No resultó fácil parir algo, espero estar dentro de plazos. Ahora me dedico a leer y comentar.
Por su puesto espero comentarios.
Té de Menta
Drogaron al tiempo. Me detuvieron hace... algunos días. Ahora siento dolor. Me patearon todo lo que puedo nombrar... y parece que algo que no puedo nombrar también. Este "interrogatorio" no puede ser legal. Duele todo, el dolor rasga la trama de ensueños, como una arado que hace hileras en la tierra, que hace hilachas que gotean, deslizándose por la vertical, dibujando columnas rojas, finas negruras perfilando siluetas sobre un fondo amarillo, verde, rojo, azul, celeste, como un bosque entramado de árbolitos nuevos, de tronquitos finos y sin hojas. Yo corro por el bosque en ese día de fines del invierno, cuando llegué con mi mejor nota... !y en matemáticas¡ y mamá me dio mi pan frito, acompañado con el té de menta. Ese mismo día, tempranito en la mañana lo había ido a buscar a un campito cerca de la casa, de la "pobla", me había gustado el olor de las matitas, sus hojas peluditas y sus flores simples, humildes, pero tan bonitas y perfumaditas. Cuando mamá vio en la mañana, sobre la mesa de tablas suavizadas por el trapo de la limpieza diaria, en un vaso roto, de algún cumpleaños ajeno, un ramito de flores celestes y mentosas, se le dibujó una sonrisa en su cara tallada por la vida, me abrasó y me dio un besotote grandotote en la frente.
Dicen que el dolor es "pa'" que duela, pero ¿por qué tiene que doler tanto?. Me patearon, me golpearon con la culata de un fusil, me preguntaron cosas que no sé, también otras que no diría ni aunque supiera. Ahora voy esposado, con los ojos cerrados por el dolor y una venda hedionda, prepotente, impune, puesta por un "macho" que se vanagloria de tener el sartén por el mango. Me duelen las muñecas, pero el aire que entra por las rendijas del helicóptero me acaricia la cara, me llena las narices y pulmones, me refresca los recuerdos de ese día en que corría feliz, por el bosque que nacía al borde de la "pobla" y crecía hacia ese potrero, ese lomo del mundo, media cúpula de un templo sin dioses, medio peludo de pastos y amplio como los caminos de la vida. Trotoneaba con Fito, le pusimos así por que "fitaba", no es que se pareciera a esos Fiat chicos, guatones y colorados en que caben tres o cuatro personas, ni por el flaco Paez que canta para fertilizar almas, sino por que cuando se agitaba con la jugarreta, su respiración hacía un "fiiiiit" como pito arrastrado, como el último llamado de un tren alejándose, así que le pusimos "Pito Fito", pero al final, quedo por Fito no más. Ese día trotoneabamos los dos, a veces me adelantaba, otras me seguía, como son las jugarretas con perros, con amigos. Todavía recuerdo el calorcito en la guata de esa la mezcla de menta y pan frito, de pobreza triunfadora, de esperanza invencible... invencible.
Yo nunca supe de donde sacaba la plata la mamá, tenía sospechas, por las cosas que algunos le decían en la calle, pero nunca quise saber. Lo que si sé, es que cuando ganaba algo compraba pan, leche, huevos, aceite, carne y algunas otras cosas, durante algunos días comíamos, como comen los ricos. Pero la comida duraba poco y al final volvíamos al pan frito... y desde ese día, al té de menta, tenía un sabor a lucha, a victoria sobre el hambre, a combate por la vida, un combate que no era ni rojo, ni azul, ni verde, un combate daltónico, transparente, luminoso, simple. Hasta que llegó el día en que abrazado y apiernado por una de las chiquillas de la pobla, recibí mis primeras lecciones.
Me dijo que le gustaba montar, pero que a falta de caballos, se montaba en el macho. ¡Como corcobeaba la yegua hombre!. Mientras subía y bajaba como una marea incontenible, filosofaba, de política, de las verdades de la vida. Yo estaba empezando a entender y al final... no comprendí nada. Mi mamá me decía que tuviera cautela, que cuidara lo que metía y meditará lo que me encajaban. Como a los dos meses llegue curado por primera y última vez a mi casa. Mamá me retó, no por haber llegado "curao" - como me dijo ella - sino "firmao" en el partido. Me dijo que los políticos no buscan líderes, que no comparten el poder, que quieren carne para el cañón, brutos que hagan el trabajo y pongan el pellejo. Me dijo que los que mandan, lo hacen desde atrás, a escondidas, manejando hilos desde la distancia y que cuando las cosas se ponen difíciles, arrancan a tiempo, se esconden debajo de la cama o de alguna pollera, sacra o mundana, para salvarse sólos, dejando a los "firmaos" para que los agarre la justicia. A mi me agarró la injusticia.
Parece que abrieron la puerta del helicóptero, el viento se transformó en ventolera, transmutando de paso al dolor, deshaciéndolo en malestares, en naderías suaves, y a eso en la sensación del músculo tenso, en movimiento, en carrera, con el Fito, con el sol despidiendo el día, con el pasto amarilleando al final del verano, con sus espigas acariciándome las canillas, con mis once años, con mi nota en matemáticas, con la guata llena: de pan frito, de té de menta.