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La lluvia de diciembre
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Manchando las mañanas,
Las tardes y las noches con su beso
Amargo, silencioso y peregrino,
Sereno y apagado
Como una pincelada que las sombras
Dejaron en un lienzo
Callado como el sueño del arroyo.
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Dejando atrás el brillo
Del fuego del crepúsculo temprano,
Sereno, resignado, sentencioso,
Cansado de agotarse,
Ahogado entre las trenzas de la noche,
Cuyas estrellas saben
Del curso rumoroso del arroyo.
Mirad, tras los cristales,
La lluvia de diciembre,
Que vuelve, sin apuro,
Los recuerdos tristes
De cómo la sonrisa de la abuela
Se fue apagando, casi sin saberlo,
Porque la edad la pudo,
Porque los años fatigosos derrotaron
Su vida malherida
Por el cansancio amargo del camino.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
Soneto XIX
Existe un sueño intenso y tan profundo
Que sueña en él aquel que, adormecido,
Sumerge su conciencia y, abatido,
Exhala su suspiro más rotundo.
El cielo alcanzó el oro en un segundo,
Un reino de colores que, encendido,
De músicas se llena y de sonido,
El ánimo mudando en vagabundo.
Allí reposas hoy, triste el aliento,
La vida y la esperanza en lo lejano,
También la luz, el oro ceniciento.
Dejando sólo un eco del verano,
Cayó del árbol, al correr del viento,
El fruto generoso del manzano.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
Soneto XX
Fue el fruto silencioso del manzano
De aquel color, al tiempo que dormía,
La luz que despertó la brisa fría
De aquel diciembre gris pero lozano.
La luz del sol nacía en lo lejano
Y el verde de los mares presumía
De verse tan hermoso, pues el día,
Madrugador, alzóse aún más temprano.
La lumbre se apagaba en tu mirada,
Rendida ya a la sombra, que, al acecho,
Borrar quiso su hoguera resignada.
Así calló tu voz, cedió tu pecho,
Dejó de respirar y, derrotada,
Un féretro de rosas fue tu lecho.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Cruza las nubes valiente
Vuela, mi amor, a la altura
Y conquista el ancho cielo,
Que, alcanzado de tu vuelo,
Se rendirá a tu hermosura.
Abre las alas y apura
La brevedad de tu viaje.
No temas, ve con coraje
Donde habitan las estrellas,
Brillos vagos y centellas
Que alumbran hoy el paisaje.
Cruza las nubes, valiente,
Y, en las lejanas mansiones,
Corona sus torreones,
Vuelve estandarte tu frente.
Antes que verte doliente,
Álzate, bella, en el viento.
Se llama en el firmamento
Y en el aire primavera,
Aunque diciembre quisiera
Quebrar tu voz y tu aliento.
No te apartes del camino
Cuando vayas a la altura,
Mientras, lleno de amargura,
Ves nuestro llanto vecino.
En el aire peregrino
Serás un gorrión pequeño.
Regálate, pues, al sueño,
Cuando, gala a tu belleza,
Quiere ser oro y pureza,
El sol que tomas por dueño.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
Las campanas de la muerte
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Soneto XXI
Rindió el bastión sus torres y su muro,
Sus piedras y su fuerza, y, generoso,
El cielo se hizo claro y espacioso,
Soltando sus corceles sin apuro.
La sombra desmintió su velo oscuro
Dejando que bullera, luminoso,
Un sol febril, acaso temeroso
Del hielo de la noche, el aire puro.
El mar halló el pincel que, con el día,
Manchaba con sus fuegos el paisaje,
Llenándolos de luz y de belleza.
Cansada de esperar, tu voz dormía,
El alma presta, lista para el viaje,
Helado el pecho, viva la tristeza
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor. -
Soneto XXII
Recuerdo tu mirar, que, perezoso,
A veces quejumbroso de la vida,
Los párpados cerraba, si, dormida,
Buscabas un descanso más gozoso.
Sentada en la butaca, con reposo,
Solías ver las horas, su partida,
Corriendo a la aventura, y, aburrida,
Salvabas un bostezo generoso.
El sueño era en tus carnes un consuelo
Que siempre tus plegarias suplicaron
Aquellas tardes grises y otoñales.
Soñabas, y tus sueños eran cielo,
Descanso a los dolores que segaron
Sonrisas, otras veces, con sus males.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Soneto XXIII
Dejaste este rincón cuando la aurora
Lucía sus mayores hermosuras,
Sus luces y sus galas, donde, oscuras,
Las sombras la supieron vencedora.
