#1 Un tal Adrián Velazquez
Un tal Adrián Velazquez
Un hombre de traje oscuro entra al Hotel Cristal. En su mano lleva una pequeña valija de cuero, no usa reloj ni aros ni accesorios de ningún tipo. Habla con la recepcionista, consulta por la disponibilidad, responde al formulario de rutina y la recepcionista anota: “Adrián Velázquez, cuarenta y tres años, divorciado, deneí xx.xxx.xxx, no tengo celular. Dos noches. Con tarjeta. No, no quiero servicio al cuarto, por favor. Gracias”.
Sube. El ascensor es un tanto estrecho y el hombre se siente incómodo allí dentro. “Ya pasará, diez pisos más”, piensa sin mucha gracia. Luego se dice que el hotel está bonito, pero le pareció que la joven de la entrada estaba algo distraída. No protestaría por eso.
A todo esto, Martina, la recepcionista, se queda pensando en el atractivo de Adrián Velazquez: rostro cuadrado, pelo entrecano, mirada clara y encendida, labios finos, voz grave y seductora; lo que se dice “un galán de aquellos”. Pero su trabajo está primero y no puede permitirse un amorío; aunque, si volviera, lo pensaría. Ella sabe que el ascensor aún no llegó a destino; que Adrián atinaría a consultar su reloj pero en ese momento recordaría que nunca usó uno y se aburriría huecamente mirando un cuadro en el tapizado rojo del habitáculo. El sonido de las poleas y el mecanismo central, le producen un zumbido en los oídos. Piso 6, probablemente.
Martina tararea algo al tiempo que ve entrar al hotel a un hombre de traje negro. El otro Adrián avanza hacia ella con paso resuelto y le sonríe a mitad de camino. Ella piensa que debe ser el destino y le dedica una mirada embobada. Se asusta al instante cuando cae en la cuenta de que no puede ser que Adrián, ¡si Adrián está subiendo! Entonces, culpa de la ensoñación y la bobera cotidiana, el juicio de Martina se va a la luna. Desmayo, estado de shock y lo que sigue.
El Adrián del formulario se da cuenta de que es imposible mantener la calma en un ascensor que hace diez minutos está subiendo y, en medio de esa reflexión, sucede el desmayo de Martina y deja de ser él. El otro Adrián está mirándola mientras espera a la ambulancia, le toma el pulso; “no hay de qué preocuparse”, dice. La chica entreabre los ojos y él le susurra que todo va a estar bien, que venía a verla a ella porque después de aquellas dos noches que se hospedó en enero, se quedó perdidamente enamorado, etc., etc.
Mientras tanto, en el piso seis, hay un tipo subiendo en un ascensor, que no se llama Adrián Velázquez, sino Jorge Ponce, y que la bruta de Martina se mandó un moco terrible por estar en la luna de valencia y anotó cualquier cosa en el formulario del pobre cristiano. Pero, en medio de los paramédicos que dicen todo está bien y Martina y Adrián que se besan de novela y el gerente gordo que soluciona la planilla de Ponce, cuando todo parece estar cerrando y cobrando una lógica aburrida, entra un hombre al hotel y lleva traje negro.
Un hombre de traje oscuro entra al Hotel Cristal. En su mano lleva una pequeña valija de cuero, no usa reloj ni aros ni accesorios de ningún tipo. Habla con la recepcionista, consulta por la disponibilidad, responde al formulario de rutina y la recepcionista anota: “Adrián Velázquez, cuarenta y tres años, divorciado, deneí xx.xxx.xxx, no tengo celular. Dos noches. Con tarjeta. No, no quiero servicio al cuarto, por favor. Gracias”.
Sube. El ascensor es un tanto estrecho y el hombre se siente incómodo allí dentro. “Ya pasará, diez pisos más”, piensa sin mucha gracia. Luego se dice que el hotel está bonito, pero le pareció que la joven de la entrada estaba algo distraída. No protestaría por eso.
A todo esto, Martina, la recepcionista, se queda pensando en el atractivo de Adrián Velazquez: rostro cuadrado, pelo entrecano, mirada clara y encendida, labios finos, voz grave y seductora; lo que se dice “un galán de aquellos”. Pero su trabajo está primero y no puede permitirse un amorío; aunque, si volviera, lo pensaría. Ella sabe que el ascensor aún no llegó a destino; que Adrián atinaría a consultar su reloj pero en ese momento recordaría que nunca usó uno y se aburriría huecamente mirando un cuadro en el tapizado rojo del habitáculo. El sonido de las poleas y el mecanismo central, le producen un zumbido en los oídos. Piso 6, probablemente.
Martina tararea algo al tiempo que ve entrar al hotel a un hombre de traje negro. El otro Adrián avanza hacia ella con paso resuelto y le sonríe a mitad de camino. Ella piensa que debe ser el destino y le dedica una mirada embobada. Se asusta al instante cuando cae en la cuenta de que no puede ser que Adrián, ¡si Adrián está subiendo! Entonces, culpa de la ensoñación y la bobera cotidiana, el juicio de Martina se va a la luna. Desmayo, estado de shock y lo que sigue.
El Adrián del formulario se da cuenta de que es imposible mantener la calma en un ascensor que hace diez minutos está subiendo y, en medio de esa reflexión, sucede el desmayo de Martina y deja de ser él. El otro Adrián está mirándola mientras espera a la ambulancia, le toma el pulso; “no hay de qué preocuparse”, dice. La chica entreabre los ojos y él le susurra que todo va a estar bien, que venía a verla a ella porque después de aquellas dos noches que se hospedó en enero, se quedó perdidamente enamorado, etc., etc.
Mientras tanto, en el piso seis, hay un tipo subiendo en un ascensor, que no se llama Adrián Velázquez, sino Jorge Ponce, y que la bruta de Martina se mandó un moco terrible por estar en la luna de valencia y anotó cualquier cosa en el formulario del pobre cristiano. Pero, en medio de los paramédicos que dicen todo está bien y Martina y Adrián que se besan de novela y el gerente gordo que soluciona la planilla de Ponce, cuando todo parece estar cerrando y cobrando una lógica aburrida, entra un hombre al hotel y lleva traje negro.
Editado por D.Vitrubio - 22.05.2009 12:49 hs.
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