#1 Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón
Escribí este cuento hace un tiempo para un ronda de Ensalada. Le realicé algunas modificaciones, y lo pulí bien en cuanto a guiones y ortografía. Lo quería compartir, ya limpito.
En una fría mañana de invierno, dos hombres caminan apresurados por un descampado rumbo a una casucha en medio del claro de un bosque.
—Hace tres días que tenemos al viejo aquí. ¿Vos estás seguro de que van a pagar el rescate por él? —preguntó con voz preocupada un tipo joven.
—Si tanto te cuesta entender los tiempos que se manejan en estos asuntos, podés ir largándote.
Apretaron el paso y entraron en la destartalada casa. Estaba iluminada por un viejo foco, y un olor nauseabundo reinaba en cada rincón.
Un tipo alto, con un bigote espeso, estaba sentado en una silla con los pies apoyados sobre una desgastada mesa.
—¡Ya era hora! ¿Se fueron de shopping? ¿Tanto tiempo para comprar dos pedazos de pan? —y le arrebató la bolsa.
—¿Cómo están las cosas aquí?
—¡Pésimas están las cosas aquí! A este viejo no le doy más de un día, y la porquería de familia que tiene no larga una moneda.
—Creo que no queda más remedio que hacer otro llamado. Todavía no entiendo porqué el jefe se empeñó en que secuestremos a este anciano.
—Quizás esté tan débil que no pueda hablar...— intervino el más joven.
—No me vengas con sentimentalismos, que se me pela el último cable y lo mando a saludar a San Pedro. Y vos deja de quejarte; si sos tan macho, buscá al jefe y llorale como una nena ¡Ni la cara le conocemos!
En el piso, acostado sobre unas colchas viejas y sucias, el abuelo miraba distraídamente el techo, como si estuviera más allá de aquella charla. Estaba delgado y con las ropas rajadas, y el poco cabello que le quedaba largo y despeinado.
En el corazón de la cuidad, un oficial de la policía tocó la puerta del piso séptimo.
—Buen día, soy el Oficial Gómez. Vengo por el caso del señor Benitez.
—Lo estábamos esperando oficial, pase por favor —respondió un hombre desde otro lado.
—El caso es muy delicado señor. Creemos que esta banda opera en grupos con identidades falsas, por lo tanto nos está costando mucho trabajo poder hallar el sitio donde tienen a su padre. No hay más remedio que pagar el rescate.
—Pero ustedes me dijeron que lo encontrarían...
—Espere, tenemos un plan. Entregaremos el dinero, cuando estén confiados de que se salieron con la suya y ya hayan entregado al señor Benítez, la policía intervendrá y recuperaremos la plata. El punto es que yo necesito llevarme el dinero ahora, para hacer un seguimiento de los códigos de los billetes en caso de que logren huir.
Ambos hombres se miraron por un momento.
—Confíe en nosotros señor, somos policías del Estado, estamos para cuidarlos —concluyó el oficial, casi automáticamente.
—Bien. Les daré el dinero. No he tenido una buena relación con mi padre últimamente, ha estado muy extraño los últimos años, pero no quiero llevar sobre mi conciencia el no haber hecho nada para salvarlo. Espero que recuperen el dinero —. Y se levantó del sofá rumbo a la caja fuerte.
—Pibe, en tres horas acordamos el pago... ¿Qué haces peinando al viejo?
—Es que... quería que esté pasable para cuando se vea con su familia. Tampoco es cuestión que piensen que no lo tratamos bien— se justificó el joven sentado frente al anciano de mirada perdida, y pasándole por las canas un peine fino al que le faltaban varios dientes.
—¡Te equivocaste de profesión pibe! ¿Porqué no largás todo y te vas a decorar tortas en Utilísima?—y largó una carcajada.
El joven no respondió nada, y continuó alistando al viejo, que parecía no enterarse de nada.
El reloj de la vieja casa dio las doce. Hora acordada.
—Pibe, vos quedate con el viejo adentro. El Chueco y yo vamos a salir a recibir el rescate. Cuando dé la voz de alerta salís con el viejo, nos subimos en el auto y salimos rajando. Al viejo lo tiramos unos kilómetros más al sur. ¿Comprendido?
