Plagios

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    14/08/2012
    #1 Plagios

    Inserto este texto acá, publicado por mí hace unos años integrando un libro de cuentos, para esclarecer el origen de una frase en el juego "Nuevo nuevo juego literario".

    Plagios

    Es comprometido acusar de plagio a alguien: uno debe estar muy seguro de lo que afirma, para no suscitar justas represalias. Y tampoco es agradable que a uno lo acusen de lo mismo. Pero en el caso presente no hay problemas: soy yo mismo quien me acusará.
    ¿Cómo he podido arribar a esta situación? Seré totalmente explícito. Mi fiel lector recordará el siguiente fragmento de mi libro “20 Cuentos Eróticos y Otros Cuentos” (“El Tiempo Recobrado”, página 147):

    “... y están los extremistas de todo tipo: quienes guardan todo y quienes tiran todo; quienes todo lo miden con la vara del dinero y quienes en el desinterés cifran toda esperanza; los partidarios de la violencia y los artífices de la paz; y los peores de todos, aquéllos que aplican el método de los paños tibios, ni muy muy ni tan tan, un poco de esto y otro poco de aquello, de todo un poco para que nadie se ofenda, estar bien con Dios y con el Diablo. Tanto más extremistas son estos últimos que los otros, pues apoyan invariablemente el extremo del medio. Y yo digo que no, que ninguno está en lo justo, y que sólo la búsqueda de la verdad en cada caso puede llevar a un resultado correcto, como sea que se interprete la palabra.
    Permítaseme un ejemplo sencillo: sea determinar el resultado de una operación misteriosa entre dos números, digamos 4 y 8. Algunos extremistas sostendrán que el resultado debe ser 4, otros se inclinarán por el 8, aun otros dirán que 4 y 8, que cero, que no hay resultado posible, y los partidarios de los paños tibios defenderán con seguridad el promedio, 6. Y, sin embargo, lo correcto será investigar cuál es la operación misteriosa solicitada, y averiguado que se trata de la suma, por ejemplo, indicar el resultado exacto: 12...”

    Júzguese cuál sería mi estupor al encontrar el siguiente texto en una vieja Selecciones del Reader’s Digest (enero de 1967, página 127):

    “Durante más de 20 años el profesor Edwin Keedy, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Pensilvania, solía empezar su primera clase poniendo en el pizarrón dos números: cuatro y dos. ‘¿Cuál es el resultado?’ preguntaba a la clase.
    Algún estudiante decía ‘Seis’; otro gritaba ‘Dos’. Pero Keedy los pasaba por alto. Varios alumnos proclamaban entonces la posibilidad final: ‘Ocho’, y el profesor meneaba la cabeza. Al final Keedy les explicaba el error colectivo: ‘Ninguno de ustedes formuló la pregunta clave: ¿Cuál es el problema? Señores, a menos que se conozca el problema, es absolutamente imposible llegar a una solución’.
    Aquel juego de salón en clase era muy en serio. Sabía el Dr. Keedy que en cuestión de Derecho, como en la vida diaria, se pierde demasiado tiempo en buscar soluciones a problemas diferentes del planteado... como lo perdería quien se pusiera a pulir las piezas de latón de un navío que naufraga.”

    Mi libro fue editado en el año 2000, pero escribí el fragmento transcripto aproximadamente en 1976, de cualquier manera después de la revista. Es posible que yo haya leído eso en su momento, pero no lo recuerdo; en esos años no solía leer Selecciones, aunque esporádicamente he hojeado algunas que caían en mis manos. Si bien no descarto totalmente la hipótesis de un plagio involuntario, me parece más probable que se trate de una convergencia de ideas.
    Pocos días después di con otro posible plagio. Nuevamente, mi fiel lector recordará este extracto (“Cándido Interludio”, página 262):

    “Repongo prolijamente el dólar en la billetera. Le devuelvo el libro sin decir palabra.
    —¿Rodollffo? Nou, puedess tenerlo. Ell libro ess tuio.
    —Tómalo.
    —¿¿Rodollffo?? ¡Guárdalo, nou immporta! Ess tuio.
    —Tómalo.
    —¿¿¿Rodollffo??? Nou.
    —Tómalo.”

    Compárese con lo siguiente, extractado de “El Negro del Narciso”, de Joseph Conrad, traducción de Joaquín Castañares, Ediciones Marymar, 1975:

    "—Eres un perro. Tómalo —le ordenó.
    Los brazos de Donkin parecían encolados a los muslos; permanecía con los ojos puestos al frente, tieso como en un desfile.
    —Tómalo —repitió el capitán aproximándose un paso; sus alientos rozaban los rostros.
    —Tómalo —le dijo aún con gesto de amenaza.”

