#1 [ENSAYO] Enseñar a mentir. 1ra parte
Enseñar a mentir
Desde niños nos dicen que las mentiras no se dicen, que es un pecado, que va contra la moral y las buenas costumbres, que si se dicen no habrán regalos en navidad porque el omnipresente y omnisciente se encarga de decirle a Santa (en mi país El niño Dios) quienes son los niños que han pecado. Obviamente yo no escapé de esas advertencias y precauciones que más bien le ponen a uno dilemas muy complicados: ¿Ese es todo el cambio (dinero)?, ¿Te lo comiste todo?, ¿Va bien la escuela?, ¿Le tienes miedo a Fulano?, ¿Estabas viendo películas pornográficas?, ¿Quién dejó esos platos en la sala?, ¿Tu hermano estaba teniendo sexo con tu prima? Situaciones muy incómodas, ¿cierto?
Todas esas sentencias con las que nos llenan la cabeza tienen su influencia en nuestra personalidad. Se van formando esquemas mentales que te llevan a tomar decisiones en centésimas de segundo, estos reaccionan de acuerdo a esta información, que si bien no es falsa del todo, no te da la oportunidad de pensar en ese instante tan necesario si es mejor decir una mentirilla o morir con y por la verdad, porque “la verdad os hará libres”.
Yo tenía esquemas rígidos en cuanto a ello. No podía decir una mentira porque me sentía culpable, la conciencia no me dejaba tranquilo, así que iba donde el que fuere y le decía que había mentido. Así como lo leen, hasta muy entrada la adolescencia lo hice. ¿Pero de qué me sirvió en la formación de mi personalidad? ¿Valía la pena? Se los resumiré un poco: ¡¡¡UNA MIERRRDA!!!
Tantas oportunidades perdidas, tantas decepciones por personas que yo creía que no mentían. Entonces ¿para qué nos enseñan algo que al final no vamos a utilizar? Siendo niños aprendemos a ser sinceros para terminar diciendo mentiras toda la vida. Nadie vive sin mentir y si quieren intenten no decir una mentira en una semana a ver cómo les va, los reto. ¿Le dirías toda la verdad a tu pareja? “si mi amor, ese(a) tipo(a) me parece más atractivo(a) que tu”, ¿a tus padres? “estaba con Fulano(a) echándome unos polvos en vez de ir a la escuela”, ¿a tus profesores? “la verdad es que finjo prestarle atención porque usted me inspira lástima”, ¿a tus amigos? “Si, llegaste en mal momento y seguro que todos aquí pensamos lo mismo”. Si lo hacen me avisan a ver qué tal.
Sé que todos mentimos y que en ocasiones es incómodo decir la verdad u ocultarla. Para todos existen verdades que nos pueden cambiar la manera de pensar y de vivir la vida. ¿Qué será lo que alguien sabe, que nunca me ha querido decir por miedo a herirme? ¿Cómo reaccionaría esta persona si yo le contara esto que sé? Hay que reconocer que las mentiras nos protegen, como prueba de ello los mecanismos de defensa psicológicos propios del ser humano, como la negación o la racionalización. Ninguna mamá ve al hijo feo, el amor no te permite ver errores evidentes de tu pareja, los fanáticos del fútbol viven engañados esperando resultados casi imposibles, etc.. Para la gran mayoría de la gente es muchísimo mejor creerse mentiras que vivir la cruda realidad o por lo menos reconocerla.
Todo esto que parece el desahogo de una frustración (puede serlo), lo escribo con la intención de proponer algo. ¿Por qué en vez de enseñar a no decir mentiras, mejor enseñamos cuándo se debe mentir y cómo hacerlo mejor? Mucha gente vive de eso, y les va muy bien: políticos, abogados, actores, empresarios, artistas, y si, no lo voy a negar, a uno como psicólogo también le toca decir una que otra mentira. Si en vez de enseñar a alguien a ser “correcto”, atándole al postulado de decir la verdad y nada más que la verdad, se le enseñara que una mentira en el momento indicado puede salvarlo de muchos problemas, ¿no estaríamos dándole mejores herramientas para el desarrollo de su vida social? Es para pensarlo.
No tengo experiencia escribiendo pero sean sinceros en sus comentarios, sin metiras
.
