#1 la bitácora
Descendí de la nave espacial, la computadora de mando me decía que ahí debía encontrar una enorme ciudad antigua, pero al bajar me topé con una inmensa pradera rodeada por montañas que se perdían en el horizonte.
Decidí tomar otro rumbo, me dirigí hacia el norte, recorrí las montañas, las pampas, los desiertos y las selvas tropicales, no encontré más que ruinas de ciudades antiguas y no tan antiguas. La sabana africana, los Balcanes y las islas, todos estaban igualmente desiertos, mudos por una quietud angustiosa.
Por supuesto que antes de aterrizar esperé encontrar ciudades ruidosas o tal vez poblaciones pacíficas. No sabía con exactitud, ya que los detalles sobre las poblaciones humanas en la Tierra no eran precisamente abundantes. Hacía siglos que se había cortado misteriosamente toda comunicación con el antiguo planeta y las misiones allí enviadas no volvían. Las bitácoras llegaban con años de retraso, pero las nuevas tecnologías ahora permitían establecer comunicación con una demora de solo unas horas.
Es por eso que el gobierno decidió retomar las negociaciones con los terráqueos. Me habían elegido para restablecer contacto con ellos y traer información sobre el paradero de los exploradores desaparecidos en las misiones fallidas. Tendría que ser lo más diplomático posible pues las relaciones se habían deteriorado hace años cuando los terrestres rechazaron firmar contratos de turismo con otros planetas, alegando que no querían ver perturbada la paz del antiguo mundo. De a poco empezamos a saber cada vez menos de ellos.
Al encontrar solo silencio y ni un solo ser humano me di cuenta de que por fin habían alcanzado esa paz que tanto anhelaron.
Seguí recorriendo el planeta. Un punto negro en medio de la vastedad de un desierto me llamó la atención. Era una pantalla polvorienta perdida en lo que antes era Etiopía. Movido por la curiosidad descendí hasta el lugar. Desempolvé el aparato con las manos y empezó a funcionar. Un texto se proyectó en el aire:
El texto despareció y el viento me golpeó las mejillas. El zumbido de la pantalla enmudeció y la abrumadora calma del paisaje tomó su lugar.
De repente entendí porque no había más que plantas y animales en aquel planeta. Comprendí la razón de la quietud. La tierra se había convertido en un santuario de la grandeza del hombre, quien hace siglos había encontrado el camino a la paz. Hace épocas se había librado de su existencia física.
Vislumbré porqué el sosiego reinaba adonde quiera que uno vaya. Las cordilleras, los archipiélagos, las playas de las regiones del sur o las extensas e interminables praderas. Las ruinas de las enormes ciudades antiguas, otrora habitadas por millones de personas, eran engullidas por la selva que el sol alimentaba con su calor. El silencio era sobrecogedor.
Me senté sobre una roca, bajo la sombra de un desfiladero, la brisa acariciaba mi rostro y enfriaba las lágrimas que derramé conmovido ante tanta grandeza. Quería descubrir el secreto, mi alma quería unirse al hombre en su viaje al infinito. El silencio era la voz del universo, que me susurraba al oído y me hablaba de libertad. Era el testimonio mudo de la eternidad.
El gobierno iba a necesitar de un informe, pero no había forma de condensar ésta historia en un algo tan nimio como un texto, así que me quede en silencio, respiré el aire puro, limpio y fresco y me quede dormido.
Me propuse disfrutar de la paz y unirme a mis compañeros exploradores.
Decidí tomar otro rumbo, me dirigí hacia el norte, recorrí las montañas, las pampas, los desiertos y las selvas tropicales, no encontré más que ruinas de ciudades antiguas y no tan antiguas. La sabana africana, los Balcanes y las islas, todos estaban igualmente desiertos, mudos por una quietud angustiosa.
Por supuesto que antes de aterrizar esperé encontrar ciudades ruidosas o tal vez poblaciones pacíficas. No sabía con exactitud, ya que los detalles sobre las poblaciones humanas en la Tierra no eran precisamente abundantes. Hacía siglos que se había cortado misteriosamente toda comunicación con el antiguo planeta y las misiones allí enviadas no volvían. Las bitácoras llegaban con años de retraso, pero las nuevas tecnologías ahora permitían establecer comunicación con una demora de solo unas horas.
Es por eso que el gobierno decidió retomar las negociaciones con los terráqueos. Me habían elegido para restablecer contacto con ellos y traer información sobre el paradero de los exploradores desaparecidos en las misiones fallidas. Tendría que ser lo más diplomático posible pues las relaciones se habían deteriorado hace años cuando los terrestres rechazaron firmar contratos de turismo con otros planetas, alegando que no querían ver perturbada la paz del antiguo mundo. De a poco empezamos a saber cada vez menos de ellos.
