#1 [CUENTO] La expiación de Hendrix (mi gato negro)
Se escuchó un maullido y ruido de vidrios rotos; corrí, volcando la tinta de colores sobre el cuadro que estaba pintando y lo ví, negro y ensangrentado, sobre el blanco inmaculado del mármol de la cocina.
A su lado, una piedra tosca, arrojada por los hijos de puta de aquí a la vuelta, fue retenida en mis manos como si fuera una hermosa joya; con ella adornaría sus cabezas, cumpliendo mi advertencia.
Se los dije mil veces: al que me toque a Hendrix lo mato. Pero no me dieron bola. Decían que los gatos negros traen mala suerte y mentiría si no reconociera que estaba esperando que algo así suceda. Estaba segura, porque conozco como funcionan sus mentes cuando consumen paco.
Entre las supersticiones del altiplano, existe la idea de que los animales negros, sean perros, gallos, pájaros o gatos, sirven para expiar nuestros pecados. Ellos pagarán nuestras cuentas.
Pero se cagan en las creencias de sus ancestros, idiotizados por otra adicción tanto o más peligrosa: la televisión, con sus desfiles de tetaculos prominentes y antiestéticos, violencia a la salida de los boliches o escuelas y sexo en megadosis.
Cuando me vine a vivir al campo, traje a Hendrix en la mañana de un primero de año –cuando lo encontré en una plaza- flaco y raquítico, escapando de los glamorosos perros de viejas que se habían acostado temprano, antes de que suenen las doce de la noche anterior.
Al día siguiente de su muerte subí al sitio más alto de la loma, vislumbrando las torres armadas con chapas mugrientas, que usaban para espiarme; a las cinco en punto, los pibes salían del colegio con la gomera y sus cuadernos roñosos; solo era cuestión de tener paciencia.
Cuando los ví acercarse a sus casillas inmundas y acurrucarse alrededor del fuego de un tambor, me deslicé sin ser vista hasta que los tuve a tiro; escuché como se reían de las cagadas que se mandaban.
No lo pensé más y tiré la piedra al montón, con toda la fuerza que pude juntar -que era mucha- porque el odio era el que me inspiraba. El peor de todos, que era el más chico, cayó sobre el tambor; saltando sobre el fuego sus secuaces trataron de ayudarlo, mientras los gritos de todos atrajeron a las madres gordas y pendencieras que con sus celulares con camarita me sacaron fotos y llamaron a la policía.
Unos minutos después, un patrullero que siempre estaba en esa esquina, protegiendo a los chorros de la villa, me llevó.
En la seccional, dos oficiales observándose mutuamente después de escuchar al jefe de la patrulla, que era el padre del pibito, me encerraron en el calabozo y llamaron a la Fiscalía.
No me arrepiento Hendrix, lo hice porque te amaba y eras mi única compañía. No había necesidad de que pagaras mis culpas.
Yo siempre me hago cargo.
Cuando salí de pudrirme tres años en la cárcel por haberle causado lesiones graves a ese pibito, volví a la asquerosa villa donde él y los otros vivían y donde sucedieron aquellos hechos.
Cómo? Qué estoy loca?
Puede ser. Nunca más volví a ser la misma desde que me mataron a Hendrix de un piedrazo.
Pero tuve mis razones. No crean que soy irreflexiva.
Durante esos tres duros años, maduré la idea de averiguar a toda costa, porqué lo habían hecho. Una bronca que no podía dominar, me subía hasta las orejas que se ponían calientes y rojas como ajíes asados, planificando mis pasos para cuando saliera.
La repulsión por la crueldad con los animales, está en alguna zona de mi cerebro que debo tener sumamente exacerbada, engendrando en mí una violencia que ignoraba poseer –hasta ahora- y que por lo visto borra los límites entre el deseo de venganza y la venganza propiamente dicha.
Esto me asusta, lo confieso. No quiero hacer daño, pero no puedo evitar mis pensamientos de ira y todo lo que pueda servir para mis fines, lo haré sin la barrera con la que el miedo impide mayores males.
