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Érica, tu nombre se me apareció ayer, tu nombre celeste dibujado en tus ojos verdes me miró ayer, me hizo temblar, me congeló, me transformó en erizo, erizado y erizante. Nuestros cuerpos comenzaron a responder a las chacareras, a los escondidos, a lo que sea, abrimos los brazos, extendimos nuestras alas, y tu mirada de gaviota se clavó en mis ojos de gorrión. La gaviota y el gorrión en la costa de un mar abarrotado de pececitos se persiguieron, se rozaron, se alejaron una y otra vez para regocijarse pronto en un nuevo encuentro lleno de caballitos de mar danzarines, de lechuzas misteriosas, todos envueltos por el agua y por el cielo negro, cubierto de mil estrellas que se sonrojaban en el cielo al adivinar nuestros besos desde tan lejos. Gaviota verde, quedé atrapado en tu vuelo dulce, en tu mundo de brisas de arena. Gaviota hermosa secuestraste durante tu rito el alma errante de este torpe gorrión.
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