Llegaba la mañana que, sonora,
Los pájaros halló en las espesuras,
Alegres de encontrarte en las alturas,
Un ángel resignado que no llora.
Luciérnaga que brilla sin apuro
El tiempo que se escapa traicionero,
Los cielos liberó del viejo muro.
Será llorar tu falta al mundo entero
Buscar consuelo, como el aire puro,
Allí donde se apaga tu lucero.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor. -
Soneto XXIV
Despierta en el recuerdo de tu aliento,
Tu voz resuena, brilla la mirada,
Canción de amor que llena la alborada
Y el cielo corre, alada como el viento.
Testigo de la luz de aquel momento
Que pudo ver tu llama ilusionada,
La tarde luminosa derramada
Hallé en tu voz, tu amor, tu sentimiento.
Partió, sin avisar, hacia otros mares,
Acaso temeroso, fugitivo,
Tu espíritu, buscando otros lugares.
Pudiera izar la vela estando vivo,
Como un aventurero a los altares,
Mi aliento hacia tu voz, volando esquivo.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Soneto XXV
No pierdas en el reino de lo oscuro
La gracia de los besos pronunciados,
Que fueron con cariño regalados
Para aliviar tu rostro limpio y puro.
La sombra del ocaso será un muro
Que no podrán cruzar cuando, callados,
Los diga tristes, débiles, cansados,
Viajeros en el alba con apuro.
En mí retengo todos los momentos
Que no repetirá, al correr, la historia,
Tesoro de mis horas y mis días.
Tu ausencia cobra un mar de sentimientos,
Mas no te borrará de la memoria
Ni en penas ni en dolor ni en alegrías.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Soneto XXVI
Más triste, en el azul del firmamento,
Volar podrá su risa, cuando, en vilo,
La luz de la alborada enseñe el filo
De su puñal callado y ceniciento.
Los años correrán sobre el aliento
Helado que escapó al aire tranquilo,
Buscando hallar en él un nuevo asilo,
Palacio levantado para el viento.
Será encontrar su rostro en una estrella
Al tiempo que la noche helada y fría
Retira su corcel de madrugada.
Y la recordaré, siempre tan bella,
Amable, cariñosa cada día,
Paciente en la vejez, tal vez cansada.
Soneto XXVII
Halló de madrugada aquel aliento
Al deshojar las flores de la vida,
El aire malherido que, dormida,
Borró en su rostro todo el sufrimiento.
Un cielo azul, un nuevo firmamento
Dejó volar tus alas, y, perdida,
El cielo se hizo grande, pues, vencida,
Tu voz esparció en él la luz del viento.
La luz del sol rayó la lejanía,
Gorrión dorado, rápido estandarte
Que bellos horizontes encendía.
Fue cruel la madrugada con besarte
Cuando el azul del cielo descubría
Un sol que iluminaba cada parte.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Soneto XXVIII
La luz del sol fue bella en tu mirada,
Haciendo sus antorchas más sencillas,
Mirándose en tus ojos, si es que brillas
Más pura que el granizo y la nevada.
Hermosas sobre el mar, a la alborada,
Las luces enseñaron las orillas,
Un ángel que, besando tus mejillas,
Tu rostro arrebató de madrugada.
Calláronse los labios, que, gozosos,
Ardieron con la brisa un breve instante
Para apagarse luego, silenciosos.
Fue hechizo de coral, raro brillante,
Puñal de plata y oro luminosos,
Luciendo su belleza en tu semblante.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
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Los ruiseñores
No veréis el arroyuelo
Que, apurando su camino,
Corre alegre y peregrino,
Después de ver el deshielo,
Si, libres los pies del suelo,
Salta al abismo y, valiente,
Deja volar su corriente
Al lanzarse en la cascada,
Desde la roca elevada
Que cabalga, transparente.
No hallaréis los ruiseñores
Que, en la callada espesura,
Cantan, con tierna dulzura,
Su reclamo y sus amores,
Desde que ven los albores
Dibujarse en lo lejano,
Cuando los valles, el llano,
Los cordales y la sierra,
Sienten que vive la tierra
Y el sol se enciende lozano.
Hoy nos falta la belleza
De su aliento fatigado,
De su mirar animado,
Sus bostezos, su pereza,
Al dejarnos con tristeza,
Pues ella, llena de vida,
Como una aurora encendida
Que hubiera robado al cielo,
Era luz, era consuelo,
Rosa del tiempo vencida.
2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
Las campanas de la muerte
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

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