#1 [CUENTO] En la gruta del rey de la montaña
Bueno, creo que para ir conociéndonos mejor, podría ir mostrándoles alguno de mis cuentos.
Este lo escribi hace un par de meses. Me gusta, pero algo en la estructura nunca me termino de cerrar y, bueno, como se darán cuenta en cuanto me lean un poco mas, soy famoso por mis malos finales inconclusos
Espero criticas, cruentas y desgarradoras
En la gruta del rey de la montaña
Se lo dice al oído, como un secreto. Porque eso es. Y hay que mantenerlo abajo, en un lugar oscuro. No puede salir a la luz del día porque se quemaría.
Ella le mira de reojo con una sonrisa como un rictus gravada en la carne de su rostro. Es SU secreto y de nadie mas. Algo que comparten entre manos de piel suave y blanca, en sus labios rosados e impolutos. Al dar el reloj el mediodía, salen juntas del instituto, caminando lado a lado, tomadas de las manos entre risitas nerviosas.
Cuando llegan a la casa de la pequeña, se despiden. Pero es solo un “Hasta luego”… y la niña más grande (la dueña del secreto), se aleja a la carrera en una dirección que no es la suya. Hacia los jardines que rodean el lago y las sierras lejanas.
La más joven, la del cabello dorado como el sol tibio de primavera, entorna la puerta y se deja tragar por la oscuridad de la casa.
Allí la madre la recibe con un abrazo que huele a harina vieja y humedad. Ella lo devuelve sintiendo el cuerpo blando de la mujer bajo sus pequeños brazos. La madre le besa la frente dejando un vaho de hedor acre sobre su cabeza, y pregunta:
-¿Que tal la escuela Querida?
Pero ella odia esa palabra y no puede evitar el hacer un puchero al escucharla. Dice que bien, que todo es perfecto y sale a la carrera entre falsas risas a esconderse entre las sabanas suaves y perfumadas de su cama. Tan blandas y suaves como el algodón hilado o el cabello de la niña mayor cuando la luz del sol la ilumina. La ansiedad que la invade es grande, pero el sopor termina por vencerla. Afuera el sol brilla y el calor la aplasta hundiéndola en los brazos de Morfeo. Se pierde en un sueño alquitranado de aguas pantanosas. Un sueño sin sueños, sin descanso.
Cuando despierta, ve que la luz ha bajado. El aire que entra por la ventana se siente fresco e invitador. Apurada, se despoja de las sabanas como si del viejo capullo de una oruga se tratara, y sale por la ventana baja de su habitación. Con presteza se dirige, hacia el lago y sus jardines, apretando entre las manos la linterna de aceite y las cerillas que la madre guarda en el estante de los trapos.
Cuando llega al borde del agua calma, Ella le espera. Se toman de las manos con una risa no del todo despojada de aprensión, y van a la carrera hacia las primeras rocas que emergen detrás de los espinosos arbustos de grosellas.
“Cuidado” murmuran a las espinas que buscan su piel.
“Despacio” comparten a sus inquietos pies que buscan caer frente a las grietas del suelo.
“Silencio” cotorrean, pero sus bocas no les escuchan… Los murmullos las siguen como insectos rodantes entre sus pequeños pies que arrojan piedrecillas y levantan suaves nubes de polvo que les llegan hasta las rodillas.
Sus pasos son pequeños y las distancias grandes, pero aunque los zapatos blancos se resienten, la expectativa es demasiado grande como para detenerse a descansar.
Recorren una distancia tres veces mayor que el camino de la puerta de la casa más lejana hasta el borde del lago, antes de dar con la entrada a la gruta. La más pequeña apoya una mano en el borde, sintiendo la dureza profunda y ancestral de aquella roca hundiéndose en su piel y dándole forma. Es la piel de un gigante que podría despedazarla si así lo quisiera y este pensamiento brota como un escalofrío de algún lugar de su cuerpo que nunca había sentido antes. Oculto en sus entrañas como la misma gruta.
“Vamos” dice la mayor sin usar palabras. Y al ver dentro de sus ojos, la pequeña reconoce la misma sensación extraña que acaba de conocer.
