#1 [CUENTO] El guiso del minotaurio
Ahí estaba viéndome, con su cabeza de toro y su corazón de puta. Agitaba la chuchara mientras sonreía. Esperaba una respuesta; una respuesta que no podía darle. La invité a sentarse haciéndole una seña. Ella seguía ahí, con ese aire de estatua formidable que alguna vez me enamoró y que ahora me hacía odiarla. Sobre la mesa había una vela blanca clavada en el pico de una botella, la luz dibujaba sombras sobre la pared. El guiso hervía. Terminé de enrrollar el porro, lo encendí con la llama de la vela, mirándola de reojo; se me hizo linda con esa luz anaranjada. Me quedé mirándo una voluta de humo que se desarmó al tocar la araña que pendía inutilmente del techo. Siguió mirándome, seguí fumándo como si nada, como si todo.
Se volvió contra su olla, dándome la espalda. Nos odiábamos demasiado como para tener la confianza de hacerlo; sin embargo pude entenderla : si alguien ha de asesinarte no hay mejor cosa que tu asesino sea alguien que alguna vez te haya amado. Pude imaginar su cara, vaporizada por los gases de la salsa tan pero tan espesa como sus sentimientos; la vi mordiéndose los labios, abriéndo las alas de la nariz, apretándo los músculos del estómago...
El olor de la marihuana se mezclaba con el del romero, el odio de la puta con cabeza de toro se mezclaba con el mio.
Se acercó cargando la olla. Sirvió en los platos. Comimos en silencio sin quitarnos la vista de encima. Nos fuimos adormeciéndo con un ligero dolor en la pansa. El frío de la muerte ya nos atravesaba las entrañas. Antes de que el veneno hiciera efecto nos dimos la mano.
Se volvió contra su olla, dándome la espalda. Nos odiábamos demasiado como para tener la confianza de hacerlo; sin embargo pude entenderla : si alguien ha de asesinarte no hay mejor cosa que tu asesino sea alguien que alguna vez te haya amado. Pude imaginar su cara, vaporizada por los gases de la salsa tan pero tan espesa como sus sentimientos; la vi mordiéndose los labios, abriéndo las alas de la nariz, apretándo los músculos del estómago...
El olor de la marihuana se mezclaba con el del romero, el odio de la puta con cabeza de toro se mezclaba con el mio.
Se acercó cargando la olla. Sirvió en los platos. Comimos en silencio sin quitarnos la vista de encima. Nos fuimos adormeciéndo con un ligero dolor en la pansa. El frío de la muerte ya nos atravesaba las entrañas. Antes de que el veneno hiciera efecto nos dimos la mano.
Editado por Briant - 06.08.2008 19:14 hs. | Motivo: pavadas literarias.
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