#1 La otra chance
La otra chance
El aire viciado se pegaba a las ventanas como musgo a las rocas. Flotaba en el ambiente un ácido olor a humedad, pero a él, nada de esto le interesaba.
No había abierto las persianas desde la semana pasada, y los platos apilados en el lavatorio de la cocina esperaban pacientes ser enjuagados algún día. El polvo había tapado los muebles y el pequeño departamento del sexto piso estaba completamente abandonado; abatido y dejado, como su dueño.
El reloj de pared dio las once de la mañana. Afuera, el viento helado soplaba con ímpetu, como un niño frente a su torta de cumpleaños.
Entreabrió los ojos, con la desidia típica de quien no tiene apuro por nada. Su cuerpo inerte aún se negaba a dar señales de vida. Como las últimas dos semanas no había podido descansar, se sentía más agotado que antes de acostarse. Lentamente bajó la mirada y la posó sobre la colcha vieja y raída. Jamás habría pensado encontrarse en tamaña precariedad, en tal dejadez; pero pronto descubrió lo peor: realmente no le importaba.
Se quedó tumbado un rato más, con la mirada perdida. Sentía asco de sí mismo, de eso no había duda. Mientras pudiera evitar enfrentarse al espejo, lo haría con gusto. No quería ver lo que ese pedazo de vidrio le devolvía; era una vil mentira. Ya no tenía motivos para volverse a ver, ni siquiera para levantarse de esa sucia cama.
Finalmente corrió la colcha y se incorporó. Caminó con parsimonia hacía la cocina y vio el desastre que allí anidaba. Una cucaracha de tamaño considerable pasó entre sus pies, como señora de la casa. Sin prestarle atención a la intrusa, trató de buscar un vaso medianamente limpio para beber, pero sus ojos se toparon de golpe con un florero viejo, lleno de agua podrida, dónde colgaba una flor completamente muerta. Sintió una punzada en el estómago, y una sensación de tener mil cubos de hielos dentro.
No quería recordar más; pero siempre algo la volvía a traer. Como un bumerang bufón, volvió a su mente aquel día, no hace mucho. Llegó con su tapado verde loro, brillante, radiante. Traía en sus manos esa flor, dijo haberla cortado en alguna plaza. Podía ver su sonrisa clarísima, como si un zoom burlón la ampliara en cien escalas.
Sin pensarlo tomó el florero y, con toda la fuerza que pudo reunir, lo estrelló contra la pared. La odió por haberse subido a ese maldito subte, a esa maldita hora, ese día fatal.
Ahora ya no tenía nada, y se sintió avergonzado de ver su vida vacía. Vivía a través de ella, colándose en sus alegrías, y padeciendo sus llantos. Ella se fué, y se llevó todo: risas y lárgrimas, días y noches.
Sin siquiera pensarlo, tomó un cuchillo de la mesada. Hasta ese insignificante utensilio le dolía. No continuaría más así, debía poner un fin a esa agonía que lo volvía loco. No podía salir, lo sabía. Desde que recibió la noticia, una cachetada de realidad le gritaba en la cara que no existía otro mundo fuera de ella.
Lo intentó. Intentó pensar en positivo como decían esos patéticos libros de autoayuda, pero ya no tenía más fuerzas.
Apoyó las sierras del cuchillo sobre su muñeca izquierda, y comprobó que hasta matarse parecía no interesarle. Quería que todo acabase cuanto antes, porque no podía soportar otro día más en aquel nauseabundo lugar. El mismo sitio que alguna vez fue su paraíso, ahora era el mismísimo infierno. Los recuerdos le volvían; eran diabólicas luciérnagas que revoloteaban señalándolo y riéndose a carcajadas. Las veía todos los días, a toda hora. Todo en aquel lugar se burlaba de él; por inútil, por no tener nada, por no ser nada. Se odiaba a sí mismo más que a nada en el universo, y un eco oscuro retumbaba en todos los rincones pidiéndole el fin.
Una taquicardia repentina le abrazó el corazón. Sus manos sudaban y un hilo de sudor frío le bajaba por la espalda. Sujetó con fuerza el cuchillo, decidido a dar la primera embestida. Calmó su respiración, y trató de serenarse. Cerró los ojos, diciéndose que pronto todo acabaría. Ya nada importaba, no había salida, no había luz. Ni siquiera sentía como propio aquel cuerpo que pensaba mutilar. Deslizó el filo hacía la derecha, para dar la primera cortada pero, entonces, sucedió. Un espasmo le nació desde el vientre, subiendo a toda velocidad por el pecho y la garganta, hasta expulsarse en lo que fue un sonoro estornudo. Fuerte, sano, conciso. El propio movimiento del cuerpo hizo que su mano se apartara de su muñeca. Entonces vino otro, más fuerte aún. Pequeñas gotitas se saliva regaron la mesa, quedando estáticas allí como pruebas de lo que acababa de suceder.
Se quedó quieto unos segundos, como si el mundo se hubiera detenido. Sólo se escuchaba el silencio. Ese estornudo lo había cambiado todo; como quien prende una lamparita en un sótano, comenzó a ver algo de luz. Porque no pudo contenerlo, ni frenarlo, ni aplazarlo. Sólo llegó y sucedió. No pudo evitarlo, ni él, ni nadie. Y ese pequeño reflejo natural del cuerpo, lo abofeteó. No podía controlar las cosas, y no por ello debía acabar con todo. Quizás, afuera de ese abandonado lugar podía haber miles de estornudos esperando. Esas cosas que pasan sin esperarlas y que cambian el universo en un instante.
Tiró el cuchillo a un costado y, así como estaba, en pijama y pantuflas, salió apresurado. Corrió escaleras abajo y tiró con fuerza de la puerta de entrada. El viento le removió el pelo y la ropa. Abrió los brazos y aspiró con fuerza. La gente que pasaba por allí lo miraba como si estuviera chiflado. Pero eso sí que no le importaba, no podía controlar lo que los demás pensaran, pero sí podía tomar aire esa mañana, así, en ropa de dormir, corriendo el riesgo de parecer loco, pero por primera vez, dejando de pensar y comenzando a vivir.
Editado por Fleurr - 14.05.2009 22:58 hs.
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, está el corrector
¡jajaja! Si bien, en algún momento se leyó, siempre es bueno rever un texto. Todo esto va como un consejo, algunas cosas las podes tomar y, lo que no creas pertinente, no. Besitos. 