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[CUENTO] La expiación de Hendrix (mi gato negro)

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Se escuchó un maullido y ruido de vidrios rotos; corrí, volcando la tinta de colores ...

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    #1 [CUENTO] La expiación de Hendrix (mi gato negro)
    Se escuchó un maullido y ruido de vidrios rotos; corrí, volcando la tinta de colores sobre el cuadro que estaba pintando y lo ví, negro y ensangrentado, sobre el blanco inmaculado del mármol de la cocina.

    A su lado, una piedra tosca, arrojada por los hijos de puta de aquí a la vuelta, fue retenida en mis manos como si fuera una hermosa joya; con ella adornaría sus cabezas, cumpliendo mi advertencia.

    Se los dije mil veces: al que me toque a Hendrix lo mato. Pero no me dieron bola. Decían que los gatos negros traen mala suerte y mentiría si no reconociera que estaba esperando que algo así suceda. Estaba segura, porque conozco como funcionan sus mentes cuando consumen paco.

    Entre las supersticiones del altiplano, existe la idea de que los animales negros, sean perros, gallos, pájaros o gatos, sirven para expiar nuestros pecados. Ellos pagarán nuestras cuentas.

    Pero se cagan en las creencias de sus ancestros, idiotizados por otra adicción tanto o más peligrosa: la televisión, con sus desfiles de tetaculos prominentes y antiestéticos, violencia a la salida de los boliches o escuelas y sexo en megadosis.

    Cuando me vine a vivir al campo, traje a Hendrix en la mañana de un primero de año –cuando lo encontré en una plaza- flaco y raquítico, escapando de los glamorosos perros de viejas que se habían acostado temprano, antes de que suenen las doce de la noche anterior.

    Al día siguiente de su muerte subí al sitio más alto de la loma, vislumbrando las torres armadas con chapas mugrientas, que usaban para espiarme; a las cinco en punto, los pibes salían del colegio con la gomera y sus cuadernos roñosos; solo era cuestión de tener paciencia.

    Cuando los ví acercarse a sus casillas inmundas y acurrucarse alrededor del fuego de un tambor, me deslicé sin ser vista hasta que los tuve a tiro; escuché como se reían de las cagadas que se mandaban.

    No lo pensé más y tiré la piedra al montón, con toda la fuerza que pude juntar -que era mucha- porque el odio era el que me inspiraba. El peor de todos, que era el más chico, cayó sobre el tambor; saltando sobre el fuego sus secuaces trataron de ayudarlo, mientras los gritos de todos atrajeron a las madres gordas y pendencieras que con sus celulares con camarita me sacaron fotos y llamaron a la policía.

    Unos minutos después, un patrullero que siempre estaba en esa esquina, protegiendo a los chorros de la villa, me llevó.

    En la seccional, dos oficiales observándose mutuamente después de escuchar al jefe de la patrulla, que era el padre del pibito, me encerraron en el calabozo y llamaron a la Fiscalía.

    No me arrepiento Hendrix, lo hice porque te amaba y eras mi única compañía. No había necesidad de que pagaras mis culpas.

    Yo siempre me hago cargo.

    Cuando salí de pudrirme tres años en la cárcel por haberle causado lesiones graves a ese pibito, volví a la asquerosa villa donde él y los otros vivían y donde sucedieron aquellos hechos.

    Cómo? Qué estoy loca?

    Puede ser. Nunca más volví a ser la misma desde que me mataron a Hendrix de un piedrazo.

    Pero tuve mis razones. No crean que soy irreflexiva.

    Durante esos tres duros años, maduré la idea de averiguar a toda costa, porqué lo habían hecho. Una bronca que no podía dominar, me subía hasta las orejas que se ponían calientes y rojas como ajíes asados, planificando mis pasos para cuando saliera.

    La repulsión por la crueldad con los animales, está en alguna zona de mi cerebro que debo tener sumamente exacerbada, engendrando en mí una violencia que ignoraba poseer –hasta ahora- y que por lo visto borra los límites entre el deseo de venganza y la venganza propiamente dicha.