Llegando al caserío, el aire era una mezcla de olores a fritanga y basura amontonada alrededor de las casuchas, como si formaran parte del paisaje en el que los miserables desean vivir.
Cuando me vieron de lejos, enseguida me reconocieron; ellos siempre saben cuando largan a un preso ¡no lo van a saber! Siempre tienen a alguien en cana -pariente o amigo- que los mantiene informados y cuando, además, el padre de uno de ellos es policía.
No me importaba nada. Lo único que quería era enfrentar a la gorda grasosa del celular con camarita y verla por última vez con vida.
Una mano me detuvo con todo el peso de un cuerpo macizo, preguntándome qué buscaba. Le dije simplemente:
-A la madre del borrego- No dicen acaso, que la culpa siempre la tiene ella?
Desde la puerta de uno de los ranchos, una mujer flaca, raquítica y maloliente, me pidió con sus extraviados ojos, que por favor entrara a su casa; ví en su mirada sufrida, una súplica inesperada que aquietó mi furia, presintiendo una ayuda inesperada.
Quitando de mi cuerpo esa mano que me sujetaba, la seguí y mansamente, ansiosa por la curiosidad, me apoyé en un cajón de frutas que me ofreció para sentarme.
-No se meta señora, es mala gente … le harán daño. Si yo me pudiera ir, hace rato que ya no estaría aquí. ¡Mire cómo estoy! Hace dos años mi marido y mi hija desaparecieron y nunca más supe nada ¡váyase ya mismo! Yo ya no tengo nada que perder, estar o no estar, es lo mismo- y se puso a llorar desconsoladamente.
Debo admitir que sus lágrimas me persuadieron inmediatamente y sin pensarlo más, conmovida por ese despojo de mujer, la tomé de la mano y le dije : usted viene conmigo.
Una potencia que nacía de mi odio, me revistió con una invulnerable capa de seguridad y confianza en mí misma y ante las miradas de reojo, nos fuimos de la villa.
Cuando llegamos a mi casa, reconforté a la mujer con un café caliente y galletitas. Presionando su voluntad, como si le quisiera sacar una confesión a alguien que va a morir pronto, le pedí que me contara todo lo que sabía.
Nunca debí habérselo pedido. La enfermedad estaba en el remedio.
Me contó que una vez una chica de la villa, había venido a limpiar mi casa, hasta que la agarré robándome y la denuncié. Estuvo un año presa. Era la hija de la gorda, la hermana del pibito, la hija del policía.
Desde entonces, me la habían jurado.
La gorda grasienta pagaba diez pesos por cada cabeza de gato negro que le llevaran y con ellas hacía sus trabajos ; en una ignorante y poco glamorosa glorificación de su autoestima, se imbuía con poderes mágicos para causar daño en nombre de dios.
Argumentaba que los gatos negros traían mala suerte y los descabezaba para luego, curar a personas que sufrían un daño ; otros, más ignorantes que ella y aún menos glamorosos, le creían y le pagaban con lo único que tenían : migajas.
Por migajas y por la autoestima de una bestia grasosa, muchos como yo, habían perdido a sus Hendrix y los seguirían perdiendo, si alguien no hacía algo. Pronto. Ya mismo.
En la oscuridad de la noche, amparada por el embotamiento irracional que les causaban sus borracheras, volví a la villa.
Llevé una botella de nafta y rocié la casilla de la gorda bruja.
Alejándome, con un puñado de pasto seco envuelto en una bolsa de nylon, encendí la antorcha y de un revuelo la metí por un ventanuco roto, hasta sentir el estampido del fuego crepitando.
Atrincherados entre sus cartones, no tuvieron tiempo a nada.
Pero lo que recuerdo bien claramente, es la figura de la gorda bruja, derritiéndose como una estatua de cera en el medio de la hoguera.
Se acabó la bruja.
Dije que la enfermedad está en el remedio y saben porqué lo dije?
Porque a pesar de haber consumado mi venganza y de que pude escaparme, hoy el único motivo que me alienta para seguir viviendo, es asesinar a las brujas que matan gatos negros para hacer sus maldades.