“Esta adentro” le dicen sus vientres. “En la montaña”. Y esta se yergue sobre ellas, alas de buitre, mantos de sombras corpórea esperando un bocado de la joven carne que se acerca a sus fauces.
Pero en lugar de huir por el miedo que comienza a cobrar forma, el deseo atávico se alimenta de este como un monstruo de ojos azules como un cielo profundo e infinito. El secreto de la gruta y la curiosidad que las arrastra hacia allí.
Los dedos se mueven ágiles, hurgando entre las cerillas hasta que siente la cabeza de cera y la frota contra la misma roca de la gruta. El sonido es casi un murmullo de dolor. Un raspón contra esa gran piel que cubre todo. Lleva la flama azulada hacia la mecha de la lámpara y el recinto se ilumina con olas de fuego rojo, naranja y amarillo, reflejando su luz artificial en los cristales que la cubren.
La gruta es amplia, las rocas cubiertas de objetos ajenos.
Telas polvorientas y latas oxidadas.
Palos y lanzas improvisadas con las ramas de los árboles y rocas de calcedonia afilada, apoyados contra las paredes que parecen latir contra su peso.
La piel de la gruta esta llena de tatuajes pintados con el carbón de la madera quemada.
En una esquina un montículo de revistas y papeles mohosos.
El terreno huele a orina y sudor…
El secreto esta más allá de todo aquello. Descansa su cuerpo antiguo sobre un viejo colchón deshecho del que provienen todos los olores que unas niñas no deberían conocer jamás. Su cuerpo no se mueve. Su pecho ya no inspira.
La niña mayor toma una de las lanzas improvisadas y usa su filo para pincharle el costado. Una larga hendidura aparece allí, pero no sangra. Un par de moscas que tantean la superficie de la piel se introducen en ella desapareciendo en las profundidades.
“El rey ha muerto” se dicen una a la otra con un brillo en sus ojos, y estallan en carcajadas.
La boca de la gruta quiere reír con ellas, pero no puede. Su cavidad esta bloqueada por la sombra del rey ausente. En su mano sostiene la mejor de las lanzas, y carga sobre sus hombros la piel de una presa gorda. Su piel es sólida y áspera. Y moldea la carne joven.
Este lo escribi hace un par de meses. Me gusta, pero algo en la estructura nunca me termino de cerrar y, bueno, como se darán cuenta en cuanto me lean un poco mas, soy famoso por mis malos finales inconclusos

Espero criticas, cruentas y desgarradoras

En la gruta del rey de la montaña
Se lo dice al oído, como un secreto. Porque eso es. Y hay que mantenerlo abajo, en un lugar oscuro. No puede salir a la luz del día porque se quemaría.
Ella le mira de reojo con una sonrisa como un rictus gravada en la carne de su rostro. Es SU secreto y de nadie mas. Algo que comparten entre manos de piel suave y blanca, en sus labios rosados e impolutos. Al dar el reloj el mediodía, salen juntas del instituto, caminando lado a lado, tomadas de las manos entre risitas nerviosas.
Cuando llegan a la casa de la pequeña, se despiden. Pero es solo un “Hasta luego”… y la niña más grande (la dueña del secreto), se aleja a la carrera en una dirección que no es la suya. Hacia los jardines que rodean el lago y las sierras lejanas.
La más joven, la del cabello dorado como el sol tibio de primavera, entorna la puerta y se deja tragar por la oscuridad de la casa.
Allí la madre la recibe con un abrazo que huele a harina vieja y humedad. Ella lo devuelve sintiendo el cuerpo blando de la mujer bajo sus pequeños brazos. La madre le besa la frente dejando un vaho de hedor acre sobre su cabeza, y pregunta:
-¿Que tal la escuela Querida?
Pero ella odia esa palabra y no puede evitar el hacer un puchero al escucharla. Dice que bien, que todo es perfecto y sale a la carrera entre falsas risas a esconderse entre las sabanas suaves y perfumadas de su cama. Tan blandas y suaves como el algodón hilado o el cabello de la niña mayor cuando la luz del sol la ilumina. La ansiedad que la invade es grande, pero el sopor termina por vencerla. Afuera el sol brilla y el calor la aplasta hundiéndola en los brazos de Morfeo. Se pierde en un sueño alquitranado de aguas pantanosas. Un sueño sin sueños, sin descanso.
