Acto 1
Lionel tiene cuarenta años, poca estatura y los años le han agregado algunos kilos de más y luce una generosa calva.
Vive en el barrio de Flores, en un pequeño departamento, con su esposa y sus dos hijos.
Uno de sus placeres –casi el único- es fumar luego de la cena un habano en el balcón de su casa (su mujer no le permite fumar adentro). Trabaja en una coqueta peluquería del barrio de Belgrano y ha logrado con el correr del tiempo, un sólido prestigio. Ahora se da el gusto de elegir a sus clientas y atiende solo a aquellas que considera “señoras como uno”, rubias y paquetas.
Jamás atendería a una “negrita de esas”, según sus palabras.
Acto 2
Un día ve pasar frente a la peluquería a una “negrita de esas”. Bajita y menuda tiene unos enormes ojos negros y una larga cabellera oscura que se agita cuando camina, rápida y sensual.
Primero la vio por casualidad; levantó justo la mirada cuando pasaba la joven por la vereda. Sin darse cuenta miró la hora: eran las diez. A la mañana siguiente, al aproximarse la misma hora se sorprendió mirando ansioso hacia la calle: ella pasaba otra vez por la vereda y un rubor extraño le asomó a la cara, mientras el corazón le latía con fuerza. La miró con avidez: su andar rápido, los jeans ajustados, la blusa suelta, agitándose sobre su pecho. Mirar hacia la calle, a través de los cristales del negocio, se convirtió en un ritual sagrado. La muchacha se estaba convirtiendo en una obsesión, que no podía explicarse a sí mismo. La chica encarnaba todo lo que él menospreciaba, lo que siempre había detestado. Ahora la veía y la comparaba con su esposa. Lo que siempre había considerado elegante y refinado en ella ahora lo sentía árido y soso. Su vida se estaba convirtiendo en un esperar que llegara la hora en que podía ver a la muchacha.
Audazmente comenzó a salir a la vereda cada vez que podía para verla y con la secreta esperanza de que ella reparara en él y sucediera un milagro, un milagro que no se animaba a imaginar.
Acto 3 y final amargo
Un viernes, mientras buscaba desesperado la manera de terminar de atender a una clienta para asomarse a la calle, sintió que el corazón se le paralizaba. Como una aparición milagrosa vio que la puerta se abría y la muchacha entraba al local. Petrificado asistió al diálogo que la muchacha tenia con la empleada de recepción:
-Quisiera lavarme el pelo y peinarme
-¿Con alguien en especial?
-No sé; Es la primera vez que vengo. La muchacha recorre con la mirada el local. Lionel continuaba paralizado, tan cerca del milagro. La muchacha con voz clara y alta continuó hablando con la empleada:
-Mirá con cualquiera, pero por favor que sea un muchacho joven, exclamó mientras miraba por encima de Lionel. Los viejos no tienen la menor idea de lo que nos gusta a nosotras.
Ángela Rossi