el fuego.
Desde una pequeña habitación, al otro lado de la pared, llegaban sonidos amortiguados por el ruido. Risas, palabrotas, sexo. Un rato de juerga que gestaría algún otro niño más, condenado a hurgar bolsas de basura y comer restos que otros arrojan. Cuerpos desnutridos privados de la despreocupación de los años de infancia. Y sus grandes ojos de pena sólo son la herida sangrante de un existir que no deja huella. Es el vagar por vías que arrastran trenes de soledad y tristeza hacia una estación donde nadie los espera.
Una vez más retumban en sus oídos voces y ruidos que lastiman su inocencia. La jovencita ya no se pregunta por qué; pierde su mirada en aquella carne que se oscurecerse como sus fuerzas para seguir. Es que, quizás, el cruel destino juega con ella dándole ratos de conciencia y latigazos de dolor ante la impotencia. La angustia se enquista en su garganta, agolpando su deseo de bajar los párpados y desaparecer; no importa ya dónde, sólo partir.
La noche entra por la ventana, mientras la luna le promete que alumbra para todos. En el suelo, su pequeña hermana duerme sobre un cartón, casi convencida de su suerte de tenerlo. Mientras la observa, descubre que no hay más lágrimas, que finalmente cayó presa de la resignación de quien no tiene nada más que perder. Es entonces cuando sencillamente comprende la inutilidad de su pesar, porque allá afuera, no hay nada para ella. No lo hubo y no lo habrá. Pero si continuará: en otros desdichados que romperán en llanto al nacer en alguna cama maltrecha, sin saber que aquel será el último llanto feliz que conocerán hasta descubrir que sus mundos serán siempre fin del mundo porque, para ellos, no existe un mañana.