#1 Ese amor tan envidiado
Ese amor tan envidiado
1
Recostado junto al río, el pueblo tranquilo se despereza de la siesta en la tarde calurosa de verano. Sus calles empedradas y sus veredas angostas están sombreadas por el tupido follaje de los paraísos que lo alfombran con sus flores azules, vistiéndolo de fiesta; el sol tiñe de rosa algunas nubes que se asoman en el atardecer.
Las vecinas sacan sus sillas a la vereda para disfrutar de la frescura que les promete la cercanía de la noche, toman mate e intercambian chismes, mientras vigilan con un ojo atento a los chicos que juegan allí cerca, y saludan a los que regresan de pasar la tarde en el río.
De pronto el parloteo se interrumpe... quedan en silencio... el mate suspendido en el recorrido hacia la boca. Sin disimulo observan a la pareja que avanza por la calle rumbo al bulevar que costea el río. Pasan frente a ellas y saludan amable, calidamente, pero sin detener su paso.
A medida que los jóvenes se alejan la charla se renueva y todas opinan, mientras la rueda de mate se reanuda; todas hablan de los vecinos que se mudaron hace unos meses a la parte nueva del pueblo, un barrio de casas de líneas muy modernas, con techos de tejas rojas o pizarra negra y grandes ventanales, que aparecen dispersos entre los árboles, detrás del monasterio que con su hermosa iglesia colonial antes marcaba el límite del pueblo...
Desde que se mudaron se convirtieron en el eje de los comentarios de las vecinas.
Les conmueve verlos, tan jóvenes, tan bellos y sobre todo tan enamorados; el amor con que se miran, la forma en que él se ocupa de ella, siempre pendiente, atento... un poco de envidia sienten las vecinas que recuerdan que en algún momento de sus vidas han deseado un amante como ese. Envidia que se asoma a los comentarios de otra que se une al grupo y les recuerda que, aunque la pareja es muy amable con todos, aún nadie ha podido entrar a su casa.
Ni el médico ha sido invitado a la vivienda y viene uno de la ciudad a atender a la joven, agrega otra vecina vagamente despechada. Pero los comentarios admirativos se imponen y el silencio, poco a poco cae sobre el grupo... un largo suspiro se extiende por la vereda.
2
Las calles empedradas cruzan el pueblo formando un damero que se ensancha junto al río, bordeado por un ancho bulevar. Las casas nuevas, arboladas y con sus extensos jardines, donde las rosas, las azaleas, las calas y las azucenas compiten en esplendor y las primitivas casas del pueblo, con sus cuartos recostados sobre las galerías, y sus patios embaldosados cubiertos de macetas donde estallan el rojo de los malvones, el blanco de las coronas de novia y los jazmines, el amarillo y el naranja de las margaritas y los tacos de reina, lo convierten en un jardín multicolor e intensamente perfumado.
Sus piernas largas se mueven lentamente, todo su cuerpo relajado y atento disfrutando de la tranquilidad de la tarde.Con deleite observa cada casa, cada planta, percibe los aromas y los colores que el pueblo le brinda. Como todas las tardes desde que viven aquí este paseo se ha convertido en un ritual. Al atardecer abandonan la casa y comienzan a andar por la calle que lleva al río. Recorren las cuadras que los separan de la iglesia, blanca, maciza, de estilo colonial, con una pesada cruz de madera oscura clavada en el césped bien recortado que rodea la escalinata de la entrada.
Allí se detienen y musitan una oración; luego reemprenden el camino, recorriendo las calles empedradas, sonrientes, saludando a los vecinos con los que se encuentran.
Mientras camina, disfrutando de la paz que inunda el pueblo, el hombre recuerda lo que era su vida anterior en la ciudad, tan ajetreada, tan loca, todo el día sumergido en una actividad frenética que, piensa y se estremece al recordarlo, llegó a poner en peligro su matrimonio. Este recuerdo todavía lo angustia y lo aleja de sí: no quiere pensar en nada que no sea disfrutar de esta paz que siente ahora, luego de haber cambiado totalmente su vida y la de su esposa.
Sonríe con afecto a las vecinas que lo saludan, sentadas ante las puertas de sus casas e implacables observadoras de sus vidas.
Pero no se detienen, no quiere relacionarse demasiado con nadie. Debe preservar la paz que ha conseguido. Ahora y para siempre serán solo ellos dos... Como estarían ahora si hubieran seguido con esa vida enloquecida, si ella hubiera continuado con todas sus actividades, sus amigos, todo lo que cada día lo separaba de él. Ella no comprendía... la habría perdido... ella no entendía, no se daba cuenta de cuanto la necesitaba, del temor a perderla que sentía...
Ahora ya esa pesadilla había acabado; ya podían vivir en paz; ella dependía totalmente de él, tal como él necesitaba de ella y en su mirada había tanto amor, tanto agradecimiento... todo era perfecto.
3
La calle baja en una suave pendiente hacia el río, que aparece así en forma casi repentina; el sol se va ocultando tras las nubes y el atardecer llena el aire de tonos alilados; una avenida cortada por anchos bulevares bordea el río, constituyendo un espléndido mirador, con sus glorietas cubiertas por rosales en flor, sus bancos de madera y sus farolas de metal.
Algunos pescadores caminan rumbo al muelle con sus cañas y redes, conversando animadamente; los chicos pasan en sus bicicletas en medio de gritos y carcajadas; las parejitas conversan abrazadas, disfrutando de la tarde y de su amor, ajenas a todo lo que sucede a su alrededor.
Llegan al bulevar y se detienen a mirar el agua oscura, agitada levemente por la brisa.
La mujer mira el río, los chicos jugando, las parejas sentadas en los bancos cercanos. Se han acomodado bajo la glorieta, disfrutando de la brisa y de la belleza del atardecer, mientras el sol desciende tras los árboles lejanos. Sonríe, mientras conversa con su esposo y asiente ante las palabras del hombre... pero la tristeza vela sus ojos oscuros y se reprocha a sí misma por ese dolor, profundo, interminable al que no logra sobreponerse... sabe que tiene que estar agradecida, que salvó su vida y que no todas las mujeres tienen la suerte de tener a su lado una persona como su marido, que la ama tanto, que se ocupa de ella con ese amor sin límites... que antes llegó a parecerle obsesivo... del que estuvo a punto de huir, asustada porque sentía que la estaba ahogando... ahora... ahora no podría vivir sin ese amor. Si no hubiera sido...
Se estremece al recordar el accidente y su esposo, creyendo que tiene frío le cubre los hombros con una chalina, siempre atento, siempre solícito.
4
Se encienden las farolas que irradian su luz amarillenta, iluminando la bruma que empieza a subir desde el río, que poco a poco va a desapareciendo en la noche quedando solo el ruido del agua agitada por el viento. Las primeras estrellas aparecen en el horizonte y lentamente los vecinos van entrando en sus casas. A través de las ventanas abiertas se comienzan a ver televisores encendidos, y el rasgueo de unas guitarras se escucha a lo lejos.
Ellos también emprenden el regreso. La mujer bella y frágil, sus manos apoyadas sobre la manta colorida que le cubre las piernas. Él hombre, alto y elegante, empujando suavemente la silla de ruedas, con todo cuidado... mira arrobado a su esposa y como le ocurre desde la primera vez que la vio el temor a perderla le oprime el pecho. Sus manos se crispan, pero se recompone y una sonrisa le asoma en la cara; ahora todo está bien; ella le pertenece para siempre. Lentamente, embriagado por los mil olores que surgen de los jardines continúa tranquilo, con paso firme su camino.
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