Donde sea que estén las busco y las aniquilo, como una inquisidora de los años dos mil … y que dios me perdone …
A su lado, una piedra tosca, arrojada por los hijos de puta de aquí a la vuelta, fue retenida en mis manos como si fuera una hermosa joya; con ella adornaría sus cabezas, cumpliendo mi advertencia.
Se los dije mil veces: al que me toque a Hendrix lo mato. Pero no me dieron bola. Decían que los gatos negros traen mala suerte y mentiría si no reconociera que estaba esperando que algo así suceda. Estaba segura, porque conozco como funcionan sus mentes cuando consumen paco.
Entre las supersticiones del altiplano, existe la idea de que los animales negros, sean perros, gallos, pájaros o gatos, sirven para expiar nuestros pecados. Ellos pagarán nuestras cuentas.
Pero se cagan en las creencias de sus ancestros, idiotizados por otra adicción tanto o más peligrosa: la televisión, con sus desfiles de tetaculos prominentes y antiestéticos, violencia a la salida de los boliches o escuelas y sexo en megadosis.
Cuando me vine a vivir al campo, traje a Hendrix en la mañana de un primero de año –cuando lo encontré en una plaza- flaco y raquítico, escapando de los glamorosos perros de viejas que se habían acostado temprano, antes de que suenen las doce de la noche anterior.
Al día siguiente de su muerte subí al sitio más alto de la loma, vislumbrando las torres armadas con chapas mugrientas, que usaban para espiarme; a las cinco en punto, los pibes salían del colegio con la gomera y sus cuadernos roñosos; solo era cuestión de tener paciencia.
Cuando los ví acercarse a sus casillas inmundas y acurrucarse alrededor del fuego de un tambor, me deslicé sin ser vista hasta que los tuve a tiro; escuché como se reían de las cagadas que se mandaban.
No lo pensé más y tiré la piedra al montón, con toda la fuerza que pude juntar -que era mucha- porque el odio era el que me inspiraba. El peor de todos, que era el más chico, cayó sobre el tambor; saltando sobre el fuego sus secuaces trataron de ayudarlo, mientras los gritos de todos atrajeron a las madres gordas y pendencieras que con sus celulares con camarita me sacaron fotos y llamaron a la policía.
Unos minutos después, un patrullero que siempre estaba en esa esquina, protegiendo a los chorros de la villa, me llevó.
En la seccional, dos oficiales observándose mutuamente después de escuchar al jefe de la patrulla, que era el padre del pibito, me encerraron en el calabozo y llamaron a la Fiscalía.
No me arrepiento Hendrix, lo hice porque te amaba y eras mi única compañía. No había necesidad de que pagaras mis culpas.
Yo siempre me hago cargo.
Cuando salí de pudrirme tres años en la cárcel por haberle causado lesiones graves a ese pibito, volví a la asquerosa villa donde él y los otros vivían y donde sucedieron aquellos hechos.
Cómo? Qué estoy loca?
Puede ser. Nunca más volví a ser la misma desde que me mataron a Hendrix de un piedrazo.
Pero tuve mis razones. No crean que soy irreflexiva.
Durante esos tres duros años, maduré la idea de averiguar a toda costa, porqué lo habían hecho. Una bronca que no podía dominar, me subía hasta las orejas que se ponían calientes y rojas como ajíes asados, planificando mis pasos para cuando saliera.
La repulsión por la crueldad con los animales, está en alguna zona de mi cerebro que debo tener sumamente exacerbada, engendrando en mí una violencia que ignoraba poseer –hasta ahora- y que por lo visto borra los límites entre el deseo de venganza y la venganza propiamente dicha.
Esto me asusta, lo confieso. No quiero hacer daño, pero no puedo evitar mis pensamientos de ira y todo lo que pueda servir para mis fines, lo haré sin la barrera con la que el miedo impide mayores males.
Llegando al caserío, el aire era una mezcla de olores a fritanga y basura amontonada alrededor de las casuchas, como si formaran parte del paisaje en el que los miserables desean vivir.