    Esto me asusta, lo confieso. No quiero hacer daño, pero no puedo evitar mis pensamientos de ira y todo lo que pueda servir para mis fines, lo haré sin la barrera con la que el miedo impide mayores males.

    Llegando al caserío, el aire era una mezcla de olores a fritanga y basura amontonada alrededor de las casuchas, como si formaran parte del paisaje en el que los miserables desean vivir.

    Cuando me vieron de lejos, enseguida me reconocieron; ellos siempre saben cuando largan a un preso ¡no lo van a saber! Siempre tienen a alguien en cana -pariente o amigo- que los mantiene informados y cuando, además, el padre de uno de ellos es policía.

    No me importaba nada. Lo único que quería era enfrentar a la gorda grasosa del celular con camarita y verla por última vez con vida.

    Una mano me detuvo con todo el peso de un cuerpo macizo, preguntándome qué buscaba. Le dije simplemente:

    -A la madre del borrego- No dicen acaso, que la culpa siempre la tiene ella?

    Desde la puerta de uno de los ranchos, una mujer flaca, raquítica y maloliente, me pidió con sus extraviados ojos, que por favor entrara a su casa; ví en su mirada sufrida, una súplica inesperada que aquietó mi furia, presintiendo una ayuda inesperada.

    Quitando de mi cuerpo esa mano que me sujetaba, la seguí y mansamente, ansiosa por la curiosidad, me apoyé en un cajón de frutas que me ofreció para sentarme.

    -No se meta señora, es mala gente … le harán daño. Si yo me pudiera ir, hace rato que ya no estaría aquí. ¡Mire cómo estoy! Hace dos años mi marido y mi hija desaparecieron y nunca más supe nada ¡váyase ya mismo! Yo ya no tengo nada que perder, estar o no estar, es lo mismo- y se puso a llorar desconsoladamente.


    Debo admitir que sus lágrimas me persuadieron inmediatamente y sin pensarlo más, conmovida por ese despojo de mujer, la tomé de la mano y le dije : usted viene conmigo.

    Una potencia que nacía de mi odio, me revistió con una invulnerable capa de seguridad y confianza en mí misma y ante las miradas de reojo, nos fuimos de la villa.

    Cuando llegamos a mi casa, reconforté a la mujer con un café caliente y galletitas. Presionando su voluntad, como si le quisiera sacar una confesión a alguien que va a morir pronto, le pedí que me contara todo lo que sabía.

    Nunca debí habérselo pedido. La enfermedad estaba en el remedio.

    Me contó que una vez una chica de la villa, había venido a limpiar mi casa, hasta que la agarré robándome y la denuncié. Estuvo un año presa. Era la hija de la gorda, la hermana del pibito, la hija del policía.

    Desde entonces, me la habían jurado.

    La gorda grasienta pagaba diez pesos por cada cabeza de gato negro que le llevaran y con ellas hacía sus trabajos ; en una ignorante y poco glamorosa glorificación de su autoestima, se imbuía con poderes mágicos para causar daño en nombre de dios.

    Argumentaba que los gatos negros traían mala suerte y los descabezaba para luego, curar a personas que sufrían un daño ; otros, más ignorantes que ella y aún menos glamorosos, le creían y le pagaban con lo único que tenían : migajas.

    Por migajas y por la autoestima de una bestia grasosa, muchos como yo, habían perdido a sus Hendrix y los seguirían perdiendo, si alguien no hacía algo. Pronto. Ya mismo.

    En la oscuridad de la noche, amparada por el embotamiento irracional que les causaban sus borracheras, volví a la villa.

    Llevé una botella de nafta y rocié la casilla de la gorda bruja.

    Alejándome, con un puñado de pasto seco envuelto en una bolsa de nylon, encendí la antorcha y de un revuelo la metí por un ventanuco roto, hasta sentir el estampido del fuego crepitando.

    Atrincherados entre sus cartones, no tuvieron tiempo a nada.