Los otros asintieron, y ambos tomaron sus armas.
Por un solitario camino que daba al bosque, un hombre cuya placa rezaba “Oficial Gómez” cambiaba un maletín con dinero legal por otro con dinero falso. Eran exactamente iguales. Que se lleven el dinero falso, él se quedaría con el auténtico y si el viejo no resiste, mala suerte. Igual trataría de matarlos. Años trabajando para tener un sueldo de miseria, no dejaría pasar esta oportunidad. Se había encargado de avisar a la policía que el caso ya había concluido y la ineficacia de éstos le había sido de mucha ayuda. Ahora estaba solo y con campo libre para hacerse con el dinero.
Las doce y media de la noche.
El oficial Gómez vestido de civil lleva el maletín en las manos. A los lejos se dibuja la silueta de dos hombres. Le exigen que deje el dinero y retroceda. Obedece.
—Chueco, anda a buscarlo. Yo te cubro las espaldas.
El hombre camina hasta el maletín sin dejar de apuntar con el arma. Imprevistamente, el inconsciente oficial quiso desenfundar su arma y ambos hombres dispararon a quemarropa.
—¡Nos quiso empatar! ¡Rajemos de aquí! ¡Pibe, sacá al viejo!
Pero, en el momento que en que el joven salía a la puerta a ver que pasaba, vio con estupor como sus compañeros caían muertos por dos certeras balas en el pecho.
El muchacho comenzó a temblar sin comprender nada, pero cuando se dio la vuelta para ver quien era el autor se esos tiros, quedó anonadado por la imagen.
Una arrugada mano guardó el arma que había tomado del joven, levantó el maletín y con una voz arrastrada por no haberla usado en días dijo:
—Vamos Pibe, éstos fueron de los que menos me costó deshacerme. Y vos vas a tener tu recompensa. Años llevando adelante éste negocio como jefe de banda, y nunca me topé con alguien como vos. Sí, soy el Jefe y estos novatos aún no aprenden que uno sabe más por viejo que por diablo.
Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón
En una fría mañana de invierno, dos hombres caminan apresurados por un descampado rumbo a una casucha en medio del claro de un bosque.
—Hace tres días que tenemos al viejo aquí. ¿Vos estás seguro de que van a pagar el rescate por él? —preguntó con voz preocupada un tipo joven.
—Si tanto te cuesta entender los tiempos que se manejan en estos asuntos, podés ir largándote.
Apretaron el paso y entraron en la destartalada casa. Estaba iluminada por un viejo foco, y un olor nauseabundo reinaba en cada rincón.
Un tipo alto, con un bigote espeso, estaba sentado en una silla con los pies apoyados sobre una desgastada mesa.
—¡Ya era hora! ¿Se fueron de shopping? ¿Tanto tiempo para comprar dos pedazos de pan? —y le arrebató la bolsa.
—¿Cómo están las cosas aquí?
—¡Pésimas están las cosas aquí! A este viejo no le doy más de un día, y la porquería de familia que tiene no larga una moneda.
—Creo que no queda más remedio que hacer otro llamado. Todavía no entiendo porqué el jefe se empeñó en que secuestremos a este anciano.
—Quizás esté tan débil que no pueda hablar...— intervino el más joven.
—No me vengas con sentimentalismos, que se me pela el último cable y lo mando a saludar a San Pedro. Y vos deja de quejarte; si sos tan macho, buscá al jefe y llorale como una nena ¡Ni la cara le conocemos!
En el piso, acostado sobre unas colchas viejas y sucias, el abuelo miraba distraídamente el techo, como si estuviera más allá de aquella charla. Estaba delgado y con las ropas rajadas, y el poco cabello que le quedaba largo y despeinado.
En el corazón de la cuidad, un oficial de la policía tocó la puerta del piso séptimo.
—Buen día, soy el Oficial Gómez. Vengo por el caso del señor Benitez.
—Lo estábamos esperando oficial, pase por favor —respondió un hombre desde otro lado.