Cuando me vieron de lejos, enseguida me reconocieron; ellos siempre saben cuando largan a un preso ¡no lo van a saber! Siempre tienen a alguien en cana -pariente o amigo- que los mantiene informados y cuando, además, el padre de uno de ellos es policía.
No me importaba nada. Lo único que quería era enfrentar a la gorda grasosa del celular con camarita y verla por última vez con vida.
Una mano me detuvo con todo el peso de un cuerpo macizo, preguntándome qué buscaba. Le dije simplemente:
-A la madre del borrego- No dicen acaso, que la culpa siempre la tiene ella?
Desde la puerta de uno de los ranchos, una mujer flaca, raquítica y maloliente, me pidió con sus extraviados ojos, que por favor entrara a su casa; ví en su mirada sufrida, una súplica inesperada que aquietó mi furia, presintiendo una ayuda inesperada.
Quitando de mi cuerpo esa mano que me sujetaba, la seguí y mansamente, ansiosa por la curiosidad, me apoyé en un cajón de frutas que me ofreció para sentarme.
-No se meta señora, es mala gente … le harán daño. Si yo me pudiera ir, hace rato que ya no estaría aquí. ¡Mire cómo estoy! Hace dos años mi marido y mi hija desaparecieron y nunca más supe nada ¡váyase ya mismo! Yo ya no tengo nada que perder, estar o no estar, es lo mismo- y se puso a llorar desconsoladamente.
Debo admitir que sus lágrimas me persuadieron inmediatamente y sin pensarlo más, conmovida por ese despojo de mujer, la tomé de la mano y le dije : usted viene conmigo.
Una potencia que nacía de mi odio, me revistió con una invulnerable capa de seguridad y confianza en mí misma y ante las miradas de reojo, nos fuimos de la villa.
Cuando llegamos a mi casa, reconforté a la mujer con un café caliente y galletitas. Presionando su voluntad, como si le quisiera sacar una confesión a alguien que va a morir pronto, le pedí que me contara todo lo que sabía.
Nunca debí habérselo pedido. La enfermedad estaba en el remedio.
Me contó que una vez una chica de la villa, había venido a limpiar mi casa, hasta que la agarré robándome y la denuncié. Estuvo un año presa. Era la hija de la gorda, la hermana del pibito, la hija del policía.
Desde entonces, me la habían jurado.
La gorda grasienta pagaba diez pesos por cada cabeza de gato negro que le llevaran y con ellas hacía sus trabajos ; en una ignorante y poco glamorosa glorificación de su autoestima, se imbuía con poderes mágicos para causar daño en nombre de dios.
Argumentaba que los gatos negros traían mala suerte y los descabezaba para luego, curar a personas que sufrían un daño ; otros, más ignorantes que ella y aún menos glamorosos, le creían y le pagaban con lo único que tenían : migajas.
Por migajas y por la autoestima de una bestia grasosa, muchos como yo, habían perdido a sus Hendrix y los seguirían perdiendo, si alguien no hacía algo. Pronto. Ya mismo.
En la oscuridad de la noche, amparada por el embotamiento irracional que les causaban sus borracheras, volví a la villa.
Llevé una botella de nafta y rocié la casilla de la gorda bruja.
Alejándome, con un puñado de pasto seco envuelto en una bolsa de nylon, encendí la antorcha y de un revuelo la metí por un ventanuco roto, hasta sentir el estampido del fuego crepitando.
Atrincherados entre sus cartones, no tuvieron tiempo a nada.
Pero lo que recuerdo bien claramente, es la figura de la gorda bruja, derritiéndose como una estatua de cera en el medio de la hoguera.
Se acabó la bruja.
Dije que la enfermedad está en el remedio y saben porqué lo dije?
Porque a pesar de haber consumado mi venganza y de que pude escaparme, hoy el único motivo que me alienta para seguir viviendo, es asesinar a las brujas que matan gatos negros para hacer sus maldades.
Donde sea que estén las busco y las aniquilo, como una inquisidora de los años dos mil … y que dios me perdone …
Editado por *alquimia - 19.07.2008 21:20 hs. | Motivo: agregar segunda parte
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, me gustó mucho la historia.