    Pero lo que recuerdo bien claramente, es la figura de la gorda bruja, derritiéndose como una estatua de cera en el medio de la hoguera.

    Se acabó la bruja.

    Dije que la enfermedad está en el remedio y saben porqué lo dije?

    Porque a pesar de haber consumado mi venganza y de que pude escaparme, hoy el único motivo que me alienta para seguir viviendo, es asesinar a las brujas que matan gatos negros para hacer sus maldades.

    Donde sea que estén las busco y las aniquilo, como una inquisidora de los años dos mil … y que dios me perdone …
    Editado por *alquimia - 19.07.2008 21:20 hs. | Motivo: agregar segunda parte
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  • #2 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Genia Alquimia! un cuentazo. Ambientado, lenguaje acorde, descripción de personajes, incluso la narradora se describe de algún modo, buenísimo Alquimia, y el cierre excelente.
    Lo que pueda parecer morboso con los chicos, se explica por el personaje que narra, lo incontrolable de algunas travesuras crueles de chicos que no tienen quien los limite, y la desprotección de la mujer sola, que se va a vivir al campo con un gato por toda compañía. Fuerte el tema.
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  • #3 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Me encantó, me identifica tu forma casi gutural de escribir, los códigos de barrio que tan bien expresás, la pintura de plaza, que uno reconoce tanto después de haberla transitado tantas veces.
    Me gustó mucho!!!
    y dale con los gatos negros!!!!
    abrazos
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  • #4 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Iride y Carin : me siento pletórica con sus críticas.

    Iride: viniendo de vos, un genia es lo más.
    Carin: me gustó tu definición de mi estilo : gutural ... buenisimo y acertadísimo!!!

    y le doy nomás con los gatos negros ... " NO SE PIERDA EL PROXIMO CAPITULO EN ... ENSALADA DE SITUACIONES ... RONDA 5 o 6"
    Qué bueno tu regreso !!
    besososs a ambas
    Editado por *alquimia - 26.06.2008 21:50 hs.
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  • #5 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Si tuviera que dar una crítica como esas que aparecen en la contratapa de los libros: "Etapas de realidad cruda y un agregado místico."
    Por ahí como que me agarra un poquito de cosa, son niños...

    Saludos
    Ignacio
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  • #6 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Querido Ignacio: no te olvides que es solo un cuento y veo que te involucraste personalmente, tomando partido. Eso no está mal si consideramos al arte (suponiendo que lo sea!) como una forma de reflejar la realidad entre otras cosas. Pero, escuchás las noticias de estos últimos tiempos? hay cada noticia que nuestros más horrorosos cuentos son un poroto!
    De todas formas, no soy yo la que hizo eso: fue la protagonista.
    besosossss
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  • #7 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    La verdad que está todo más que podrido. Yo los he visto, chicos aspirando pegamento, fumando... Soy de un barrio muy humilde, me han querido robar millones de veces, he llegado a defenderme de esas "criaturitas". Es cuento que logra totalmente su objetivo.

    Saludos
    Ignacio
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  • #8 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Hola! como no se como hacer de otra manera, les cuento que escribí la tercera parte y lo quiero mandar a un concurso. También cambié algunas cosas de los que ya estaban escritos, así que opinen!!!
    besosossss
    La expiación de Hendrix

    Se escuchó un maullido y ruido de vidrios rotos; corrí, volcando la tinta de colores sobre el cuadro que estaba pintando y lo ví, negro y ensangrentado, sobre el blanco inmaculado del mármol de la cocina.
    Lograron escaparse sin tener tiempo de llevárselo.

    A su lado, una piedra tosca, arrojada por los hijos de puta de aquí cerca, fue retenida en mis manos como si fuera una hermosa joya; con ella adornaría sus cabezas, cumpliendo mi advertencia.

    Se los dije mil veces: al que me toque a Hendrix lo mato. Pero no me dieron bola. Decían que los gatos negros traen mala suerte y mentiría si no reconociera que estaba esperando que algo así suceda. Estaba segura, porque conozco como funcionan sus mentes cuando necesitan plata para comprarse paco.