—El caso es muy delicado señor. Creemos que esta banda opera en grupos con identidades falsas, por lo tanto nos está costando mucho trabajo poder hallar el sitio donde tienen a su padre. No hay más remedio que pagar el rescate.
—Pero ustedes me dijeron que lo encontrarían...
—Espere, tenemos un plan. Entregaremos el dinero, cuando estén confiados de que se salieron con la suya y ya hayan entregado al señor Benítez, la policía intervendrá y recuperaremos la plata. El punto es que yo necesito llevarme el dinero ahora, para hacer un seguimiento de los códigos de los billetes en caso de que logren huir.
Ambos hombres se miraron por un momento.
—Confíe en nosotros señor, somos policías del Estado, estamos para cuidarlos —concluyó el oficial, casi automáticamente.
—Bien. Les daré el dinero. No he tenido una buena relación con mi padre últimamente, ha estado muy extraño los últimos años, pero no quiero llevar sobre mi conciencia el no haber hecho nada para salvarlo. Espero que recuperen el dinero —. Y se levantó del sofá rumbo a la caja fuerte.
—Pibe, en tres horas acordamos el pago... ¿Qué haces peinando al viejo?
—Es que... quería que esté pasable para cuando se vea con su familia. Tampoco es cuestión que piensen que no lo tratamos bien— se justificó el joven sentado frente al anciano de mirada perdida, y pasándole por las canas un peine fino al que le faltaban varios dientes.
—¡Te equivocaste de profesión pibe! ¿Porqué no largás todo y te vas a decorar tortas en Utilísima?—y largó una carcajada.
El joven no respondió nada, y continuó alistando al viejo, que parecía no enterarse de nada.
El reloj de la vieja casa dio las doce. Hora acordada.
—Pibe, vos quedate con el viejo adentro. El Chueco y yo vamos a salir a recibir el rescate. Cuando dé la voz de alerta salís con el viejo, nos subimos en el auto y salimos rajando. Al viejo lo tiramos unos kilómetros más al sur. ¿Comprendido?
Los otros asintieron, y ambos tomaron sus armas.
Por un solitario camino que daba al bosque, un hombre cuya placa rezaba “Oficial Gómez” cambiaba un maletín con dinero legal por otro con dinero falso. Eran exactamente iguales. Que se lleven el dinero falso, él se quedaría con el auténtico y si el viejo no resiste, mala suerte. Igual trataría de matarlos. Años trabajando para tener un sueldo de miseria, no dejaría pasar esta oportunidad. Se había encargado de avisar a la policía que el caso ya había concluido y la ineficacia de éstos le había sido de mucha ayuda. Ahora estaba solo y con campo libre para hacerse con el dinero.
Las doce y media de la noche.
El oficial Gómez vestido de civil lleva el maletín en las manos. A los lejos se dibuja la silueta de dos hombres. Le exigen que deje el dinero y retroceda. Obedece.
—Chueco, anda a buscarlo. Yo te cubro las espaldas.
El hombre camina hasta el maletín sin dejar de apuntar con el arma. Imprevistamente, el inconsciente oficial quiso desenfundar su arma y ambos hombres dispararon a quemarropa.
—¡Nos quiso empatar! ¡Rajemos de aquí! ¡Pibe, sacá al viejo!
Pero, en el momento que en que el joven salía a la puerta a ver que pasaba, vio con estupor como sus compañeros caían muertos por dos certeras balas en el pecho.
El muchacho comenzó a temblar sin comprender nada, pero cuando se dio la vuelta para ver quien era el autor se esos tiros, quedó anonadado por la imagen.
Una arrugada mano guardó el arma que había tomado del joven, levantó el maletín y con una voz arrastrada por no haberla usado en días dijo:
—Vamos Pibe, éstos fueron de los que menos me costó deshacerme. Y vos vas a tener tu recompensa. Años llevando adelante éste negocio como jefe de banda, y nunca me topé con alguien como vos. Sí, soy el Jefe y estos novatos aún no aprenden que uno sabe más por viejo que por diablo.
Editado por Fleurr - 29.05.2009 22:11 hs.
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