    Nótese que, en ambos casos, la exhortación se repite tres veces y siempre sin énfasis: nada de signos de admiración.
    Mucho antes de 1976, fecha del “cuento”, yo había leído el libro de Conrad en otra edición, ejemplar que no he conservado y del que me sería difícil hallar ahora una copia; ignoro si aquella traducción usó los mismos términos. Pero tampoco en este caso creo haber tenido presente ese texto cuando escribí lo mío.
    Sin embargo, hay algo aún más curioso, que casi echaría por tierra toda sospecha de plagio: este “cuento” no es tal, sino una mera transcripción (ligeramente embellecida) de hechos reales, de los cuales fui protagonista. Yo mismo proferí los tres “tómalo” y poco después volqué al papel el episodio. No pude haberlo premeditado. Pero ¿no habrán surgido las palabras desde lo profundo del subconsciente? No podría asegurar ni eso ni lo contrario.
    En algunos casos, mis plagios han sido conscientes y voluntarios, o casi. Como se está viendo, soy asiduo lector de Joseph Conrad. En efecto, recuerdo claramente un pasaje de “Freya, la de las Siete Islas”, que dice:

    “¿Por qué estaría rondando de noche cerca de la ensenada? Debía de ser por algún amorío suyo... Pero ¿a quién podría querer en el grupo de las Siete Islas? Yo no sabía de nadie que pudiera convenirle. Me pasó por la cabeza que me estaba esperando a mí.
    Vaciló —cubierta toda por un velo— fantasmal y tímida. Avancé hacia ella, y a nadie le importan las emociones que me embargaban en aquellos momentos.”

    El pasaje me divirtió, pues Conrad, en un rasgo de humor infrecuente en él, se dirige intempestivamente al lector para cuestionarle su interés. Compárese este fragmento con el siguiente, tomado del comienzo de mi cuento “Adiós”:

    “Poco importa cómo conocí a Cristina. Tal vez me la presentaran, o la haya encontrado en un baile o a la salida de un teatro, y hasta es posible que la abordara en la calle. Poco importa cómo y no diré la verdad, y las razones para no decirla tampoco le interesan a nadie.”

    Obviamente quise lograr el mismo efecto, comenzando la historia con un golpe bajo.
    Veamos un último caso, esta vez con otro escritor. Cerca del comienzo de mi cuento “La Trampa”, se lee:

    “La voz me llegó lejana, como perdida entre la maraña de cables, pero agradecida por haberla recordado.”

    Compárese esto con lo siguiente, extractado del cuento “La Señora Talada”, perteneciente al libro “Las Diversiones Exasperadas”, del argentino Manuel Kirschbaum:

    “...— la voz se ahogaba en una hojarasca de interferencias.”

    En realidad, el parecido es bastante lejano, pero estimo el “plagio” de esta imagen como consciente. Incluso, en el momento en que lo escribí, creía recordar la frase “maraña de cables” como presente en el libro. También es curioso que, habiendo conocido a Kirschbaum, le mostré el manuscrito de mi cuento sin que él advirtiera la similitud (en realidad, no tan curioso, dado que, como se ve, el parecido es mínimo). Lo que en cambio le llamó la atención fue el final abierto, pues no lo comprendía, como les ha sucedido a muchos de mis lectores. Tampoco demasiado curioso, pues a mí mismo me cuesta comprenderlo... Las explicaciones que a veces suelo dar son, en realidad, reflexiones posteriores a la escritura del texto.
    Todo esto nos llevaría a una cuestión más profunda: ¿dónde reside la originalidad? Evidentemente, en el transcurso de mi vida he absorbido textos de la más variada especie, que han influido sobre mi estilo. ¿Habrá quedado una pizca de novedad absoluta en mis cuentos? ¿O todo podría derivarse de mis heterogéneas lecturas?

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    2 comentarios / 297 Visitas

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      • 09/05/07
    14/08/2012
    #2 Re: Plagios

    Harakiri, lo que vos llamás plagio, yo creo que es intertextualidad. Y es bastante natural que ocurra, ya que somos influenciables, y si una frase, o una palabra que leemos nos representa, la incorporamos inconcientemente, sin ninguna intención de plagiar a nadie. Eso es algo que observo acá, en el taller, casi a diario. A veces me encuentro repitiendo palabras de otros, ya sea en cuentos o en comentarios, y también veo que utilizan algunas expresiones mías. Eso puedo detectarlo, porque seguro es algo reciente, pero también me pasó más de una vez, escribir una frase y sentir que ya la conocía de algún lado, y romperme la cabeza pensando de dónde podría ser. Ahora, para tener presentes pasajes enteros de una novela o cuento, y "plagiarlos", como vos decís, me parece que hay que contar con una memoria prodigiosa, salvo que te haya impactado y precisamente por eso la tengas tan en cuenta. Supongo que a esto último es a lo que te referís.

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      • 08/03/10
    15/08/2012
    #3 Re: Plagios

    Muy bueno, Harakiri. Según dicen algunos "NO HAY NADA NUEVO BAJO EL SOL". Yo pienso que TODO es nuevo. Coincido con lo de la intertextualidad consciente o no, pero no olvidemos que el escritor usa las misma letras del abecedario, las mismas palabras, las comas, los puntos, los signos de admiración, pero lo que resulta de su labor es siempre único, aunque otros escritores utilicen los mismos elementos. Eso se llama originalidad. Como la tuya.