    Entre las supersticiones del altiplano, existe la idea de que los animales negros, sean perros, gallos, pájaros o gatos, sirven para expiar nuestros pecados. Ellos pagarán nuestras cuentas.

    Alimentados por las malignas creencias de sus ancestros brujos, estimulados por unos pesos roñosos e idiotizados por otra adicción tanto o más peligrosa: la televisión, con sus desfiles de tetaculos bizarros y antiestéticos, buscan una enferma excitación que los rescate del vacío en el que viven. Secretan mediocre adrenalina temporaria en lugar de satisfactorias endorfinas duraderas.

    Cuando me vine a vivir al campo, traje a Hendrix en la mañana de un primero de año –cuando lo encontré en una plaza- flaco y raquítico, escapando de los glamorosos perros de viejas que se habían acostado temprano, antes de que suenen las doce de la noche anterior.

    Ese tibio recuerdo, al día siguiente de su muerte, me llevó al sitio más alto de la loma, vislumbrando las torres armadas con chapas mugrientas, que usaban para espiarme; a las cinco en punto, los pibes salían del colegio con la gomera y sus cuadernos rotosos; solo era cuestión de tener paciencia.

    Cuando los ví acercarse a sus casillas inmundas y acurrucarse alrededor del fuego de un tambor, me deslicé sin ser vista hasta que los tuve a tiro; escuché como se reían de las cagadas que se mandaban.

    No lo pensé más y tiré la piedra al montón, con toda la fuerza que pude juntar -que era mucha- porque el odio era el que me inspiraba. El peor de todos, que era el más chico, cayó sobre el tambor; saltando sobre el fuego sus secuaces trataron de ayudarlo, mientras los gritos de todos atrajeron a las madres gordas y pendencieras que con sus celulares con camarita me sacaron fotos y llamaron a la policía.

    Unos minutos después, un patrullero que siempre estaba en esa esquina, protegiendo a los chorros de la villa, me llevó.

    En la seccional, después de escuchar al jefe de la patrulla, que era el padre del pibito, me encerraron en el calabozo y llamaron a la Fiscalía.

    No me arrepiento Hendrix, lo hice porque te amaba y eras mi única compañía. No había necesidad de que pagaras mis culpas.

    Yo siempre me hago cargo.

    Cuando salí de pudrirme tres años en la cárcel por haberle causado lesiones graves a ese pibito, volví a la asquerosa villa donde él y los otros vivían y donde sucedieron aquellos hechos.

    Cómo? Qué estoy loca?

    Puede ser. Nunca más volví a ser la misma desde que mataron a Hendrix de un piedrazo.

    Pero tuve mis razones. No crean que soy irreflexiva.

    Durante esos tres duros años, maduré la idea de averiguar a toda costa, porqué lo habían hecho. Una bronca que no podía dominar, me subía hasta las orejas que se ponían calientes y rojas como ajíes asados, planificando mis pasos para cuando saliera.

    La repulsión por la crueldad con los animales, está en alguna zona de mi cerebro que debo tener sumamente exacerbada, engendrando en mí una violencia que ignoraba poseer –hasta ahora- y que por lo visto borra los límites entre el deseo de venganza y la venganza propiamente dicha.

    Esto me asusta, lo confieso. No quiero hacer daño, pero no puedo evitar mis pensamientos de ira y todo lo que pueda servir para mis fines, lo haré sin la barrera con la que el miedo impide mayores males.

    Llegando al caserío, el aire era una mezcla de olores a fritanga y basura amontonada alrededor de las casuchas, como si formaran parte del paisaje en el que los miserables desean vivir.

    Cuando me vieron de lejos, enseguida me reconocieron; ellos siempre saben cuando largan a un preso ¡no lo van a saber! Siempre tienen a alguien en cana -pariente o amigo- que los mantiene informados y cuando, además, el padre de uno de ellos es policía.

    No me importaba nada. Lo único que quería era enfrentar a la gorda grasosa del celular con camarita y verla por última vez con vida.