Cuando despierta, ve que la luz ha bajado. El aire que entra por la ventana se siente fresco e invitador. Apurada, se despoja de las sabanas como si del viejo capullo de una oruga se tratara, y sale por la ventana baja de su habitación. Con presteza se dirige, hacia el lago y sus jardines, apretando entre las manos la linterna de aceite y las cerillas que la madre guarda en el estante de los trapos.
Cuando llega al borde del agua calma, Ella le espera. Se toman de las manos con una risa no del todo despojada de aprensión, y van a la carrera hacia las primeras rocas que emergen detrás de los espinosos arbustos de grosellas.
“Cuidado” murmuran a las espinas que buscan su piel.
“Despacio” comparten a sus inquietos pies que buscan caer frente a las grietas del suelo.
“Silencio” cotorrean, pero sus bocas no les escuchan… Los murmullos las siguen como insectos rodantes entre sus pequeños pies que arrojan piedrecillas y levantan suaves nubes de polvo que les llegan hasta las rodillas.
Sus pasos son pequeños y las distancias grandes, pero aunque los zapatos blancos se resienten, la expectativa es demasiado grande como para detenerse a descansar.
Recorren una distancia tres veces mayor que el camino de la puerta de la casa más lejana hasta el borde del lago, antes de dar con la entrada a la gruta. La más pequeña apoya una mano en el borde, sintiendo la dureza profunda y ancestral de aquella roca hundiéndose en su piel y dándole forma. Es la piel de un gigante que podría despedazarla si así lo quisiera y este pensamiento brota como un escalofrío de algún lugar de su cuerpo que nunca había sentido antes. Oculto en sus entrañas como la misma gruta.
“Vamos” dice la mayor sin usar palabras. Y al ver dentro de sus ojos, la pequeña reconoce la misma sensación extraña que acaba de conocer.
“Esta adentro” le dicen sus vientres. “En la montaña”. Y esta se yergue sobre ellas, alas de buitre, mantos de sombras corpórea esperando un bocado de la joven carne que se acerca a sus fauces.
Pero en lugar de huir por el miedo que comienza a cobrar forma, el deseo atávico se alimenta de este como un monstruo de ojos azules como un cielo profundo e infinito. El secreto de la gruta y la curiosidad que las arrastra hacia allí.
Los dedos se mueven ágiles, hurgando entre las cerillas hasta que siente la cabeza de cera y la frota contra la misma roca de la gruta. El sonido es casi un murmullo de dolor. Un raspón contra esa gran piel que cubre todo. Lleva la flama azulada hacia la mecha de la lámpara y el recinto se ilumina con olas de fuego rojo, naranja y amarillo, reflejando su luz artificial en los cristales que la cubren.
La gruta es amplia, las rocas cubiertas de objetos ajenos.
Telas polvorientas y latas oxidadas.
Palos y lanzas improvisadas con las ramas de los árboles y rocas de calcedonia afilada, apoyados contra las paredes que parecen latir contra su peso.
La piel de la gruta esta llena de tatuajes pintados con el carbón de la madera quemada.
En una esquina un montículo de revistas y papeles mohosos.
El terreno huele a orina y sudor…
El secreto esta más allá de todo aquello. Descansa su cuerpo antiguo sobre un viejo colchón deshecho del que provienen todos los olores que unas niñas no deberían conocer jamás. Su cuerpo no se mueve. Su pecho ya no inspira.
La niña mayor toma una de las lanzas improvisadas y usa su filo para pincharle el costado. Una larga hendidura aparece allí, pero no sangra. Un par de moscas que tantean la superficie de la piel se introducen en ella desapareciendo en las profundidades.
“El rey ha muerto” se dicen una a la otra con un brillo en sus ojos, y estallan en carcajadas.
La boca de la gruta quiere reír con ellas, pero no puede. Su cavidad esta bloqueada por la sombra del rey ausente. En su mano sostiene la mejor de las lanzas, y carga sobre sus hombros la piel de una presa gorda. Su piel es sólida y áspera. Y moldea la carne joven.
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