Al encontrar solo silencio y ni un solo ser humano me di cuenta de que por fin habían alcanzado esa paz que tanto anhelaron.
Seguí recorriendo el planeta. Un punto negro en medio de la vastedad de un desierto me llamó la atención. Era una pantalla polvorienta perdida en lo que antes era Etiopía. Movido por la curiosidad descendí hasta el lugar. Desempolvé el aparato con las manos y empezó a funcionar. Un texto se proyectó en el aire:
Viajero errante
Que en tu camino te tropiezas con el destino
te topas con nuestra tierra
y rompes la quietud del silencio
Presta atención a estas palabras
Maravíllate ante el pasado del hombre
Haz un homenaje silencioso
Ante sus proezas y sus más grandes logros
El hombre ya no es carne
Ha despertado de su sueño material
Su alma ya no vive encerrada en la prisión del cuerpo
Sus ojos ya no limitan su visión
Sus manos su tacto, ni su lengua el sabor
El hombre es libre, su espíritu vuela por el universo
La verdad le es obvia
Pues ya no posee cerebro que obstaculice su encuentro
El espacio ya no es tal
Su mente se proyecta a voluntad
Por los planos dimensionales
¿Eres tu capaz de alcanzar la libertad?
¿Eres capaz de soñar y de sentir?
¿De dejar que tu alma libre
explore las fronteras del tiempo?
¿Que descubra la realidad?
El hombre está presente
En tus sueños y tus hazañas viajero
Es quien vela por ti
Y por la naturaleza
Pues se ha vuelto una fuerza de ella
La realidad ya no es una percepción
Sino una verdad inherente a su existencia
Se conciente viajero
Del camino del hombre
Y maravíllate ante su grandeza
Porque después de siglos
Ha encontrado la paz
Que en tu camino te tropiezas con el destino
te topas con nuestra tierra
y rompes la quietud del silencio
Presta atención a estas palabras
Maravíllate ante el pasado del hombre
Haz un homenaje silencioso
Ante sus proezas y sus más grandes logros
El hombre ya no es carne
Ha despertado de su sueño material
Su alma ya no vive encerrada en la prisión del cuerpo
Sus ojos ya no limitan su visión
Sus manos su tacto, ni su lengua el sabor
El hombre es libre, su espíritu vuela por el universo
La verdad le es obvia
Pues ya no posee cerebro que obstaculice su encuentro
El espacio ya no es tal
Su mente se proyecta a voluntad
Por los planos dimensionales
¿Eres tu capaz de alcanzar la libertad?
¿Eres capaz de soñar y de sentir?
¿De dejar que tu alma libre
explore las fronteras del tiempo?
¿Que descubra la realidad?
El hombre está presente
En tus sueños y tus hazañas viajero
Es quien vela por ti
Y por la naturaleza
Pues se ha vuelto una fuerza de ella
La realidad ya no es una percepción
Sino una verdad inherente a su existencia
Se conciente viajero
Del camino del hombre
Y maravíllate ante su grandeza
Porque después de siglos
Ha encontrado la paz
El texto despareció y el viento me golpeó las mejillas. El zumbido de la pantalla enmudeció y la abrumadora calma del paisaje tomó su lugar.
De repente entendí porque no había más que plantas y animales en aquel planeta. Comprendí la razón de la quietud. La tierra se había convertido en un santuario de la grandeza del hombre, quien hace siglos había encontrado el camino a la paz. Hace épocas se había librado de su existencia física.
Vislumbré porqué el sosiego reinaba adonde quiera que uno vaya. Las cordilleras, los archipiélagos, las playas de las regiones del sur o las extensas e interminables praderas. Las ruinas de las enormes ciudades antiguas, otrora habitadas por millones de personas, eran engullidas por la selva que el sol alimentaba con su calor. El silencio era sobrecogedor.
Me senté sobre una roca, bajo la sombra de un desfiladero, la brisa acariciaba mi rostro y enfriaba las lágrimas que derramé conmovido ante tanta grandeza. Quería descubrir el secreto, mi alma quería unirse al hombre en su viaje al infinito. El silencio era la voz del universo, que me susurraba al oído y me hablaba de libertad. Era el testimonio mudo de la eternidad.
El gobierno iba a necesitar de un informe, pero no había forma de condensar ésta historia en un algo tan nimio como un texto, así que me quede en silencio, respiré el aire puro, limpio y fresco y me quede dormido.
Me propuse disfrutar de la paz y unirme a mis compañeros exploradores.
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