    Una mano me detuvo con todo el peso de un cuerpo macizo, preguntándome qué buscaba. Le dije simplemente:

    -A la madre del borrego- No dicen acaso, que la culpa siempre la tiene ella?

    Desde la puerta de uno de los ranchos, una mujer flaca, raquítica y maloliente, me pidió con sus extraviados ojos, que por favor entrara a su casa; ví en su mirada sufrida, una súplica inesperada que aquietó mi furia, presintiendo una ayuda inesperada.

    Quitando de mi cuerpo esa mano que me sujetaba, la seguí y mansamente, ansiosa por la curiosidad, me apoyé en un cajón de frutas que me ofreció para sentarme.

    -No se meta señora, es mala gente … le harán daño. Si yo me pudiera ir, hace rato que ya no estaría aquí. ¡Mire cómo estoy! Hace dos años mi marido y mi hija desaparecieron y nunca más supe nada ¡váyase ya mismo! Yo ya no tengo nada que perder, estar o no estar, es lo mismo- y se puso a llorar desconsoladamente.


    Debo admitir que sus lágrimas me persuadieron inmediatamente y sin pensarlo más, conmovida por ese despojo de mujer, la tomé de la mano y le dije : usted viene conmigo.

    Una potencia que nacía de mi odio, me revistió con una invulnerable capa de seguridad y confianza en mí misma y ante las miradas de reojo, nos fuimos de la villa.

    Cuando llegamos a mi casa, reconforté a la mujer con un café caliente y galletitas. Presionando su voluntad, como si le quisiera sacar una confesión a alguien que va a morir pronto, le pedí que me contara todo lo que sabía.

    Nunca debí habérselo pedido. La enfermedad estaba en el remedio.

    Me contó que una vez una chica de la villa, había venido a limpiar mi casa, hasta que la agarré robándome y la denuncié. Estuvo un año presa. Era la hija de la gorda, la hermana del pibito, la hija del policía.

    Desde entonces, me la habían jurado.

    La gorda grasienta pagaba diez pesos por cada cabeza de gato negro que le llevaran y con ellas hacía sus trabajos ; en una ignorante y poco glamorosa glorificación de su autoestima, se imbuía con poderes mágicos para causar daño en nombre de dios.

    Argumentaba que los gatos negros traían mala suerte y los descabezaba para luego, curar a personas que sufrían un daño ; otros, más ignorantes que ella y aún menos glamorosos, le creían y le pagaban con lo único que tenían : migajas.

    Por migajas y por la autoestima de una bestia grasosa, muchos como yo, habían perdido a sus Hendrix y los seguirían perdiendo, si alguien no hacía algo. Pronto. Ya mismo.

    En la oscuridad de la noche, amparada por el embotamiento irracional que les causaban sus borracheras, volví a la villa.

    Llevé una botella de nafta y rocié la casilla de la gorda bruja.

    Alejándome, con un puñado de pasto seco envuelto en una bolsa de nylon, encendí la antorcha y de un revuelo la metí por un ventanuco roto, hasta sentir el estampido del fuego crepitando.

    Atrincherados entre sus cartones, no tuvieron tiempo a nada.

    Pero lo que recuerdo bien claramente, es la figura de la gorda bruja, derritiéndose como una estatua de cera en el medio de la hoguera.

    Se acabó la bruja.

    Dije que la enfermedad está en el remedio y saben porqué lo dije?

    Porque a pesar de haber consumado mi venganza y de que pude escaparme, hoy el único motivo que me alienta para seguir viviendo, es asesinar a las brujas que matan gatos negros para hacer sus maldades.

    Donde sea que estén las busco y las aniquilo, como una inquisidora de los años dos mil … y que dios me perdone …

    Estos últimos tiempos no me he sentido bien. Ubicuos dolores indefinidos me molestan a cualquier hora, especialmente por la noche, que antes pasaba sin darme cuenta y que ahora es un martirio de visiones que no sé si son sueños o mensajes.

