#1 [POESIA] Reconocimiento.
Reconozco a la muerte en el gusano de las horas, que siembra su quietud
hundiéndome en el sueño.
La oigo cantar, velada en la melodía de tu nombre,
en el hiato mefítico,
en la resistencia vocal,
en el ardiente empeño de esa belleza que no deja más remedio que nombrarte
y ser herido.
La encuentro viva, y lo sabe; la presiento en constancias, en costumbres, en el café de esta mañana. En el desorden de mis discos.
Es la ceniza que se esparce por la casa y no nos importa, es lo mismo que cien años, la luna, una playa nublada, un vaso de agua. Preguntarse para qué.
Reconozco a la muerte en una expresión vacua, en la remembranza muda. En el soliloquio espejo-llanto. En los guijarros que caen por el embudo de la noche y se apilan como cadáveres de dudas.
Pero, por sobre todo, en el acto de guarecerse en un abrazo, porque es el tiempo patas arriba, la ausencia de pe a pa, la soledad de pies a cabeza.
porque más tarde el abrazo es una vidriera vacía
y las gaviotas son de plástico,
y la cama está llena de hormigas…
Un guardián testigo de mis horas, otra vez, gusano negro. Cefalea de helado, aneurisma de calidoscopio. Prometeo sin tierra.
Vaga como una sombra inútil, en el humo azulado del cigarro que consumo hasta el ardor de mis dedos. Espuria de redención.
Reconozco a la muerte en la libertad del viento,
en todo lo inmortal.
En el sosiego y la formalidad.
Y, a fin de cuentas, lo letal es un nombre, una caricia;
Los emblemas del olvido.
Una boya solitaria en la marea, un trigal;
los dientes que conforman tu sonrisa, que sólo cimientan mis sueños;
que sólo son el mundo,
que sólo son todo lo ausente,
y el anhelo es muerte.
hundiéndome en el sueño.
La oigo cantar, velada en la melodía de tu nombre,
en el hiato mefítico,
en la resistencia vocal,
en el ardiente empeño de esa belleza que no deja más remedio que nombrarte
y ser herido.
La encuentro viva, y lo sabe; la presiento en constancias, en costumbres, en el café de esta mañana. En el desorden de mis discos.
Es la ceniza que se esparce por la casa y no nos importa, es lo mismo que cien años, la luna, una playa nublada, un vaso de agua. Preguntarse para qué.
Reconozco a la muerte en una expresión vacua, en la remembranza muda. En el soliloquio espejo-llanto. En los guijarros que caen por el embudo de la noche y se apilan como cadáveres de dudas.
Pero, por sobre todo, en el acto de guarecerse en un abrazo, porque es el tiempo patas arriba, la ausencia de pe a pa, la soledad de pies a cabeza.
porque más tarde el abrazo es una vidriera vacía
y las gaviotas son de plástico,
y la cama está llena de hormigas…
Un guardián testigo de mis horas, otra vez, gusano negro. Cefalea de helado, aneurisma de calidoscopio. Prometeo sin tierra.
Vaga como una sombra inútil, en el humo azulado del cigarro que consumo hasta el ardor de mis dedos. Espuria de redención.
Reconozco a la muerte en la libertad del viento,
en todo lo inmortal.
En el sosiego y la formalidad.
Y, a fin de cuentas, lo letal es un nombre, una caricia;
Los emblemas del olvido.
Una boya solitaria en la marea, un trigal;
los dientes que conforman tu sonrisa, que sólo cimientan mis sueños;
que sólo son el mundo,
que sólo son todo lo ausente,
y el anhelo es muerte.
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