Estoy trabajando en la segunda parte y por ello necesito saber realmente como voy.
Desde niños nos dicen que las mentiras no se dicen, que es un pecado, que va contra la moral y las buenas costumbres, que si se dicen no habrán regalos en navidad porque el omnipresente y omnisciente se encarga de decirle a Santa (en mi país El niño Dios) quienes son los niños que han pecado. Obviamente yo no escapé de esas advertencias y precauciones que más bien le ponen a uno dilemas muy complicados: ¿Ese es todo el cambio (dinero)?, ¿Te lo comiste todo?, ¿Va bien la escuela?, ¿Le tienes miedo a Fulano?, ¿Estabas viendo películas pornográficas?, ¿Quién dejó esos platos en la sala?, ¿Tu hermano estaba teniendo sexo con tu prima? Situaciones muy incómodas, ¿cierto?
Todas esas sentencias con las que nos llenan la cabeza tienen su influencia en nuestra personalidad. Se van formando esquemas mentales que te llevan a tomar decisiones en centésimas de segundo, estos reaccionan de acuerdo a esta información, que si bien no es falsa del todo, no te da la oportunidad de pensar en ese instante tan necesario si es mejor decir una mentirilla o morir con y por la verdad, porque “la verdad os hará libres”.
Yo tenía esquemas rígidos en cuanto a ello. No podía decir una mentira porque me sentía culpable, la conciencia no me dejaba tranquilo, así que iba donde el que fuere y le decía que había mentido. Así como lo leen, hasta muy entrada la adolescencia lo hice. ¿Pero de qué me sirvió en la formación de mi personalidad? ¿Valía la pena? Se los resumiré un poco: ¡¡¡UNA MIERRRDA!!!
Tantas oportunidades perdidas, tantas decepciones por personas que yo creía que no mentían. Entonces ¿para qué nos enseñan algo que al final no vamos a utilizar? Siendo niños aprendemos a ser sinceros para terminar diciendo mentiras toda la vida. Nadie vive sin mentir y si quieren intenten no decir una mentira en una semana a ver cómo les va, los reto. ¿Le dirías toda la verdad a tu pareja? “si mi amor, ese(a) tipo(a) me parece más atractivo(a) que tu”, ¿a tus padres? “estaba con Fulano(a) echándome unos polvos en vez de ir a la escuela”, ¿a tus profesores? “la verdad es que finjo prestarle atención porque usted me inspira lástima”, ¿a tus amigos? “Si, llegaste en mal momento y seguro que todos aquí pensamos lo mismo”. Si lo hacen me avisan a ver qué tal.
Sé que todos mentimos y que en ocasiones es incómodo decir la verdad u ocultarla. Para todos existen verdades que nos pueden cambiar la manera de pensar y de vivir la vida. ¿Qué será lo que alguien sabe, que nunca me ha querido decir por miedo a herirme? ¿Cómo reaccionaría esta persona si yo le contara esto que sé? Hay que reconocer que las mentiras nos protegen, como prueba de ello los mecanismos de defensa psicológicos propios del ser humano, como la negación o la racionalización. Ninguna mamá ve al hijo feo, el amor no te permite ver errores evidentes de tu pareja, los fanáticos del fútbol viven engañados esperando resultados casi imposibles, etc.. Para la gran mayoría de la gente es muchísimo mejor creerse mentiras que vivir la cruda realidad o por lo menos reconocerla.
Todo esto que parece el desahogo de una frustración (puede serlo), lo escribo con la intención de proponer algo. ¿Por qué en vez de enseñar a no decir mentiras, mejor enseñamos cuándo se debe mentir y cómo hacerlo mejor? Mucha gente vive de eso, y les va muy bien: políticos, abogados, actores, empresarios, artistas, y si, no lo voy a negar, a uno como psicólogo también le toca decir una que otra mentira. Si en vez de enseñar a alguien a ser “correcto”, atándole al postulado de decir la verdad y nada más que la verdad, se le enseñara que una mentira en el momento indicado puede salvarlo de muchos problemas, ¿no estaríamos dándole mejores herramientas para el desarrollo de su vida social? Es para pensarlo.
No tengo experiencia escribiendo pero sean sinceros en sus comentarios, sin metiras
. Estoy trabajando en la segunda parte y por ello necesito saber realmente como voy.
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