    Siento puntadas en la boca del estómago, debajo de las costillas izquierdas y sobre el pecho una presión como si algo me oprimiera.

    -Eso es angustia- dijo mi vieja, que de eso algo sabe.

    A decir verdad se está instalando en mí, que mi cuerpo es el campo de batalla que la bruja que descabeza gatos negros como Hendrix, ha elegido para tratar de destruírme. Cuando la ví derretirse ante mis ojos, creí haber terminado con ella, pero algo me dice que no fue así.

    No quiero admitirlo; mi razón se niega y mis ángeles me han abandonado. Tal vez consideren que me estoy arrogando la determinación que solo dios puede tomar con ellas.

    Pero no puedo soportarlo y aunque solo sea salvar una de vida de un
    ser inocente, hace que la mía tenga sentido.

    Quizás no murió y solo cambió de estado. Esta presunción hace que permanentemente observe alguna señal extraña que me dé una pista.

    Ciertas personas en las que hasta hoy no había prestado atención, me resultan evasivas, noto que me evitan y me doy cuenta que en realidad no sé nada de ellas. Se mueven por la zona, yendo y viniendo, sin poder determinar adonde van ni que piensan acerca de nada. Son herméticos y entre ellos se saludan como viejos amigos, manteniendo diálogos alejados de los demás. Realizan pequeñas tareas en varias casas del barrio, teniendo carta blanca para entrar, salir y conocer las costumbres de cada uno de los vecinos. No participan en casi ningún evento social y viven en sus cuevas miserables; sin embargo no se percibe en ellos necesidades económicas urgentes ni cuentan sus cosas.

    En una aldea pequeña, ir a misa es más que un cumplimiento religioso: es casi tener la obligación de hacerlo para no echarse enemigos o comentarios estrafalarios. Lo curioso es que ninguna de éstas personas lo hace y recién lo noto.

    Reviso mis creencias y con la razón me ayudo a conservar mis principios intelectuales, pero algo se escapa de la lógica y eso me produce inquietud. Tampoco puedo decir abiertamente que no tenga cierta vida espiritual, pero es más un seguro adoptado que una fé sin límites, lo que me anima.

    Mi personalidad gótica, mi cielo dark, me dieron un caparazón difícil de penetrar, por lo que miedo no es lo que tengo, pero la sensación de haber comido algo muerto, es lo mejor que puedo decir para expresar mi sensación.

    Con quién hablar de esto? Es absurdo pensar en la más mínima posibilidad de abrigarme en la comprensión de un mundo helado, eso lo sé. Me siento perdida y desorientada.

    Los universos que creamos para vivir en ellos, solo son recipientes sin sentido, pienso ahora. Encerrados solos en esas burbujas aisladas, construímos nuestro refugio y nuestra tumba al mismo tiempo.

    No querer contaminarnos nos hace frágiles, vulnerables a bacterias y virus espectrales que actúan dentro y fuera nuestro; ellos mientras tanto minan nuestros espacios socavando las defensas y cuando queremos acordarnos ya es demasiado tarde: la enfermedad avanzó sin resistencias y se enquistó en las entrañas.

    Pero anoche, en un sueño dulce, donde me ví jugando con Hendrix de manera tan real que sentía su pelito tibio y sus garras de juguete amasándome la panza como siempre hacía; tuve la seguridad que esa era la realidad y que lo demás, su muerte, era la mentira. Fijé mi atención en sus pupilas verticales y en cada una de ellas me ví a mí misma, mirándome.

    En ese terrible estado, me desperté llorando y empapada de sudor y lágrimas, comprobé que todo había sido un sueño y que no estaba a mi lado, dudando ya si esta realidad también se desvanecería y que la verdad era que nada había pasado y que Hendrix vivía y que el sueño era el mundo real.

    Completamente confusa, traté de incorporarme, pero el sueño me venció y alguna secreta yo, desde algún recóndito rincón de mí misma me ordenó volverme a sumergir en los ojos de Hendrix, buscando las señales de las que había huído, despertándome.

