Voy gastando mis talones hasta que se derritan
como las putas piernas de liebres peladas
que rozan con el estiércol.
Ya no me da más el caminar,
desfondare el tiempo y me vestiré
de denso rocío, el que me atormenta
en la mañana.
Miro unos ojos desnudos clavarme
veinte agujas, mientras entierro
mis labios en dos frías espinas.
El carnicero sigue acuchillando
frenéticamente el té con voces
de fondo. Cállate – me grita…
- ¡Y cómo me costó nevarme las manos
para frotar la esfera del bienestar! -
Mauro Morgan - Todos los Derechos Reservados.