    Esta vez no sucumbiría ante mis sentimientos y escrudriñaría en su alma, la de Hendrix, para recibir su ayuda. Sólo él podía tener la respuesta.

    Provista de una descomunal lucidez visual, entré a sus pupilas verticales y me ví en una de ellas con un símbolo blanco en el medio del pecho y en la otra con el mismo símbolo, pero negro. Poco a poco fui descifrándolos hasta comprender que eran signos de interrogación: en una pupila abrían, en la otra cerraban. Cuál sería la pregunta?

    En un diabólico koan, los signos quedaron tallados en mi mente, golpeados por el maldito martillo del artesano del miedo.

    Tomé distancia de las pupilas interrogadoras hasta tener una perspectiva más amplia de la cabeza de Hendrix, que ocupó toda la pantalla en la que con mi alterado estado la veía.

    Ronroneando desde sus bigotes abrió levemente la boca y un espantoso sonido similar a un gruñido que nunca antes le había escuchado, me preguntó:
    -¿vendrías conmigo para siempre?

    Conmocionada por la posibilidad de borrar los últimos sucesos que tanto me afectaron y desando volver a tenerlo a mi lado, cuando estaba a punto de contestar que sí, sus garras –ahora filosas y penetrantes- se hundieron en mis carnes, más como una advertencia que como un cariñoso amasijo o un deseo de producirme daño.

    Retrocedí espantada del propio ser que tanto amaba y con una certeza clara como una iluminación, comprendí que el que me hablaba no era Hendrix, sino quien se había apoderado de su vida y lo había poseído.

    Con el dolor más grande de mi alma y entendiendo el mensaje de sus garras, tuve que decidir.

    Con mis apenadas manos tomé su cabeza como si fuera un muñeco articulado, la giré sobre sí misma y la arranqué brutalmente.

    Los ubicuos dolores físicos que me atenazaban se hicieron más fuertes que nunca y los lascerantes dolores de mi alma parecieron imposibles de soportar, sin poder determinar qué me dolía más, si mi cuerpo o mi alma.

    Cuando finalizado tan aberrante acto y muerta de pena y asco, recogí con dulzura la cabeza tan querida, tan acariciada durante tantos años, la acuné entre mis brazos desolados.

    Ninguna mueca de dolor quedaba en ella. Una gran paz se había instalado en la negra figura y en las pupilas verticales, desmesuradamente dilatadas, la imagen horrorosa de la gorda bruja, ardía nuevamente en el fuego de sus ojos. Retorciéndose por la contracción de sus tendones calcinados, que como botellas del ordinario plástico de gaseosas baratas que toman en la villa, otra vez se derretía ante mí.

    No sé cuando fue, pero al despertar tirada boca arriba en el pasto fresco de una mañana gloriosa, mi cuerpo aliviado de dolores, tenía la energía potente de los que ganan la batalla después de una lucha agotadora.

    Desde el cielo claro, mi gato negro, mi amadísimo Hendrix, disfrutaba satisfecho por su deber cumplido, por su expiación por amor, por su inmolación para liberarme del mal en el último aliento que me regaló para salvarme, protegerme y devolverme entera para seguir mi guerra.
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  • Usuario inexistente escribió hace 1 año ¿Mensaje inapropiado?

    #9 Re: La expiación de Hendrix (mi gato negro)

    Si la depresión es ira sin entusiasmo, el odio es ira sin ataduras...

    Mas allá de juicios morales sobre la justificación o no del odio.. el cuento te atrapa.

    Haciendo a un lado nuestro gusto mutuo por los gatos negros , me gustó mucho la historia.

    Sin ser experto, ni nada por el estilo, te diré que la ultima parte que agregaste, percibo sin definirlo bien, un cambio de estilo, con una narrativa a otro tempo y un poco mas descriptivo o reflexivo, con ideas y conceptos mas rebuscados, divergiendo con el estilo crudo, directo y casi sin gastar de más ninguna palabra de la primera parte. Es solo una impresión.

    Te felicito *Alquimia. Ya tienes a un seguidor más de tus historias.
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